sábado 21 de febrero de 2026

Juan Bond: un referente del cultivo de trigo que sintió al INTA como "su casa"

Se jubiló hace días tras 45 años de servicio. En el sector trigo aprendió casi todo lo que sabe y también fue generoso al momento de compartir ese conocimiento.

14 de diciembre de 2025 - 07:18

Juan Ramón Bond tiene 65 años. Nació en Ortiz Basualdo, pero desde muy chico se mudó a Pergamino. Aquí escribió su historia de vida y el destino quiso que la Estación Experimental del INTA Pergamino fuera como “su casa”. Hace apenas unos días se jubiló y dejó ese espacio cotidiano que lo contuvo durante más de cuatro décadas. Trabajó siempre en el mismo sector: trigo y allí aprendió no solo mucho de lo que sabe, sino todo un saber que de manera generosa siempre compartió con otros.

Recibe a LA OPINION en su departamento del barrio General San Martín donde vive solo. Y se predispone a un diálogo genuino y agradecido. En el comienzo habla de su infancia y de su núcleo familiar de origen. “Nací en Basualdo porque mi padre trabajaba en el puesto ‘La Primavera’, después nos vinimos a Tambo Nuevo, allí fue a la Escuela N° 188, que quedaba cerquita, en el Ferrocarril, y más tarde nos establecimos en el barrio José Hernández y estudié en la vieja Escuela N° 50 y nos mudamos al edificio nuevo cuando se mudó”.

“Tuve una infancia linda, en una familia conformada por mi papá Ramón, ya fallecido, mi mamá Esther Almirón que tiene 88 años, y mis hermanos Elba, Juan Pedro-su mellizo- Jorge Antonio y Ceferino que murió en un accidente a los 13 años”.

Cuenta que su papá trabajó durante 42 años en el INTA, en girasol, y que partió tempranamente a los 69 años a causa de una enfermedad. También comenta que disfruta de su mamá. Y habla de la experiencia de ser mellizo: “Fue lindo, somos distintos, él es de River y yo de Boca, pero somos muy unidos”.

Recuerda el barrio José Hernández, el tiempo transcurrido en la vieja Escuela N° 50. “Casi todos los pibes del barrio íbamos a esa escuela que tenía un gran escenario en el patio”, menciona. También menciona que jugó al futbol en Provincial y recorrió en el barrio todos los “potreros”. Allí cosechó amigos que conserva y recuerdos inolvidables.

“Al terminar la escuela, comencé a trabajar. Mi padre nos impulsó a que buscáramos un empleo que nos permitiera pagar nuestros gastos. El nos brindaba la casa y la comida, pero había que ayudar con la economía afrontando nuestros propios gastos”, relata y cuenta que fue así que ingresó a una fábrica de cepillos que funcionaba en el barrio Acevedo, propiedad de Miguel Benedetti.

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Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "Después de 45 años de trabajo ininterrumpido, Juan Ramón Bond se jubiló y cerró una etapa profundamente ligada a la Estación Experimental del INTA Pergamino, que fue mucho más que su lugar de trabajo: fue su segunda casa. Con 65 años, deja atrás una trayectoria marcada por la responsabilidad, el compromiso y la generosidad para compartir conocimientos, especialmente en el sector Trigo, donde desarrolló toda su carrera. Nacido en Ortiz Basualdo y criado en Pergamino, Juan ingresó al INTA siendo muy joven y nunca dejó ese espacio. Fue testigo y protagonista de enormes cambios tecnológicos, participó en el mejoramiento genético del trigo, recibió reconocimientos como la Espiga de Oro y, sobre todo, se ganó el cariño y respeto de compañeros y jefes. Hoy, ya jubilado, inicia una nueva etapa con calma, cerca de su familia, sus amigos y sus seis nietos, orgulloso del camino recorrido y del legado construido con valores simples pero firmes: trabajo, respeto y buen obrar. Leé la nota completa en www.laopinionline.ar"
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Su ingreso al INTA y un largo camino

Pasado el sorteo del servicio militar, que no le tocó hacer, ingresó a la Estación Experimental Agropecuaria del INTA. “Necesitaban gente en Trigo, ese fue mi espacio de trabajo desde el primer día”.

“Llegué para la siembra en junio, trabajé mucho con maquinaria, todo era bastante artesanal en ese momento, incluso se sembraba mucho a mano”, refiere, testigo y protagonista de enormes cambios tecnológicos. “Antes había mucho trabajo que requerían de poner mucho el cuerpo en la tarea, hoy hay un soporte tecnológico que acompaña y facilita los procesos”, describe. Confiesa que de inmediato se enamoró de su sección de trabajo y del cultivo de trigo.

“Yo tenía 18 años, en la Experimental trabajaban 600 personas, pero todos se conocían, era como una gran familia”, destaca. Y evoca: “Cuando comencé estaba el ingeniero Polidoro, Calzolari, Conta, Amado Ale, Digilio, Lencina”.

“Aprendí mucho, siempre presté atención. Hice toda mi carrera en INTA y en el sector trigo”, refuerza. Y evoca el momento en que le llegó su nombramiento, a poco de haber ingresado. “Fue en una categoría muy baja, pero eso para nada me desalentó porque sentía que por delante tenía mucho tiempo para crecer y así fue, hice toda mi carrera técnica en el INTA”.

“Yo estuve en Mejoramiento de Trigo, allí se siembran parcelas, eso supone un trabajo de cortar caminos, pasar herbicidas, hacer etiquetas; luego se cosecha y antes hay algo que se hace y que es lo que me apasionó desde el primer día que es lo que se llama cruzamiento”, señala describiendo esa tarea con pasión. “De ese procedimiento nace un trigo virgen, pasa por distintas fases y si mejora, siete años después nace una nueva variedad”.

Esa convicción de querer aprender y su dedicación, le hicieron más fácil el camino que transitó durante 46 años. “Siempre hubo un muy buen clima laboral. Desde que ingresé en junio de 1979, me nombraron en junio de 1980 y ahí de manera ininterrumpida hice del sector Trigo mi casa”.

Su trayectoria en la Experimental le regaló múltiples reconocimientos. En el año 1997 fue distinguido con el premio “Espiga de oro” por su trabajo técnico en el cultivo de trigo. “El mayor capital es humano, me sentí siempre muy bien trabajando en INTA”, señala, con humildad.

Reconoce que no es tan habitual haber pasado toda su historia laboral en el mismo sector de trabajo. “Hay gente con mucha antigüedad, pero habitualmente rotan en sus funciones. En mi caso, comencé en Trigo y me jubilé en el mismo sector”, recalca con gratitud hacia sus superiores y compañeros de trabajo: “Sería imposible mencionarlos a todos, pero ya estando en el sector, más tarde vino Carlos Baroni, Ignacio Terrile, Leo Magro y Juan Lancillotta, que fue mi último jefe. Siempre tuve a mi alrededor buena gente, como Marcelo González, ‘Pato’ Britos que trabajaba en Maíz, ‘el Poro’ Díaz. También trabajaron conmigo Martin, Miguel, Santiaguito, Damián, Ariel y Nelson”.

Una nueva etapa

Se jubiló a fines de noviembre y está iniciando una nueva etapa. No le costó retirarse, pero sí admite que siente cierta extrañeza cuando piensa que la Experimental ya no le pertenece: “Sé que puedo ir cuando quiero, que las puertas están abiertas para mí, pero que ya no puedo hacer ni tocar nada. Es un cambio enorme, porque he pasado buena parte de mi vida allí”, refiere y confiesa que tanto como extraña a sus compañeros, extraña el ritual cotidiano de cuidar de algunas mascotas que se aquerenciaron en el sector y de las que él también se hacía cargo.

“No me costó, sentía que internamente era mi tiempo de retirarme”, insiste.

“Uno pasa la vida en el trabajo. Yo entraba a las 8 de la mañana y me iba a las cuatro de la tarde, incluso en las épocas que el horario era cortado, yo no volvía a casa, en las horas de descanso me quedaba en la Experimental jugando al fútbol o a las bochas”, señala acercando una postal de esa dinámica de la rutina que llena la vida.

Dueño de amistades profundas. “Cuando me jubilé tomé dimensión de lo que me querían. Me llenaron de afecto, fue muy emocionante y conmovedora la despedida que me hicieron”, cuenta, volviendo sobre nombres propios que le resultan entrañables y experiencias compartidas. “Estuve un tiempo en el gremio de trabajadores de INTA, siempre en armonía con todos”.

“Para mí el INTA representa mi vida, fui a trabajar allí y gracias a ese empleo tengo mi casa, mi auto, y todo lo que necesito para vivir. A INTA le debo todo. Y también al INTA le he dado mucho de mí, siempre trabajé con responsabilidad, no falté casi nunca y fui respetuoso de la tarea que realizaba a diario. No recuerdo haber ido a trabajar un solo día de mal humor, cualquier problema lo he dejado afuera”, dice.

Su presente, sin el INTA, es un tiempo de reacomodamiento. “Vivo con menos horarios, me levanto, tomo mate, hago mandados, salgo a caminar, visito a mi madre, voy al centro, o me quedo en casa y disfruto de mi familia y amigos, esos que, quizás no estoy nombrando, pero que saben quiénes son y cuánto los quiero”.

Su familia y los afectos

Cuando la conversación migra de lo laboral a lo personal, cuenta que fruto de su matrimonio con Claudia nacieron sus hijos: Nicolás y Nadia. “Nosotros con la que fue mi esposa, nos divorciamos, pero mantenemos una buena relación y estamos uno para el otro si lo necesita. Yo tuve otras parejas, pero actualmente estoy solo y me llevo bien con esa soledad, no me pesa”.

Habla con orgullo de sus hijos: “Nadia es diseñadora gráfica y está casada con Matías. Nicolás está casado con Antonela y vive en Mendoza, donde trabaja en Logística en Urbano y está casado con una chica que es mendocina”, comenta. Es abuelo de seis nietos: Luca, Gaspar, Paz, Sofía, Emma y Matheo. “Soy muy ‘nietero’”, admite y confiesa que le gusta la sensación de ese “amor incondicional”. “Me dicen ‘abuelo Juan’ y me desarman”, resalta, conmovido.

Desde hace 25 años vive en el barrio San Martín, “es un barrio tranquilo, tengo muy buenos vecinos y me siento siempre muy acompañado”. No tiene grandes anhelos, su vida laboral y personal colmaron sus expectativas y le regalan la certeza de sentirse satisfecho. Eso se traduce en la calma con la que habla y en la coherencia con la que vive. Sin estridencias ni complicaciones.

Los valores, su principal capital

Sobre el final de la charla, el diálogo vuelve sobre sus vínculos, sobre los valores que han edificado la vida de Juan. Con gratitud, acerca a la conversación el recuerdo de su padre, ese hombre que también se jubiló en INTA. Su legado ha tenido en él un peso que honró con halago. También habla de su mamá, sus hermanos, sus hijos, los nietos y los amigos, esos afectos que nutren su universo personal.

“Hasta el día de hoy extraño a mi padre, de alguna manera él me dejó un legado que intenté honrar”, confiesa y recuerdo que fue “su viejo” la persona que le señaló la importancia de transitar siempre por la buena senda, sin buscar atajos. Esa misma enseñanza es la que Juan transmitió a sus hijos. El buen obrar ha sido para él la herramienta de construcción de este presente del que disfruta, y de ese buen destino que seguramente lo espera ahora que el tiempo de la jubilación se abre hacia él como ese espacio bienvenido para el disfrute de lo esencial.

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