Hay frases que envejecen mal, pero ninguna tanto como aquella máxima que dice que la CGT es garante de la paz social. Claro que lo es: siempre y cuando gobierne alguien que les resulte simpático. El 18 de diciembre, la central obrera volverá a las calles para “defender derechos”. Y uno no puede evitar sonreír: en décadas enteras de administraciones peronistas, la CGT pocas veces encontró un motivo para un paro, una marcha, ni siquiera un gesto simbólico de inquietud. La patria podía tambalear, pero mientras hubiera guiños desde Balcarce 50, el movimiento obrero rendía culto al silencio estratégico.
Pero cambió el gobierno y, como por arte de magia, aparecieron los peligros inminentes, las amenazas existenciales y la retórica de “resistencia”. Ni bien les tocaron un articulito que compromete sus cajas, se acordaron de que existen los derechos laborales, la institucionalidad y hasta—agárrense—el republicanismo. Todo junto, servido con la épica de la defensa del trabajador, convenientemente ensamblada al muy terrenal interés por preservar estructuras, privilegios y recursos que jamás pasan por las urnas.
El mecanismo es tan conocido que debería enseñarse en las escuelas: la “resistencia” empieza exactamente donde termina la conveniencia. Y si de manuales hablamos, vale mirar lo que ocurre en algunos rincones del interior profundo, donde ciertas organizaciones—sin necesidad de mencionar nombres propios—reaccionan ante una simple mención periodística como si se hubiera puesto en duda el orden constitucional.
Ahí aparece otro clásico nacional: el apriete elegante, esa especie de carta blanca que apunta a recordar quién manda y por qué conviene no incomodar. A falta de argumentos, se despliega la solemnidad jurídica; cuando el diálogo escasea, emerge el espíritu de patota institucionalizada, esa fuerza de choque que no necesita vértigo ni violencia explícita: alcanza con la insinuación, con el guiño, con el tono. El status quo no se defiende solo; siempre hay alguien dispuesto a ejercer el viejo arte del “hasta acá llegaste”.
En Buenos Aires, la CGT prepara la marcha como si el porvenir de la Nación dependiera únicamente de su voluntad. En Pergamino, algunos prefieren creer que una nota de diario puede conspirar contra la república sindical. En ambos casos, el mensaje es idéntico: el poder no se discute; se acata. Y quien ose observar, preguntar o simplemente narrar, será educado en el valor de la obediencia por los canales formales o por los informales, según convenga.
Quizás el problema no sea la marcha del 18 ni las cartas ampulosas. El problema es que el sindicalismo argentino sigue actuando como si la democracia fuera un trámite, la prensa una molestia y la crítica un agravio personal. Necesitan enemigos, porque sin enemigos no hay épica, y sin épica no hay justificación para seguir administrando recursos, territorios y silencios que hace tiempo dejaron de responder al interés colectivo.
Mientras tanto, el país observa, no sin cierto cansancio, este sindicalismo de oportunidad que aparece y desaparece según sople el viento. Y descubre que, detrás de los discursos altisonantes, siempre se esconde la misma coreografía: la defensa de un orden que solo funciona para quienes hace décadas aprendieron a moverse cómodamente dentro de él. Especialmente los que no se van nunca.