domingo 31 de mayo de 2026

Juan Siciliano: la simpleza de un hombre comprometido con sus raíces camperas

Conocedor de la cultura criolla, es un artesano con sus manos y con sus palabras. Hacedor de glosas y rimas que tienen al campo como protagonista.

31 de mayo de 2026 - 07:18

Juan Carlos Siciliano tiene 81 años y traza su Perfil Pergaminense en una charla que se desarrolla en la intimidad de su hogar. En su tono de voz y en el modo en que se expresa se nota su arraigo a las raíces de la tradición. “Nací en Pergamino, pero mis padres vivían en Manantiales. Cuando yo tenía 2 años vinimos a la Estancia ‘San Julio’, mi papá Alberto vino como encargado de la hacienda y mi mamá María como cocinera de los patrones. Ellos se establecieron allí conmigo y con mi hermana mayor, Marta”, relata en el comienzo de una charla que tiene a su amor por el campo como hilo conductor de la vida.

Vivir en la pensión

“Yo crecí en la estancia, pero cuando comencé la escuela, fui a la N°22, así que vivía en Pergamino con una señora que tenía una pensión en calle Pueyrredón, y mi hermana estaba pupila en el Hogar de Jesús. Regresábamos al campo los fines de semana”, cuenta reconociendo que, aunque fue difícil estar lejos de sus padres, la compañía de su amigo “Cacho” que también vivía allí, facilitó las cosas.

Volver al campo

Al terminar sexto grado, regresó al campo y comenzó a trabajar con su padre. “Comencé como ‘peoncito’ de la estancia, hacía los mandados y andaba con el breque, venía a Pergamino a hacer las compras, al correo, a la herrería y al almacén La Francesa que funcionaba en avenida y Doctor Alem”, relata evocando recuerdos de “otro Pergamino”.

El tambo

En un momento en la estancia su papá se hizo cargo del tambo y eso modificó las dinámicas de su actividad: “Dejé ser el peón de la estancia para ir a trabajar al tambo. Y todos los días venía a Pergamino con un breque con los tarros de leche que traíamos a la Cooperativa Sol de Pergamino”.

Lo separaban tres lenguas de la estancia hasta el casco urbano de la ciudad en tiempos en que “todos eran caminos de tierra”. “Hemos hecho muchos sacrificios, pero a mí siempre me gustó trabajar”, resalta y cuenta que realizó esa tarea hasta los 18 años.

“Cuando la estancia se dividió nos quedamos sin trabajo y nos tuvimos que ir. Fuimos a una chacra en el paraje ‘La Buena Vista’, pero no tuvimos una buena experiencia, a los dos años nos fuimos”.

La vida en Manuel Ocampo

“Habíamos conseguido trabajo en otra estancia cercana, pero cuando llegamos con los muebles cargados en un camión salió el dueño y nos dijo que no precisaban a nadie, que el mayordomo se había equivocado, así que nos quedamos en la calle”, señala contando que no tenían dónde desempacar sus cosas. “En esa situación una persona amiga que tenía las llaves de la casa parroquial en Manuel Ocampo, nos abrió las puertas. Así llegamos al pueblo, comenzamos a trabajar con mi padre de molineros. Reparábamos molinos, aguadas, tanques australianos y algún puesto en alguna estancia”.

“Casi todos los días iba a alguien de la comisión de la iglesia a decirnos que nos teníamos que ir. Eramos una especie de ‘okupas’ que vivíamos de prestado, y tenían razón”, admite contando con orgullo que con el paso del tiempo y con mucho esfuerzo, pudieron comprar aquella casa.

Juan es una persona de esas que saben de sacrificios y cambios. También es de esos seres que han aprendido a quedarse con lo mejor de cada vivencia: “Cuando salíamos a trabajar, mi padre era el encargado de cocinar, un día el menú era churrasco con huevo frito, cuando fue a preparar se dio cuenta que faltaba la sartén, limpiamos la pala de la máquina y lo cocinamos ahí. Ese día comimos ‘carne con huevos a la pala ancha’”, recuerda.

Su familia

En esa vida de pueblo conoció a Beatriz Serafini, en un baile de San Antonio. “Estuvimos ocho años de novios y nos casamos”. Junto a su esposa tienen dos hijos: Juan Ignacio, periodista deportivo; y Ramiro Andrés, Analista de Sistemas. Son abuelos de: Facundo, Marcos, Julieta, Dante y Lucio.

“Siempre disfruté de mi familia, actualmente cumplimos el rol de abuelos, llevamos al más chiquito a la escuela, estamos siempre atentos a lo que necesitan”, destaca agradecido de ese núcleo afectivo imprescindible que se completa con la presencia de amigos incondicionales. “He tenido la fortuna de tener grandes amigos, uno de ellos que me queda es Cacho Pugno”, refiere reconociendo que tanto en el campo como en cada lugar en el que estuvo, siempre cosechó relaciones genuinas que supo cuidar con lealtad.

Una llave de oportunidad

Fue su esposa quien le insistió para que rindiera el curso de perito recibidor de granos que había hecho. “Eso cambió mi destino laboral, con el título, comencé a trabajar en cereales, como recibidor encargado de plantas y me jubilé en esa tarea”.

“El título me abrió un nuevo horizonte, fue una llave de oportunidad para mí”, admite y relata que su carrera en esa actividad fue siempre provechosa. “A través de un aviso del diario, me presenté en la planta de Héctor Coltrinari, una empresa de trayectoria brillante en Pergamino, y ese fue mi lugar de trabajo durante muchos años”, refiere y agrega que durante una larga época también trabajó en una empresa multinacional, pero regresó con su patrón anterior y se jubiló. “Me jubilé a los 65 años, pero seguí trabajando hasta los 70”, comenta.

En Pergamino

Aunque al principio seguía viviendo en Manuel Ocampo, con el paso del tiempo se mudaron a Pergamino. Se establecieron en el barrio Centenario. “Tuve la suerte que Héctor Coltrinari me dio una mano para comprarla y con mucho sacrificio la terminamos”, señala.

Por fuera de la actividad laboral, al establecerse en la ciudad, se acercó a El Fortín Pergamino, una entidad a la que respeta y quiere muchísimo. “Ya sabía trabajar algo en cuero crudo, había aprendido en el campo. Cuando llegué a El Fortín, un amigo me dio clases de platería y alpaca y empecé a trabajar en eso. Hice mi propio emprendado, tenía mi propio caballo y cuando El Fortín organizaba los desfiles patrios, yo desfilaba. Ahora ya estoy retirado. Estuve muchos años como directivo y he participado activamente de la vida de esa institución”.

Sus pasiones

La platería, el trabajo artesanal con las manos siguen siendo sus pasiones. “Hago algo de cuero crudo y cuchillos, por hobby. Es más lo que regalo, que lo que vendo”, admite. “He donado muchos cuchillos a capillas para que puedan sortearlos y recaudar fondos”, afirma dueño de una profunda fe católica que practica.

Además, es integrante de la orquesta ‘Retocando la vida’. “Toco la guitarra y soy el presentador de la orquesta”, cuenta con la satisfacción de encontrar en ese espacio un lugar de disfrute. “Allí hago mis glosas. Hace unos años que participo de esa orquesta que dirigen Cecilia Manzoni y Roberto Lanzillota. Y digo algunos recitados, otra de mis pasiones”.

“Me gusta recitar cosas camperas, voy a algunas peñas, principalmente una en el barrio Acevedo, de mi amigo Hilario Romero, un amigo que siempre me llama. Es una peña familiar, allí despunto el vicio de recitar”.

Fruto de su profundo amor por el campo, posee ese don de poner en palabras un sentir asociado a la cultura campera. “Mis glosas son consecuencia de ello, de tener mis costumbres de campo, de haber estado rodeados siempre de paisanos y gente muy criolla, y de honrar profundamente mis raíces”, sostiene. Y se emociona al recordar sus días de campo.

“Siempre extraño el campo”, confiesa, y reconoce que encuentra en sus recitados un modo de recrear esas vivencias.

“Hace poco la Cooperativa Eléctrica reinauguró el Monumento a la Escarapela y en esa ocasión, el Instituto Belgraniano y mi hermana Marta, que es escritora, me convocaron para decir un recitado que escribí con el nombre: ‘A mi bandera’. Fue un orgullo para mí porque yo no soy poeta ni escritor, solo soy un hombre que escribe como un aficionado”.

“En ese evento estuvo la Banda Municipal, los veteranos de Malvinas, mucha gente del Instituto Belgraniano, pasamos una velada muy emotiva y me sentí muy reconfortado”, agrega.

Bien pergaminense

En otro momento de la charla, habla de su identidad y reconoce que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir: “Esta ciudad me dio todo, me dio trabajo, la familia que tengo, hijos y nietos. No me podría ir a otro lugar”.

“Estoy muy agradecido”, recalca con todo de balance. Y continúa: “He hecho muchas cosas en la vida, he trabajado en el campo que es mi pasión, pero también he sido albañil, plomero, molinero y tantas otras cosas, porque las circunstancias me obligaron. Hoy creo que ya está, que ya he hecho lo mío, lo que hice me reconforta y lo que no pude hacer, no lo lamento”.

En todos los aspectos de su vida, se siente satisfecho. “Hemos tenido la posibilidad de viajar. Cuando cumplí 80 años iba a hacer una fiesta para reunir a familiares y amigos y surgió la posibilidad de hacer un viaje a un crucero, y nos fuimos, en coincidencia con nuestras Bodas de Oro. Todos comprendieron que era nuestro deseo y me disculparon”, cuenta.

Cuando la pregunta lo lleva a reflexionar sobre el paso del tiempo, confiesa que, aunque ha tenido algunos problemas de salud que supo afrontar, se siente pleno. “Como quien dice, zafé y gracias a Dios estoy vivo”, afirma y aventura que la clave de la longevidad es “ser metódico y saber disfrutar”.

“Para mí el secreto está en vivir la vida siendo feliz. Yo soy feliz y eso ayuda a estar sano. Soy feliz, por supuesto”, dice con la voz entrecortada por la emoción cuando la charla se introduce en los aspectos más esenciales. Y cuando la entrevista termina, la charla le abre paso a su poesía: “Aquí me voy despidiendo de este andar peregrino, he tranqueado mucho en el camino arriando coplas al viento, soy como agua en el desierto, soy Juan de Pergamino”.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Las Más Leídas

Te Puede Interesar