viernes 20 de febrero de 2026

Mabel Pirez Correa: la simpleza de una historia de superación y coraje frente a la vida

Por distintas circunstancias, le tocó tomar tempranamente las riendas de su familia y de su vida. Asumió con coraje cada reto y supo construir un buen destino.

23 de noviembre de 2025 - 07:18

Mabel Pirez Correa es dueña de una historia de aprendizaje y superación. Con sus 88 años, lúcida y reflexiva en sus apreciaciones, es una mujer que ha sabido tomar la vida como se presentó y asumir que podía ser protagonista de su destino. Nació el 7 de mayo de 1937 en el viejo Hospital San José. Creció en el seno de una familia que, aunque tenía algunas carencias económicas, sabía que el trabajo era la llave que abría todas las puertas. También rodeada de personas que entendían la aceptación de condiciones con las que había que reconciliarse para sopesar dificultades, pérdidas y seguir adelante.

En el inicio de la entrevista cuenta que su papá, Manuel Pirez era portugués y había llegado a la Argentina escapando de la Segunda Guerra Mundial. Enseguida refiere que él murió cuando ella tenía apenas un año y medio, razón por la cual todo lo que conserva de él fueron los relatos que le fueron contando otros y algunas fotos. Su mamá era Argentina, nacida en Villa Constitución. Se llamaba Eugenia Angela Correa y sufría una discapacidad a causa de una secuela de un brote de Fiebre Tofoidea. Era sorda y hablaba muy poco y lo que decía era “entreverado”. Mabel la amó profundamente y la acompañó siempre, lo mismo que sus hermanos.

“Mi mamá había tenido un hijo de soltera, Carlos Peralta, pero él se quedó viviendo con sus abuelos, así que, si bien siempre tuvimos relación y era mi hermano mayor, no crecimos con él”, menciona. Y relata un poco la vida de su madre: “Mi abuela, era enfermera del Hospital y mi abuelo trabajador rural. A través de ella, mi mamá había conocido a la familia Peralta y se había mudado con ellos cuando, al morir mi abuela y trabajando como mucama en el Hospital, no tenía donde vivir. Quedó embarazada de uno de los hijos de la familia Peralta y nació Carlos. Ella creció en un mundo en el que pesaban duramente las diferencias sociales, pero eso jamás la condicionó, como tampoco a nosotros”.

Su llegada al mundo y los primeros años

“Pasado el tiempo conoció a Pirez, se casaron y nací yo”, señala. Y continúa: “Cuando yo tenía un año y medio murió mi papá y entonces mi mamá quedó a la deriva. Regresó a casa de la familia Peralta y a través de ellos que le brindaron ayuda, consiguió trabajo en la Estancia de Ortiz Basualdo. Nos mudamos y fue allí donde comenzó una relación con el que fue su esposo, el tambero de la estancia: Ramón Fetter, alguien que fue como mi padre. Luego nacieron mis hermanos: Margarita y Eduardo”.

Mabel asegura tener “reflejos” de aquella primera infancia vivida en Basualdo, más tarde en un campo cercano a Pergamino. El resto de su infancia y adolescencia se configuran en Guerrico, donde se mudaron para seguir dedicados a la actividad del tambo.

En ese devenir Mabel podía ir a la escuela solo de a ratos. “Por el trabajo de Fetter nos mudábamos seguido, durante un tiempo fui a la Escuela N°77, y cuando tenía 11 años nos establecimos en Guerrico y allí cursé hasta tercer grado. Recuerdo a mi maestra Raquel Sierra y a la directora, Ana Carignano de Pérez”, menciona y precisa que vivían en un campo cercano al camino a Manantiales.

Recuerda con dicha esa infancia en la que como no había demasiados juguetes, el tiempo se llenaba fabricando “tortitas de barro” o haciendo travesuras con sus hermanos. “Siempre fui traviesa y tenía una picardía sana”, afirma.

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Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "La vida de Mabel Pirez Correa es sinónimo de fortaleza y superación. Perdió a su papá con apenas un año y medio y creció acompañando a su mamá, quien tenía una discapacidad auditiva. Desde muy joven tomó las riendas de su hogar, trabajó en tambos, dejó la escuela y enfrentó cada desafío con coraje. A los 17 años llegó a Pergamino, donde descubrió su vocación de costurera y formó su familia junto a Osvaldo Murúa. Con esfuerzo y trabajo, sacó adelante a sus tres hijas y más tarde terminó la primaria a los 54 años, siendo abanderada. Hoy, a sus 88 años, recuerda una vida marcada por el trabajo, el amor, la fe y la resiliencia. Sencilla, reflexiva y agradecida, Mabel sigue disfrutando de su familia, de la cocina y de cada pequeño momento. Una historia que inspira. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar"
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Una adolescencia difícil

También señala que su adolescencia fue “brava”. Y relata: “El papá de mis hermanos falleció tempranamente en Buenos Aires, a causa de un cáncer. Así que mi adolescencia fue difícil porque a raíz de la discapacidad de mi mamá, teniendo 13 años, tuve que hacerme cargo de la tarea del tambo ya que mis hermanos eran chicos”.

“Me tocó enfrentar la vida y hacerme a los ponchazos”, admite y reconoce que jamás renegó de esos retos que le ponía por delante el destino. “Me hice cargo de la familia, lloviera o tronara, la leche había que entregarla. Había una fábrica que pasteurizaba, así que pasaban a retirarla. Más tarde cambiamos de tambo, seguí con esa actividad. Yo lo único que sabía hacer era tirar la teta de la vaca. En tercer grado me habían sacado del colegio para que empezara a trabajar”.

En Pergamino, un nuevo comienzo

Llevó adelante esa tarea hasta los 17 años en que decidieron mudarse a Pergamino. “Nos vimos con mi mamá y mis hermanos, no teníamos dinero, así que vendimos un terreno que había comprado el papá de mis hermanos y usamos eso para vivir”, relata.

Enseguida consiguió trabajo en un taller de costura y así descubrió su vocación de costurera. “Primero trabajé en una fábrica de cerda y luego en Dinardo, esa familia fue lo más grande para mí, aprendí mucho con ellos. Siempre recuerdo a Coco Dinardo, que fue un ser extraordinario, un empleado más”.

“De estar entre las vacas pasé a vivir en pleno centro de Pergamino, fue un cambio enorme, pero me adapté bien. El trabajar me ayudó mucho. Era otro Pergamino el de ese tiempo, y otra sociedad”, refiere recreando las vivencias de ese tiempo.

Reconoce que de chica sufrió la diferenciación que la gente hacía “según la clase social”, con la vida aprendió que la cultura te la da la vida y la dignidad del trabajo. “Ahora tengo más facilidad para comunicarme con la gente. No hay que olvidar que yo tenía una mamá que hablaba muy poco, que no oía y que lo que podía decir, era atravesado. Tenía que traducir ante la gente lo que ella intentaba decir. No fue fácil”.

El amor y un buen destino

Teniendo 19 años, en un pic nic del Día de la Costurera, conoció a Osvaldo Murúa, quien fue su esposo. “Nos vimos en el pic nic y enseguida congeniamos. Mi suegro nos invitó a un próximo pic nic quince días después, comenzamos a vernos, nuestras familias empezaron a visitarse, nos pusimos de novios y nos casamos”.

“Osvaldo trabajaba en la Escribanía de Street, y luego en el Banco Popular cuando se inauguró en Pergamino. Yo trabajé en talleres hasta que me casé y después, seguí en la costura, pero desde mi casa”, cuenta.

Tuvieron tres hijas: Nora Alejandra, Nancy y Gabriela, y entre las dos últimas, Mabel perdió un embarazo de mellizos. “Fuimos felices y nos llevamos muy bien. Yo trabajaba en casa, Raies primero y después otros talleres, me traían costura. Era chalequera y pantalonera, siempre con la máquina a pedal. Y mi esposo trabajaba en el banco”, menciona, señalando que su marido falleció hace diecinueve años.

“Mis hijas fueron muy compañeras y están siempre conmigo. Nora es viuda, está en pareja y tiene un hijo. Nancy está separada y tiene dos hijos; y Gabriela está en pareja con Daniel”, precisa.

Tiene tres nietos: Agustín y Martín Palmieri, y Martín Capriotti que está casado y vive en Italia. “Amo a mis nietos y aunque ya son hombres, los cuido como si fueran chicos. Me piden cosas como niños”, cuenta y se gratifica con ese amor incondicional que la une a los suyos.

Luego de enviudar y con el paso del tiempo, Mabel rehízo su vida de pareja con José Protasi. “El vivía al lado de casa, también era viudo y comenzamos una relación muy linda. Nuestras familias se llevaron siempre muy bien. El falleció hace tres años, fue una pérdida muy grande para mí porque éramos muy compañeros”, relata y lo recuerda.

Superarse, siempre

Con 88 años, sigue adelante. “Todavía puedo hacer ciertas cosas, pero ya no uso la máquina de coser. Prefiero cocinar y me encanta”, señala y describe la sencillez de sus rutinas, rodeada por su familia, que es su núcleo afectivo imprescindible.

“Trabajé desde que nací y hoy me permito disfrutar de las pequeñas cosas. La vida me enseñó que no hace falta tener grandes cosas para hacer grandes cosas, disfruto de lo que tengo. De joven era más impulsiva, pero con el paso del tiempo, aprendí que no hace falta discutir, que discutiendo se pierden buenos momentos. Por trabajar, quizás no me di cuenta que mis hijas crecían y seguramente desperdicié un poco el tiempo. Pero no me arrepiento, estuve siempre con ellas, transitamos juntas la felicidad y también algunas adversidades”, sostiene.

Con satisfacción cuenta que terminó la escuela primaria a los 54 años en la Escuela N° 17. “Fui abanderada y mi esposo y mi nieto me entregaron el diploma. Era una asignatura pendiente. Y aunque me impulsaban a que hiciera el secundario, no era un deseo para mí. Sentí que no valía la pena a esa altura de la vida. Yo fui creciendo culturalmente a través de mis hijas, y me siento muy agradecida por eso”, recalca.

“Cuando anoté a Gabriela para catequesis, me invitaron a ser catequista, no me animé ene se momento porque sentía que no sabía hablar. Al año siguiente me integré y seguí durante varios años dando catequesis en la iglesia. Después nos mudamos de casa y ya La Merced no me quedaba tan cerca, así que comencé a vincularme con San Vicente y durante varios años di catequesis en casa, porque la parroquia no tenía salón. También hasta la pandemia tuve un grupo de oración en casa con mis vecinos, nos reuníamos cada jueves y hoy, aunque no voy tan seguido a misa, rezo todos los días y leo el evangelio”.

“También he sido una gran lectora. Eso culturalmente me ha ubicado”, añade, esta mujer que ha aprendido que, en definitiva, la cultura te la da la vida y el modo de encararla.

Ama estar en su hogar y visita a su hermana Margarita. Piensa antes de hablar, reflexiona, deja pasar las cosas insignificantes. Esa actitud frente a la vida es la que le ha permitido construir este destino. Vive plenamente el presente y no tiene grandes anhelos.

La tierra de su padre

Respetuosa de sus raíces y de sus recuerdos, sobre el final de la entrevista, admite que lo único que le hubiera gustado hacer es haber viajado a Portugal, la tierra de su padre: “Siento que hubiera sido un modo de conocerlo, porque no lo recuerdo”.

Se contenta con haber podido reconstruir parte de esa identidad nutrida de los relatos de aquellos que sí lo conocieron. “El doctor Becerra cada vez que me veía me decía ‘la portuguesita’ y eso me acercaba a mi papá”, concluye, honrada de su origen y de su historia.

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