lunes 02 de marzo de 2026
Perfiles pergaminenses

Enrique Polizzi: un mecánico noble, de vida sencilla y lealtades firmes

Se define como un hombre agradecido. Abocado durante muchos años a la mecánica de camiones, hizo de su expertise la herramienta que le abrió las puertas de un buen destino. Papá de un hijo, abuelo de dos nietos, y buen amigo, con 89 años, recrea una historia rica en valores que atesora y expresa en la simpleza de su vida.

30 de noviembre de 2025 - 07:05

Enrique Orlando Polizzi barre la vereda de su casa diligente, mientras aguarda el horario de la entrevista en la que trazará su Perfil Pergaminense. Tiene buena relación con sus vecinos, los conoce de casi toda la vida. Tiene ese tiempo que dejan libres las urgencias cuando van pasando los años y se abre ese territorio de la serenidad en la que se disfrutan más las pequeñas cosas. “Me gusta hacer las cosas de mi casa, desde que falleció mi esposa, hace dos años, me ocupo de casi todo, me cocino y siempre estoy haciendo algo”, señala en el comienzo de la charla.

Se dispone a la conversación sirviendo un café con galletitas. Preparado para un diálogo que le propone hacer un recorrido por su historia, se muestra entusiasmado y agradecido. Tiene 89 años y lo acompaña la buena salud. Es atento y cordial. Cuenta que nació el 21 de abril de 1936. Creció en el barrio San Vicente en el seno de una familia conformada por sus padres y siete hermanos. Sigue viviendo cerca de aquel que fue su espacio de infancia.

Tiene 89 años y conserva una lucidez que sorprende. Es cordial, prolijo, agradecido. Comenta que creció en un hogar muy humilde, donde convivían sus padres y siete hermanos. “Mi papá, Silvestre Polizzi, vino de Italia a los 7 años, y mi mamá, María Teresa Scotelaro, a los 4. Así que soy hijo de italianos, de raíces tanas de las que me siento orgulloso”, cuenta. Y enseguida agrega que su padre era “chatero”, hacía “de todo un poco” para ganarse la vida y también trabajó en la Municipalidad. Su madre era ama de casa, dedicada por completo a la crianza.

La familia era numerosa. “Fuimos siete hermanos. Una de mis hermanas se fue a vivir con una tía a Quilmes, allí se casó. Otro de mis hermanos, Horacio, tuvo un taller mecánico; dos fueron carpinteros, una hermana trabajó en una bombonería. Después venía yo y mi hermano menor, de 84 años. Vivos solo quedamos nosotros dos”, relata haciendo una cronología de la niñez y la juventud que los tenía a todos juntos, cada uno armando su camino. Al nombrarlos, acerca a la conversación referencias de lugares, oficios, y detalles de otro tiempo y de otro Pergamino, como quien repasa las páginas de un viejo álbum. Así funciona su memoria, con vivencias guardadas de manera entrañable.

Admite que por distintas razones ingresó a la escolaridad siendo “grande”. “Fui a la Escuela N° 17, pero no llegué a terminar. Comencé a los 8 años, tuve la mala suerte de repetir primer grado, así que cuando quise acordar, ya tenía 10 años. También repetí segundo grado, tenía 12 años. Hice los demás grados, hasta sexto, pero sentía que era grande para seguir yendo a la escuela, y dejé en sexto, cuando además, ya había empezado a trabajar”, relata y aunque sabe que el estudio siempre abre las mejores puertas, no se arrepiente de la decisión de haber dejado la escuela, porque de alguna manera, su vocación de trabajo, también fue una buena herramienta.

Los primeros pasos

Su primera experiencia laboral fue en la carpintería de uno de sus hermanos. “Pero no me gustaba ser carpintero, no me veía dedicado a eso”.

“Un día, con unos amigos salimos a buscar trabajo y conseguí como cadete en la empresa Darder. Ese podríamos decir que fue mi primer empleo por fuera del entorno familiar. Estuve ahí hasta los 19 años”, cuenta.

El servicio militar

Luego llegó el servicio militar en la Escuela “General Lemos”. Recuerda positivamente esa experiencia que como en tantas personas de su generación ocurría para poner entre paréntesis el camino laboral. “Nosotros éramos humildes y no teníamos como pagar el viaje para presentarnos en el servicio, así que salíamos un día antes de la fecha en que debíamos estar, y nos íbamos a dedo.Me iba el domingo para entrar el lunes. Y lo mismo me pasaba cuando me daban franco. Pero no la pasaba mal, todo era muy distinto, la gente te veía hacer dedo y siempre alguien te llevaba o te traía”, relata.

Su oficio

Al regresar, ya habiendo cumplido con la responsabilidad de “la colimba”, comenzó a trabajar de mecánico en el taller Polizzi–Casesi, que era de uno de sus hermanos. Allí aprendió el oficio que abrazó durante toda su vida: el de mecánico.

“Ahí estuve ocho años. Aprendí mucho porque hacíamos la mecánica completa”, refiere. Con ese oficio consolidado, se casó y cambió de empleo, cuando ingresó a la empresa Siele Hermanos. “Allí fui el mecánico durante catorce años. Me dedicaba al mantenimiento de la flota, en ese momento la empresa tenía más de veinte camiones. Siempre valoro esa oportunidad de trabajo que me dieron, porque además fueron años de mucho aprendizaje y también de viajes, por cuanto cuando me llamaban tenía que salir para reparar camiones en distintos puntos del país”.

Con el paso del tiempo y a raíz del fallecimiento de uno de sus mejores amigos, su familia le propuso quedarse con el espacio de trabajo que esa persona tenía. “Era un galpón muy bien equipado. Así que dejé Siele y comencé a trabajar por mi cuenta en ese taller ubicado en Francia, entre Mitre y Pueyrredón. Estuve 38 años ahí, dedicado a la mecánica de camiones, que era lo mío”.

“Como yo me había ido en muy buenos términos de Siele me mandaban trabajo, y también lo hacían otras concesionarias, así que me fue muy bien. Trabajé muchísimo”, describe con la satisfacción de haber podido desplegar lo que sabía hacer valiéndose de herramientas que constituyen su esencia: la lealtad y el don de ser “un buen tipo”.

Una nueva etapa

Cuando tenía 79 años, algunas situaciones de inseguridad que ocurrieron en el galpón lo fueron agobiando, sumado al desgaste que representaba para él tener que vivir haciendo denuncias constantes. Recuerda con tristeza aquellas circunstancias y cuenta: “Me robaban todo, rompían las puertas, era agotador. Así que yo de alguna manera ya tenía mi camino hecho, así que decidí dejar el galpón, me jubilé y me quedé trabajando de manera particular con algunos clientes que tenían lugar para que yo pudiera trabajar, iba desarmaba, arreglaba y regresaba a mi casa”.

“Fue otra etapa de mi vida”, refiere y aclara que hoy ya no se dedica a la mecánica, aunque sigue siendo un “apasionado de los fierros”.

Su familia

Siendo muy joven conformó su familia con Hilda Noemí Yabrón. “Nos conocíamos de toda la vida; éramos vecinos. Nuestras familias se frecuentaban. Después, más de grandes, coincidimos y empezamos a salir, nos casamos y tuvimos una muy buena vida juntos”, menciona. Y al recordar a su esposa, de inmediato cuenta las circunstancias que motivaron su fallecimiento temprano, hace apenas dos años. Reconoce que fue una pérdida difícil de afrontar. “Ella nunca fue a un médico, pero era una gran fumadora y se fue apagando de a poco”, sostiene. Sobrellevó el duelo acompañado por su hijo, Jorge Alberto Polizzi, casado con Leticia Tolesano. “Él es ingeniero agrónomo y ella psicóloga. Soy abuelo de Simona, que tiene nueve, y de Silvestre, de siete años”, menciona y asegura que “esos chicos son la luz de mis ojos”.

Cuando lo dice, muestra unas fotos que conserva sobre la mesa del comedor en las que aparecen sus nietos, haciendo distintas actividades. También hay otras imágenes familiares.

Un hombre sociable

A pesar de haber trabajado durante muchos años sin descanso, siempre se hizo tiempo para tener una rica vida social. “Soy sociable, me llevo bien con la gente y no tengo enemigos”, afirma.

“Iba al Italclub; jugaba a las bochas y a las cartas. Cuando cerró nos seguimos juntando en la casa familiar, con mi hermano y mi cuñada y amigos como Anibal Formagio, que además hoy es mi compañero en algunos viajes que me gusta hacer”.

Celebra el hecho de haber sabido cultivar amistades verdaderas y perdurables. “Tengo muchos amigos y mucha gente me conoce por mi actividad”, destaca y al poner la amistad en nombre propio menciona a Aníbal Formagio, a Silvano Guerra ‘El Negro’ que fue su gran amigo y cuya familia le ofreció el galpón para trabajar y cuidarlos. Y Alberto Raiez, de Manuel Ocampo, a quien quiero muchísimo. “Son personas que siempre han estado para mi y yo creo haber estado también para ellos”, destaca, este hombre al que le gusta viajar, y vivir la vida sin sobresaltos.

“Cada vez que surge la posibilidad de hacer un viajecito, estoy dispuesto. Viajo con Anibal, que me lleva de la mano. También me gusta el automovilismo y antes iba a las carreras del Turismo Carretera, hoy casi siempre las veo en televisión”, precisa describiendo algunos de sus pasatiempos y rutinas.

Hincha de Boca, católico, agradecido, Enrique habita su casa con el ritmo de quien aprendió a convivir con el silencio, pero no con la soledad. “Me ocupo de la limpieza, me levanto a cualquier hora. Estoy siempre acompañado, mi familia es incondicional para mi”, resalta, recreando algunas ausencias. Pero no se queja, asume el paso del tiempo como parte misma de la vida. Y lo celebra. “Tengo buena salud. No me cuido demasiado, como de todo. Solo ando un poco sordo, pero me desenvuelvo con autonomía, algo que a mi edad es muy importante”, expresa.

Sobre el final, vuelve sobre la memoria de sus padres, sobre el recuerdo de su esposa y los momentos compartidos. Mira la vida con agradecimiento y en el horizonte ve el futuro como un sendero por el cual transitar sin prisa, pero sin pausa. “No ansío nada, solo estar bien y que a mi familia no le pase nada”, señala con esa expresión del buen deseo.

Cuando el café termina, culmina también la charla, que discurre en anécdotas y recuerdos entrañables. Cuando se despide de la entrevista, vuelve al territorio de la vereda de su casa, ese universo en el que sus vecinos lo saludan, en el que se detiene a conversar de lo cotidiano con alguien que pasa. Se lo ve sereno, satisfecho. “Me gusta la mecánica, me la paso en el taller de caños de escape de acá al lado. Estoy con Gabriel Geogeghan, charlamos. Juan, su papá, es alguien a quien aprecio mucho”, acota.

Tiene la virtud de dejarse ayudar cuando hace falta y de ofrecer compañía cuando alguien la necesita. “Me gusta la vida”, dice al final. Y en esa frase cabe todo: su historia, sus pérdidas, sus afectos, su oficio y el modo sencillo en que aprendió a transitar la vida.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Las Más Leídas

Te Puede Interesar