domingo 05 de abril de 2026

Olga García viuda de Patús: 90 años de vida y muchos de ellos dedicados a la docencia

16 de agosto de 2015 - 00:00

Su primera experiencia como maestra fue en Juncal, en un establecimiento que quedaba a tres leguas del campo en el que vivía con sus padres. Eso la obligó a aprender a manejar el sulky. Más tarde trabajó en Guerrico, Rancagua y desarrolló gran parte de su carrera docente en la Escuela Nº 41, hoy Nº 62.

O lga Beatriz García, viuda de Patús es una pergaminense por adopción que tiene 90 años. Nació en San Nicolás el 26 de noviembre de 1924 y se radicó más tarde en nuestra ciudad ya siendo una maestra cuando sus padres que habían residido durante mucho tiempo en Juncal, decidieron radicarse aquí para dejar las tareas del campo e instalar una escobería. Pasó parte de su infancia y adolescencia en Buenos Aires, pupila en un Instituto en el que trabajaba una de sus tías y abrazó desde temprano su vocación docente. Cuenta su historia de vida en una entrevista que se desarrolla en su casa de calle Ecuador en donde vive con uno de sus nietos y su familia. La charla se desarrolla en el lugar predilecto de su casa: la cocina. Ahí está su universo cercano. Todo lo que tiene a mano para desenvolverse en lo cotidiano. Sentada a la mesa, abre una lata pintada con muñecas rusas para ofrecer bombones de fruta, de los que disfruta cada vez que puede. Tiene una vejez saludable, le pesan algunas pérdidas de la vida, pero la sostiene la fe. Es elegante. Tiene los labios pintados y un par de aros que usa solo para “ocasiones especiales”.

Con dificultades para moverse, atribuye esas cuestiones a los “achaques” de los años. Pero no se detiene. Por el contrario, posee una lucidez envidiable y la corrección en el lenguaje de quien dedicó gran parte de su vida a enseñar.

“Viví en el campo hasta los 6 años porque después mi padre nos mandó a una de mis hermanas y a mí a un instituto en Buenos Aires que tenía una tía nuestra que era soltera, así que allí estuvimos pupilas. En ese colegio que funcionaba en calle Suipacha, cursamos hasta tercer grado”, cuenta y refiere que solo iban a su casa en las vacaciones de invierno y de verano. “De esa época recuerdo la tristeza que me daba subirme al tren cada vez que tenía que irme”.

Confiesa que desde siempre quiso ser maestra y sabía que estar allí, lejos de sus padres, era de algún modo el pasaporte para poder alcanzar ese objetivo. “Más tarde el colegio se trasladó a calle Rivadavia, ahí terminé la primaria y como en aquella época no había escuela Normal, fui a un instituto privado que era de monjas, ahí me recibí de maestra. Incluso terminé pupila allí también porque cuando estaba en cuarto año mi hermana tuvo un problema de salud, mi tía había comprado un chalet en Unquillo y yo tuve que elegir entre irme a una pensión con un matrimonio mayor o vivir con las hermanas. Tomé esa opción y aunque fue un sacrificio, me dio una importante disciplina con el estudio. Extrañaba a mis padres, nos levantaban muy temprano para que nos acomodáramos, fuéramos a escuchar misa, desayunar y luego a clase. Todavía me veo  estudiando en voz baja para rendir las materias que en aquella época eran cuatrimestrales”, señala en un relato ordenado.

Cuando se recibió de maestra sus padres se habían ido a Santa Fe, donde habían comprado un campo entre Juncal y Alcorta. Sus hermanos mayores se habían casado o independizado. Volvió con sus padres y fue tiempo de empezar a trabajar.

 

Su llegada al aula

Su primer trabajo como maestra fue en Juncal haciendo una suplencia en una escuela que quedaba a tres leguas de su casa. “Pasaba un colectivo enfrente del campo, pero para regresar no tenía horario, así que iba mi mamá a buscarme en un sulky. Como era mucho sacrificio, tomé coraje y aprendí a andar”, recuerda y relata una experiencia que le pasó al regreso de la escuela:  “Un día iba con un primo al que llevaba para que terminara sexto grado, yo no sé si se desprendió el tiro o la barriguera, la cuestión es que mi primo como estaba acostumbrado a andar en el campo, se tiró del carro y yo no me animé a saltar, me caí para atrás y el susto más grande se lo llevó mi padre porque el caballo llegó solo”.

Más tarde acortó las distancias cuando empezó a trabajar en una escuela nacional como suplente de una maestra en una cátedra de la que estuvo al frente durante tres años.

 

Su llegada a Pergamino

Su llegada a la ciudad de Pergamino se dio cuando sus padres Rufino García y Ana Podestá decidieron radicarse en la ciudad. “Nosotros éramos ocho hermanos, pero varios ya se habían independizado, así que mis padres tomaron la decisión de vender el campo, dejaron la hacienda y el tambo para venirse a vivir a Pergamino, aquí compraron una casa que era una escobería así que de hacendado pasó a ser escobero. De mis hermanos en la actualidad solo quedamos dos: Rufino, tres años menor y yo”, acota.

“Cuando nos establecimos en Pergamino hice una suplencia en Guerrico y en 1951 me nombraron en un establecimiento educativo de Juncal. Me fui a vivir a una pensión hasta que conseguí un nombramiento como maestra provisional en Rancagua”, cuenta en un relato en el que rescata las vivencias de un tiempo en el que los maestros inspiraban “un profundo respeto”.

“Eramos cinco maestras las que viajábamos a Rancagua para trabajar, nos íbamos en tren porque salía más barato. Recuerdo que una vez para fin de año llovió tanto que no nos pudimos volver y tuvimos que quedarnos en lo de la familia  Cástino que nos dio hospedaje. Fue un tiempo muy lindo. Las únicas que quedamos somos Nora Taylor y yo de aquella época”.

 

La vida familiar

A medida que transcurre la charla, Olga deja traslucir que fue una mujer que consiguió cumplir todos sus sueños. Se casó en 1953 con Deogracias Patús, un hombre del que se enamoró cuando él trabajaba en la escobería. “Allí nos conocimos, nos enamoramos y estuvimos 55 años juntos, hasta que falleció hace siete años”. Tuvieron dos hijos: Oscar y Rubén. 

“Cuando nos casamos vivíamos en el Centro, cerca de mis padres, porque ellos me ayudaban a cuidar a los chicos cuando yo iba a la escuela. Cuando compramos nuestra propia casa lo hicimos aquí, cerca de donde vivía mi cuñada y mi suegra”, refiere.

Olga tiene siete nietos a los que quiere con el corazón: María Inés, Mariano, Paola, Cecilia,  Maximiliano, Damián y Nadiana. También tres bisnietos: Camila, Lorenzo y Andrés y dos nueras a las que quiere como hijas: Griselda y Susana.

 

Su querida escuela

En Pergamino, Olga Patús tuvo una larga trayectoria de trabajo en la entonces Escuela Nº 41, hoy Nº 62. “En esa escuela estuve desde 1960 hasta 1976 en que me jubilé. Fue un orgullo haber trabajado en la escuela a la que asistió mi esposo, mis hijos y mis nietos y en la que hoy trabaja mi nieta Cecilia”, señala, recordando que el edificio escolar estaba en calle Santiago del Estero.

Cuando se jubiló, dejó atrás la vida del aula y se dedicó a pleno a la vida familiar. “Cuando me jubilé mi esposo ya había puesto un kiosco, un emprendimiento se agrandó y se convirtió en almacén y rotisería, así que yo colaboraba con él. También trabajando siempre lo ayudaba, e incluso lo hacían mis hijos cuando tenían tiempo libre porque estudiaban”.

 

Una pérdida irreparable

En otro tramo de la charla algo se nubla en el relato de Olga y cuenta que a pesar de haber formado la familia que soñó, la vida la puso frente al dolor irreparable de haber perdido a uno de sus hijos. “En mi vida tuve dos contratiempos muy feos. El primero fue con mi hijo Rubén que sufrió un accidente muy grave cuando tenía 20 años, pero gracias a Dios se recuperó. El otro fue con mi hijo Oscar, que a los 49 años tuvieron que llevarlo a Buenos Aires para colocarle un stend y me lo devolvieron en un cajón. Hace 12 años que falleció.

“Fue una pérdida irreparable. Solo me quedaron sus hijos, como un regalo”, cuenta mientras saca de su bolsillo un pañuelo de tela para secar sus lágrimas. 

“Mi paño de lágrimas es mi hijo Rubén, él está para todo lo que yo necesito, pero la muerte de Oscar es algo que jamás se supera”, confiesa y prosigue: “Perdí a mi madre y lo sentí mucho, también a muchísimos hermanos y cuñadas, pero la muerte de mi hijo jamás pude superarla, tampoco pudo mi esposo.

“Quizás yo, como soy muy creyente, encontré un consuelo y eso debo agradecérselo a mi madre y a mi tía que desde chica me inculcaron la fe.  No lo puedo olvidar, pero me he resignado un poco y creo que la fe ayuda”. 

Se confiesa practicante, aunque reconoce que ya no va a la Iglesia. “Hasta hace un tiempo con un grupo de señoras trabajamos activamente en la comunidad de la Capilla San Pantaleón y la Medalla Milagrosa, para que se pudiera terminar el templo. Ellas, las que son más jóvenes, siguen. Yo ya no puedo porque me cuesta mucho caminar”. 

 

Una agradecida

A pesar de los dolores que la vida le tuvo destinados, Olga aprendió a quedarse con las alegrías y disfruta de un presente tranquilo rodeada de sus afectos. “Desde que falleció mi marido vivo con mi nieto mayor, Mariano, su señora Marcia y Lorenzo, que es un niño que me ha ayudado mucho a superar los dolores. Quiero a todos mis nietos y bisnietos y soy muy afortunada de tenerlos”.

Con la serenidad que dan los años y la mirada retrospectiva de un pasado rico en experiencias, asegura que le gusta la vida que tuvo y que tiene. “Siempre fui muy casera, me gustó estar en mi casa y cocinar para los chicos. Algo preparo todavía y de hecho mi lugar predilecto de la casa es la cocina”. Agradece su salud y no reniega de los “achaques” de sus 90 años. También se muestra agradecida con sus compañeras de la escuela y amigas, entre ellas: Dolly Labaronnie, ‘Pirucha’ Lanzillota, Ethel Healión, Noemí Solans y ‘Chichí’ Panati, del turno tarde de la Escuela Nº 62.

“Siempre tuve compañeras muy buenas y fui muy feliz. También mis alumnos han sido muy generosos conmigo y la docencia me ha dado muchas satisfacciones”. Cuando lo dice muestra una tarjeta postal enviada por uno de sus alumnos de Juncal. “El me buscó y vino en varias oportunidades a saludarme y son varios los que siempre me llaman por teléfono, de acá y de Rancagua, todos son muy afectuosos conmigo”.

Algo habrá hecho en su labor para cosechar ese afecto. “Sinceramente no puedo pedirle más a la vida, no tengo con ella asignaturas pendientes. Desde siempre lo que quise fue formar un hogar, tener mi familia y trabajar de maestra. Era todo lo que anhelaba”, afirma cuando concluye la charla y llega el momento de seguir recordando anécdotas, disfrutando de los ricos bombones de fruta.

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