El comienzo de su vida
Néstor Juan Terzaghi nació el 22 de octubre de 1932 por lo que tiene 83 años. Sus padres: Rosa Vaio y Donato Terzaghi vivían en una casona, ubicada por Monteagudo, frente a la Plaza San José. Pero antes de que él naciera sus progenitores decidieron mudarse a una vivienda que se encontraba en Lagos entre Italia y Estrada.
Al poco tiempo de nacer Néstor, se instalaron en Monteagudo entre Lagos y Echevarría, y allí Toto desarrolló su infancia junto a su hermana menor, Rosa Elena.
La iniciación laboral
De su infancia recuerda que fue hasta tercer grado a la Escuela Nº 22 para luego continuar los estudios en la Nº 1. Mis padres querían que yo estudiara, pero a mí no me gustaba. Hice hasta primer año del secundario y lo único que aprobé fue el recreo, cuenta entre risas.
La poca disposición al estudio hizo que empezara su trayectoria laboral de muy joven y junto a su padre ya que éste no quería que yo trabajara bajo patrón. Por eso, aprendió el oficio de su progenitor, el de carpintero y juntos emprendieron un largo caminar que estuvo signado por el trabajo honesto. Para que yo empezara a trabajar, mi papá, que por ese entonces era camionero, puso una carpintería en Monteagudo, entre Alsina y Lagos. Y allí hice mis primeras armas en el trabajo de la carpintería. Nos dedicábamos mucho a hacer muebles para casas y apuntando a ese público es que hacíamos juegos de mesa, sillas y el aparador que después vendíamos en una mueblería que abrimos en San Nicolás y Echevarría. Al mismo tiempo trabajaba de operador en Telefónica durante la noche, entraba a la medianoche y salía a las 5:00, dormía muy poco y por eso me quedé con el oficio de la madera, señaló Néstor.
Trabajo industrializado
Después de trabajar de manera independiente con su padre formaron una sociedad con Carlos Couto, que distribuía Pepsi Cola en Pergamino. Con mi padre hacíamos los cajones en donde eran ubicadas las botellas. Para hacer ese trabajo necesitábamos más maquinarias por eso tuvimos que trasladarnos a un galpón, que era de Couto, que estaba en Doctor Alem entre General Paz y Castelli, sostuvo Néstor.
Con la incursión de los cajones de plástico, disolvieron la sociedad con Couto al que recuerda como una gran persona pero siguieron apostando a la carpintería por eso, en la intersección de Alsina y Pico, en un galpón, continuó su trabajo haciendo cajones para la firma Fortuny, que exportaba repuestos de máquinas agrícolas. Al mismo tiempo incursionaron en la fabricación de broches en el mismo espacio en el que se encontraba el aserradero.
Al fallecer su padre, Néstor contaba con poco más de 45 años, remató sus máquinas y herramientas y se dedicó a la venta de madera junto a un tío. Cuando murió mi padre, con un tío empezamos a viajar a Misiones y Formosa con un camión con acoplado; comprábamos madera y la vendíamos en Pergamino y la zona. Y en los viajes de ida tuvimos la posibilidad de conocer un poco nuestro país y estuvimos en las Cataratas del Iguazú, también pasamos a Paraguay, manifestó Néstor.
Epoca de cobranzas
Luego de hacer una vasta trayectoria como trabajador de la madera, Néstor fue cobrador, primero del Club de Viajantes, luego estuvo 8 años haciendo la cobranza para el Instituto Davreux, también trabajó para Bomberos Voluntarios y con esa actividad culminó su trayectoria laboral, cerca de los 70 años, para empezar a disfrutar de ser adulto mayor.
La formación de su familia
Néstor recuerda con nostalgia la época de los bailes. Por la noche había varios bailes, en varios clubes: Douglas, Ameghino y Centenario. Siempre tuve locura por el baile, expresó Néstor con una sonrisa pícara. Recuerda como anécdota principal que la Cooperativa Rivadavia, en los galpones de Siria y las Vías del Ferrocarril, organizaba grandes fiestas para su aniversario, y en ese lugar fue en donde conoció a quien sería su esposa, Norma Sacchetto. Allí conocí a Norma, quedamos en encontrarnos en una tertulia que se hacía en Douglas ese mismo día, así que al terminar la fiesta de la Cooperativa tuve que venir corriendo a mi casa a cepillar el traje, el único que tenía para salir a bailar. En esa tertulia nos pusimos de novios, cuenta Toto y detalla que con Norma, docente, estuvieron ocho años de novios, incluyendo dos de comprometidos hasta que decidieron formalizar su relación en la Iglesia Merced.
Recién casados vivieron parte de su matrimonio en una casa de Moreno 55, y luego llegaron a la zona norte de Pergamino, al barrio Acevedo. Primero se instalaron en una casa de Laprida y Ramón Raimundo para luego apostarse en Guido. Nunca pudimos irnos del barrio Acevedo porque a Norma le encantaba este sector, expresó Néstor.
Sus amores
Con el transcurso del tiempo, Néstor y Norma tuvieron dos hijas: Mónica Luján y Gabriela Fabiana. Mónica está casada con Carlos Matacín y tiene tres hijos: María Jimena, 34 años, médica que vive en Rosario; María Eugenia, de 33 años, es chef, e Iván Matacín de 30 años que es abogado y reside en Rosario junto a su esposa.
La segunda nieta de Néstor, María Eugenia, fue quien le hizo estrenar, hace 9 años, el título de bisabuelo ya que es mamá de Mateo Canullo, que, según cuenta Toto, es el único al que le gusta el basquetbol y tengo el orgullo de que juegue en Argentino como lo hacía yo.
Gabriela está casada con Carlos Toriano y tiene dos hijos: Victoria de 17 años que recientemente terminó sus estudios secundarios y Rocío de 15 años.
El amor mantuvo unidos a Néstor y Norma, hasta que la muerte de ella los separó, hace poco menos de diez años.
Su amor por el basquetbol
La vida de Toto no estuvo solo limitada al trabajo, sino que también, jugó al basquetbol en el Club Argentino, entidad por la que siente un gran afecto. Mi papá era asiduo al Club y me llevaba. A medida que fui creciendo me interesé por el basquetbol, una de mis grandes pasiones, dijo y recuerda que el primer partido en el que hizo su ingreso formal a las canchas fue en el actual Socios Fundadores de calle Rivadavia, en un partido contra Sirio Libanés. En esa contienda me tocó reemplazar a un compañero, Carnevale. En la Primera de Argentino jugaban hombres grandes, entre ellos: Bello y Perita Ferretti. Desde ese momento nunca dejé de jugar en Primera División, hacía el trabajo de defensa del tablero porque, además de mi altura, saltaba alto, tenía mucha fuerza en las piernas, contó Néstor.
Luego de haber sido esposo y padre seguía siendo un as de las pelotas de basquetbol. Tenía más de 40 años y jugaba en los partidos de los mayores. Lo mejor es que siempre fue acompañado por su familia.
La barra de amigos
El Club también ocupó un lugar importante en su vida ya que todos los mediodías, cuando su mujer iba a trabajar, Néstor asistía a Argentino para compartir momentos agradables con sus amigos y participar de las competencias de interclubes en el juego del dominó.
Gracias al Club, en su adolescencia, conoció la verdadera amistad. Declarado radical ya que fue militante de la Juventud de ese Partido en sus años de juventud, pertenecía a una barra de amigos, así denomina él, a esta organización de buenos compañeros que para alimentar el espíritu de convivencia y hacer valer los buenos valores, como la solidaridad y el compañerismo, aplicaban un reglamento que cumplían a rajatabla: Los seis que conformaban el grupo, nos casamos con la misma corbata, agregó el vecino. Los seis de la barra jugábamos en el Club Argentino, yo era el más chico, por eso para entrar en este grupo tuve que hacer un viaje en Carguero, esa era la condición para ingresar. Entusiasmado por ser parte, me fui, junto a ellos, en un vagón cargado de troncos, desde Pergamino hasta el balneario de Salto, contó Toto y recordando a sus amigos los nombró con apodos y apellidos: Bobo Paganini, Tarado Paganini, Pocho Cardinale, Quitito Fernández, El negro Ferretti, mientras que a Néstor le decían El lechón.
Superar los obstáculos
La muerte de Norma, su mujer, afectó la salud de Néstor que, luego de un accidente cerebro vascular, debió ser sometido a una operación de corazón. Por culpa de la diabetes, le debieron amputar las dos piernas por lo que se moviliza con dos muletas o en sillas de ruedas. Pero esta discapacidad motora no le impide hacer lo que le gusta: ir al Club Federal, simplemente, a jugar una partida de naipes y compartir charlas con amigos.
Amante de la madera, como buen artesano, transcurre sus horas realizando manualidades. Utilizando corchos, varillas de madera y diferentes tipos de granos realiza posafuentes, posapavas y relojes que regala, por ahora, a sus seres queridos, pero ha recibido ofertas para iniciar un pequeño mercado de artesanías.
Consultado sobre si le queda una asignatura pendiente, de manera contundente y casi sin pensar, aseguró que no dando por finalizado el relato de esta hermosa historia de vida signada por la familia, la amistad, el trabajo, la honestidad, grandes valores que, sumado a su espíritu inquieto, lo motivan a emprender cada nuevo día.