domingo 05 de abril de 2026

Pedro Torcigliani: sastre y ciclista, y quien “desde abajo” consiguió superarse a sí mismo

6 de diciembre de 2015 - 00:00

Nunca fue a la escuela, pero tiene la sabiduría que dan la calle y las rutinas sencillas. Aprendió su oficio de muy chico y la tarea de confeccionar prendas lo acompañó a lo largo de su vida. La bicicleta es su aliada  y corre profesionalmente con la pasión del primer día. Apegado a los afectos reconoce  en su familia un pilar que lo sostiene.

P edro Torcigliani “Chupita” tiene algo más de 70 años. Es sastre y ciclista. Un trabajador incansable que se define como “analfabeto” porque nunca fue a la escuela. Sin embargo sabe mucho de su oficio y de la vida. Eso se nota apenas comienza la conversación, en sus referencias a anécdotas del pasado y vivencias del presente que tienen el común denominador del respeto por el otro. Parece de otro tiempo, en la simpleza y en la forma de tratar, respetuoso y amable.

La entrevista se desarrolla en la casa que comparte con su esposa. Le gusta estar rodeado de su familia y la mirada se oscurece cuando recuerda algunas circunstancias de pérdida de afectos entrañables. Enseguida se repone y sigue apostando a la vida y a lo que tiene a su alrededor que son sus rutinas sencillas. Todo el mundo lo conoce como “Chupita”, un apodo que abrazó de chico y que según cuenta le puso “un señor que era rengo” y que lo veía jugar al fútbol en un lote que había en Paraguay y Río de Janeiro, donde Pedro resultaba el goleador. “Me veía jugar los domingos y me decía que yo era el famoso ‘Chupitá’; así fue que me quedó ‘Chupita” y es un sobrenombre que adopté”.

Nació en Pergamino en Emilio R. Coni e Italia “el mejor barrio de Pergamino”. Hoy vive en el barrio Acevedo. En Centenario transcurrió su primera infancia, en una familia integrada por su papá  Ezio, Torcigliani, su madre Amparo Castro; y doce hermanos. “Eramos doce y yo; soy uno de los más chicos y el séptimo hijo varón, así que soy ahijado del presidente Juan O’ Farrell”.

“Un día lo fui a conocer al que había sido mi padrino. Con mi esposa y mis hijos fuimos hasta la casa. Nos dijeron que el general había salido a caminar. Esperamos un rato, por ahí vimos un viejito que venía hacia el edificio, pero no sé por qué no le preguntamos nada. Era él, pero nos vinimos.  Al tiempo nos enteramos que había fallecido”, relata en una anécdota de su historia de vida.

Otro tramo de su infancia transcurrió en calle Siria, frente a la cancha de Douglas. “La vi hacer acá donde están los edificios y la vi destruir”, refiere este hombre que en sus casi 72 años fue testigo de la historia. 

 

En la escuela de la vida

“Soy analfabeto, no fui nunca a la escuela. Trabajé desde los 6 años, cuando falleció mi papá en un accidente”, señala. Su padre trabajaba en una empresa grande que funcionaba en Pergamino, de Walter Rausch, que hacía edificios y construcciones. “Mi papá viajaba mucho a Córdoba y allá murió en un accidente”. Ese hecho trágico condicionó en parte su vida porque hubo que arremeter con la realidad y comenzar a ganarse el pan para sostener entre todos la familia.

“Mi primer trabajo fue lavar veredas en calle San Nicolás. Vivíamos en calle Siria, íbamos caminando por calle San Nicolás lavando veredas. Arrancábamos en la vereda de Victorino Bas, pegado estaba ‘La Volcán’, Gabriel Rasuk con una fábrica. Yo le lavaba la vereda a un señor que tenía una relojería. Don Rasuk lo llevó a mi hermano a trabajar con él. Mi hermano Orlando, mayor que yo, se quedó trabajando en una florería de cadete y yo quedé suelto con 6 años. El dueño de la relojería, ‘Don Ilari’ me dijo: ‘Vos no andás más solo en la calle; te venís acá a hacer mandados’. Así descubro que en la sastrería de La Fico Guzzo en Pueyrredón y San Nicolás, enfrente al Mercado Viejo, se necesitaba cadete. Me presenté. Me ofreció 8 pesos por mes. Le pregunté a mi patrón si me podía pagar ese dinero, me respondió: ‘Si te pago 5 pesos es porque no te puedo pagar 8’. En ese tiempo nos hacía falta el dinero, así que me fui a trabajar  a la sastrería y  me formé en el que sería mi oficio”.

“Entré a trabajar un jueves y el sábado el dueño me dijo que tenía que ir a llevar un traje a la casa de Auil. En ese tiempo se repartían con una percha y una bolsa. Había mucha actividad porque la gente se vestía con prendas hechas a medida. Fui, ese fue el primer traje que entregué. La señora me devuelve la bolsa, se queda con el traje y me regala un peso. Llegué a la sastrería y le di el peso al dueño de la sastrería. Me dice que era para mí porque era la propina. Era muchísimo dinero”, recuerda este hombre que se hizo “desde abajo” y que hizo del trabajo y del respeto por su oficio una constante.

“Trabajé en la sastrería durante toda la vida. Me convocaron para trabajar en el taller, comenzaron a pagarme más dinero. Aprendí el oficio de sastre y me quedé allí”, refiere y menciona que allí trabajaban cinco oficiales.

“Toda la vida fui sastre. Ahora trabajo en mi casa. Cuando la sastrería se vendió se la quedó Spiata. Trabajé toda la vida con él, confeccionaba prendas, somos sastres de profesión, nuestra tarea es agarrar una tela, cortarla y coserla”, afirma.

Casi no quedan sastres en la actualidad. Solo algunos. Pedro los menciona: Carlitos Reyes en Centenario, Rubén Cabrera y yo que sigo trabajando para varias casas de ropa. Le hago arreglos a varias casas Hidalgo, Georgi, Daniel Castro.

La primera prenda que confeccionó fue su propio traje con un corte que le regaló el dueño de la sastrería. Lo estrenó con unos zapatos que compró en una zapatería conocida La Suiza, donde el negro Castellano el peinador era uno de los vendedores y Alorda era el otro. El dueño era Fernández. “Me mandó Spiata a que le dijera al dueño que me vendiera un par de zapatos. Acordamos la forma de pago y así me los compré”.

Pedro comenta que ese que recuerda era “otro Pergamino” y aquella “otra sociedad” en la que las personas se preocupaban por lo que le sucedía al que estaba al lado. “Siempre me crucé con personas que querían que yo creciera. La palabra tenía un valor fundamental”.

 

Un ciclista

Su llegada al ciclismo se dio casi por casualidad. “Tenía doce años cuando me invitaron a pasear, fuimos hasta Viña en bicicleta. Yo usaba la bicicleta de la sastrería. La gente con la que iba me fue entusiasmando para incursionar en el ciclismo. Uno de mis amigos trabajaba en la bicicletería de Serafini, que ya desapareció y que funcionaba en Merced y Bartolomé Mitre, ahí me entusiasmé y desde allí no me he bajado nunca de la bicicleta. Solo he dejado de correr siete años por la pérdida de un nieto, pero siempre pedaleando y compitiendo”.

Las últimas carreras las ganó el mes pasado: salió primero en la categoría mayor de 70 en Capilla del Señor; y en la de mayores de 60-65 en Ramallo; entró segundo en Rufino; y segundo en Venado Tuerto.

“Estoy continuamente corriendo. Entreno en el circuito El Panorámico y cuando puedo también salgo a la ruta que es algo así como la miel que lo atrae a uno”, refiere y destaca que a través del ciclismo pudo hacer una innumerable cantidad de amigos. “A mí no me dio plata este deporte, pero me dio muchos amigos”.

Confiesa que confirma esta certeza de ser reconocido en lo que hace por el afecto que cosecha. “Uno se da cuenta de que es reconocido cuando me encuentro con gente que viene y me besa, porque el beso es algo muy importante que uno solo comparte con quien es importante para uno”.

Se define como una persona de trabajo que ha destinado gran parte de su vida al ciclismo. No podría identificar cuál fue su mejor carrera porque ha corrido y ganado muchas. Recuerda una  que le ganó a Roberto Balmaceda un gran ciclista de Pergamino: “Eran seis carreras, cuatro en San Nicolás y dos en Pergamino. Roberto me ganó las dos acá, y yo le  gané las cuatro allá, entonces gané el campeonato”.

Reconoce que ya no quiere correr más en “la bicicleta flaca” porque es más peligrosa, más veloz y uno cae en la tierra. Ultimamente sus desafíos son en mountain bike. Más allá de lo deportivo, destaca las vivencias, el contacto con gente de todos lados. Recuerda su viaje a San Juan, sus travesías por diversos lugares. También los amigos que adoptó en el camino, muchos de los cuales hoy perduran. “Es una gran comunidad el ciclismo, hay mucha gente buena”.

 

Una familia unida

Sus aventuras deportivas y la disciplina que le pone al entrenamiento y al trabajo en el taller han tenido para “Chupita” aliados incondicionales en su familia que ha acompañado todos sus desafíos. Desde hace 49 años está casado con Irma Romero, a quien conoció en el mundo del ciclismo, porque sus tíos corrían. Con ella comparte su vida  y asegura que “la bicicleta fue la culpable de que nos conociéramos”.

Tienen dos hijos: Eduardo, que es docente y está casado con Laura Aranda; y  Marcela que es ama de casa aunque tiene un título terciario y está casada con Rubén Nievas. También nietos: Carla, Melina, Guadalupe, Benjamín; y Matías (fallecido).

Es apegado a los afectos. “Ya han fallecido varios de mis hermanos. Quedamos cinco: tres mujeres y dos varones, todos vivimos en Pergamino”, señala y aprovecha la ocasión para mencionar a uno de sus sobrinos: Sergio, a quien ama.

“Por suerte he tenido una familia grande. Mi padre vino de Italia con tres hermanas. Hace unos diez años hicimos una fiesta y éramos como cien los Torcigliani, ahora deben ser más. Se hizo una familia enorme, es una raíz que existe y que a uno lo trasciende”, reflexiona. En la misma línea se dice afortunado por tener “arriba de cada bicicleta un amigo”. 

 

 Pergaminense de ley

Se considera un pergaminense “de ley” y asegura que defiende los colores de Pergamino allí donde llega con su bicicleta.

“Esta es una ciudad en la que me gusta vivir. Y tengo rutinas sencillas, todo el mundo me conoce. Me levanto, desayuno con mi esposa y me voy a trabajar en mi taller. Almuerzo a las 11:45 porque entre las 12:00 y las 14:30 no estoy para nadie, me voy a pedalear, todos los días hago tierra o pavimento, pista o ruta; y a la tarde trabajamos tengo la suerte de que mi esposa y yo nos dedicamos a lo mismo, así que pasamos tiempo juntos. También en el deporte, porque me acompaña mucho. No hay carrera a la que no vayamos juntos”.

 

Un hombre de fe

Piensa correr hasta que “Dios diga basta”. Lo afirma convencido y en el tono se le nota la fe.  “Siempre fui un hombre de fe. Con 72 años qué más puedo pedir. No tengo asignaturas pendientes, pagué una el domingo que fue ir a Corrientes a ver al Gauchito Gil”.

Siempre pensando en los suyos, cuenta que había hecho una promesa porque una de mis nietas tuvo un severo problema de salud y se recuperó. “Les pedí a Dios y a María Santísima. A la Difunta Correa, al Gauchito Gil y fui pagando y me quedaba la deuda con el Gauchito. Nos fuimos a Corrientes con mi esposa y acá estamos: con la promesa cumplida”.

Sobre el final lo que se impone en la charla es el agradecimiento. Porque la gratitud es una virtud que acompaña a Pedro en los distintos aspectos de su vida. “Lo único que puedo decir es Gracias”.

Dueño de una fe inquebrantable que asegura haber aprendido de su mamá, refiere que tomó las enseñanzas de esa mujer que le enseñó que teniendo fe siempre se podía salir adelante. Lo consiguió y eso es motivo de agradecimiento y orgullo.

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