A nita Boher tiene más de 80 años. Sin embargo su espíritu es joven. Eso se deja ver en la expresión de su mirada. Tiene un color de ojos particular y un cabello encanecido que realza una naturalidad que la hace singular. Vestida de colores vivos, acepta el transcurso del tiempo con serenidad y se reconoce como una mujer afortunada que fue tratada muy bien por la vida. Quienes la conocen aseguran que es una persona querible. Disciplinada, tenaz, responsable, buena anfitriona y docente. Guarda en el tono de la voz algo del aula. Nació en Salto Argentino, y llegó a Pergamino porque sus padres que estaban en la Estancia San Pablo se establecieron en Arroyo Dulce cuando ella cumplió su primer año. Vivió allí hasta su adolescencia cuando se instaló en Pergamino para hacer el colegio secundario. Conserva de su infancia recuerdos felices. Los recuerdos que tengo de esa época son divinos, se vivía muy bien en el campo, afirma y menciona a sus padres: Constantino Boher y Antonia Torm. También a sus hermanos: Pedro, Mercedes y María. Nosotros éramos cuatro hermanos, vivíamos en el campo, papá siempre tenía personal trabajando con él y no eran solo hombres, sino que venían con las familias, así que las criaturas de ellos eran parte también de nuestra familia. Con ellos compartíamos la vida.
Reconoce que tuvo vocación docente desde pequeña y se recuerda a sí misma jugando con sus muñecas ubicadas en posición de alumnas. Yo las sentaba en fila e imaginaba que estábamos en un aula y que yo daba clases imitando a mis maestras de entonces, relata. A pesar de esa vocación, reconoce que le costó tomar la decisión de seguir estudiando porque le costaba desprenderse de su casa y dejar a su familia para poder hacerlo. A mi madre las maestras de Arroyo Dulce la convencieron de que yo tenía que seguir estudiando. A mí no era que no me gustaba, sino que no quería alejarme de la familia. Tomó la decisión de venirse a Pergamino y comenzó a estudiar en el Colegio Nuestra Señora del Huerto hasta que consiguió una vacante en el Colegio Normal. Me vine a Pergamino con las hermanas Haydé y Elvira Escoda, viví dos años en la casa de ellas. Al principio venía los lunes y me volvía los viernes a Arroyo Dulce y después me fui adaptando y perdiendo los temores que me generaba la ciudad. Con el tiempo se adaptó a Pergamino y su familia también terminó instalándose acá.
Obtuvo su título de Maestra Normal Nacional en 1952 y allí comenzó un intenso peregrinar por aulas adquiriendo experiencia y desplegando su profesión, una actividad que se iba a transformar en uno de los pilares de su vida.
Sus primeros pasos
En 1953 comenzó a trabajar como suplente en la Escuela Nº 16 de Arroyo Dulce donde ella había cursado sexto grado. Ese fue el primer eslabón de una cadena de suplencias y un andar por unos cuantos lugares hasta obtener la titularidad. Trabajé en Salto en 1955 como suplente, donde me llamaban estaba. Llegué hasta La Pampa a anotarme porque yo buscaba el nombramiento. En una oportunidad me ofrecieron ir a Las Lomitas en Formosa, pero mi hermano no me lo permitió porque no sabía con qué me podía encontrar allí.
Comenzando 1956 un familiar lejano de su padre vivía en Peyrano y su hija tenía que empezar a estudiar en Pergamino y llegó con un ofrecimiento. Era un Demócrata Progresista en una época en que esa fuerza política era muy fuerte. Un día esta persona vino a hablar con mi papá y le hizo una propuesta: él podía conseguirme el nombramiento en Peyrano y alojarme en su casa a cambio de que su hija pudiera hospedarse en la nuestra para estudiar en Pergamino. Mi padre aceptó, presenté toda la documentación que me pidieron y a los tres días tenía el nombramiento como titular en Peyrano, provincia de Santa Fe.
Trabajé tres años en Peyrano, el primero como docente de grado y al siguiente ocupé la dirección porque el cargo quedaba vacante, cuenta y reconoce que siempre fue afortunada en el camino que le fue marcando su andar en el magisterio.
Un tiempo dorado
Tenía 22 años cuando tomó su primer desafío en un cargo directivo y recuerda esa experiencia como muy provechosa por muchas razones. Algunas profesionales y otras personales por cuanto, gracias a viajar todos los días a Peyrano para ir a trabajar, conoció al que hoy es su esposo: Francisco José Seta.
Cómo no me voy a acordar bien de esa época si viajando, tanto ir y venir, conocí a mi marido. El estudiaba en Rosario, el papá tenía un colectivo de la empresa La Paz, en el que yo viajaba, salvo cuando llovía que me iba en el tren colegial. Así nos conocimos. Yo me sentía bien con él y siempre recuerdo todo lo que hizo este hombre para estar conmigo. Se podría haber venido con cualquier otro transporte, pero elegía viajar en ese micro porque sabía que yo subía en Peyrano. Estuvimos diez años de novios y llevamos 51 de casados, es decir que hace más de 60 años que estamos juntos y vivimos con nuestro hijo Francisco José y nuestra perra que es la reina de la casa, relata.
Una larga trayectoria
Luego de aquellos primeros pasos, Anita tuvo un largo recorrido en la docencia. Casi todas las vivencias fueron para ella felices y cuando llegaron las otras las aceptó con tranquilidad y consiguió que todas fueran nutritivas: Hubo algunas partes más dolorosas, pero siempre sacás algo de cada experiencia.
En una oportunidad la inspectora de acá, la señora de Uranga, sabía que yo tenía desesperación por entrar al distrito de Pergamino, y con buen criterio un día me llamó para decirme que había seis vacantes en La Violeta que se iban a cubrir. Renuncié a Santa Fe y me vine a La Violeta, estuve seis años chapaleando barro y la titularidad nunca llegó.
Embarazada caminaba por las vías y chapoteaba en el barro, trabajaba como suplente. Finalmente el nombramiento me salió en Ramallo. Lo acepté y lo que mejor me quedaba en ese distrito era trabajar en Pérez Millán. Tomé esa opción y me dieron el cargo rápidamente. Viajé seis meses y luego, gracias a las gestiones del presidente del Consejo Escolar de acá, Rodolfo DAna conseguí un pase provisorio a Pergamino, además de que pude tramitar sin inconvenientes la licencia por maternidad.
Fueron para Anita años de mucho sacrificio, y a la vuelta del camino evalúa que pudo conjugar su vocación docente con el tiempo dedicado a su familia, gracias a esa dedicación y al modo en que le facilitaron las cosas sus suegros Luis Seta y Teresa Trotta, con quienes siempre vivió. Amamantaba a mi hijo y lo dejaba al cuidado de mi suegra para ir a trabajar, recuerda agradecida por aquel acompañamiento incondicional.
En Manuel Ocampo
Cuando llegó el momento de elegir su destino del pase provisorio que había conseguido, tuvo la posibilidad de optar entre varios establecimientos educativos. Tenía a su disposición vacantes en escuelas del Centro donde todas las maestras querían trabajar, pero ella hizo primar su vocación por la ruralidad. Así fue que llegué a Manuel Ocampo, donde había un grupo de maestras maravillosas.
Ahí trabajé en la Escuela Nº 3, una escuela urbana pero de ambiente rural, fueron años maravillosos. Haydé Gattelet de Camarasa era la directora y me dio a elegir el grado, siempre fui maestra de tercero y cuarto. Estuve unos cuantos años trabajando como maestra. Estaba muy cómoda trabajando allí con gente que tenía un trato maravilloso, cuenta.
Cuando la directora se retiró me convocaron para ocupar la dirección. No me atrevía porque no me sentía preparada para esa tarea, era una escuela con 200 alumnos y 17 personas a cargo. Finalmente acepté. Iba muy temprano a la escuela, estudiaba los archivos de la directora anterior y fui aprendiendo. Lo que más me costó fue asumir que tenía que impartir órdenes a quienes habían sido mis compañeras, pero después entendí que lo que había que hacer era trabajar en equipo. Y eso hicimos, trabajando a la par, cada uno en su rol, disfrutando de los aciertos y aprendiendo de nuestros errores para enmendarlos.
Asegura que fueron años maravillosos. Tomó la dirección de la Escuela de Manuel Ocampo en 1977 y se jubiló en 1983. Hoy vuelve cada vez que la convoca un acontecimiento. Reconoce que no conoce tanto a las nuevas generaciones de docentes, y guarda en su hogar el souvenir del festejo de los cien años del establecimiento que es parte misma de su vida. Sabe que en las pequeñas cosas está la clave de lo que perdura y con gratitud trae a la conversación nombres propios y vivencias de su tránsito por la docencia. Así, recuerda a quienes la sucedieron en la dirección: Berta Bojanich y Marta Siciliano. De Manuel Ocampo menciona, entre otros, a Mirta Benito, Adriana Corona, Imeldi Cidades, Marcela OLeari. También nombra a docentes de El Socorro que iban a Manuel Ocampo: Dora Maroevich y Nora Gattone. Menciona al profesor de música Angel Concilio y al profesor Rubén Salas. Se muestra agradecida a los miembros de la comisión cooperadora y a Delia Miri de Galante, que trabajaba en la escuela. Ellos y muchos otros me hicieron la vida tan fácil, cómo no les voy a agradecer.
La vida
Una vez retirada de la docencia continuó con una vida apacible y a un ritmo más tranquilo. Empezó a tejer al crochet y actualmente se dedica a confeccionar boinas. Empecé a tejerlas para mi hijo, todo el mundo empezó a preguntarle quién se las hacía y así comenzaron a encargármelas. Tengo boinas colocadas en Estados Unidos y en Holanda, refiere.
Aunque su madre tejía, reconoce que aprendió a hacerlo en forma autodidacta. Así fue que encontró la fórmula para ocupar el tiempo en una actividad que le resulta placentera. Disfruta de su casa y del barrio en el que vive. Cocina para los suyos y mantiene vivos los recuerdos de la escuela. Quizás porque nunca se deja de ser docente.
Su única asignatura pendiente es no haber tenido otro hijo. Reconoce que el ritmo que le suponía viajar para enseñar condicionó en cierto modo su decisión. Sin embargo, dueña de una fe inquebrantable, enseguida entiende que por alguna razón Dios lo quiso así.
Creo mucho en Dios, aunque no soy de estar todo el día en la Iglesia. Pero sé que Dios a mí no me abandona, eso da una tranquilidad enorme. Lo que le pido a Dios me lo concede y me quedo muy serena en ese aspecto, confiesa. Esa fe es la que le da templanza y confianza para emprender cada día un nuevo desafío. Siempre le gustó gestar proyectos y realizarlos. Esa energía es la que la sostiene y le permite visualizar su vejez tranquilamente. Pienso que no tengo de qué arrepentirme.
Considera que tanto en la docencia como en la vida, el mayor aprendizaje fue haber podido desarrollar cada una de sus acciones en coherencia con sus valores de responsabilidad y respeto. Amante de la puntualidad, aprendió mucho de sus alumnos y se brindó incondicionalmente. Ellos se acuerdan mucho de mí y me lo hacen saber. Siempre fui exigente, pero es una siembra que rindió sus frutos porque he tenido alumnos extraordinarios y me reconforta verlos realizados. Eso es lo mejor que puede sucederle a un docente, concluye con la mirada puesta en el futuro, dispuesta a disfrutar de la vida.