domingo 24 de mayo de 2026

Rubén Defacio: la noble tarea de cultivar frutos y de honrar raíces que perduran

El monte frutal que posee es la consecuencia de su dedicación al trabajo y convicción de que en el esfuerzo está la clave para alcanzar cualquier propósito.

24 de mayo de 2026 - 07:18

Rubén Eduardo Defacio nació en Pergamino y creció en Francisco Ayerza. El campo fue su territorio de vida hasta los 18 años, cuando se mudó a Pergamino. Su papá Angel era un hombre honesto que había nacido en Pehuajó y que desde siempre se había dedicado a trabajar la tierra y a vender lo producido que eran frutas y verduras, Su mamá era Juana Vacalluzzo, una mujer íntegra, dedicada a su familia. Es el menor de sus hermanos: Angel Eleuterio y Carlos Alberto.

Cuenta que fue a la Escuela N°56, un establecimiento rural que tenía tres aulas, tres maestras y una directora que también daba clases. Reconoce que lo suyo nunca fue “estudiar”, aunque admite que su mejor desempeño siempre fue en matemáticas. “Mi madre nos había sentenciado, aunque tuviéramos la barba larga hasta las rodillas, la primaria había que terminarla y eso hicimos”, señala y cuenta que comenzó a trabajar siendo chico.

“Mi padre tenía una parcela de campo chico, la mitad era monte de frutas y la otra, una quinta donde se criaban animales”, describe. Y abunda: “Cuando llegó de Pehuajó compró solo tres hectáreas y después, con el esfuerzo que hizo, se compraron otras más y llegó a tener 22 hectáreas. Esa superficie teníamos cuando con mis hermanos empezamos a trabajar”.

“Traíamos la verdura en carro para venderle a los verduleros. Recuerdo tener cinco o seis años y querer acompañarlo en un viaje a Pergamino que en aquella época le llevaba una hora cuando el tiempo estaba bueno, y una hora y media cuando llovía”.

La historia de vida de Rubén es fruto de ese esfuerzo y de aquellos valores: “A los 12 años éramos profesionales del trabajo”.

“Veníamos a Pergamino y comprábamos en el almacén de Pascual Dauach, en Ameghino y San Lorenzo. Cuando yo tenía 18 años, nos ofrece a mi hermano y a mí que nos asociáramos en el negocio. Casi en broma, le ofrecimos comprarle el almacén. A los dos días habíamos cerrado la operación, entregándole la mitad del dinero que valía y el resto a pagar cuando pudiéramos, sin intereses”, relata. Y prosigue: “Desde que compramos el negocio, mi vida fue la mitad campo y la mitad comercio”.

Del viejo almacén, al supermercado

Ese almacén viejo se fue transformando en un emprendimiento más grande. “En el año 1974 demolimos y construimos lo que fue el Supermercado Los Tres Hermanos. Trabajábamos los tres juntos y nos iba muy bien”.

En la conversación describe la dimensión de las reformas que realizaron, la impronta que le imprimieron al lugar para transformarlo en un negocio de referencia en aquellos años. Asegura que la gente siempre los acompañó y que, aunque la dinámica del negocio implicaba grandes sacrificios, todo lo hacían con disfrute y convencimiento.

La vida familiar y otra decisión

En 1975 Rubén conoció a su esposa, Elsa Esther Oppezzo. Tres años después se casaron. “Nos conocimos en un baile de campo. Empezó la presentación y veo a una jovencita. Me dije ‘bailo’, la invité y estuvimos dos piezas bailando solos en el medio de la pista. Era 16 de julio, en la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, patrona que comparten Mariano Benítez y El Socorro. Ambos pueblos habían desdoblado el festejo así que, al baile siguiente, regresé y volvimos a encontrarnos. Y así iniciamos esa relación, ella era de Mariano Benítez, y nos veíamos poco”, relata.

Cuando se casaron se establecieron en el mismo lugar en el que viven hoy, en el barrio Acevedo. “Construimos una casa de apenas 75 metros que con el paso de los años se fue ampliando para alojar a nuestra familia. En ese tiempo había muchas cigüeñas y en seis años y medio, dejaron en casa cinco chicos: Raquel Alicia, Guillermo Daniel, Mónica Patricia, Verónica Andrea, César Ignacio”.

“Años después tuvimos a Diego Martín, que falleció siendo un bebé. Fue un golpe, una experiencia muy triste. Siempre lo llevamos en nuestro corazón”, señala. Y vuelve sobre el recuerdo de la infancia de los hijos que coincidió con años de mucho trabajo para él: “Yo vivía en el negocio y ella se quedaba en casa con los chicos. No eran solo los nuestros, venían los vecinos, había diez o doce chicos jugando en el garaje. Le decían ‘la pata y los patitos’ cuando la veían ir caminando al negocio a visitarme”.

Desde siempre, él y su esposa compartían el sueño de ver crecer a sus hijos en el campo y en un momento eso hicieron. Habían comprado una parcela en Fontezuela de 30 hectáreas con una casa. En abril de 1987 se mudaron, Rubén se desprendió del negocio que continuaron sus hermanos y comenzaron a dedicarse de nuevo al que había sido su primer amor: el campo.

“Allí tuve criadero de cerdos- llegué a tener mil cerdos- y hacíamos quinta. Fuimos sembrando frutales y con el paso del tiempo armamos una plantación con fines comerciales”, describe, reconociendo que la década del 90 fue sumamente difícil para las actividades que había emprendido.

Sortearon esos avatares sabiendo reinventarse. A la par de ello, los chicos iban creciendo y eso hacía que las dinámicas de la vida familiar se repartieran entre el campo y la ciudad. “Mis hijos venían a la escuela a Pergamino, cada uno a una escuela distinta, así que nuestro ir y venir era constante”.

“En el 2001 con la crisis, no había manera de aguantar en el campo. No nos alcanzaba el dinero. Pusimos una verdulería ‘Tu Huerta’ en J. B. Justo, allí vendíamos lo que producíamos y el resto lo compraba en el mercado de Rosario”, cuenta admitiendo que es de las personas que nunca supo lo que era trabajar menos de doce horas al día.

“Muchos dicen que fui un esclavo del trabajo, pero nunca lo sentí así, me gustaba mucho. En ese tiempo hacía las dos cosas, atender el negocio y el campo”, agrega y recuerda que el primer monte de frutas lo armó en 1998 con toda su familia. “En 2005 una pedrada destruyó todo”.

“Durante un tiempo me dediqué de lleno al negocio que siempre tuvo mucha acogida. No nos alcanzaban las manos para atender. El campo quedó un poco abandonado, durante un tiempo alquilé una parcela y la casa, pero al poco tiempo estaba nuevamente deshabitado, y nos propusimos reconstruirlo”.

Volver al campo

Con emoción cuenta cómo el apoyo incondicional de su familia fue vital para rearmar aquella chacra. “En un acuerdo con mis hijos, en 2010 empezamos a plantar frutales de nuevo. El primer año fueron mil plantas, al siguiente otras mil, y así sucesivamente hasta armarlo”, refiere. Y abunda: “Dos de los hijos se quedaron con la verdulería, hoy es una de mis hijas la que está al frente del negocio. La única condición es que yo siguiera yendo al mercado”.

En 2020 la pandemia los llevó nuevamente al campo. El confinamiento los encontró en un viaje de vacaciones que habían hecho al sur, y al regresar, se establecieron en Fontezuela.

“En verano había mucho trabajo y en invierno, cuando aflojaba, me inventaba cosas para hacer. Armamos una pequeña chacra, además del monte frutal”, comenta.

Asumir el paso del tiempo, y vivir

Asume con naturalidad el paso del tiempo y es consciente de su edad: “Tengo 72 años, pero la mente de 40. Me siento con ganas. El cuerpo en los esfuerzos me dice que no, y aunque no quiero aflojar, me cuido más que antes”, señala.

“Hace un año más o menos que estamos más en la ciudad que en el campo, aunque yo voy a diario y los domingos es religión reunir a la familia allí. Hice una mesa de cemento de seis metros para que entremos todos”, cuenta. Y la mirada se ilumina cuando recrea esos encuentros. Es abuelo de once nietos: Santino, Bautista, Tomás, Joaquin, Juan Ignacio, Agustín, Pilar, Felipe, Francesco, Aurora y Emilia.

Gracias a ellos, la casa sigue poblada de ruido y compañía. “Siempre andan dando vueltas por acá. Me gusta ser abuelo, y siempre digo: ‘Si un pibe hace cualquier cosa y un viejo hace cualquier estupidez, son nieto y abuelo’”.

Disfruta de ese vínculo, como vive plenamente consciente de lo que representan los afectos en el transcurrir de la vida. Sabe que no hubiera podido ser quien es sin esa base sólida que encontró en su familia.

“En la vida tuve durezas económicas, dolores profundos, pero una fuerza increíble para salir adelante y fuimos unidos. Hemos tenido hijos que nos dieron satisfacciones. Siempre recuerdo que en tiempos en que estábamos muy mal económicamente, mis hijos habían terminado el año escolar con excelentes calificaciones, regresábamos al campo, y dije: ‘les voy a comprar un helado en el Auto Helado’, que era un lugar hermoso que estaba de moda. Cada helado salía 2 pesos, yo tenía 15 en el bolsillo, así que me alcanzaba. Pero no tenía una gota de combustible, tuve que cargar 10 pesos, y entonces, ya no pude comprarles ese helado. Es una cruz que llevo. Seguramente después les dimos todo lo que necesitaron, pero eso me quedó grabado”, confiesa.

Sus rutinas

Hace poco más de dos años una caída descargando duraznos lo obligó a quedarse quieto, pero se recuperó, así que hoy, acompañado por Ariel que lo ayuda en algunas tareas del campo, sigue en actividad. Como el primer día, su energía está puesta en cuidar sus frutales. “No hay plantas que no tengamos. Somos productores de frutas de carozo, higos para la venta y una plantación de frambuesas. Además, tenemos todo tipo de frutas para nuestro consumo”, enumera, honrado de su tarea. “Es mi vida. Son las cosas que me apasionan, el ruido del negocio y la paz del campo”. En esa apreciación está la síntesis de su vida, y aquello que lo define, su capacidad de emprender.

“¿Cómo me la imagino?, trabajando. Voy a tener el monte hasta los 90 años, por lo menos, quizás siendo más patrón que empleado, algo que me cuesta, porque lo que hago es mi pasión”, asevera sobre el final, mientras mate de por medio, se dispone a emprender esa tarea noble que tanto le ha enseñado del valor de sembrar, cuidar y aguardar paciente el fruto de ese esfuerzo.

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