En todas las culturas, la violencia de género y la violencia intrafamiliar han dejado huellas profundas que trascienden generaciones. No hablamos solo de golpes o agresiones visibles, sino de una estructura compleja de control, miedo y sometimiento que se infiltra en lo cotidiano. La filosofía nos recuerda que la dignidad humana es inviolable: no es un atributo que pueda ser concedido o arrebatado, sino la base misma de nuestra condición como personas. Por eso, toda forma de violencia constituye un atentado contra la esencia misma del ser.
Para comprender su alcance, es útil la metáfora del iceberg de la violencia. La parte visible son los insultos, las amenazas abiertas, las agresiones físicas. Sin embargo, bajo la superficie —y ocupando la mayor parte de la estructura— se esconden formas más sutiles y persistentes: manipulación emocional, aislamiento social, control económico, degradación psicológica, infantilización, vigilancia y chantaje emocional. Estas prácticas erosionan lentamente la autoestima y la autonomía de la víctima, dejando cicatrices tan profundas como las que dejan los golpes.
La repetición de estas conductas suele seguir un patrón conocido como el ciclo de la violencia, identificado por la psicóloga Lenore Walker. Consta de tres fases:
Acumulación de tensión: el ambiente se torna tenso, con discusiones y amenazas veladas. La víctima intenta “no provocar” al agresor, caminando en puntas de pie para evitar un estallido.
Explosión o incidente violento: ocurre la agresión física, verbal o sexual.
Luna de miel: el agresor pide perdón, promete cambiar, se muestra afectuoso o incluso idealiza a la víctima. Esta fase genera confusión y esperanza, reforzando el vínculo.
Con el tiempo, las fases se acortan y la violencia se intensifica. Cada vuelta del ciclo debilita la capacidad de reacción y refuerza la dependencia emocional.
A nivel psicológico, los efectos son devastadores. Muchas víctimas desarrollan síndrome de estrés postraumático (TEPT), caracterizado por insomnio, hipervigilancia, ansiedad, recuerdos intrusivos y reacciones físicas intensas frente a estímulos asociados al trauma. Otra consecuencia común es el síndrome de indefensión adquirida, estudiado por Martin Seligman, en el que la persona, tras repetidos intentos fallidos de escapar o cambiar su situación, internaliza la creencia de que no puede hacer nada para modificar su realidad. Esta sensación de impotencia aprendida se convierte en una barrera invisible que dificulta buscar ayuda incluso cuando existen alternativas.
Ante esta realidad, es fundamental subrayar que la intervención de profesionales especializados no es opcional, sino urgente. Los abogados y abogadas en violencia de género son esenciales para activar medidas de protección, presentar denuncias y acompañar los procesos judiciales. Psicólogos y psiquiatras aportan herramientas clínicas para procesar el trauma, tratar síntomas y restaurar la estabilidad emocional. Estas áreas no pueden ser sustituidas por ninguna terapia alternativa; constituyen la primera línea de contención y cuidado.
Ahora bien, quienes trabajamos desde la espiritualidad y el chamanismo observamos que la violencia también deja una huella energética. En muchas tradiciones chamánicas se habla de la pérdida de alma: cuando un trauma extremo fragmenta la energía vital, una parte de la esencia de la persona queda “atrapada” en el momento del dolor, incapaz de regresar por sí sola. Esto se manifiesta como apatía, sensación de vacío, desconexión de uno mismo, dificultad para sentir alegría o tomar decisiones.
La técnica chamánica de recuperación del alma busca, a través de un viaje guiado con tambor, encontrar y traer de vuelta esas partes extraviadas. Este trabajo simbólico no reemplaza el acompañamiento médico-psicológico, pero puede complementarlo de forma poderosa. La integración de la experiencia chamánica con la terapia psicológica puede acelerar el proceso de reintegración, ayudando a la víctima a reconectar con su fuerza interior, su propósito y su sentido de identidad.
Desde la filosofía, la violencia es una ruptura del contrato ético que sostiene la convivencia. Desde la psicología, es un trauma que altera la mente y el cuerpo. Desde el chamanismo, es una fractura del alma que puede ser restaurada. Todas estas miradas son necesarias, porque la violencia -en cualquiera de sus formas- busca desintegrar, y la sanación es, precisamente, el arte de volver a unir: el cuerpo con la mente, la mente con el alma, la persona con su comunidad.
Salir de una situación de violencia no es un camino lineal ni rápido. Requiere apoyo profesional, redes de contención, recursos legales y, para quienes lo elijan, prácticas espirituales que devuelvan el sentido de integridad. El mensaje más importante es este: la violencia no define tu valor. Existe un camino de regreso hacia ti misma, hacia ti mismo, y cada paso que das para buscar ayuda es un acto de profunda valentía.