viernes 19 de junio de 2026

Alberto Vaccalluzzo: el oficio de carpintero como pilar de la vida

13 de marzo de 2016 - 00:00

Es propietario de “La Viruta muebles” el emprendimiento que le permitió desplegar su vocación y sostener a su familia. Con 76 años sigue trabajando en el taller y tiene su local de venta al público, donde recibe a una clientela fiel. El resto del tiempo lo pasa en familia, disfrutando de un presente tranquilo.

A lberto Cayetano Vaccalluzzo tiene 76 años. Nació en Pergamino el 3 de enero de 1940. Es carpintero y ese oficio lo acompañó desde muy joven y aún hoy nutre su vida porque le permite desplegar una actividad que lo reconforta. Hijo de Grazia y Antonio, un matrimonio que se dedicaba a cultivar una quinta en el barrio Otero, donde vivían. Tuvo una infancia que define como “feliz” y trabajó desde siempre. Al principio ayudando a sus padres y más tarde abriéndose su propio camino. Fue a la Escuela Nº 11 y creció con sus hermanos, Juan Antonio (fallecido) y Carmen Rosalía. El era el del medio. “Trabajaba con mis viejos porque había que ayudar, ellos tenían una hectárea de quinta, y en el tiempo libre jugábamos al fútbol en el potrero, tuve una infancia feliz”, refiere en el inicio de la entrevista que se desarrolla en su negocio “La Viruta muebles”. El olor a madera invade la conversación y es casi la esencia. 

“Vivimos en Otero hasta mis 20 años en que nos mudamos a Siria 839, una época en la que yo ya trabajaba con Antonio Gómez en un taller de carpintería en calle Lagos”, cuenta y refiere que incursionó en el oficio de carpintero a los 12 años cuando comenzó a asistir al Colegio Industrial.

“En realidad yo fui para estudiar mecánico tornero, pero al llegar junto a mi amigo ‘Coco’ Spera que era muy inteligente, un docente que por aquel entonces dirigía el Colegio, Regio Regis, nos lavó el cerebro y nos orientó a inclinarnos por la carpintería”, señala.

“Ser mecánico tornero estaba en auge y en el taller de Carpintería no había alumnos. Regis nos habló tan bien, nos dijo que aprender este oficio en tres años nos iba a permitir independizarnos, así que nos convenció y le doy las gracias hasta el día de hoy porque por ese consejo descubrí una vocación que de otro modo quizás no hubiera sabido que tenía”.

 

Un oficio gratificante

“Siempre me resultó cómodo el oficio y a veces pienso que si hubiera elegido ser motorista, no sé qué hubiera hecho en los inviernos, no hubiera podido ni siquiera agarrar un tornillo con el frío”, confiesa y menciona que en cambio en su taller de carpintería siempre le resultó placentero trabajar. “Estando en el Industrial, en la época de vacaciones trabajé con Nicola Lantella, allí aprendí a fabricar el mueble provenzal y como tenía ganas de conocer, aprendí a hacer mesitas de luz. Esos fueron mis comienzos. Me pagaban por mesa que armaba y eso me permitía ganar mis buenos pesos. Después llegué a lo de Antonio Gómez y más tarde, luego del Servicio Militar, armé mi propio taller y me fui independizando. Al principio fabricaba para terceros y con el tiempo tuve mi propio negocio”.

Solo y a su ritmo, fue consolidándose en su oficio y ganándose un lugar en un mercado que requiere de la responsabilidad y del “saber hacer”. 

“Recuerdo la época en la que comencé a comprar mis primeras máquinas, siempre lo hice con mucho entusiasmo”, refiere en la charla que se desarrolla en un espacio que armó con sus propias manos. “Estando de novio con la que es mi esposa, compré el terreno, armé el taller con paredes de barro y techos de chapa y después más atrás en el predio construimos una pieza, cocina y baño donde vivimos cuando nos casamos. Aquí nacieron nuestros hijos y tiempo después construimos al lado la que hoy es nuestra casa”.

Antonio está casado desde 1968 con María Milluzzo. Tienen dos hijos, ambos docentes: Mariela, casada con Sergio Pérez; y mamá de Delfina (17) y Joaquín (4); y Alberto, divorciado de Paola Anacarato; y papá de Magdalena (9). Nunca se movieron del barrio y allí está la historia misma de su vida y el lugar en el que transcurren sus horas.

“En 1969 inscribí el taller de carpintería. Hace un tiempo separé la actividad del negocio de la del taller. Mudé el taller enfrente y organicé los horarios para que el tiempo me rindiera. Por la mañana trabajo en el taller preparando los muebles y por la tarde abro el negocio, ahora en determinados días”, cuenta.

Reconoce que el oficio y la dinámica de su trabajo fueron cambiando. “Siempre fabriqué muebles en serie. Antes la labor era bien artesanal, hoy es más sencillo porque en Maderas San José compro piezas ya cortadas a medida y me dedico a armar. El sistema fue cambiando y yo también me fui adaptando a lo que la gente necesita. En algún tiempo conté con la colaboración de un tal Magiora, que era armador, pero en general trabajé solo y eso me permitió siempre administrar mis tiempos”.

Recuerda con añoranza los comienzos y los primeros avisos clasificados que un día decidió publicar en LA OPINION para promocionar su actividad. “Era un aviso clasificado, lo publiqué en el diario con la leyenda ‘Directo de taller’ y me llené de clientes. Me acuerdo que lo primero que preparé fueron dos placares grandes, la gente empezó a venir y se hizo la cadena”.

Menciona que Raúl Mazza fue uno de los primeros que llegó y más tarde fueron otros. Todos muy fieles. “Hay gente que hace años que me compra”, afirma agradecido.

 

Escribir, otra pasión

 Cuando no trabaja le gusta escribir y él mismo señala que se entretiene “haciendo garabatos”.

“Lo primero que escribí fue un poema cuando nació mi primera nieta. Luego les escribí a los otros nietos. El nacimiento de ellos fue inspiración para mí, nunca antes se me había dado por escribir y hoy ando entre la poesía y la filosofía y cada vez que puedo publico lo que escribo en el Diario LA OPINION o en el Semanario El Tiempo”.

Asegura que a lo largo de la vida no ha sido un gran lector, pero sí un hombre que sabe escuchar a la gente. “Algo de lo que escucho me queda. Soy un buen escucha, retengo y eso me ayuda a pensar y a escribir, porque si no leés y no escuchas, no sabés”.

 

Un trabajador incansable

Tiene consignas de vida sencillas y trata siempre de nutrir su parte espiritual. Se siente familiarizado con todas las religiones porque confiesa que de todas “se puede aprender y tomar algo que sirva para la vida”.

Con una clientela fiel y tiempo para dedicarse a las cosas que le gustan, como escribir y jugar con los nietos, asegura que elige “seguir trabajando” porque le gusta lo que hace y porque necesita ganarse el sustento. “Tengo una jubilación mínima que no resulta suficiente porque además tengo que ayudar a mi hermana que hace varios años a raíz de algunos problemas está alojada en una institución.

“Me levanto con la idea de trabajar y por ahí si tuviera unos pesos en el bolsillo, capaz que me tiro a la retranca. Necesito trabajar con optimismo y con ganas”, confiesa.

Imagina la vejez como una etapa de la vida tranquila y aguarda que lo encuentre “siéndole útil a la sociedad”.

Asegura que no tiene una idea sobre la muerte. Lo que sabe es que lo único que cada uno se lleva es “un estado de conciencia” y considera que si lo podemos “tener muy actualizado, en buena hora”.

Se define como un hombre creyente, y se siente identificado con cada cosa que le permita rescatar un aprendizaje positivo. Rescata lo espiritual de cada vivencia y es un convencido de que la casualidad no existe. Agradece la vida que tiene y la familia que pudo construir. Disfruta de jugar con sus nietos, los espera y comparte un tiempo nutritivo con ellos. Es compañero de su esposa que es modista y que en todos los momentos de la vida supo acompañarlo en cada proyecto. “En muchas circunstancias cuando nos casamos me ayudaba a lijar muebles, ha sido y es una muy buena compañera”.

Sobre el final de la charla hace un recorrido por su pasado. Se recuerda joven dando algunos pasos deportivos en los entrenamientos de Douglas Haig. También aprendiendo a armar sus primeros muebles en carpinterías de otros. Considera que ha sido un emprendedor y cuenta que en los ratos libres, como lo que ganaba no resultaba suficiente para ayudar a su familia, se dedicaba a colaborar en el armado de los parques de diversiones que llegaban a la ciudad. También lo contrataban para manejar los juegos de kermese. “En casa necesitábamos dinero y esa era una buena changa, era la época de oro de los parques de diversiones, venían artistas como Carlos Balá y era una atracción para mucha gente”, recuerda, este hombre que confiesa que le gusta la vida que tuvo. “Obviamente que existieron algunos contratiempos, como tenemos todos. Pero el sacrificio siempre enseña y si la vida es color de rosa, no aprendés nada”.

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