Mis primeros pasos en el fútbol los di jugando de Nº 4, pero mi pasión fue siempre estar en el arco. Cuando estaba haciendo el primer año del Industrial íbamos a jugar los fines de semana a la vieja cancha del Club Annan, faltó el arquero y quedó libre el puesto. Atajé y ese se convirtió en mi rol de allí en adelante. Debuté en Primera con el Club Juventud en 1963, cuenta, quien tuvo una trayectoria reconocida en varios clubes como Sports, Argentino, Juventud, Douglas Haig, Juventud de Rojas, Compañía y Olimpia de Santa Teresa.
Siempre fui arquero y de arquero, encontré lo que me gustaba. Debo reconocer que siempre me consideré uno del montón, de hecho mi padre que era técnico de las inferiores de Sports decía que yo no iba a poder atajar porque tenía miedo. Creo que al cabo de los años tuve la fortuna de poder demostrarle a mi viejo que podía ser arquero. De su paso por el fútbol tiene muchas anécdotas, pero hay un campeonato que recuerda particularmente: el de 1969 jugando en Douglas Haig cuando perdieron con Sports. Lo peleamos hasta último momento, fue el mejor equipo de Douglas Haig que integré, Sports se quedó con el campeonato, pero igualmente fue memorable.
De oficio, herrero
Luego de cursar el primer año del Colegio Industrial, descubrió que lo suyo no iba a ser el estudio. Su padre aceptó su decisión, y de inmediato lo instó a salir a trabajar. Dejé la escuela un viernes y el lunes a las siete menos cuarto estaba trabajando en una industria metalúrgica muy grande, Bona Hnos., que se dedicaba a la fabricación de aberturas, comenta y agradece que allí, de la mano de muy buena gente, se forjó el rumbo en el oficio de herrero. Allí aprendí herrería. Empecé a trabajar a los 13 años y estuve en esa empresa hasta los 18, cuando junto a un compañero, Walter Genitrini, nos independizamos y empezamos a trabajar por nuestra cuenta.
Así nació Caniglia Hnos. y Genitrini. Trabajando aún en Bona le hacíamos algunos trabajos después de hora a Copesa Construcciones, que nos ofrecieron un trabajo grande que consistía en fabricar las aberturas para la Pepsi Cola en 9 de Julio, así que en ese momento decidimos aceptar la oferta e instalamos nuestro propio taller en calle 25 de Mayo. Al tiempo Genitrini se fue y en 1979 me separé de la sociedad con mi hermano Mario y pasé a ser Antonio Caniglia, relata.
Confiesa que le gusta su oficio y que a pesar de ser un trabajo pesado, siempre le dio muchas satisfacciones. Cada día tengo más trabajo y por suerte poseo una muy buena clientela, en la actualidad tengo tres empleados, agrega este hombre que se define como un apasionado de cada una de las cosas que hace.
El rugir de los motores
Una de esas pasiones es el automovilismo, un deporte que le gustó desde siempre. Siendo arquero de Douglas Haig fui a competir en las primeras 24 horas de Santa Teresa con mi hermano Rubén. Armamos un coche de Turismo 27 y corrimos, pero en esa oportunidad no pude continuar porque ser arquero de Douglas Haig en aquel tiempo era como ahora, significaba jugar en el Boca de Pergamino y eso requería de mi parte entrenamiento y disciplina.
Así fue que llegó profesionalmente al automovilismo cuando dejó de jugar al fútbol. Ya en 1988, 1989 acompañado por mi hermano me largué a competir en el TC 4000, cuenta y confiesa que le gustaba muchísimo. Era una época de grandes corredores, y una categoría muy linda que marcó el inicio de otras que se fueron armando. Todo era a pulmón, nosotros íbamos a los desarmaderos a buscar repuestos.
Un auto con historia
El auto que corrió Antonio es un coche con historia dentro del automovilismo no solo zonal sino nacional, porque fue el Torino que perteneció a Roberto Mouras, a quien el mismo define como un grande.
Roberto Mouras había debutado en una carrera en 1971 con ese auto que llegó a mis manos casi por casualidad. Yo tenía amistad con Pedro Villata, titular de Iradi y en una peña de automovilismo le comenté que pensaba correr, él me comentó que tenía ese auto, me entusiasmé y prácticamente me lo regaló. Empezamos a armarlo, adecuamos el motor a la categoría y así fue que se transformó en el auto que corrí.
Hoy ese auto está en el Museo de Roberto Mouras de Carlos Casares, cuenta con orgullo y con emoción y relata que llegó allí cuando luego del accidente en el que falleció Mouras comenzaron a armar el museo y lo llamaron porque ese auto había cobrado el valor de una pieza clave.
Me llamaron, era el único auto armado para inaugurar el museo, así que no lo dudé, primó más el corazón que el negocio y lo entregué, devolviendo de algún modo lo que en otro momento había hecho por mí Pedro Villata.
Hoy es una reliquia, fuimos con mi hermano y soy socio honorario del Museo. El auto está intacto, pintado con el número y las publicidades con las que corrió Mouras, con el Nº 44 de color naranja. Fue el único auto con el que yo corrí y es un coche que tiene mucho valor para mí.
Un apasionado
Paralelamente empezó a jugar al tenis y junto a Tito Martelotto se transformaron en una pareja invencible.
Todo lo que hago lo hago con mucha pasión. Y es la misma pasión que sigo sintiendo por el automovilismo que hoy vivo desde otro lugar, como espectador, agrega. En este punto comenta que cuando dejó de correr se dedicaba a mirar las carreras por televisión y las grababa. En 1998, empecé a viajar para presenciarlas. Así hice mucha amistad con gente de la Asociación Corredores Turismo Carretera (Actc), en una época viajábamos en un colectivo que habíamos armado tipo casilla y de hecho nos entregaron una plaqueta de reconocimiento por ser asiduos concurrentes y seguidores del Turismo Carretera.
Vivo esto como una verdadera pasión. Casi no falto a ninguna carrera y cuando se ponen los motores en marcha se me sigue poniendo la piel de gallina como el primer día, confiesa. Algo brilla en la mirada cuando relata las vivencias en cada espectáculo.
A raíz de su amistad con periodistas deportivos que cubren el automovilismo, Antonio incursionó como comentarista de las carreras del TC para una radio de Chacabuco. Cuenta la anécdota como parte del relato y agradece la generosidad del ya fallecido Quique Cieri, un relator reconocido, que le dio la posibilidad de hacer sus aportes desde su condición de observador calificado.
Fui comentarista en 2009, después no seguí porque mi placer es ir a las carreras. En este momento me siento un afortunado porque sigo mirándolas por televisión desde el autódromo, refiere y explica que esto sucede porque pasa gran parte del tiempo en la cabina de transmisión de sus amigos periodistas y sale para dar una vuelta, tomar contacto con la gente conocida, ver de cerca a los autos y vivir intensamente cada experiencia entre los motores.
La familia, un pilar
Antonio asegura que muchas de sus aventuras no hubieran sido posibles sin la familia que tiene. Todo lo pude hacer gracias a mi familia. Me casé con Susana Violante cuando tenía 24 años, es decir que ella vivió a mi lado mi época de futbolista, mi época de corredor de automovilismo y ahora mis viajes a las carreras, reconoce y asegura que siempre ha sido una gran compañera.
Tenemos tres hijos: Paola (41), que es maestra y asistente social y vive en Mercedes con su esposo Marcelo Romero y sus dos hijos: Iker Ignacio (10) y Gael Santiago (5); Romina (36) es abogada, secretaria de una Fiscalía de Pergamino, está casada con Sergio Morales y tienen una niña de 2 años María de la Paz; y Lucas (34) que vive en Rosario y es empleado bancario.
Gracias al apoyo de ellos, especialmente de mi señora, pude hacer todo lo que hice, insiste y recuerda que jugó al fútbol hasta los 40 años y luego hasta los 43 corrió en auto. Cuando no jugaba al fútbol corría y si no corría jugaba al tenis y trabajaba en la herrería. Siempre fui muy inquieto y ella siempre supo acompañarme.
El presente y los sueños
Actualmente Antonio está al frente de su taller de herrería en calle Drago. Cuando no trabaja reconoce que le gusta pasar el tiempo en familia con sus nietos y que disfruta mucho de viajar. Ahí están sus sueños. Con el Turismo Carretera conocí el país y ahora con las carreras seguimos viajando mucho, cuando el destino es turístico lo hacemos con matrimonios amigos, y cuando no, viajo con amigos, seguidores todos del TC, refiere.
Cuando la conversación lo va llevando al terreno de los anhelos: Si Dios quiere pienso seguir viajando, asegura y reconoce que le tiene cierto temor a la vejez.
Me pregunto cómo llegaré. Hoy puedo viajar mil kilómetros en el día sin dificultades, pero sé que para hacer eso en un par de años deberé subirme a un micro de jubilados y que me lleven, bromea, develando el temor que representa para él la posibilidad de perder su autonomía. No pienso mucho en eso. Por el contrario, me concentro en las cosas que tengo ganas de hacer, señala. Y aparece lo que define como un sueño y como un proyecto: Quiero hacer la ruta 40 en todo su tramo. Me lo imagino como un viaje de aventura, de esos que dormís donde te sorprende la noche. Es un sueño y una meta que alcanzaré si Dios quiere el año que viene cuando me disponga a hacerlo.