Raúl Sansevero: honrar su oficio de herrero y ejercerlo con la pasión del primer día
Hijo del barrio Acevedo, aprendió herrería de obra con su padre e hizo de esa actividad, un modo de vida. Fue ferroviario y es amante de las motos y los autos.
31 de agosto de 2025 - 07:18
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Raúl “Pichi” Sansevero, en la intimidad de la que alguna vez fue su casa paterna, recibió a LA OPINION.
LA OPINION
Raúl Alberto Sansevero nació en Pergamino el 1° de julio de 1957. Para todos es “Pichi”, un apodo que lo acompaña desde la infancia y que hoy, a los 68 años, está tan arraigado que se convirtió en parte de su identidad. “Cuando yo era bebé, un tío, hermano de mi papá, cada vez que tenía en brazos tocaba el pañal que en ese momento era de tela y decía que había que cambiarlo porque había ‘pichi’. Así fue quedando este apodo que a esta altura de la vida ya está registrado, pocas personas me llaman Raúl, soy ‘el pichi’ Sansevero”, cuenta en el inicio de la charla, entre risas.
Su vida es, ante todo, una historia de trabajo y de respeto a sus raíces. Creció en el barrio Acevedo, cuando todavía estaba separado por el ferrocarril del resto de la ciudad. “El viaducto integró a este barrio con el resto de Pergamino”, menciona, sentado en el comedor de la casa que fue de sus padres, hoy habitada por su hermana Silvina.
Aunque la vivienda fue reformada, todavía conserva la esencia de aquellos años y las memorias intangibles que no borra el paso del tiempo. Mira hacia la ventana que da al patio y expresa: “En el fondo estaba el taller de herrería de mi padre, de quien tomé el oficio”.
Sus padres, Armando y Filomena, le enseñaron mucho de lo que sabe. También le señalaron un camino de esfuerzo, honradez y dedicación. “Ambos viven, mamá Filomena, tiene 87 años y sufre de la Enfermedad de Alzheimer, algo que nos entristece a todos. Y papá, con sus 92 años, por suerte está muy bien, maneja y todavía hace algunas cosas del oficio”.
Su infancia estuvo atravesada por la cercanía de sus padres y la simpleza de la vida en el barrio. “Conservo hermosos recuerdos de la Escuela Nº 4 y de las travesuras de aquellos tiempos con amigos”, dice, evocando una época en que Pergamino tenía un ritmo más lento, donde los chicos podían jugar en la calle y la vida giraba en torno a la familia y el trabajo.
Habla con afecto y gratitud de ese núcleo primario de origen. “Fuimos tres hermanos. Yo soy el mayor, Miguel Ángel falleció a los 33 años, justo el día de mi cumpleaños, y Silvina es la menor”.
Una pérdida temprana
La pérdida de Miguel Ángel marcó un antes y un después. “El era pintor de autos y un excelente chapista, murió a causa de una enfermedad oncológica muy dura. Fue el golpe más traumático de nuestra vida, porque era muy joven”.
“Se fue el día de mi cumpleaños. Recuerdo que pasé a saludarlo en su habitación y lo vi muy mal, lo internaron y a la noche falleció”, recrea y confiesa que su recuerdo está presente todos los días. “Tengo su foto en mi mesa de luz. Y desde que él murió, mi cumpleaños tiene esa sensación de claroscuro”, reconoce.
El oficio de herrero, un legado
Desde muy joven, el trabajo ocupó un lugar central. Terminada la primaria, comenzó a ayudar a su padre en el taller de herrería que funcionaba en la casa familiar. “Ingresé al industrial, pero tres años después dejé de estudiar. Abandoné porque ya estaba trabajando”, cuenta.
La herrería fue para él un oficio y un legado. “Mi papá algunas cosas sigue haciendo en mi taller”, explica, orgulloso de esa continuidad generacional. La transmisión del oficio, de padre a hijo, es uno de esos rituales silenciosos que marcan la vida de una familia y estrechan un lazo que trasciende. En la vida de “Pichi” ese se fue dando de manera natural y su dedicación ha permitido desde siempre, honrar una tarea que sigue manteniendo un carácter artesanal que requiere de pericia. “Es muy artesanal la herrería, a pesar del paso del tiempo”, asegura.
Su paso por el ferrocarril
Durante varios años, a la par de su oficio de herrero, fue trabajador ferroviario en el Ferrocarril Mitre. “Estuve en Vías y Obras, haciendo mantenimiento. Era un laburo bravo, hasta que pasé a la estación. Después vino el retiro y volví de lleno al taller”, relata.
Con la desaparición del ferrocarril, su oficio, ese que nunca había abandonado, se convirtió en su principal actividad. “En verdad nunca había dejado, porque cuando salía del ferrocarril, trabajaba en el taller. Pero cuando vino el retiro, ya me aboqué de pleno a la herrería de obra, que es a lo que me dedico desde que tenía 13 años”.
En el taller, la clientela lo acompañó siempre. “No tengo cartel y la gente me conoce. Nunca me faltó trabajo”, afirma. Esa fidelidad es, en parte, el reconocimiento a una vida dedicada al trabajo bien hecho. Aunque la irrupción del aluminio modificó profundamente la actividad, él se mantuvo fiel al hierro. “Es un trabajo artesanal. Yo sigo trabajando en hierro”, destaca.
La pasión por los fierros
Además del trabajo, otra constante marcó su vida fue su pasión por los autos y las motos. Desde niño se sintió atraído por el rugido de los motores. “Con 9 o 10 años me iba al Tiro Federal a ver las carreras de motos y las cafeteras”, recuerda. Aunque nunca pudo correr por cuestiones económicas, siempre estuvo vinculado al ambiente. “Acompañé a Vicente Bartolo, a Oscar Recouso y a ‘Cachi’ Castro”, enumera, como quien repasa una lista de viejos compañeros de ruta a los que respeta y valora.
Hoy disfruta de las motos antiguas. “Tengo una Pumita 98 y estoy armando una Zanella Sapucai. Tengo un grupo con el que salimos a recorrer pueblos vecinos, recorremos, paramos a tomar o comer algo y regresamos. Habitualmente vamos a Rancagua, Guerrico, Acevedo o Manuel Ocampo, siempre en grupo. Es una actividad de la que disfruto mucho. Generalmente las salidas son los fines de semana, o cuando ‘los cachivaches viejos’ andan bien, cuenta con una sonrisa.
Raúl siempre sonríe y es dueño del don del sentido del humor. “Hablo más en broma que en serio”, refiere en una apreciación que lo define. Se confiesa hincha de Guillermo Ortelli, y sigue asistiendo con entusiasmo a cada carrera del Turismo Carretera a la que puede ir. “Es un capítulo de mi vida en sí mismo ese, me encanta ir a las carreras, comer el asadito, hay todo un folklore que rodea a esos eventos”.
También disfruta de las reuniones con amigos, de esas charlas interminables sobre autos y motos. Le gusta leer revistas especializadas. “Los fierros son una pasión”, resume.
Su vida personal
Se casó joven y en 1994 se divorció de la mamá de sus hijos. “El más chico tenía tres años cuando nos separamos”, recuerda. De ese matrimonio nacieron tres hijos: Natalí (39), Emmanuel (37) y Guillermo (34). “Hoy todos formaron sus propias familias. Natalí está casada con Lucas Peralta y Guillermo con Eugenia Ojeda”, menciona.
Es abuelo de Mateo, Micaela, Isaías y Aimé, y espera con alegría la llegada de Ítalo. “Estoy contento viendo crecer bien a mis nietos y disfruto mucho de ver crecer a mi ahijada Catalina, que ya cumplió sus 15 años”, agrega.
Su único anhelo es transcurrir la vida con los suyos, y tener salud para seguir disfrutando de esa cercanía afectiva que tanto valora. “La relación con mis hijos siempre fue muy buena. A pesar del divorcio, siempre estuvimos juntos y nos ensamblamos muy bien”, explica.
“Durante muchos años tuve una casa en Rancagua que adquirí cuando me separé. Allí los chicos pasaron mucho tiempo. La usábamos como casa de fin de semana. Guardo hermosos recuerdos de esa época, y los chicos también”.
“Hoy ya no tengo esa propiedad, terminé vendiéndola para armar el lugar en el que vivo actualmente, donde también tengo el taller”, abunda y cuenta que en la actualidad vive solo en su casa del barrio Desiderio de la Fuente, cerca al cruce de caminos. “Es un hermoso lugar”, sostiene. Y reconoce que es dueño de un universo personal valioso. “Aunque vivo solo, no estoy solo, y me siento realmente muy bien”.
Su entorno está conformado por relaciones genuinas. A la familia, se le suman vínculos que ha sabido construir a lo largo de la vida. “Estoy rodeado de buenas personas, tengo una linda vida social, algunas peñas. Me gusta viajar y disfrutar de las vacaciones”, refiere.
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31-08-2025 09:34
Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "Raúl “Pichi” Sansevero, hijo del barrio Acevedo, forjó su camino entre el hierro, el ferrocarril, las motos y los autos. Con 68 años, es sinónimo de trabajo, amistad y humor. Herrero de oficio, ferroviario, amante de los fierros y las carreras. Orgulloso padre y abuelo, siempre cerca de su familia y amigos. Vecino querido, que supo transformar cada etapa de su vida con esfuerzo y alegría. Un pergaminense que, con sencillez y pasión, se ganó un lugar en el corazón de quienes lo conocen. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #Pergamino #HistoriasDeVida #PichiSansevero #Oficio #Fierros"
Quienes lo conocen lo definen como un hombre sociable, siempre dispuesto a la broma. “Soy un tipo amigable, de hacer chistes todo el día. Hablo más en broma que en serio”, reitera, encontrando en ese atributo una característica de su forma de ser que lo distingue.
Cuando la charla se introduce en los aspectos más íntimos, su reflexión vuelve sobre aquellas cosas que ha aprendido de los suyos. “Valoro tener a mis padres, de ellos he tomado las mejores enseñanzas. Mi viejo me enseña aún hoy con su longevidad y mi mamá ha sido para nosotros un pilar. La vieja siempre estuvo ahí acompañando. Durante muchos años en casa tuvo un kiosco, nosotros éramos adolescentes, mi hermana estudiaba Abogacía en esa época, y todo ayudaba”, cuenta y agradece los valores que le transmitieron. Ellos y la vida hicieron de él un buen tipo, esa condición imprescindible que lo define en su verdadera esencia.
Su lugar en el mundo
Sobre el final, la charla lo lleva a hablar de la ciudad. Conocedor de mucha gente, y de muchos espacios, siente que Pergamino es su lugar en el mundo. “Aquí nací y aquí pienso terminar mis días”, dice convencido. En este momento su apreciación respecto de la ciudad se entrelaza con los recuerdos de otras épocas. Los evoca con emoción. Recuerda con nostalgia la época de oro del ferrocarril: “Mi abuelo y mis tíos eran ferroviarios. De chico iba a jugar al puente de fierro, a ver las maniobras en un espacio colmado de trenes y plena actividad”.
Pero su reflexión no se queda en el ayer, y tampoco se enfoca demasiado en el mañana. Prefiere quedarse en el hoy y en aquellas cosas de las que disfruta: el taller, los amigos, las motos y su familia. Con humildad, asegura que no le pide demasiado a la vida. “Con salud, con mis hijos y nietos bien, ya estoy feliz”.
Raúl “Pichi” Sansevero es, en definitiva, un vecino de Pergamino que encarna valores simples. Ha hecho del trabajo, su familia y el cultivo de sus gustos, los pilares sobre los cuales ha construido una vida que, como el hierro que trabaja en el taller, ha sabido moldear, adaptándose a cada circunstancia y reinventándose, siempre.