En columnas anteriores exploramos la idea de que el ser humano posee una memoria que trasciende su biología terrestre. Esta semana ampliamos ese mapa incorporando relatos espirituales sobre civilizaciones antiguas como Lemuria, Atlántida y Mu, su vínculo con razas de luz extraterrestres y su papel en la evolución de la conciencia humana. Son narrativas simbólicas que no buscan reemplazar a la historia científica, sino ofrecer una lectura más amplia sobre quiénes fuimos y qué memorias podrían vivir aún en nuestro interior.
Lemuria: la civilización del corazón
La leyenda de Lemuria, transmitida por canalizadores como Kryon (Lee Carroll) y por la antropóloga espiritual Miren Alabau, describe una civilización anterior a cualquier registro arqueológico conocido, ubicada en lo que hoy sería el océano Pacífico. Según estos relatos, los lemurianos habrían vivido en un estado de gran armonía, centrados en el corazón, la telepatía y la cooperación.
Kryon sostiene que Lemuria fue “la primera semilla pleyadiana implantada en la Tierra”, donde seres de las Pléyades habrían guiado los comienzos de la conciencia humana. Según esta mirada, los lemurianos conservarían en su ADN multidimensional códigos de amor, sabiduría y conexión profunda con la naturaleza.
Mu: la cultura madre del Pacífico
Relacionada a Lemuria aparece la hipótesis de Mu, difundida a principios del siglo XX por James Churchward, quien describió una civilización extremadamente avanzada que habría florecido en una vasta región del océano Pacífico. Churchward sostenía que Mu era “la madre de todas las civilizaciones humanas” y que sus habitantes poseían conocimientos astronómicos y energéticos que luego influirían en culturas posteriores.
Desde la espiritualidad contemporánea, se asocia a Mu con razas sirianas y arcturianas que habrían ayudado a esta civilización a trabajar con energía, geometría sagrada y conexión con estrellas guía.
Atlántida: tecnología, luz y caída de la conciencia
La historia de Atlántida, transmitida inicialmente por Platón y luego desarrollada en visiones espirituales como las de Edgar Cayce, describe una civilización altamente avanzada en tecnología, energía y conocimiento esotérico. Cayce afirmaba que los atlantes manejaban formas de energía cristalina provenientes de contactos con razas de luz extraterrestres, especialmente seres de Orión y Arcturus, que los habrían instruido en conocimiento astronómico y energético.
Según las lecturas contemporáneas, Atlántida representaría una etapa de gran esplendor seguida de una caída causada por el desequilibrio entre poder tecnológico y sabiduría espiritual. Su colapso sería una metáfora —y una memoria— de los peligros de evolucionar en poder sin evolucionar en conciencia.
Un legado compartido: arquitectura cósmica en la Tierra
Diversas corrientes espirituales conectan a estas civilizaciones legendarias con obras sagradas que aún hoy nos maravillan: Templos de Egipto, alineados con Orión, Sirio y las Pléyades; Pirámides mesoamericanas, consideradas portales de enseñanza traídos por “seres descendidos del cielo”; Líneas de Nazca, vistas como mapas para civilizaciones estelares y Crop circles, entendidos como códigos geométricos de activación
Según esta mirada, gran parte del conocimiento arquitectónico y astronómico de la antigüedad tendría raíces en colaboraciones con razas de luz que guiaron a distintas culturas terrestres durante miles de años.
Las Guerras de Orión: la memoria de la dualidad
En enseñanzas canalizadas desde los años 80 aparece la historia simbólica de las Guerras de Orión, una serie de conflictos entre civilizaciones orientadas al control y otras alineadas con la libertad y el amor. Para muchos canalizadores —como Lyssa Royal— la caída de Lemuria y Atlántida estaría también vinculada a estas memorias de conflicto.
Se sostiene que muchas almas encarnadas hoy habrían participado en esos eventos cósmicos y que la Tierra funciona como un espacio para sanar la polaridad, trascender la violencia y elegir caminos más compasivos.
Semillas estelares: guardianes de memoria en tiempos de despertar
El concepto de semilla estelar, usado desde los años 70 por autores como Brad Steiger, describe a personas que sienten una profunda resonancia con estas historias. No por literalidad histórica, sino por intuición. Steiger afirmaba:
“Algunas almas vienen de las estrellas para activar lo que la humanidad ha olvidado.”
Estas semillas estelares guardarían en su ADN multidimensional: memorias lemurianas de unidad; enseñanzas atlantes sobre energía; códigos pleyadianos de compasión y fragmentos de la antigua sabiduría de Mu. Su rol en este tiempo sería ayudar a la humanidad a recuperar equilibrio, conciencia y propósito.
La gran narrativa: Tierra y estrellas en un mismo origen
Estas historias —Lemuria, Atlántida, Mu, Anunnaki, Pléyades, Sirio, Orión— no buscan reemplazar a la ciencia ni imponerse como verdades absolutas. Funcionan como mapas simbólicos que invitan a comprendernos como seres con una historia multidimensional: biológica, energética, emocional y espiritual.
Tal vez el sentido profundo de estos relatos no esté en su literalidad, sino en lo que despiertan:
una memoria interna que nos recuerda que venimos de una trama más vasta, y que la humanidad actual es solo un capítulo dentro de una historia cósmica en expansión.
Y quizás, al recordarlo, también recordamos quiénes estamos llamados a ser.