Asegura que la actividad del Correo era hermosa. Trabajé toda la vida, pero siempre puse mi mejor esmero, al punto que estudié y pude hacer la carrera que hice gracias a ese esfuerzo.
Su traslado a Pergamino fue gracias a un jefe al que considera un gran amigo: Raúl Enriquez. El fue el que me puso a relevar jefatura en Arrecifes, me apreciaba mucho y fue quien me impulsó a venirme a Pergamino. Siempre me decía que él me quería ver acá con mi familia.
Yo ya estaba casado, así que ahí fue que me vine a trabajar en las oficinas del Correo en Pergamino, relata.
La florería
Emprendedor, a la par de su tarea como empleado telepostal, siguiendo el consejo de un amigo de apellido Machado, que tenía florería en Arrecifes, que lo impulsó a incursionar en el rubro. Fue así que comenzó a trabajar en un oficio que lo llevó a tener su negocio propio. Conté con el apoyo incondicional de mi esposa que siempre fue muy proactiva. Comenzamos a trabajar con la florería a la par del Correo. Aprendí con mucha facilidad a manejarme en el rubro. Primero la alimenté en mi casa, después me fui al Centro, en la entonces avenida Julio A. Roca 185 donde alquilaba y más tarde alquilé en Castelli 951 al lado de las Salas Velatorias de Sánchez. Allí nació la Florería Real, que estaba a media cuadra del Colegio Nacional.
Desarrollaba sus tareas entre las horas del Correo y las que le quedaban para el tiempo libre. Nos dedicábamos muchas horas a la Florería, no escatimábamos esfuerzos.
En las horas pico me quedaba desde las once de la noche hasta la hora que entraba a trabajar en el Correo, viajaba a Buenos Aires para comprar flores en el Mercado Central. Cuando no tenía vehículo lo hacía en Chevallier y regresaba en el tren 60. Cuando pude tener mi auto, viajaba por mi cuenta.
Tuvimos épocas de mucho trabajo. La ubicación al lado de las Salas Velatorias era privilegiada para el rubro y en las épocas de la epidemia de Mal de los Rastrojos, pasábamos noches enteras sin dormir debido a la gran demanda de trabajo que teníamos, cuenta en su relato.
También dentro de lo que aprendí hacíamos arreglos de iglesias. Hemos hecho los adornos para el altar de la Virgen de La Merced, recuerdo de memoria las medidas del camarín de la Virgen. Arreglé La Rural para casamientos y cumpleaños; arreglamos en el Club de Viajantes y en el Club Social. Cuando se casó el Gringo Mírcoli, el jugador de Independiente, se lo arreglamos nosotros. También Caito Iglesias, el corredor, cuenta refiriendo inolvidables anécdotas de esa tarea de la que disfrutaba.
Cada uno de sus trabajos fue a la par de su esposa que se había especializado en el armado de ramos y tocados para novias. Fue una época muy linda, de muchas satisfacciones, confiesa.
Dios me dio para esto una iluminación y una facilidad. He hecho coronas que no las he visto más. Hacía coronas con corazones y cruces. Se pintaban los nísperos con dorado, intercalábamos follaje. Por mi conocimiento del Correo no me faltaba gente que me daba permiso para cortar verde, me surtía de cosas que luego elaboraba.
En el Correo
Fue una época en la que el Correo me demandaba mucho tiempo porque pasaba meses relevando las licencias de los jefes titulares. Me mandaban a San Nicolás y otras localidades como San Pedro, Campana y Lima, comenta y recuerda que el Correo fue una entidad que fue pasando de mano en mano para ser Correo Argentino, Encotel y Encotesa.
Para ir escalando en su carrera siempre apostó a la capacitación y de hecho se formó en Buenos Aires donde se centralizaban las actividades de capacitación del personal. Sus exámenes fueron en el Correo Central y recuerda con orgullo aquel esfuerzo que le dio múltiples satisfacciones.
Siempre tuve una cuestión vocacional y una búsqueda permanente de superación, confiesa. Su retiro como empleado del Correo se dio en marzo de 1996 luego de tres insistencias de retiro voluntario.
Tomé la decisión de jubilarme porque pasaba más de medio año relevando jefaturas afuera y pensaba que en cualquier momento me iban a asignar un destino fuera de Pergamino.
Se retiró con 42 años de servicio, teniendo 57 años. Me quedé en Pergamino, acompañé a mi hijo el mayor que es mayorista de bijouterie, viajábamos al sur a vender.
Un trabajador incansable
Después mi hija mayor estaba radicada en Villa Adelina, había puesto un supermercado, cuando iba a nacer nuestro primer nieto nos pide a mi esposa y a mí que fuéramos para hacernos cargo del negocio. Fui por quince días y me quedé cuatro años porque no me dejaban venir. Allí me ocupaba de todo, de la parte contable, de la atención al público, y de las compras.
La inseguridad que comenzó a imperar en Buenos Aires lo decidió a volver a Pergamino. Tiempo más tarde también lo hizo su hija que en un primer momento instaló un pequeño supermercado en la casa familiar. Ella después no quiso seguir y mi señora me propuso que nos hiciéramos cargo nosotros del negocio, ya no era supermercado sino un comercio dedicado a la gastronomía. Acepté y acá estamos, al frente del negocio.
Sus rutinas siguen siendo de trabajo. Lejos de toda vanidad y ego, a las 5 ó 6 de la mañana ya estoy trabajando a la par de los empleados a la edad que tengo.
Cuando no está en el negocio siempre busca algo para hacer en su casa. Soy un alma inquieta, afirma.
Hice muchos amigos en el Correo y en la florería. Hoy en el negocio. Me siento orgulloso, quizás por mi modo de ser que no fui egoísta, no lo soy y siempre que puedo ayudar lo hago. Nunca escatimé enseñar a otros lo que me habían enseñado a mí. No me guardé nada en la enseñanza ni en la ayuda.
Asegura que todo lo que hizo en la vida le gustó. La charla lo lleva entonces por las anécdotas siendo cartero y telegrafista. Repartíamos la correspondencia en bicicleta o a pie. Uno salía a la calle y se encontraba con gente conocida. Te familiarizabas y eran todos amigos.
También la tarea como telegrafista me gustaba. Era lindo. Hacía la transmisión y recepción de telegramas en un tiempo en que para las fiestas se utilizaba mucho esa vía de comunicación. Era hermoso. En Arrecifes, los días que me tocaba trabajar de tarde, el correo llegaba a las ocho de la noche, a veces, me quedaba en el Correo esperando el horario del tren, estaba el tablero de clavijas, conectando con distintos distritos para ir aprendiendo todos los días un poco más.
No se imagina la vida sin trabajar y considera que para dejar de hacerlo debería estar enfermo o muerto. Se siente satisfecho y aprendió a disfrutar de la recompensa que le dieron sus años de esfuerzo. Cuando se jubiló del Correo con el dinero del retiro hizo un viaje a Europa con su esposa. Allí recorrieron once países y anclaron en Catalunya, donde ella tiene familiares. En ese viaje una prima de mi señora se casaba. Mi señora le hizo el ramo de novia y los arreglos florales a la chica y yo le hice el arreglo de la Iglesia. Se casaba un domingo a las once de la mañana. Le encargué a un familiar que tuviera pronto un vehículo, tomé las medidas del lugar y trabajé en los arreglos. Se acercaba la hora de la ceremonia y los parientes pensaban que yo estaba loco porque no había nada armado. A las diez me hice llevar. A las 10:30 armé todo y a la hora de la boda estuvo todo listo con flores frescas.
Su presente y el futuro
Reconoce que hoy se siente lejos del mercado de las flores y que aunque algunos conocidos le insisten en que vuelva al ruedo, considera que ya no es tiempo para eso. Lo hice durante muchos años como una forma también de progresar y significó algunos sacrificios. Hoy no tenemos esa necesidad y de algún modo el bie-nestar también te da quietud.
En la actualidad está dedicado a la rotisería. Recuerda sus tiempos de colombófilo, un hobby por el cual llegó a tener cinco palomares y 350 palomas y que dejó cuando el deporte cambió para no distraer tiempo con su familia. También menciona sus anécdotas como jugador de basquetbol en las inferiores de Sports y de Comunicaciones. Compartí esa experiencia con grandes jugadores, conocidos de esa época, y en 1954 salimos campeones en la categoría cadetes.
Si bien me siento perfecto de salud, no desconozco que tengo 79 años. Cuando era joven iba al Banco a hacer los depósitos del Correo, pasaba por las plazas y me preguntaba si mi vejez iba a ser así cuando veía a gente anciana que veía transcurrir el tiempo. Algunas veces me lo preguntaba, incluso cuando iba a la casa de mi madre, que si pagaba un impuesto no compraba los remedios y la heladera a veces estaba vacía. Fui un bendecido porque si bien le puse el cuerpo al trabajo y al esfuerzo, Dios me premió con la recompensa y hoy puedo estar tranquilo, vienen mis nietos y no les falta nada. Dios me dio una buena vejez, ya la tengo, concluye.