sábado 04 de abril de 2026

Roque Tenaglia: la pasión por soldar, intacta tras más de 60 años de metalúrgico

7 de febrero de 2016 - 00:00

La empresa dedicada a la fabricación de galpones y tinglados que lleva su apellido, en el barrio Centenario, lo cobija en el desarrollo de su oficio. Se siente dueño de una trayectoria construida a fuerza de trabajo y agradece a Dios y al Gauchito Gil por el apoyo incondicional de su familia en cada uno de sus proyectos.

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oque Camilo Tenaglia tiene 79 años y es metalúrgico. Desde hace más de 60 años le puso nombre propio a un emprendimiento comercial dedicado a la fabricación de galpones. En calle Juan B. Justo está el galpón donde pasa sus días. Allí está contenida buena parte de su historia laboral y personal. En ese lugar están sus raíces y la cosecha de una siembra de años de sacrificio y empeño puestos al servicio de un oficio aprendido por la necesidad de trabajo y que se transformó en una pasión de la que se enorgullece.

Son las nueve de la mañana de un día cualquiera y está soldando. Sus ojos claros aparecen detrás de la máscara que utiliza para protegerse. Acepta la entrevista complacido. Limpia sus manos y se abre paso desde el galpón hacia una oficina sencilla que contiene los muchos años de historia de un comercio emblemático de la ciudad. El comienzo de la charla tiene que ver con su infancia vivida en el campo, en la localidad de Mariano H. Alfonzo. Está en las puertas de sus 80 años y se mantiene activo y jovial. “Yo nací en Pergamino y hasta los 19 años viví en Alfonzo, fui a la Escuela Nº 43 hasta cuarto grado, en aquel tiempo no había posibilidad de hacer otra cosa; fui como hasta los 17 años porque no se podía estudiar en otro lugar”, cuenta el hijo de María y Eugenio y hermano de Antonio y Juana.

En 1956 había fallecido la propietaria del campo en el que vivían y se vendía ese lugar. A su padre un escribano le aconsejó que comprara esas tierras y las vendiera más tarde ya que se ofrecían a un precio razonable. Eso hizo y así fue que tres meses luego de la realización del boleto su padre vendió el campo, se remataron todas las cosas y animales que había allí y la familia se estableció en Pergamino. 

“Con aquella operación en 90 días mi padre se ganó 150 mil pesos”, comenta y recuerda que cuando llegaron a la ciudad se establecieron en la que describe como “la casa paterna” en Monroe y Libertad (hoy Estrada).

“Yo tenía 19 años por entonces y fue tiempo de salir a buscar trabajo porque hasta el momento todos habíamos estado vinculados a las tareas de campo. Mi hermano entró a trabajar en Kehoe y el 27 de agosto de 1956 entré yo también”, señala. Allí se fabricaban acoplados y tolvas. Su hermano era jefe de sección tolvas y él comenzó siendo peón y realizando todo tipo de tareas. “Desde entonces mi vida transcurrió en los galpones”, sostiene y con orgullo cuenta que fueron sus ganas de “superarse” y aprender lo que le permitió ascender y forjarse un oficio.

Dueño de una larga trayectoria y de una vocación emprendedora, recuerda que antes de tener su propio galpón trabajó en su casa, donde había logrado armar un espacio para hacerlo. “Desde ese momento vivo en los galpones y con la industria metalúrgica he hecho todo mi recorrido de trabajo”, señala.

 

Sus propios pasos

Su propio galpón cobró realidad allá por 1965, cuando con esfuerzo comenzó a levantarlo en calle J. B. Justo. Abrió las puertas de Galpones Tenaglia el 6 de enero de 1966, en lo que significó su independencia laboral y trabajó ininterrumpidamente hasta hacerse un nombre y un prestigio en su especialidad que es la fabricación de galpones y tinglados.

“En enero cumplimos 50 años de estar acá, pero hace más de 60 que soy metalúrgico”, observa recordando que aprendió el oficio siendo empleado y en busca de poder independizarse económicamente más tarde fue patrón.

“Me motivó a armar el galpón el deseo de trabajar en forma independiente. Cuando abrimos en casa yo tenía mis clientes del taller y trabajaba con los elementos que había comprado. Cuando inauguré acá casi todos me siguieron y en ese entonces realizábamos todo tipo de reparaciones”, cuenta.

También refiere que por aquel tiempo su hermano trabajaba en Kehoe y desde esa firma comenzaron a encomendarles trabajos para la fabricación de tolvas y acoplados grandes. “Más tarde empezamos con la fabricación de galpones”.

“Le tengo que agradecer a un señor Antonio Vidueira que fue el que me vendió el primer galpón. Siempre lo recuerdo como persona por su seriedad y tengo presente que un día me dijo ‘Roque si te veo con algún malandrín en la puerta, no piso nunca más. En todos estos años he tenido la suerte de encontrarme con muy buenas personas que siempre me alentaron a progresar”.

Comenzó a cosechar el fruto del esfuerzo a poco de andar en la actividad. Empezó a trabajar con su hermano que se transformó en su mano derecha. “El furor de nuestro trabajo fue en 1968 y durante más de diez años trabajamos a full, nos fuimos especializando y hoy nos dedicamos a la fabricación de galpones, hace tiempo que dejamos los acoplados y las reparaciones porque no podíamos atenderlos.

“Así fue que empezamos a tener empleados para hacer el montaje al campo con gente conocida y de confianza, varios albañiles han formado parte de nuestro equipo. Tenemos una larga trayectoria en el rubro de la empresa metalúrgica”, agrega.

 

La pérdida

El mayor sinsabor fue la pérdida de su hermano en 1990. “Siempre fue mi compañero en el campo, en la casa paterna, en la vida. Fue una pérdida irreparable.

“En 1990 cuando falleció mi hermano fue un dolor muy grande, él estaba casado con Nelly Raimundo y su hijo Héctor lo reemplazó en el galpón. Mi sobrino es el principal ayudante que tengo, es mi mano derecha y él se dedica a hacer el montaje en el campo”, cuenta. 

 

La familia

A la par de su actividad laboral, Roque fue armando su familia y siempre se mantuvo cerca de sus afectos. “Mi hermano se casó y vivía en la casa paterna. Yo también viví allí porque estando de novio le había dicho a mi suegra que no me iba a casar hasta que no lograra construir mi casa. Mi madre me cedió una parte del terreno en la casa paterna para que armara mi hogar. Eso hice, del 61 al 63 estuve en construcción y el 2 de marzo de 1963 me casé con Palmira Benetti, una mujer increíble y la gran compañera de mi vida”.

Roque tiene dos hijas: Andrea y Rosana y seis nietos: Stefi, Agustín, Alejo, Manuel, Santiago e Inés.

“Todos son increíbles, mis hijas, mi yerno, mis nietos, no puedo pedirle a la vida nada más. Con mi esposa somos muy compañeros y nos ayudamos mucho. A veces pensamos que no sé qué vamos a hacer cuando uno de los dos falte”. Se emociona cuando habla de sus seres queridos y se reconforta sabiendo que consiguió armar la familia con la que soñó.

Entre sus afectos también menciona a sus empleados con los cuales comparte gran parte de la vida. “Tengo que agradecerles a ellos porque me han ayudado mucho. Uno de mis empleados está jubilado y otro se está por jubilar. Tanto tiempo compartido hace que nos una un respeto mutuo. Hemos transitado un largo camino en esta actividad, con momentos difíciles y alegres”, refiere.

Con la misma impronta destaca la relación con los clientes y proveedores. “Todos son excelentes y muy atentos. La clientela es fiel, hay clientes que desde que abrimos nos compran. En la trayectoria uno gana confianza y seriedad. Esa es nuestra carta de presentación y lo que nos ha permitido mantenernos en el tiempo, sorteando los vaivenes de una industria cambiante”.

 

Consolidado

El presente lo recibe consolidado en su tarea y afianzado en su seguridad. “En este momento lo que estamos haciendo con mi sobrino es pidiéndoles a los clientes que compren los materiales y nosotros nos ocupamos de la mano de obra y el montaje. Eso ha resultado lo más conveniente para ellos y para nosotros.

“La industria metalúrgica está muy bien. Hemos pasado momentos difíciles, pero siempre logramos salir adelante con trabajo”, señala y recuerda que aprendió el oficio de “el alemán”, un soldador que trabajaba en Kehoe. “Yo no era del rubro metalúrgico, era peón, pero tenía muchas ganas de progresar. Tenía un acercamiento y una amistad con el capataz Pelourson. Un día me dijo que se iba el soldador, era un artesano en su trabajo, empezaba a soldar y uno no veía dónde se enganchaba la pieza. El capataz me preguntó si quería aprender el oficio. De inmediato acepté y durante un mes toda mi tarea era observar cómo soldaba, estuve a su lado con la careta de protección aprendiendo. Me enseñó todos los secretos, de él aprendí y hasta el día de hoy soy soldador. 

“No tengo más que palabras de agradecimiento, a quienes me enseñaron, a mis clientes por haber confiado en mí, a los proveedores por la dedicación y a mi familia y amigos por haberme acompañado en el esfuerzo. A mi sobrino, que es un hijo más para mí, a mi cuñada, a la innumerable cantidad de personas que forman parte de mi vida. De corazón, les agradezco”.

 

Una pasión

Su oficio se transformó en una pasión y con casi 80 años confiesa que cuando no está trabajando dedica su tiempo a seguir pensando en la tarea. “Mi señora me pregunta cuándo voy a dejar, pero a mí me apasiona el galpón, así que mientras tenga vida seguiré trabajando. Es lo que le pido a Dios y al Gauchito Gil, del que soy muy devoto, que me de fuerzas para seguir adelante.

“Tengo poco estudio, pero lo que hago me gusta mucho, tengo vocación de trabajo”, dice sentado en su oficina con una lapicera en la mano. “Acá no tengo computadora, todo lo hago mentalmente. Sale de acá”, refiere señalando su cabeza. Esa mente que tiene la lucidez de quien está en actividad y de quien sabe disfrutar de lo que ama hacer sabiendo que al final, hay recompensa.

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