“Mi mamá fue ama de casa, siempre muy atenta a nosotros”, agrega y lo invade la emoción cuando habla de sus orígenes y cuando acerca las vivencias de su infancia y adolescencia. “Fueron muy buenas personas mis viejos, él falleció a los 71 años y mi mamá, incluso antes que él. Con la muerte de ella y debido a algunos problemas de salud, se fue él. Nosotros con mi hermano ya éramos grandes y estábamos encaminados, pero fue una pérdida inmensa”.
El Industrial y su oficio
Desde chico fue hábil para el trabajo manual. También tuvo muy presente la certeza de que para forjar el porvenir había que nutrirse de las capacidades que da un oficio. “Cuando terminé la primaria, fui durante cinco años al Colegio Industrial, allí aprendí de mecánica y de tornería. Y me faltó un año para recibirme porque los últimos dos los había cursado de noche ya que había empezado a trabajar”.
Con el paréntesis que significó la realización del servicio militar que le tocó hacer en Esquel, una vez que comenzó a escribirse su historia laboral, todo fluyó sin interrupciones. “Mi primer empleo fue en lo de Tejedor, una fábrica de cabinas dormitorio que funcionaba en calle General Paz y San Nicolás. Allí trabajé durante seis años hasta que decidí abrir mi propio taller de chapa y pintura y desde ese momento siempre trabajé de manera independiente”.
Estilo es el sello comercial de su taller. Ese que abrió las puertas en el año 1977 y se mantuvo de manera ininterrumpida. “El oficio cambió mucho con el paso del tiempo porque cambiaron los materiales y hay más herramientas, pero conserva algo de lo artesanal, y es una verdadera pasión a la que desde el primer día le dedico tiempo y le pongo entusiasmo”, sostiene, agradecido a la vida por el hecho de haber encontrado una actividad que le representa un placer llevar adelante y que le ha permitido forjar su destino sobre la base de esa dedicación y esfuerzo.
“Realmente es una siembra que ha dado sus frutos. El primer taller funcionaba en calle Liniers y Belcuore, más tarde nos establecimos aquí, en Barrancas del Paraná, donde estamos desde hace más de 25 años. Pudimos armar el taller en un lugar propio y tengo el honor de ejercer este oficio con mis hijos”.
Siente una profunda gratitud hacia sus clientes y lo expresa: “Tengo una clientela muy fiel, varias generaciones han pasado por este taller de chapa y pintura. Tenemos clientes de hace más de 40 años que cuando tienen cualquier problema nos siguen eligiendo. Hemos atendido a los abuelos, los padres y ahora a los hijos y hasta los nietos de nuestros primeros clientes, eso significa una responsabilidad y un orgullo enormes”.
También vive con alegría el hecho de poder seguir trabajando “a pleno”. “A mi edad eso es muy importante. Aunque yo delego bastante en los chicos y siento una tranquilidad de que ellos estén siguiendo este camino, me gusta trabajar y estoy a pleno”, resalta.
Su núcleo afectivo
Más allá del taller, la vida personal de Raúl se nutre de afectos verdaderamente genuinos. Fruto de su primer matrimonio es papá de Oscar Alfredo, de novio con Florencia; y María Florencia, casada con Mauricio Leites.
“Yo me separé de la mamá de mis hijos y actualmente y desde hace trece años estoy en pareja con Claudia Raffoni, ella es mamá de 6 hijos, cinco de ellos viven en Mar del Plata, y uno, Gianfranco, está trabajando conmigo en el taller. Son mis hijos del corazón”, cuenta.
También menciona a sus nietos: Bastian, Sol y Noha; también a sus otros “nietos del corazón”; y a sus sobrinos Andrés y Paola Belizan. “Vivo rodeado de hijos, nietos y sobrinos, que más puedo pedir”, destaca.
En paralelo cuenta que la vida lo ha premiado con la dicha de tener muchos y buenos amigos. “No quiero nombrarlos, porque cometería el pecado de olvidarme de más de uno. Pero ellos saben quiénes son y también saben que yo me siento muy agradecido de tener amigos de los buenos”.
Dueño de una personalidad sociable, siempre ha encontrado en distintas actividades la posibilidad de cosechar vínculos que ha sabido llevarse para la vida. “Es lindo tener amigos”, dice. Y cuenta que desde hace tiempo participa de la que fue la histórica Auto Peña Pergamino. “También tengo otra peña, los sábados, con proveedores del taller y varios amigos”, agrega.
Una gran historia
En lo afectivo, posee una hermosa historia de amor. Su pareja fue su primera novia. “Estuvimos de novios cuando yo tenía 25 años, fue la primera novia que llevé a mi casa. Luego, nos dejamos, cada uno siguió su camino; ambos nos casamos, armamos nuestras familias. Yo me separé de la mamá de mis hijos; y con el paso del tiempo, con el tema de las redes sociales nos reencontramos. Ella estaba viviendo en Mar del Plata, y también estaba sola, así que empezamos a conversar, retomamos nuestra relación, al principio yo viajaba para allá, hasta que ella regresó a Pergamino, y no nos separamos más. Desde hace 13 años compartimos la vida juntos. Se ve que nuestra relación estaba destinada a continuar”, expresa con el brillo en la mirada que le regala ese buen amor.
Otras pasiones
Raúl asegura que siempre ha sido un “inquieto” y que a pesar de haber trabajado siempre muchas horas, encontró el modo de invertir tiempo en otras actividades. “Paractiqué y competí en remo durante algunos años. Estuve en la instancia fundante del Club Náutico y en 1981 cuando abrió sus puertas, ahí todos salimos a remar. Yo descubrí que me gustaba mucho y empecé a competir. En ese tiempo se hacían regatas hermosas. Remé en el Lago San Roque, en Mar Chiquita, en el lago de las Termas de Río Hondo y conservo hermosos recuerdos de la Morrison-Bell Ville y de la regata Salto- Arrecifes”, acota.
Desde chico fue aficionado a la actividad deportiva y jugó amateur al futbol y al básquet. “Jugaba en el Club Juventud, institución en la que crecí porque mi papá y mi tío eran socios. Mi tío era socio fundador de esa entidad a la que seguí mucho”, señala. Y enseguida confiesa: “Mi gran pasión fue el automovilismo. Con la Auto Peña Pergamino viví experiencias inolvidables. Solmi hacía los motores, Carlos, la electricidad y yo la chapa y pintura. Habíamos comprado un motor home con Néstor Albani y Miguel Gómez y ahí estábamos en todas las carreras”.
“Durante cinco años corrí como acompañante de Marcelo Mascaró, cuando se formó la categoría TC 4000 Argentino. Después con los problemas que hubo en el Turismo Carretera dejaron a los acompañantes de lado y terminó esa historia para mí, pero el automovilismo me encanta, hoy me lleva loco la Fórmula 1 con la participación de Franco Colapinto”.
Un hombre agradecido
Cuando promedia la conversación y la pregunta lo convoca a hacer un balance de aquellas experiencias vividas hasta el presente, Raúl se siente satisfecho. Jamás olvida sus orígenes y al momento de mirar hacia atrás, valora el hecho de haber crecido en un tiempo en el que el principal pasatiempo era hacer correr autitos de plomo por los terraplenes del arroyo Pergamino que no eran como son hoy. “Apenas había un sendero que nosotros mismos habíamos abierto entre el matorral para poder bajar desde el terraplén al arroyo, nos encantaba pasar tiempo ahí”, señala, sabiendo que lo esencial muchas veces está en la sencillez.
“He tenido una buena vida”, afirma. Y cuando lo dice llegan a la charla las referencias inmediatas al taller, al remo, al club, a los juegos de la infancia, a la adolescencia, a los valores aprendidos de sus padres y transmitidos a sus hijos. El legado, eso que trasciende de generación en generación para transformarse en carta de presentación y en llave que abre las puertas.
“Creo que he sido y soy una buena persona. Soy honesto, eso es lo más importante. Al taller vienen clientes desde hace más de cuarenta años. Eso sucede por algo, esa es mi mejor carta de recomendación, que nos elijan. Creo que lo hacen porque trabajamos con seriedad y responsablemente”, sostiene. Y esa apreciación habla de su oficio, pero también de Raúl Belizan en su manera de concebir la vida.