Los recuerdos de su infancia tienen que ver con la Escuela Nº 22 donde hizo parte de su escolaridad primaria, un edificio que era muy distinto al actual y que de hecho cerró para refaccionarse cuando Carmen pasaba a quinto grado. Eso hizo que los últimos años de la primaria los hiciera en la Escuela Nº 1. Guarda buenos recuerdos de sus compañeros y de sus maestras. Hace cinco años nos reunimos todas las mujeres de ese grupo y fue una experiencia muy linda, cuenta.
De su infancia también rescata las experiencias de juego en el barrio y en el campo. Casi siempre estaba entre los varones, porque mis hermanos tenían muchos amigos. En el barrio éramos solo dos mujeres, así que siempre jugábamos con ellos.
Luego de sus estudios secundarios fue a la Escuela Profesional, que funcionaba en Merced, entre Castelli y General Paz, donde estudió bordado, taquidactilografía y peluquería.
Durante un tiempo vivió en Buenos Aires, con sus tías solteras, hermanas de su papá. Las iba a visitar en vacaciones y durante un tiempo iba y venía. Ellas eran solteras y vivían con un régimen bastante estricto. Recuerdo mis rutinas cuando estaba allá: a las 8:00 me levantaban; a las 8:20 tomaba el desayuno; a las 10:00 era comer una fruta; a las 12:20 almorzar; después dormir la siesta; a las 16:00 merendábamos; a las 18:00 era prepararse para la misa de las 19:00, a la que había que ir todos los días.
En el relato incorpora la figura del Papa Francisco, entonces Jorge Bergoglio, un sacerdote que era el párroco de la Iglesia de la Candelaria de Flores a la que iban. Tuve mucho contacto con él y lo recuerdo como un hombre que iba a visitar a mis tías que eran muy creyentes.
Vocación de crecer
Carmen confiesa que siempre le gustó estudiar y soñó con ser abogada. Esa era la profesión que me hubiera gustado tener. Cuando terminé la escuela secundaria me fui a Buenos Aires con la intención de poder seguir estudiando, tenía la posibilidad de entrar a trabajar en el Banco Provincia que funcionaba muy cerca de la casa de mis tías, pero mi padre no me lo permitió. Así que volví a Pergamino.
Con la firme decisión de ir armando su propio camino, instaló una peluquería en su casa, que tuvo durante varios años. Teniendo 20 años quiso trabajar afuera y entró en la Fábrica Annan, donde uno de sus hermanos era jefe de mantenimiento.
Recuerdo que él no quería porque consideraba que yo había estudiado para hacer otra cosa. Pero yo quería trabajar, así que empecé y fue una época hermosa. Comencé cortando hilos, después fui revisora, más tarde encargada de un equipo de pantalones y llegué a ser jefa de control de calidad, en reemplazo de la señorita Pilar Gil, que se iba a transformar en alguien importante porque años más tarde me iba a abrir las puertas de la Clínica Pergamino para trabajar.
Por su cargo en Annan le tocaba viajar a Arrecifes, Colón y otras localidades. Lo cuenta con la vivencia de un tiempo en el que la industria de la confección era sinónimo de progreso. Era una época de esplendor, había trabajo pleno. Yo salía de Annan y me iba a trabajar como telefonista al Hotel Fenicia, refiere.
Nuevos caminos
Tentada por una oferta laboral, Carmen renunció a Annan años más tarde y comenzó a trabajar en otro taller de confección. Uno de los jefes tenía un taller propio en Pergamino y en Colón. Siempre me proponía que me fuera a trabajar con él. Yo no estaba convencida, porque en mi trabajo me iba muy bien pero insistía. Un día se presentó con su esposa, me dijo que necesitaba que me fuera a trabajar con él. Le dije que yo ganaba muy bien. Había decidido que le iba a decir que ganaba el doble de lo que me pagaban en realidad, un poco para desalentarlo. Me pagan 140 mil pesos y solo me iría a un lugar en el que pudiera ganar más que eso, le señalé. Y a contracorriente de lo que yo pensaba, me dijo que me podía pagar 145 mil pesos. Era más del doble de lo que yo estaba ganado. Lo hablé con mi esposo. Le pedí un día para pensarlo y finalmente acepté. Hablé con mis jefes de Annan y renuncié.
En la Clínica Pergamino
Al tiempo de esa decisión, un día al salir de trabajar se cruzó en la calle con Pilar Gil, quien le planteó la posibilidad de ingresar a la Clínica Pergamino. Fui a hablar con el doctor Andrés Fuentes, que era el director entonces. Y entré a trabajar en Farmacia, sin tener demasiada idea de cómo funcionaba la Clínica.
No tenía mucha noción, pero me gustaba la posibilidad de aprender. Fui aprendiendo. Tuve la dificultad de no llevarme bien con quien era la encargada del sector, cansada renuncié, me fui y a los pocos meses el doctor Fuentes me mandó a llamar. Volví, cuenta.
A raíz de una licencia de la encargada de Farmacia, le tocó quedarse a cargo. Fue un tiempo que aprovechó para consolidarse en su labor. Recuerda que con un cadete que trabajaba allí comenzaron a organizar la Farmacia, clasificando los medicamentos y haciendo un inventario clasificando las fichas a mano. Era un tiempo que no había computadoras, así que hacíamos todo a mano. Logramos un orden que fue valorado por los médicos que estaban como jefes, los doctores Castedo, Valentini y Alcacer.
Después de un tiempo y por distintas razones, a la persona que era la encargada la trasladaron y quedé como encargada de Farmacia. Más tarde fui encargada de Compras de la Clínica Pergamino, agrega y recuerda que su turno de trabajo era de 13:00 a 21:00. Por la mañana trabajaba en una droguería, porque esa fue una constante en mi vida, siempre tener varias tareas y estar siempre haciendo cosas.
La jubilación
Pasó en la Clínica Pergamino gran parte de su vida laboral. Y jubilarse representó para ella un cambio en sus dinámicas de vida cotidiana. Tomé el beneficio de la jubilación en 2006, pero estuve tres meses sin hacer nada y sentí que iba a enloquecer porque había trabajado durante toda la vida. No me podía ver mirando televisión y limpiando sobre lo limpio, así que empecé a buscar cosas para hacer.
Empecé a ir a la Iglesia San Cayetano del barrio 12 de Octubre, a través de Cáritas visitaba familias con necesidades y comencé a sentirme cómoda con esa tarea. Un día a los pocos meses de haberme retirado de la Clínica me llamaron para hacer un reemplazo. Acepté y lo que iban a ser quince días se extendió por más tiempo. Me quedé. Y hoy solo colaboro con algunos médicos en la tarea administrativa de las recetas de los afiliados del Pami. Es una manera de sentirme cerca de la Clínica, un lugar que es parte importante de mi vida.
Allí pasé muchos años de mi vida y comparto cosas importantes con mis compañeras, con los pacientes, con los médicos que siempre han sido muy buenos conmigo. Si me sacan la Clínica, creo que me quitan la mitad del cuerpo.
Su vida familiar
Se casó a los 28 años con Rubén Oscar Sabas, a quien conoció en una tertulia gracias a uno de sus hermanos que la llevó. Mi padre era un italiano muy severo, que no me dejaba salir. Un día uno de mis hermanos lo convenció de que me dejara ir a una tertulia, porque había una chica que a él le gustaba. Lo acompañé, pero cuando llegué no quise entrar. Me quedé en la puerta y ahí conocí al que hoy es mi marido. El también se había quedado afuera, nos pusimos a conversar. A los diez días era mi cumpleaños y me dieron permiso para ir a un baile en el Club Argentino. En ese baile nos pusimos de novios, cuenta y recuerda las andanzas que tenía que hacer para poder verlo.
Eran épocas muy distintas. Yo recuerdo que no me dejaban salir. Me las ingeniaba para verlo. Tenía una amiga que quedó embarazada de mellizas, una de ellas era mi ahijada, así que con la excusa de ayudarla, salía de mi casa, daba una vuelta con mi novio y volvía, agrega, en la descripción de una época en la que los límites eran más severos.
Estuvieron de novio 8 años y se casaron. Se mudaron a una casa construida en el lugar donde su padre había tenido el taller, detrás de la casa paterna. Allí vivieron hasta 1994, en que se mudaron a la casa que habitan en la actualidad y que su esposo, un agente municipal ya jubilado, se encargó de construir con sus propias manos en un terreno que le había regalado un tío de Carmen en reconocimiento a lo mucho que habían hecho por él.
Es una mujer que ha dedicado tiempo a los suyos. Que ha cuidado de sus tías y que ha criado con amor incondicional a sus dos hijos a los que define como lo más importante de su vida.
Apegada a los afectos, supo cosechar los mejores frutos de su siembra. Cuando no está abocada a su tarea, le gusta leer, salir, viajar, mirar vidrieras. También cultiva amistades sólidas. Tengo dos grandes amigas, una que vive en Entre Ríos, Noemí Cepelotti; y Patricia González que vive acá.
Dueña de una vida que la llevó por caminos diversos y la hizo parte misma de lugares emblemáticos de la ciudad, como la legendaria fábrica Annan, asegura que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir. También Buenos Aires le gustaba en las épocas en que estar allí era algo más tranquilo.
Asegura que no tiene sueños pendientes. Se siente afortunada por su familia y por los logros que supo obtener a fuerza de ser constante y disciplinada. También inquieta. No tengo sueños pendientes a esta altura de la vida; lo único que me gustaría es viajar al País Vasco, al pueblo natal del abuelo materno que se fue de allí escapando de la guerra.
Siempre estuve ligada a su cultura y a través de mi hija que va al Centro Vasco, viajamos a la Fiesta Nacional Vasca. En un encuentro en Mar del Plata conocí al presidente del país y me hizo contactos en lo que sería la embajada. Así descubrí que tengo familiares allí. Todavía no viajé, pero no descarto poder hacerlo algún día. Quizás, por ahí tengo suerte, concluye con la ilusión que siempre pone en la mirada el buen deseo.