“Yo fui el más chico y hoy soy el único que queda porque todos los demás fallecieron”, refiere en un relato que inscribe en su biografía la impronta de sus padres: “Mi papá trabajaba realizando tareas de alambrados en los campos; y mi mamá se dedicaba a lavar ropa en distintas casas de familias de la ciudad. Mi viejo falleció a mis cuatro años, así que ella siguió lavando ropa y criándonos sola, ocupándose de nosotros”
El fallecimiento temprano de su padre y la lucha de su madre marcaron de alguna manera su historia familiar. “Vivíamos como podíamos, con lo que había”, recalca honrado de sus orígenes y agradecido por lo que el pasado le dejó como enseñanzas. Pedro no tuvo una vida sencilla: “Mi vieja trabajaba y trabajaba. Nos sacó adelante sola, siempre la recuerdo esforzándose por nosotros”.
Los recuerdos de su infancia y juventud siguen vivos: “En el barrio todo era distinto a como es hoy, prácticamente eran grandes descampados”, describe y evoca juegos, travesuras y aventuras de aquel tiempo.
“Vivíamos como se podía. Los nueve dormíamos en una sola pieza”, insiste y comenta que años más tarde junto a su mamá, dos de sus hermanos y un sobrino dejaron el rancho para mudarse a casa de sus abuelos maternos: “Cuando falleció mi abuelo Gómez, nos mudamos para acompañar a mi abuela”.
Su paso por la escuela
Comenzó la primaria en la Escuela N° 18. “Estando en tercer grado tuve un problema con la directora y tuve que cambiarme, fui a la Escuela N°22 donde terminé ese año y ya después no seguí estudiando”.
“Recién terminé la primaria siendo grande, cuando trabajaba”, agrega en un relato que habla de su vocación de progresar y superarse. Cuando dejó de estudiar, tuvo que insertarse en el mercado laboral “Empecé a trabajar en un almacén de despacho de bebidas, en lo de Belardo”, recuerda y refiere que trabajó allí hasta los 15 años.
“Después entré en la fábrica de calzados Alberico, donde estuve gran parte de mi historia laboral”, señala. En esta empresa emblemática de la ciudad, trabajó durante 36 años. “Cuando me despidieron yo tenía más de 40 y tuve que reinventarme”, destaca. Y cuenta que en la fábrica aprendió mucho de lo que sabe hacer.
“Empecé pasando tinta. Llegaba a mi casa teñido de negro, porque antes la tinta se pasaba por el calzado y luego se lustraba de manera artesanal y ese polvillo se te pegaba en todo el cuerpo”.
Con el paso del tiempo fue aprendiendo cada una de las tareas que integraban el proceso productivo. Conoció las máquinas, los materiales y las distintas etapas de fabricación. Gracias a esa experiencia llegó a desempeñarse y siempre estuvo abocado a la terminación del calzado,
Admite que durante décadas, la fábrica fue su segunda casa. “Hasta deseche oportunidades laborales que se me presentaron, como la de entrar en la Cooperativa Eléctrica, porque yo estaba bien y no me imaginaba que esa realidad iba a cambiar”. “Cuando la sociedad se dividió, la fábrica se fundió y me quedé sin trabajo”, menciona, reconociendo que “a la edad que tenía cuando eso ocurrió, volver a empezar no fue sencillo”.
“Fue difícil reinventarme, pero hice de todo”, reconoce. En ese tiempo puso en práctica todo lo que había aprendido: “Sabía reparar máquinas hidráulicas, arreglar máquinas de coser, conocía de trabajos manuales, así que cualquier tarea que me convocaba, la hacía. Fui albañil, pintor, y hasta fabriqué alpargatas desde mi casa para una empresa. Todo lo que aparecía, lo hacía”.
Pintar carteles y trabajar en el Municipio
Pedro cuenta que durante unos años vivió de changas y de los que aparecían como trabajos ocasionales. “En un momento comencé a pintar los carteles señalizadores de las calles. Varios sectores de la ciudad tienen los carteles que pinté yo”, comenta y enumera las calles en las que le tocó intervenir con esa tarea. “Traíamos los carteles a un taller y con el dueño los preparábamos. El los pintaba y yo hacía las letras y los colocaba”, precisa.
De la mano de esa tarea, también realizó la reparación de veredas que se rompían cuando se extraían raíces de árboles. “Durante un largo tiempo estuve dedicado a eso, hasta que durante la gestión del intendente Gutiérrez, ingresé a trabajar en la Municipalidad. Estuve en la Planta Depuradora y en el Corralón”, cuenta.
“Trabajé durante doce años en el Municipio hasta que me jubilé”, refiere, reconociendo que la jubilación no significó dejar de estar en actividad. “Ya no trabajo en relación de dependencia, pero siempre estoy haciendo algo, nunca pude quedarme quieto. No sé estar sin hacer nada.”
Quienes lo conocen saben que esa frase no es una exageración. En su casa hace todo tipo de arreglos y cuando lo llaman repara máquinas y encuentra permanentemente alguna tarea que lo ocupe. “Hace poco fui a arreglar una máquina hidráulica. Siempre aparece algo”, comenta.
Un militante
Su historia laboral corrió en paralelo con otra de sus grandes pasiones: la militancia política. De tradición radical, recuerda con afecto la cercanía de su casa con la Casona de la familia Illia. “Siempre vivimos muy cerca, conservo recuerdos imborrables de aquellas épocas”.
“Por lo menos dos veces tuve la oportunidad de estar con Don Arturo, el tiempo que vivió allí. Era una persona muy callada, introvertida, que siempre andaba con un libro y muchas veces se sentaba en el corredor que tiene la Casona”, recrea. Y también expresa la gratitud que su familia tenía para con Don Ernesto Illia, intendente de Pergamino. “Fue la única vez que a mi madre se le tendió una mano. Recuerdo que durante la gestión de Ernesto se otorgaron pensiones, ella cobraba una que nos sirvió de mucha ayuda, hasta que ese dinero dejó de alcanzar porque tenían la particularidad de que no se actualizaban”.
En términos personales, su militancia nació con la irrupción de Raúl Alfonsín, cuando Argentina se disponía a regresar a la democracia. “Soy de esa generación de militantes”, afirma. Y aclara que nunca ocupó cargos públicos ni buscó un posicionamiento personal. Lo suyo fue militar desde las bases, defendiendo ideales en los que creía y sigue creyendo.
“Caminábamos los barrios, conversábamos con los vecinos, pintábamos carteles. Recuerdo la campaña de Jorge Young y más adelante la de Cachi Gutiérrez. En esos años la militancia era cuerpo a cuerpo, andando en las calles”, señala.
Recuerda también las recorridas junto a “Morocho” Illia por los viejos hornos de ladrillos. “Se caminaba mucho. La política estaba más en la calle. Hoy todo ha cambiado”, agrega en una reflexión que lo convoca a hablar de sus convicciones. “Sigo siendo radical, aunque hoy no milito tan activamente”.
Su familia, un núcleo incondicional
Cuando la charla se orienta al universo personal, habla de su familia. Fruto de su primer matrimonio nació su hijo mayor Sergio Fabián (55), que está en pareja con Mariela Marquez.
Tiempo después, ya separado, la vida volvió a cruzarlo con Mirta Mujica, una mujer a la que conocía desde siempre porque habían sido vecinos del barrio. “Había dejado de verla porque ella se había mudado al barrio Centenario, pero la vida quiso que nos reencontráramos”,
“Comenzamos a salir y hace 35 años que compartimos nuestra vida juntos. Ella es mamá de Gisela (40), casada con Gonzalo Calvigioni; y juntos tuvimos a Nahuel (31), que está en pareja con Josefina Gómez”, cuenta Pedro.
“Logramos construir una hermosa familia, nuestros hijos son unidos y la vida nos ha regalado seis nietos: Thiago, Zoe, Isabella, Joaquín, Ana y Nazareno”, agrega y se reconoce “un hombre feliz”, que encuentra en su familia ese lazo incondicional.
Además de la familia, los amigos ocupan un espacio fundamental en su vida. “He tenido y tengo muy buenos amigos. Aunque ahora ya no concurro tan seguido, tengo una peña, en el taller de Omar, un lugar en el que compartimos charlas y buenos momentos”.
A mano con la vida
Sin asignaturas pendientes, consciente del paso del tiempo y de la importancia de vivir en concordancia con los valores, “Chiquin” tiene una buena vida. Ha sido su construcción. Lo señala sobre el final, con un tono de voz que habla de su sencillez. No anhela cosas imposibles, se esfuerza por progresar y recibir el porvenir cuidando su bienestar y el de los suyos. “Quisiera una vejez en la que pudiera seguir andando, no pido mucho más, la mayor autonomía posible”, expresa cuando la charla casi termina.
Y con simpleza reconoce que para su presente y su futuro, solo aspira poder seguir disfrutando de todo aquello que consiguió con dignidad y esfuerzo. “Hoy todo lo que hago es para poder viajar con mi mujer. Nos gusta mucho andar, y es así como me imagino el futuro”, concluye y cuando lo dice, la satisfacción de sentir que ese tiempo de disfrute se abre ante ellos como una puerta, se nota en el brillo de su mirada agradecida.