viernes 19 de junio de 2026

Juana Raso y Miguel Querede: el sostén de uno de los bares históricos de la ciudad

20 de marzo de 2016 - 00:00

Ubicado en la esquina de avenida Colón y Pinto, el Bar Querede es emblemático. Allí se conservan las rutinas de siempre. Historia, presente y futuro se conjugan en torno a hábitos en los que la gente se encuentra. Varias generaciones han pasado por este lugar que mantiene sus puertas abiertas, dándole paso al encuentro.

J uana Raso, viuda de Querede y Miguel Querede son madre e hijo y con su tarea cotidiana sostienen uno de los bares más emblemáticos de la ciudad: el Bar Querede, ubicado en la esquina de avenida Colón y Pinto, frente al viejo Hospital San José.

Entrar al bar es ingresar a un sitio donde parece no haber pasado el tiempo. Tiene la estética conservada de los “boliches” de pueblo, esos donde los que están de paso transcurren sus horas y los lugareños lo adoptan como un espacio para jugar una partida de cartas, tomar una copa o jugar una partida de pool. Miguel y su mamá están al servicio de los clientes y sostienen con su trabajo cotidiano la esencia de un lugar que es parte misma de la historia de la ciudad.

El bar comenzó siendo un almacén con despacho de bebidas en 1925, creado por Abraham Querede que había llegado al país en 1921 junto a su esposa Helue Farah desde Homs, una ciudad cercana a Damasco. Antes, este inmigrante se había dedicado a los viejos Mateos, coches de paseo tirados por caballos, que fueron los antecesores de otros medios de transporte que llegaron con la modernidad. Desde que cambió el rubro y abrió las puertas del almacén de ramos generales en la tradicional esquina, enseguida el lugar se transformó en el espacio de encuentro de lugareños y forasteros y el centro de la conversación sobre los acontecimientos del pueblo y del mundo. 

 

La propia historia

Juana Raso, nuera de Abraham, nació en La Vanguardia y se crió en el campo. Primero allí y luego en el Paraje Santa Rosa, donde vivió junto a sus padres Pascual Raso y María Angela Lanzillota y fue la cuarta de diez hermanos. Por entonces nada hacía suponer que su vida iba a estar relacionada con el bar. Sus hermanos se casaron y un día en un baile de Manuel Ocampo conoció a Jalil Querede, quien más tarde sería su esposo, y con quien se vino a vivir a Pergamino. 

Así llegó a la ciudad y desde entonces su vida transcurrió en la vieja casona que albergaba el almacén de ramos generales. Hoy con 90 años ya cumplidos, no puede imaginarse fuera de ese espacio. La casa y el bar están integrados y también lo están sus rutinas de vida. Allí fue feliz. 

En 1940 a su suegro Abraham lo mata un vecino en la puerta del bar. Juana cuenta que fue por un tema de discusión “sobre la guerra”. “Mi suegra y mi esposo se hicieron cargo del bar. En la década del 50 cerraron el rubro almacén y pasaron a dedicarse de lleno al despacho de bebidas. Nosotros con Jalil nos casamos en 1952 y estuvimos juntos hasta 1982 en que falleció. Tuvimos dos hijos: Miguel y María Rosa”, cuenta “Juanita” como la conocen todos.

Su esposo fue “el verdadero hacedor del bar” y con su muerte prematura esa decisión fue seguida por ella misma y por su hijo Miguel, actualmente a cargo del comercio.

Juntos participan de la entrevista y se miran con complicidad cuando recuerdan las anécdotas que comparten producto de una vida en común. “Yo siempre estuve acá y todas las mañanas abría las puertas del bar”, refiere y confiesa que aún hoy cuando su hijo se demora inicia las rutinas cotidianas de la mañana y da la bienvenida a los primeros clientes. El bar tiene sus puertas abiertas desde las 9:30 hasta las 23:00 y por allí pasa la vida. Los domingos está cerrado.

“Me gusta atender a la gente, le ayudo a mi hijo en lo que puedo, les sirvo algún aperitivo y me gusta verlos jugar a las cartas”, señala.

Miguel la escucha con atención y se emociona recreando las vivencias de una familia que supo superar las adversidades, sobreponerse a las pérdidas y conservar la decisión de sostener este emprendimiento comercial que para ellos es más que un trabajo. “Mi viejo era un tipo que tenía una memoria extraordinaria. Era fanático de Boca y se le podía preguntar cualquier cosa. Era un tipo muy predispuesto al contacto con la gente, siempre tendía una mano a quien lo necesitaba”, señala hablando del hombre del que copió la vocación de “estar al servicio de los clientes”.

Ambos aseguran que con los años las rutinas del bar “cambian poco”. “La rutina del boliche siempre sigue siendo la misma. La mayoría de las cosas no cambian, lo que cambia un poco es la gente”, refieren.

 

Los tiempos de antes

En otro tramo, Miguel recuerda el tiempo en que enfrente funcionaba el Hospital San José. “El bar era un sector más del Hospital, por entonces los médicos hacían guardias de una semana, así que para los que llegaban el bar era como su casa, decíamos que era la biblioteca del Hospital”. 

Juana y Miguel aseguran que la clientela ha sido muy fiel. Y hasta hoy confluyen en el “boliche” personas de distinta procedencia. “Están los que vienen por el vermout, los que se toman el vinito de paso y los que se reúnen acá con sus amigos. A la tarde se juega a las cartas y durante muchos años se jugó a la generala, así que hay gente que viene siempre. También están los que juegan al pool. Hay una barra que viene desde que cerró el buffet del Club Argentino y también hay muchos que vienen de distintas ciudades, camioneros que están de paso”.

Con respecto a la relación con los clientes, Miguel asegura que de muchos de ellos “uno se hace amigo” porque a diferencia de otro comercio, al bar la gente no solamente va a comprar algo sino que “pasa tiempo”.

 

La familia y el bar, unidos

Pausada en su andar, coqueta y de carácter firme, Juana escucha los comentarios de Miguel y recuerda muchas anécdotas del bar.“Tenía 26 años cuando llegué aquí y tengo 90, imagínese si tengo recuerdos”, refiere mostrando en su relato el transcurso del tiempo. La avenida Colón era empedrada con canteros en el medio y el resto de las calles del barrio era de tierra. Señala que muchos de los árboles de la Plaza San José que hoy son añejos, apenas se estaban plantando. “Algunos tienen más años que yo y otros vi cuando los plantaban”, menciona.

“Siempre vivimos aquí. Miguel se casó y se separó y hoy está a cargo del bar. Mi hija vive en Villa Constitución. Tengo cuatro nietos: Nadia, Lucas, Leila y Leonel”, cuenta Juana, que reconoce que la rutina familiar y la actividad comercial nunca estuvieron separadas.

“A mí me gusta estar en el bar. Y trato de ayudar en todo lo que puedo”, señala y asegura que “cuando no estoy acá, estoy perdida”.

“Si no estoy en el bar es porque no estoy bien”, sostiene y confiesa que le gusta mirar los partidos de Boca. “Igualmente no los mira en el bar, sino en casa porque no le gusta que la carguen”, confía Miguel mirándola con complicidad. El es hincha de Independiente.

 

Una pasión

El Bar Querede es uno de los más emblemáticos de la ciudad. “La estadística dice que es el más viejo de Pergamino. El único anterior sería el Bar de la Estación, pero particular es el único que debe quedar”.

Miguel y su madre aseguran que sostenerlo es una pasión. “Hay que tener paciencia como en cualquier profesión. Y lo más lindo del bar es el trato con la gente. Las anécdotas particulares de las personas que llegan son infinitas. Por supuesto que también hay cosas desagradables porque no es fácil estar todo el tiempo en contacto con la gente, está la persona que toma una copa de más, la que no quiere volver a la casa por los problemas que tiene. Hay una vida propia en el boliche y hay que saber llevarla”, sostiene Miguel con la experiencia que le da el haber crecido en esa dinámica.

A ambos, madre e hijo, les gusta la vida que tienen. Ella es una agradecida, no tiene asignaturas pendientes, solo ir a la cancha de Boca. El disfruta del trato con la gente y mientras se realiza la entrevista, se hace un tiempo para servirle una copa al cliente que llegó de paso. A todos los conoce por el nombre y de muchos de ellos conoce sus historias. Se identifica con su papá en el modo de establecer relación con la gente y en las paredes del bar hay una memoria viva. También en el corazón, donde se guarda el recuerdo de los seres queridos que gestaron la raíz de este emprendimiento. 

“Yo conocí mucha gente grande siendo chico y aprendí mucho. No hay un cliente al que recuerde particularmente, porque sería faltarles el respeto a tantos otros. Me crié con ellos, jugaban a las cartas y yo crecí en este lugar. Después trabajé en el banco pero cuando murió mi padre con mi madre me hice cargo del bar. Y acá estoy, tratando de honrar esa responsabilidad”.

Sobre el final, con la experiencia de los años, Juana se define como una persona feliz, que cree en Dios y se siente acompañada en su fe.  Miguel tiene una mirada esperanzada respecto del futuro. “Pienso que siempre va a haber gente para el boliche. Es difícil que eso se pierda”, asegura. Y trae a la conversación la estrofa del tango que dice que el bar “es lo único que se pareció a la vieja”. Ese tango habla del boliche y pinta de cuerpo entero lo que sucede en este espacio que contiene la vida de tantos. La soledad, la compañía, la contención cuando se está lejos de casa. “Una vez indagué en el significado que el autor quiso darle a esa letra, se refería a que había mucha gente de afuera que llegaba a Buenos Aires y el cafetín era el lugar al que se podía llegar a cualquier hora. No hay otro lugar que lo reciba a uno como el bar cuando se está lejos de la familia. Y este lugar tiene algo de esto”, concluye Miguel.

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