domingo 05 de abril de 2026

María Correa: una vida dedicada con entrega a la enfermería

31 de enero de 2016 - 00:00

Acaba de jubilarse como supervisora de Enfermería del Hospital San José. Aunque estrena esta nueva condición de estar “retirada” de la actividad laboral, asegura que nunca se deja de ser enfermera. Recibe con gratitud el reconocimiento de sus pares que la valoran por su tarea y se dispone a iniciar “una nueva etapa de la vida”, que augura, la encontrará “paseando”.

M aría Angélica Correa tiene 65 años, nació en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos. Sin embargo se considera “pergaminense” puesto que llegó a esta ciudad siendo niña, junto a una familia que la crió. “Era un matrimonio que me crió como si fuera una hija. El era ingeniero de Obras Sanitarias en ese tiempo y llegamos a la ciudad cuando lo trasladaron por cuestiones de trabajo”, cuenta en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en el Hospital Interzonal de Agudos San José, donde se acaba de jubilar como enfermera.

Narra las anécdotas de su infancia con entrañable agradecimiento a quienes le brindaron su cariño y le dieron la posibilidad de una familia: Blanca Cerrutti de Donadille y Juan Carlos Donadille. “Vivíamos en el chalet que le daban al ingeniero en Francia y Belgrano. Recuerdo que estaba el tanque. Hice parte de mi escolaridad en Entre Ríos y luego terminé acá en la Escuela Nº 17”, señala.

“Cuando yo tenía 16 años al ingeniero lo vuelven a trasladar a Concepción del Uruguay y se jubila. Yo me fui con ellos, pero al poco tiempo me quise volver porque  me había acostumbrado a estar en Pergamino. Me volví a vivir a la casa de una familia amiga de ellos y aquí me quedé”, refiere y cuenta que se puso de novia siendo muy joven con el que después fue su esposo y padre de sus hijos. “Me casé a los 18 años, tuve tres hijos: Claudio Jesús, Gabriela Alejandra y Carlos Miguel Olivera, este último vive en San Nicolás”.

Se siente pergaminense. “Soy ciento por ciento de esta ciudad y este es un lugar en el que me gusta vivir, no me iría nunca de Pergamino” y describe sus rutinas cotidianas en su casa del barrio Belgrano donde vive.

 

Una profunda vocación

Su vocación por la enfermería estuvo desde siempre. Sin embargo, al armar su familia se dedicó al cuidado de sus hijos. “El que era mi esposo no quería que me dedicara a esto y fue algo que me quedó pendiente. Transcurrieron los años, situaciones de matrimonio trajeron la separación y ahí entonces tomé la decisión de dedicarme a esto que era mi vocación”.

Estaba separada y tenía que conseguir trabajo. Así fue que un día tomó la decisión de ir al viejo  Hospital San José para pedir trabajo como mucama y la anotaron. “En ese entonces estaba la señora Elda Peretti y el licenciado Néstor Antuña. En ese tiempo la enfermería era una tarea empírica. Pasaban de mucamas a enfermeras por convocatoria de los jefes que veían quiénes teníamos capacidad y disposición para ejercer esa tarea. Esos fueron mis comienzos, y comencé a trabajar como enfermera ad honorem un tiempo. Como necesitaba ganar dinero fui a pedir empleo en la Clínica General Paz, empecé y a los veinte días me llegó el nombramiento en el Hospital. No lo dudé ni un segundo porque yo sentía pasión por la tarea hospitalaria, así que volví.

“En aquel momento en la Clínica estaba trabajando Delia Actis, hablé con ella y le plantee con mucha sinceridad mi situación, que yo amaba el Hospital”, agrega.

Cuando recuerda sus comienzos en lo distendido de la charla se ilumina su mirada cuando recuerda aquellos tiempos de anhelos y de búsqueda de aprendizajes. “Toda mi carrera fue hospitalaria y a la vuelta del camino siento que fue una buena decisión porque aprendí mucho y brindé mucho de mí también”.

En el viejo Hospital trabajó en la Sala Uno de Mujeres, un pabellón donde se atendían todas las patologías. “Me gustaba y como cada vez que algo despierta una pasión, uno lo hace con mucha dedicación. Yo siempre buscaba aprender y me rodeaba de gente que pudiera enseñarme”.

Sus primeros aprendizajes fueron con Susana Castañárez y “Mary” Bonano, enfermeras de las que aprendió las primeras herramientas. Luego fue adquiriendo otros saberes y fue poniéndole al trabajo su impronta. Les cantaba a sus pacientes. Y le gustaba atender lo urgente. Siguiendo esa pulsión fue que en sus tiempos libres y cuando la Sala de Mujeres estaba “tranquila” pasaba a la Guardia para cubrir las emergencias.

“Al poco tiempo los médicos de aquel entonces que estaban en la Guardia, hablaron con los jefes de supervisión para pedirme y me establecí en ese servicio. Para mí era lo más”, confiesa y valora el haber podido trabajar con grandes médicos de esa época, entre los cuales menciona los doctores Rodolfo y Oreste Salguero, Abaca, Peralta, Barrera, Casalli, la doctora Piobella y tantos otros. “La mayoría eran de Rosario y como nuestro trabajo era tan empírico nosotras aprendíamos mucho de los médicos”, agrega y se define como “curiosa” queriendo saber siempre el porqué y para qué de todos los procedimientos. “Siempre quería estar atrás de la que sabía más y observaba”.

Más tarde tuvo la posibilidad de estudiar. “Con los años se abrió la Escuela de Enfermería Luciano Becerra donde estudié”, cuenta con orgullo.

El pasaje del viejo Hospital al actual edificio la encontró trabajando en la Guardia, donde estuvo un tiempo. “Después de algún período pasó al peine de Clínica Quirúrgica que es donde se internan los pacientes que van a someterse a intervenciones. Estuve muchos años allí hasta que luego pasé a Central de Materiales, donde aprendí a manejar autoclaves, estufas, a preparar el material que usan los distintos servicios y de ahí pasé a supervisión de enfermería donde me jubilé”.

 

 La jubilación y la vida

Llegó a la jubilación por su edad. Llegó de oficio y se retiró de la actividad en estos días. “No fue una elección, sino que me vino la jubilación de oficio, así que hace algunos días que estrené esta nueva condición de ser jubilada”.

Imagina que el tiempo por venir, lejos de la rutina hospitalaria, la encontrará paseando con quien desde hace 19 años es su esposo: Daniel Enrique González.

“Después de tantas cosas que vivimos Dios nos premió, yo pude rehacer mi vida. Nos llevamos muy bien y nos gusta mucho viajar. Ambos estamos jubilados y aunque él sigue realizando alguna tarea de campo, su actividad le permite organizarse para poder tomar tiempo de descanso”, cuenta.

“A los dos gracias a Dios nos gusta mucho viajar y lo hacemos cada vez que podemos. Hace poco nos fuimos a Cosquín porque somos seguidores de ‘El Chaqueño’ Palavecino y por suerte conocemos muchos lugares.

“Lo más lindo de viajar es la posibilidad de conocer y de descubrir. Disfruto desde que me subo al auto hasta que llego, es una experiencia muy reconfortante”.

Cuando no viaja dedica tiempo a disfrutar de sus nietos: Daiana, Yesica, Melanie, Josefina, Evelyn, Brian, Ayelén, Maira, Celeste y Facundo.

Imagina su vejez viajando “hasta donde Dios quiera porque uno puede tener muchos proyectos pero es él el que dispone”. 

Fruto de su carrera ha cosechado relaciones entrañables, las mismas que la extrañan y le reconocen su vocación y capacidad de trabajo. Se lo demostraron días pasados con un reconocimiento que le hicieron. Eso se lleva de su paso por el Hospital y agradece el sentirse “valorada”.

“Estos días he estado rodeada de buenos deseos y eso me ha hecho sentir querida y respetada”, confiesa. Recién retirada de la actividad reconoce que aún no ha tomado verdadera dimensión de “estar jubilada”. Vive estos días como si estuviera de vacaciones. Como si en algún momento llegara la hora de volver al uniforme y al servicio.

 

Un balance provechoso

En tiempo de balance admite que le quedó pendiente la posibilidad de seguir estudiando. “Obtuve mi título de enfermera pero luego no continué con mi formación. Eso es algo que me hubiera gustado hacer y por diversas circunstancias no hice. Muchas veces al ser joven posterga esos objetivos y cuando te das cuenta pasó la vida. Por eso a las nuevas generaciones de enfermeras siempre las incentivo a que sigan, que no se queden porque eso el día de mañana las va a favorecer en un montón de cosas”.

De su tarea lo que más rescata es el trato con el paciente. “Eso fue lo más lindo que me dio la enfermería”, afirma convencida y agrega: “En la época que estaba en la Sala buscaba de dar el mejor trato posible al paciente, sabiendo que son todos iguales, pero que cada uno guarda una historia de vida particular. Por alguna razón siempre estuve más cerca de los que estaban solos y muchas veces presté mi escucha”.

Sin asignaturas pendientes más allá de aquellas vinculadas al deseo de ver bien a sus hijos y nietos, reconfortada y entusiasmada a las puertas de una nueva etapa de la vida asegura que nunca se deja de ser enfermera. Y concluye con una apreciación que la define: “Esta es una profesión hermosa, que tiene los avatares de cualquier trabajo, pero que da enormes gratificaciones en el trato con el otro y que por tal requiere de una gran entrega y una profunda vocación. Yo la he tenido y la he podido desplegar, por eso me siento agradecida y dichosa. En el fondo uno nunca se jubila de eso que lleva adentro”.

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