“Durante el tiempo que duraron mis estudios viví en casa de mis abuelos paternos, donde también vivía mi primo Roberto Quaglia, a quien quiero como a un hermano”, comenta.
La entrevista se desarrolla en su hogar, acompañado por su esposa y una de sus hijas que escuchan con atención un relato rico en recuerdos.
Raúl prosigue: “Viviendo en casa de mis abuelos conocí a la que es mi señora, Hilda Susana Lasarte ‘Pichunga’”, cuenta. “Nosotros vivíamos en calle 25 de Mayo y ella en la otra cuadra, así que en esa vecindad nos conocimos y nos pusimos de novios”, relata.
Confiesa que transitaron un noviazgo que duró varios años, porque al egresar del Industrial, tomó la decisión de iniciar sus estudios universitarios. “Me mudé a Rosario para estudiar Ingeniería Mecánica, así que durante varios años viví en esa ciudad y viajaba cuando podía. Con ella nos comunicábamos a través de cartas, y nos veíamos cuando yo regresaba a Pergamino”, describe.
“No venía todos los fines de semana, y cuando lo hacía, mi tiempo se repartía entre Pergamino y Alfonzo donde vivían mis padres”, agrega. Así fue su relación durante los años que duró la vida universitaria y en ese “ir y venir” de Rosario a Pergamino y a Alfonzo, transcurrió su vida de estudiante. “Ella fue la única novia que tuve”, afirma en relación a “Pichunga” y la mira con ternura.
Admite que ni las distancias ni las comunicaciones eran como se conciben ahora. “No todo el mundo tenía teléfono, había que mandarse cartas y verse cuando se podía”, insiste recreando el modo en que tejieron ese vínculo amoroso que los llevó muy lejos.
Su título universitario y la familia
Regresó a Pergamino luego de recibirse de ingeniero mecánico en la Universidad Nacional de Rosario. Ya con su título en mano, comenzó a escribir una historia profesional rica y nutrida en experiencias. También a consolidar las bases de su propia familia. “Cuando me recibí con ‘Pichunga’ decidimos casarnos”, cuenta y enseguida bromea: “Digamos que me apuraron un poco porque ya llevábamos varios años de novios y distancias”.
Contrajeron matrimonio en el año 1968. Al tiempo llegaron los hijos. “Tenemos tres, Rita, Laura y Martín, cada uno de ellos ya con sus propias familias”, menciona. Con su compañera se miran con complicidad y se sonríen. Llevan juntos buena parte de la vida y juntos han trabajado para forjar este presente del que disfrutan. “Hicimos una gran tarea”, destaca, agradecido y feliz.
Su mirada se ilumina cuando menciona a sus nietos: Estanislao, Sofía, Ignacia y Emilio- hijos de Laura y Lisandro Garguliski- Victoria y Ulises- hijos de Rita y Claudio Monzón- Agostina, Martina y Benjamín- hijos de Martín y Natalia Basílico-.
“Todos mis nietos viven en Pergamino, menos uno que vive con su novia en General Pinto y va a ser papá en febrero”, señala. Aguardando la llegada de su primera bisnieta, siente que su familia ha sido su mejor construcción. También el refugio y ese puerto de llegada que le ha permitido encontrar el punto justo de equilibrio entre el trabajo y la vida personal.
“Sinceramente trabajé mucho. Mi esposa cuando los chicos fueron grandes y se fueron a estudiar también trabajó en varios escritorios. Hicimos el esfuerzo que hace cualquier familia para darles a nuestros hijos las mejores herramientas, y creo que lo logramos, porque son buenas personas, y nosotros estamos tranquilos”, resalta, recreando momentos de la dinámica familiar y las rutinas de aquellos años que siempre tuvieron momentos para compartir en familia y señalar un camino, marcado por el buen ejemplo.
Defensor de los valores nobles, recto en su accionar y sereno en el modo de transcurrir la vida, es una persona agradecida. “La vida me ha tratado bastante bien”, afirma cuando va promediando la charla, reconociendo que ha sido “un trabajador incansable”.
En sus tiempos “mozos”, también jugó al fútbol en el Club Juventud, pero solo de modo recreativo. “No tenía tiempo para mucho más, trabajé muchísimo”, señala.
La docencia y su trabajo en ingeniería
El inventario de su carrera profesional es amplio. Su primer trabajo fue como profesor del Colegio Industrial de Arrecifes. Más tarde comenzó a ejercer la docencia en el Colegio Industrial de Pergamino. “Siempre me gustó la docencia y la ejercí hasta que mi trabajo como ingeniero en distintas empresas me fue demandando más tiempo”, refiere.
En paralelo también tenía alumnos particulares a los que preparaba en las materias técnicas del secundario. “Daba clases en mi casa, incluso he preparado a alguna de mis hijas cuando tenían que dar alguna materia, aunque reconozco que, si me pedían permiso para irse al centro, las dejaba ir, y cuando regresaban seguíamos con la clase”, relata.
De la docencia se llevó muchos aprendizajes y hasta conoció a uno de sus amigos más entrañables: Miguel Tortoriello, “Toto”. “El fue mi alumno y más tarde lo llevé conmigo a trabajar en una de las empresas. Hoy, tanto con él como con su esposa Ana, conservamos una amistad hermosa”, sostiene.
En el ámbito de la ingeniería, trabajó como en Pumatec, Berini, Iradi, Tamequ, Argengas e YPF, donde se jubiló. En cada lugar en el que estuvo se desempeñó con dedicación y responsabilidad. También trabajando conoció a otro de sus grandes amigos: Horacio Quiroga.
Pergamino durante muchos años fue cuna de la industria metalúrgica y eso hizo que nunca faltaran oportunidades de empleo. “Trabajaba sin parar”, señala y esa labor sostenida diseñando, proyectando y controlando es la que ha dado cimiento a iniciativas importantes, muchas de las cuales aún perduran. “Alguna de mis funciones fue en plantas de silos, secadoras de granos y caladores de semillas”, comenta y recuerda: “Cuando mis hijos eran chicos salíamos a pasear y al andar por las rutas les señalaba ‘aquella planta la construí yo’, o ‘aquel silo lo armamos nosotros’, m e gustaba mostrarles mi trabajo”.
Jubilado hace ya varios años, reconoce que no le costó tomar la decisión de retirarse y menciona que siguió trabajando por su cuenta un tiempo más. “Trabajaba en algunos proyectos puntuales y me gustaba hacerlo. Pero hace ya varios años que estoy retirado de la actividad laboral”.
A mano con la vida
Sin asignaturas pendientes con la profesión ni con la vida, vive la vejez serenamente. Acepta el paso del tiempo con serenidad. Le gusta dormir hasta tarde. Come de todo y se cuida lo necesario. En lo cotidiano, sus días transcurren en su casa, en la tranquilidad de un barrio que, aunque es céntrico, conserva rasgos de una vecindad apacible.
Disfruta de lo simple y pocas veces se enoja. Solo lo revelan aquellas cosas que no considera justas. “Estoy mucho en casa, salgo a veces, pero poco. Me gusta leer los diarios en papel y aún los recibo cada domingo”, señala. No ansía más que el bienestar de los suyos y está en paz, siempre dispuesto a la buena conversación, pero respetuoso también del silencio.
En la entrevista, cuando la pregunta lo interroga sobre aquellas cosas esenciales, su voz adquiere un tono introspectivo, y piensa antes de responder. Nunca brinda una respuesta impulsiva ni apresurada. Esa cualidad lo define. A cada interrogante, las respuestas que aparecen tienen que ver con sus convicciones, con la valía de su experiencia y con la sencillez con la que ha transcurrido la vida.
“He tenido la fortuna de tener un trabajo que me gustó. No sé lo que es hacer algo que me disguste. He tenido una familia que acompañó y entendió algunas ausencias. Y hoy disfruto de este tiempo de la vida tranquilo, en el barrio en el que vivo desde que nos casamos, rodeado del afecto de mis hijos y nietos y de los buenos amigos que siempre están. No puedo pedir nada más, estoy a mano con la vida”, concluye, con esa calma que experimentan aquellos que han vivido en coherencia con sus valores más genuinos, sin jamás traicionarlos.