jueves 20 de noviembre de 2025

Nélida Sendra de Zarlenga: un ejemplo de sencillez y amor a la vida

En pocos días cumplirá 90 años. Lo celebra rodeada del afecto de los suyos. Su testimonio es reflejo del valor de la cercanía y el afecto dado con generosidad.

7 de septiembre de 2025 - 07:18

Nélida Magdalena Sendra de Zarlenga es conocida por todos como “Pocha”, un apodo que lleva desde que tuvo “uso de razón”. Está en la antesala de sus 90 años, los que cumplirá el 24 de septiembre. Ya está dispuesta a celebrarlos, como celebra la vida cada día. Tiene una lucidez admirable y una tenacidad que le ha permitido sortear las adversidades con determinación. Traza su Perfil Pergaminense en el escritorio del negocio de su esposo, Mario Zarlenga, un lugar dedicado a la venta de repuestos en el que ella pasa muchas horas.

En el comienzo de la conversación cuenta que nació en Pergamino y creció en Urquiza, donde sus padres tenían una chacra. Su papá había venido de España a los 8 años y su mamá era argentina, hija de italianos. Ellos eran: José y Ernestina. “Tuve un hermano mayor, José Ernesto ‘el nene Sendra’, ya fallecido”, agrega hablando de ese núcleo familiar primario y de aquellos años transcurridos en el campo. “Mi papá era agricultor y mi madre lo ayudaba en las tareas del campo. Se hacía todo en la chacra. Vivimos allí hasta mis 9 años, así que a la Escuela N° 15, que quedaba en el pueblo, íbamos con mi hermano a caballo, sin importar los días de frío y el hecho de tener que asistir con pollera aún en pleno invierno”.

Recuerda con gratitud a sus maestras: la de primer grado fue Celia Sinelli y la de sexto, Blanca Gancedo. “Les guardo mucho cariño”, destaca reconociendo que conserva hermosas vivencias de su infancia. “Me crié en el campo, en la que era la casa materna de mi madre. Crecí junto a la abuela Magdalena, a quien amaba profundamente y con la que dormí hasta los 11 años. Con mi hermano jugábamos a cualquier cosa, él fabricaba camiones con unos cilindros de madera y los llenábamos de yuyos. Todo era sencillo en mi tiempo”, describe mostrando una postal del pasado entrañable.

También recuerda los viajes que hacía con sus padres a Pergamino. “Teníamos un autito, y veníamos a la ciudad, a la Tienda Garrote, a buscar todo lo necesario para nuestra vida diaria. Llegábamos y nos surtíamos de todo”.

“De la chacra nos mudamos al pueblo, mi papá vendió el campo y puso un almacén de ramos generales sobre la ruta”, recuerda y menciona que cuando terminó la escuela primaria, como no estaba bien visto que “las chicas” viajaran solas para seguir estudiando, no continuó sus estudios y su mamá la mandó a hacer un curso de corte y confección en el pueblo. “Me gustó hacerlo, nunca fui una excelente modista, ni trabajé de eso, pero hasta el día de hoy le ando haciendo cosas a los chicos”.

La adolescencia y el amor

Cuenta que no la dejaron salir a bailar hasta los 15 años. “Todo el entretenimiento que teníamos era reunirnos con las chicas del pueblo a conversar”, señala y comenta que “cuando tuve edad, iba al baile del club de Urquiza acompañada por mi mamá y mi papá”. “Mi papá se paraba en la puerta del club y si yo bailaba con alguien que a él no le gustaba, enseguida emprendíamos el regreso a casa”, relata.

Recuerda con ternura su primer baile y también aquel de carnaval en el que conoció a Mario Zarlenga, el joven del que se enamoró y la persona con la que comparte su vida desde hace 64 años. “Yo tenía 18 años y él, 17. El era de Pergamino e iba a Urquiza a bailar. A los quince días, hubo otro baile, él regresó y volvimos a coincidir”, recrea.

Para cuando formalizaron su noviazgo, “Pocha” y su familia ya vivían en Pergamino. Su papá había adquirido parte de un colectivo de la línea de “Los rojos”, y se habían mudado a una casa ubicada en Pinto y Perú. “Una tarde, con Mario nos encontramos en la plaza de ejercicios, a mí me acompañó mi prima ‘Neca’. Coincidimos en arreglarnos. Estamos juntos desde entonces. Llevamos 64 años de casados y varios más de setenta, juntos”.

Una vida compartida

Cuando contrajeron matrimonio, se mudaron al barrio Acevedo, donde Mario había construido una casa. “Mi esposo toda la vida fue repuestero y en un terreno que le había regalado su papá, construyó la casa en la que vivimos durante nuestros primeros años de matrimonio. Nacieron los chicos y nos fue quedando chica, así que la vendimos y nos mudamos a Pinto y Estrada. Cuando los hijos crecieron, esa propiedad nos quedó grande. Así que compramos un departamento en el que vivimos actualmente. En un primer piso”.

Tienen dos hijos y una familia hermosa: “Analía tiene 62 años, es docente jubilada y tiene un emprendimiento de pintura textil. Está casada con Danilo Zanoni, jubilado bancario que trabaja en Renault. Ariel tiene 60 años es contador público, jubilado del Poder Judicial y tiene su propio estudio contable. Está casado con Alejandra Foschia, docente jubilada que actualmente trabaja como asesora de imagen”.

“Soy abuela de cuatro nietos, que son la razón de mi vida: Alvaro (38) licenciado en Publicidad; Santiago (37) bancario; Franco (30), contador público; y Augusto (24), contador público”, menciona con la mirada iluminada.

Una mujer de familia

Reconoce que su mayor ilusión es cuando toda la familia se reúne en su casa. “Cuando los tengo a todos cerca soy inmensamente feliz. Amo recibirlos, los espero y, si se van a alguna parte, aunque sé que hago mal, los extraño y no me quedo tranquila hasta que me llaman, para decirme que están bien. Siempre temo que les pase algo, mi familia es lo más importante que tengo”, resalta, agradecida por esa construcción afectiva.

Admite que necesita esa cercanía de los suyos para sentirse plena y al decirlo, acerca un relato de su experiencia durante la pandemia de Covid-19 que enternece: “En ese tiempo en que no podíamos vernos, encontramos un modo de seguir cerca. Yo estoy acostumbrada a cocinar para ellos todos los domingos. Así que, durante la cuarentena, seguí amasando y preparando el tuco con peceto, salchichas y albóndigas como les gusta a mis nietos, preparaba las fuentes y se las mandaba a cada uno a su casa con mi esposo que hacía el delivery. Mi comida era una forma de seguir juntos”.

“De esas épocas difíciles surgió una costumbre que continúa: Santiago, uno de mis nietos, me veía triste, y empezó a llamarme todas las noches. Hasta el día de hoy lo hace. Le digo que ya terminó la pandemia, pero a él no le importa. Es una hermosa costumbre que conservamos”, añade, conmovida.

El alma del negocio

Aunque Nélida siempre fue ama de casa, estuvo a la par de su esposo en el negocio desde que éste se independizó y abrió su propio comercio hace 35 años. “Mario siempre había trabajado en relación de dependencia, cuando los chicos se recibieron, tomó la decisión de independizarse y con un crédito que sacamos y una quinta que vendimos, armamos el negocio de repuestos. Estuvimos en el barrio Centenario, hasta que perdimos todo con la inundación de 1995, y luego de eso nos mudamos a avenida Rocha donde estamos actualmente”.

Recuerda la trágica inundación como un acontecimiento doloroso. “Fue tremendo ver los repuestos en el suelo, completamente arruinados. Tuvimos que empezar desde cero. Pero gracias a Dios tuvimos proveedores y mayoristas de lujo, que nos dieron un empujón muy importante para recomenzar”.

“Con los años que estuvimos en Centenario y los que estamos acá, llevamos 35 años de actividad comercial”, destaca y detrás de sus palabras se escuchan las voces de los clientes y la dinámica de ese universo cotidiano que tanto tiene que ver con su vida.

“Yo no trabajo, pero vengo al negocio todos los días. Con mi esposo nos levantamos cada mañana, desayunamos y nos venimos para acá. Una puerta nos separa del estudio contable de mi hijo, donde también trabaja uno de mis nietos, así que estoy todo el día entretenida. Les ayudo con la limpieza y ordenando algunos papeles y hablo con la gente. Me encanta. No podría quedarme en casa sola todo el día”, describe.

Esas rutinas la mantienen cerca de los suyos y en contacto con la actividad que abrazó su esposo durante toda la vida y que sostiene con dedicación y esfuerzo. “Reconozco que a esta altura de la vida ‘el cuero me da para poco’, pero acompaño, cebo mate y estoy para lo que me precisen”.

Sobre pilares sólidos

La sencillez que caracteriza a ‘Pocha” imprime esa impronta en cada momento de la charla. No tiene grandilocuencias, pero lo que dice, en todas las esferas es honesto. Es una mujer que ha sabido construir relaciones perdurables. “Tengo una amiga, Rosita, con la que hablo todos los días por teléfono. Aunque no nos vemos muy seguido, sabemos que estamos una para la otra. También con mi prima ‘Neca’, que tiene 95 años, tengo un vínculo muy cercano”, refiere.

Sabe disfrutar a pleno cada momento. “Todos los años viajamos a Corrientes a visitar a la Virgen de Itatí y también todos los años nos vamos a Villa Gesell donde se hace una paella muy tradicional. Nos gusta mucho viajar”, cuenta.

Hace unos años, un accidente doméstico, la puso de cara frente a la adversidad. Una fractura compleja la obligó a someterse a una intervención quirúrgica y a llevar adelante una rehabilitación. Aunque se sintió muy afectada por ese contratiempo, nunca perdió la certeza de que iba a recuperarse. “Me dije: ‘Tengo que poner fuerza y volver a caminar como antes’. Y lo conseguí”. La fe y el apoyo incondicional de su familia fueron un sostén imprescindible.

A sus casi 90 años, “Pocha” conserva una mirada lúcida respecto de la vida. “No tengo nada pendiente. Nunca me faltó nada. Con mi esposo nos entendemos muy bien y cuando no estamos juntos, nos extrañamos mutuamente. Tenemos una familia hermosa, qué más puedo pedir”, expresa. Y se define como “una mujer sencilla a la que le gusta la verdad”.

La vejez no le pesa, por el contrario, asume el paso del tiempo como una oportunidad para seguir disfrutando. “No pienso demasiado en la muerte. Y cuando por ahí me viene a la cabeza, enseguida me digo: ‘Pocha, déjate de pensar pavadas y ponete a hacer algo’. Me gusta mucho vivir”, dice. Y cuando la entrevista termina, la charla sigue. Las cosas que cuenta terminan de conformar esos retazos de historia que la constituyen y la hacen digna de ese sentimiento de felicidad que se le nota en los ojos cada vez que sonríe.

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