Fue a la Escuela N° 17 y trabajó desde chico. Guarda muchos recuerdos de su infancia “De chiquito me gustó ganarme la moneda, así que aun estando en la escuela, comencé a cuidar autos en la puerta del Cementerio. Después empecé a trabajar adentro del Cementerio haciendo algunas tareas con un compañero de la escuela; y más tarde, entré en una marmolería que quedaba enfrente”, relata.
El servicio gastronómico
Al terminar la primaria, se abocó de lleno a trabajar en el que fue uno de sus oficios y su pasión: la gastronomía.
“Comencé lavando copas y más tarde fui mozo, ese fue mi trabajo en la gastronomía, el servicio”, afirma y menciona algunos de los lugares en los que ejerció su tarea: “Trabajé en ‘El Descanso’, ‘El Refugio’; en ‘Poenisia’, ‘El Gato’, en pizzerías y comedores grandes; en ‘Salom’, en la época de oro del Segundo Cruce; también en el bar de La Terminal, el Bar La Plaza, en Pizzería Mario; y en la barra de un pub; y en ‘Leroi’, donde estuve varios años”.
El inventario no es completo porque tuvo la suerte de estar en casi todos los lugares emblemáticos de una ciudad que siempre tuvo una oferta gastronómica importante. “Por ahí me falla la memoria, pero trabajé en muchos lugares, la gastronomía fue mi oficio durante casi cincuenta años”, refiere. Y agrega: “También estuve en el Bar Postal, que después lo tuve como negocio, y en el Hotel Terrazas, entre otros lugares”.
“Siempre me gustó la gastronomía, cuando lavaba copas veía todo el movimiento y me gustaba. Uno de los dueños de un lugar en el que trabajaba siendo muy joven me preguntó si me animaba a agarrar la bandeja, y de ahí no paré nunca más. Fui mozo durante cincuenta años”, insiste, agradecido.
El cartero
De la mano de su trabajo como gastronómico, Domingo fue cartero durante 35 años. “Mis actividades convivían porque las realizaba en horarios diferentes”, refiere y la conversación se introduce en otro de sus oficios amados: el de llevar correspondencia, casa por casa. “Trabajaba de 6 a 14 en el correo. En esa época llegaba la correspondencia, se clasificaba y luego se repartía. Yo hacía el reparto en bicicleta, jamás agarré la moto”, relata, orgulloso de ese trabajo que tomó de su padre. “Mi viejo se jubiló en el correo y tuve la suerte de poder ocupar su lugar”, menciona.
Guarda entrañables recuerdos de su vida como cartero. “Estuve 35 años como cartero, pedaleaba un promedio de 200 cuadras diariamente. Ahora ya no sucede eso, porque muchas cuestiones se han informatizado, y se usa menos la correspondencia tradicional, pero en aquellos años, la gente esperaba al cartero”, comenta.
Las historias que relatan abarcan desde cartas que esperaban las personas de seres amados que estaban lejos, hasta trámites jubilatorios que estaban próximos a una resolución. “Muchas personas me esperaban en la puerta y cuando me venían venir, enseguida me preguntaban: ‘Cartero, ¿no hay novedades de mi jubilación’? ó ‘¿No llegó carta para mí?’. Todo se manejaba a través de la correspondencia, hoy la gente tiene todo en un celular”.
Cuenta que su zona al principio fue el centro y más tarde, su barrio, José Hernández y una zona de Kenendy. “Ahora todo es digital, antes íbamos con la planilla, un lápiz, y cartas de las que uno pueda imaginar”, recuerda destacando el trato siempre respetuoso de la gente.
Un gran trabajador
En muchos aspectos su historia de vida está signada por el trabajo. Se muestra honrado de ese esfuerzo que le permitió forjar su porvenir y el de los suyos.
“Cuando salía del correo, descansaba un rato, y seguía su rutina en la gastronomía. Siempre tuve dos y hasta tres trabajos, pero el esfuerzo rindió sus frutos, porque gracias a esa dedicación, nunca me faltó el empleo y con el salario que ganaba, más las propinas, podía ir cumpliendo las metas que me proponía”.
“También y hasta hace no mucho tiempo, fui pintor de obra, un oficio que aprendí de un amigo”, refiere.
“Siempre tuve mucha energía. Recuerdo cuando trabajé en el Bar de la Terminal era un lugar en el que se atendía a mucha gente. Todo era correr y andar. Jamás anoté un pedido, siempre utilicé la memoria. Si atendía a una mesa de diez, recordaba lo que me pedían, y si alguien me cambiaba el pedido, me acordaba”, abunda. Y señala que siempre respetó la premisa que a su juicio debe tener un buen mozo: “la sonrisa en la cara, y la certeza de que el cliente siempre tiene razón”.
“Trabajando en la gastronomía tuve la suerte de conocer y atender a muchas personas famosas, artistas y referentes sociales y políticos. Trabajando en el Hotel Terrazas, por ejemplo, atendí al Chaqueño, a Luciano Pereyra y a tantos otros artistas que actuaban en la Casa de la Cultura. Y hace unos años, tuve el honor de conocer al presidente Mauricio Macri”, cuenta.
Una nueva etapa
En la actualidad ya está retirado de la actividad. Se jubiló como cartero hace dos años y en la gastronomía solo realiza algunos trabajos si lo convocan para algún evento. Reconoce que le costó dejar de trabajar porque es naturalmente “inquieto”.
“Me cuesta mucho estar en mi casa sin hacer nada. Siempre estoy haciendo algo. Salgo, me gusta andar”, reconoce. Y prosigue: “Jubilarme fue un cambio de vida enorme. En casa estaba solo un rato al mediodía y a la noche. Tuve que armar todas mis rutinas de nuevo”.
Su sostén y su sentido
En lo personal, Domingo se casó con Nancy Colaneri el 22 de enero de 1982. Acaban de cumplir 44 años de casados. “Ella tenía 13 años y yo trabajaba de mozo cuando nos conocimos en una casa familiar. Nos vimos y no nos separamos más”, cuenta y asegura que la clave de la vida juntos ha sido la comprensión y el respeto por los intereses de cada uno.
“Antes de casarnos yo le aclaré que mi vida era la gastronomía y la noche, mi oficio tenía esos tiempos. Por suerte, ella lo comprendió y jamás fue celosa, me acompañó incondicionalmente y trabajó a la par mía para tener todo lo que necesitaba nuestra familia”, resalta.
“Cuando nos casamos vivíamos en una casita que yo tenía. Después nos mudamos a lo de mi suegra, donde también vivía la abuela de Nancy. Así que ellas nos ayudaron mucho en la crianza de las chicas. Nancy trabajaba en una empresa textil y yo tampoco estaba en todo el día, nos ayudaron muchísimo. Luego construimos esta casa en la que vivimos desde hace más de 35 años, en el corazón del barrio José Hernández, donde hemos pasado gran parte de nuestra vida”, abunda.
Tienen dos hijas: María Jesús (43) que es fonoaudióloga, está en pareja con Pablo y vive en España desde el año 2008; y Paola (41), que es soltera y trabaja en el Hospital.
“Me siento muy orgulloso de la familia que tengo”, resalta, con un gesto de gratitud.
La calle, su vida
Aunque apegado a su familia y a los afectos, reconoce que la calle es parte de su vida. “Me hice en la calle, todo el mundo me conoce, salgo y todo el mundo me saluda, eso me da una enorme satisfacción”, destaca, este hombre al que todos conocen como “Pichón” o simplemente como “Cartero”.
Con 69 años y ya sin la obligación de la tarea, sigue andando en la calle. “Me cuesta mucho quedarme en casa, salgo, siempre encuentro algo para hacer, porque me gusta estar con la gente. Siempre digo que, si tuviera dinero, pondría un negocio gastronómico, solo para estar con la gente para comunicarme”, expresa, cuando promedia la charla.
Asegura que se está “amigando” con el paso del tiempo. Le gusta estar bien, va al gimnasio, le gusta viajar y ha tenido la posibilidad de visitar a su hija en España varias veces. No tiene más anhelos que el bienestar de los suyos y en cada uno de sus actos honra la sencillez.
Es jovial y muy buen amigo. “Todos los meses hago una peña en casa con mis compañeras y compañeros de trabajo del Correo, a pesar de haberme jubilado, es algo que no quise perder. Es lindo y demuestra que uno puede llevarse los vínculos del trabajo para la vida”, comenta. Y continúa: “De todos mis trabajos me he llevado gente valiosa. Siempre tuve buenos jefes a los que les agradezco porque me han dado la posibilidad de aprender los que han sido mis oficios”.
“Tanto en el Correo como en la gastronomía, me hice de muchos amigos. Podría mencionar a dos, a los que les estoy profundamente agradecido: Marcelo Dadurno y Sergio García. Pero, tengo la gracia de tener muchos y de los buenos”, refiere.
Sin pendientes con la vida, es un hombre que vive tranquilamente, sin pretensiones inalcanzables. Ama esta ciudad a la que define como “su lugar en el mundo”, conoce su idiosincrasia y a mucha de su gente. Eso lo complace. Tanto su trabajo como cartero como la bandeja de mozo le han dejado la mejor recompensa, el afecto de aquellos que tratándolo han aprendido a conocerlo en su verdadera esencia, esa definida en la sencillez y en la bondad.