domingo 05 de abril de 2026

Angel Sopeña: un imprentero de ley, dueño de una larga trayectoria en el oficio

27 de diciembre de 2015 - 00:00

Su apellido es sinónimo de imprenta. Con sus más de 80 años vividos plenamente sigue en actividad y conserva las mejores vivencias de un trabajo que le gusta y que le ha permitido no sólo forjarse un nombre sino ser feliz junto a los suyos, con quienes comparte la pasión de “hacer lo que ama”.

D ecir el apellido Sopeña es sinónimo de imprenta y hay aroma a tinta y anécdotas entrañables en el entorno de la charla. Comenzó a trabajar subido a un banquito para llegar hasta la máquina con la que su padre, Angel Sopeña Atienza, editaba los boletines del cine en la ciudad de Colón y así, desde muy pequeño, se fue forjando en el saber hacer de un oficio vinculado a la comunicación y la palabra. Sabe de lo que habla porque ha sido protagonista y testigo de la evolución que ha tenido la actividad gráfica y honra su tarea con la experiencia. La Imprenta Sopeña es el universo donde están su trabajo y sus afectos más queridos. Sabe trabajar con la familia y posee el sentido del humor que mantiene intactas las relaciones. Se dice “Lechucero” porque asegura que en algún tiempo así se nombraba a los colonenses, su ciudad natal. “Creo que esto sucede porque en las cuatro manzanas que tenía el pueblo alrededor de la Plaza principal en cada esquina siempre había una lechuza”, refiere en el inicio este hombre que reconoce que se vino en busca de mejores oportunidades de trabajo, quizás haciendo valer el conocido dicho popular que pregona que “nadie es profeta en su tierra”.

Así llegó a Pergamino hace muchísimos años. Su vida ya cuenta 82, y se fue haciendo “pergaminense”. 

“Llegué aquí con una mano atrás y otra adelante, tengo que agradecer la bienvenida que me dio ‘Beto’ Trebino y toda esa familia. Me vine con mi máquina impresora de Colón y comencé a hacer lo que sabía”, relata. 

Comenzó a viajar en 1969; más tarde vendió su casa en Colón y siguiendo sus pasos rato después se vino ‘el Tío’, apodo que tenía su hermano Enrique. “Al principio yo viajaba todos los días a Pergamino para trabajar. Me tomaba el colectivo de las 6:00 de la mañana, entraba a las 7:00, llegaba y en la cocina de la Imprenta Trebino se armaba el mate y el café hasta que comenzábamos la jornada laboral. Me volvía en el colectivo de las 17:00”. 

Cuando vendió su casa en Colón, se vino con su mamá Isabel Fernanda Blanco, su esposa e hijos y se radicó en Pergamino en 1972. Al recordarlo, como quien hace un recorrido trascendente por los hitos de la vida, menciona a sus hermanos. Eran tres. “Uno aún vive con 89 años en Concepción del Uruguay, y ‘Quique’, que trabajó conmigo, se vino un tiempo después que yo.

“‘Quique’ se había dedicado a tener incubadoras y crianza de pollos. Yo me quedé solo con la imprenta y hacía la fotografía, trabajaba mucho. Cuando Trebino me ofreció trabajo, agarré enseguida. ‘Quique’ vino al año siguiente y siempre trabajamos juntos”.

Pionero en su oficio, Angel señala que siempre se mostró decidido a incorporar tecnología en la tarea de impresión. Con Trebino y más tarde en su propia imprenta fue armándose de clientes fieles que siempre priorizaron la calidad y establecieron con él una confianza hasta tramar un vínculo fuerte. “Recuerdo que hacíamos etiquetas de vino, era una tecnología novedosa”.

Así fue creciendo. “Con el dinero que me había quedado por la venta de la casa en Colón, compré un Citroën, le cambié el motor y lo armé con mis propias manos. Para todo lo que emprendí conté con el apoyo incondicional de mi familia, por entonces de mi primera esposa Bilma Laffont, ya fallecida, y mis hijos: Guillermo y Marcela”, relata. 

 

Los primeros pasos

Con el amor por la imprenta en los genes, las condiciones del trabajo se fueron acomodando para permitirle crecer. “Un día apareció un muchacho de Junín, Oscar Grau; instalamos una máquina en un local en calle Echevarría, se transformó en una imprenta chiquita con la máquina en un rincón. Teníamos varios clientes y fuimos progresando. Teníamos un cuartito oscuro para revelar y hacíamos algunas revistas de deportes. Esa fue nuestra primera imprenta cuando nos separamos de Trebino, gente a la que quiero como si fuéramos familia”, refiere en el relato. Y enseguida comenta que las rutinas en ese lugar eran las propias del oficio. “Me parece que veo al ‘Gordo’ Padilla sentado en su Olivetti escribiendo. Después se fue sumando gente y trabajo. Hacíamos tapas de revistas. Había una bohemia, fumábamos los tres”.

A la par que se fueron sumando trabajos, vieron la necesidad de incluir otras máquinas y se mudaron a la Avenida de Mayo, al lado de la Ortopedia Viamonte. “Estuvimos mucho tiempo ahí y nos tuvimos que ir porque se nos cayó el techo, nos salvamos porque fue un sábado”, señala y comenta que fue entonces que se mudaron a Doctor Alem, donde actualmente funciona la Imprenta Sopeña. “Era un garaje, un hall, un corredor y la cocina, lo empezamos a acondicionar, en el altillo armábamos distintos trabajos”.

Conocedor del oficio, asegura que el secreto de un imprentero es cuidar la calidad del trabajo y estar actualizado siempre. “El trabajo de imprenta tiene que estar muy bien hecho y siempre hay que estar actualizado”, afirma. Con los años el rubro ha sufrido grandes transformaciones y adaptarse a lo nuevo, fue un imperativo. “Yo ya no sé cómo meterme en las máquinas nuevas, por eso es tan importante que las nuevas generaciones vayan tomando la posta”.

Está acostumbrado a trabajar en familia y se enorgullece de ello: “Nora está en la computadora; mi cuñada, la señora de ‘Quique’, Ana María Valerini, en la administración. En la máquina de un solo color trabaja mi sobrino Enrique; en la de dos colores Guillermo; yo estoy croquelando en la máquina de atrás; mi señora también trabaja en la imprenta y hacemos trabajos para escritores y todo tipo de impresiones para nuestros clientes que con el transcurso de los años nos han demostrado una enorme fidelidad”.

Fiel a sus raíces, en la charla recuerda sus primeros trabajos con su padre, confeccionando los boletines para el cine. El retrato de la imprenta Blanco Hermanos de 1905 está intacto en su memoria. “Empezó haciendo un diario en una Minerva, en tamaño pueblito que le llamaban, era una tarea artesanal, en una semana podías hacer dos páginas”.

 

Mil anécdotas

De aquel recuerdo infantil al presente, Angel cosechó muchas vivencias. “Anécdotas tengo miles, pero hay una muy linda: en Colón fuimos pioneros en el sistema offset. Fuimos a una celebración en el Club Hispanoamericano, una fiesta de etiqueta. Empezó la cena, el baile, sacábamos fotos y nos fuimos a la imprenta, armamos una página y antes de que terminara la fiesta la entregamos entre los invitados. Para la gente fue una sorpresa verse reflejada en una especie de diario. Fue una novedad muy grande para aquel tiempo.

“Tengo muchas anécdotas. En una época tuvimos como socio a Roberto Veros, le imprimíamos en calle Echevarría. Un día entró con facturas y tiró una torta negra entre los cilindros de una máquina y la tuvimos que de-sarmar. Siempre trabajamos en un clima de camaradería y muy buen humor.

“Entre nosotros siempre hemos tenido un ambiente de trabajo lindo. Había un hombre que nos arreglaba la máquina, llegábamos y le hacíamos chistes, siempre nos preguntaba cómo hacíamos para trabajar permanentemente de buen humor. Creo que eso pasa porque nos queremos mucho y amamos lo que hacemos”.

 

Tirador

Por fuera del trabajo, a lo largo de su vida Angel se dedicó a la familia y los amigos y también al deporte, actividad en la que encontró además un perfil dirigencial. Amante del tiro, ganó campeonatos, compitió en varias ciudades y al cumplir 55 años empezó a tirar como “veterano”. Cree que es un “buen tirador” y llegó a ser presidente del Tiro Federal.

 

Un hombre al que le gusta vivir

Acostumbrado a sentirse bien, cuenta con orgullo que nació el 24 de marzo de 1934, y refiere que cumplirá 82 años. “Los llevo muy bien, no tengo ni una carraspera, soy sanito, sanito”.

Su temple y la buena cara que sabe ponerle a las distintas circunstancias de la vida le permitieron sobrellevar las dificultades y seguir adelante, siempre con la mirada puesta en el futuro. “En 1980 mi esposa tuvo un accidente y falleció. Dos años después conocí a la que es hoy mi señora, Mirta Stachiotti, con quien he tenido una muy buena vida. Somos muy compañeros y nos cuidamos mutuamente, hemos hecho una sociedad recíproca y nos queremos mucho”.

Disfruta de trabajar y vivir en familia. “Tengo cinco nietos, Matías, Juliana, Camila, Federico e Ignacio”.  Los disfruta y con su hijo Guillermo sigue trabajando en la imprenta. También en el hijo de su esposa, Leandro Adrián Aieta, tiene “un hijo más” y en su hijo Franco, otro nieto.

Su rutina en la imprenta comienza a las 7:45. Disfruta de comenzar el día en ese lugar. “Igualmente cuando veo que no me va a dar el cuero para lo que hay que hacer, me disparo a tomar un cafecito en Nazareno con un grupo de amigos. 

“También nos juntamos los primeros sábados de cada mes en ‘Mamma Mía’, donde tenemos reservada una mesa, somos 10 o 12, todos mayorcitos”.

En esa vida es feliz. Se muestra agradecido y con la nobleza de la buena gente asegura que le gusta la vida y no puede pedirle a ella nada más, porque se siente un hombre “afortunado”.

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