En su inventario cuenta un 1.847.697 kilómetros transitados en 50 años haciendo comisiones y llevando cargas de Pergamino a Rosario. Hoy sigue en actividad, aunque a otro ritmo y está más abocado a las rutinas de la vida familiar y los amigos, allí donde está la clave de su existir.
M iguel Angel Petri tiene 68 años. Es un hombre alto, de contextura grande, y dueño de una sensibilidad que se traduce en las palabras con las que delinea su perfil pergaminense. La entrevista se desarrolla en su casa, donde vive con su esposa Silvia Di Santo y sus perros: Valentín y Kevin, compañeros de lo cotidiano. En un departamento adelante vive una de sus hijas: María Fernanda, casada con Silvio y mamá de su única nieta: Luana, a quien define como la luz de nuestra vida. Su otra hija, Guillermina vive en Casilda, donde estudia Veterinaria y está en pareja con Maximiliano. En el comedor de su casa hay fotos de la vida familiar y recuerdos que lo delatan como un amante de los buenos momentos. Quizás los más sencillos, el ritual de reunirse con amigos y cocinar para la familia. En la cocina está una de sus pasiones y su especialidad es elaborar pastas caseras. Aprendió de su padre, que también cocinaba bien, y de uno de sus hermanos.
Miguel nació en San Nicolás pero de bebé su familia se mudó a Pergamino, así que se define como un pergaminense de ley. Le gusta el lugar en el que vive y acepta la forma en que se fue tramando su existencia. Aprendió de cada experiencia y eso se nota en la serenidad con la que relata las buenas experiencias y las otras, que le fueron forjando el carácter para enseñarle a superar algunas adversidades y siempre, siempre, comenzar de nuevo.
Nos mudamos a Pergamino cuando yo era recién nacido, vinimos a la entonces avenida Julio A. Roca 324, al lado de la Gomería Rodríguez y Paradela, cuenta y cuando lo relata es aquel niño hijo de Elvira Molina y José Lidio Petri, ella ama de casa y él camionero. Es el del medio de tres hermanos: Ricardo y José María (ya fallecido). De su progenitor, que falleció tempranamente atropellado por un tren en uno de los ingresos a Pergamino, aprendió la pasión por el transporte.
Fue a la Escuela N° 5 que funcionaba en la avenida, a una cuadra de su casa. Y toda su infancia transcurrió en el Club Sirio, donde jugó al basquetbol y tuvo como mentor al legendario profe Rausch. En la vereda y en el club cosechó los mejores amigos. El del alma: Manolo OBrien.
Eramos como 30 varones en el barrio que nos reuníamos a jugar y una sola mujer, cuenta y describe los juegos que lo atrapaban en sus tardes: el carnaval, el salir por las veredas a tocar timbre. Las travesuras de un tiempo en el que la niñez transcurría en la calle. Tengo muy lindos recuerdos de la infancia, podría escribir un libro con las cosas que hacíamos, asegura.
Cuando terminó la escuela primaria decidió que no quería seguir estudiando así que comenzó a trabajar con su padre en el camión. Así comenzó a viajar a Rosario y a delinear lo que sería su actividad laboral de toda la vida: el transporte de cargas y las comisiones. Teníamos la empresa de transporte Berniell-Petri- Rodríguez. Después que falleció mi papá me quedé solo y seguí en este rubro, un amigo me hizo la estadística y tengo recorridos más de 1.800.000 recorridos en la ruta, dice orgulloso.
En la actualidad, aunque sigue dedicado a hacer comisiones, reconoce que el caudal de trabajo es mucho menor. Vendí los camiones y tengo una trafic con la que hago viajes como comisionista cada tanto. En otra época llegué a tener cinco empleados y tres camiones, después vino una época mala, tuve problemas con Pergamino Seguros que me dejó un juicio de 150 mil pesos y esa fue una experiencia muy difícil de afrontar, recuerda.
Dueño de una templanza que le permite tomar buenas decisiones, cuando aquello ocurrió supo torcer el timón y establecer un nuevo rumbo, más previsible y con menos sobresaltos. Eso le permite transitar hoy por un presente tranquilo, con viajes que realiza para sus clientes de siempre.
Comparte la vida con Silvia, su esposa a la que conoció una noche en Fedra. Estuvimos dos años de novios y llevamos 40 años juntos, refiere y la mira con complicidad mientras se desarrolla la entrevista. Juntos disfrutan de rutinas cotidianas, se acompañan y se deleitan cuidando a su nietita. A Miguel le gusta mucho cocinar y cuenta que pasa horas amasando pastas, sobre todo los fines de semana. También le gusta visitar amigos y clientes y conversar. En cada charla aparece un recuerdo y alguna vivencia compartida. Antes tenía algunas peñas con amigos, pero en la actualidad disfruta de reunirlos en su casa. Otra de sus pasiones es la pesca y relata algunas anécdotas de sus idas a San Nicolás. También el automovilismo. Los autos fueron siempre una pasión y en una época viajaba bastante para seguir las carreras, hoy disfruto de verlas por televisión, refiere y confiesa que en alguna oportunidad inmiscuido en el armado de un auto de carrera, pensó en correr pero no me dejaron.
Un apasionado de su trabajo
Confiesa que siempre le gustó su trabajo. Rosario fue su destino y mientras llevaba comisiones, también acercaba hasta allí o traía de regreso a chicos que entonces estaban estudiando: Eran un montón los chicos que siempre llevaba o traía, hoy muchos de ellos son amigos, como el doctor Miguel Cura, el doctor Daniel Urbaneja, el doctor Meola. Incluso a los hijos de varios de ellos también los he llevado, después dejé de hacerlo por temor a tener algún accidente, pero coseché grandes amigos gracias a mi trabajo.
También refiere que su clientela siempre ha sido fiel: Hoy el trabajo mermó un montón, pero porque las condiciones de esta actividad también cambiaron. Pero yo no me quejo, mis clientes siempre han sido fieles, entre ellos se cuentan Berto, de la ferretería, García Cano y tantos otros.
Desde el año 1966 hasta 2015 realizó innumerable cantidad de viajes por la ruta a San Nicolás y a Rosario, lo que le permitió recorrer 1.847.697 kilómetros. Se enorgullece de su trayectoria y asegura que siempre disfrutó de la tarea que le tocó realizar, privilegiando la responsabilidad y el buen trato con la gente.
La vida cotidiana
Cuando no está viajando, Miguel está en su casa, ubicada en avenida Alsina. Allí vive desde hace más de 20 años, aunque en ese sector de la ciudad hace muchos más ya que en la esquina de Moreno y Alsina vivió en la casa materna. Cuando falleció mi mamá la vendimos y nosotros compramos acá donde vivimos, señala y también menciona que tienen una quinta en la zona de Luard Kayad que actualmente tienen alquilada. Decidimos alquilarla porque es muy grande para vivir y yo por algunos problemitas de salud ya no puedo ocuparme de cortar el pasto y mantenerla, revela.
Se define como un hombre de carácter sensible y eso se nota en la emoción que brota de él al mencionar algunas vivencias. También se advierte en su mirada cuando habla de sus amigos y de sus afectos más entrañables. Como sucede cada vez que uno relata la historia de su vida, el pasado, el presente y el futuro se entrelazan en la charla. De a ratos vuelve a la infancia, a los partidos de basquetbol y fútbol jugados en la plaza del barrio, las tardes transcurridas en el ferrocarril y las anécdotas con los hermanos Iglesias.
Lo que hizo y lo que no pudo hacer se vuelca en la charla, las alegrías y las tristezas. No me dediqué más al deporte porque de chico sufrí una lesión en la pierna, refiere y cuenta las peripecias que tuvo que hacer para curar esa herida que siempre encontraba el modo de abrirse en cada accidente. Me abrí la rodilla en una caída que me di en la Plaza de Ejercicios donde íbamos con los chicos a correr en bicicleta. Fue el pedal. Me dieron puntos y anduve bien, pero después jugando en Sirio, en un partido me caí y me volví a abrir. Y más tarde en una pelea con un chico de la escuela, de nuevo, siempre en el mismo lugar. Finalmente me tuvieron que enyesar para que la herida cerrara porque ya no tenían cómo darme puntos, cuenta.
En aquellas vivencias de la infancia está su pasado. En lo que hace cotidianamente el presente y sin asignaturas pendientes, el futuro. Piensa transitarlo junto a los suyos, con quienes le gusta estar. Rodeado de sus afectos más queridos y haciendo lo que le gusta, saliendo a la ruta, cocinando manjares que deleitan a su gente. Así lo encontrará la vida, fiel a su esencia dispuesto a recibir lo que le esté destinado y disfrutando de su condición de pergaminense, caminando por calles conocidas, hablando con los amigos de siempre y sabiendo que es parte de una ciudad donde le gusta vivir, teniendo una historia similar a la de tantos y singular por su esencia.