viernes 12 de junio de 2026

Con la mochila lista: reflexiones sobre la próxima vuelta a clases

21 de febrero de 2014 - 00:00

Guardapolvos almidonados, uniformes planchados, algunos estrenando zapatos nuevos, formando fila y vislumbrando qué cara tiene la maestra de este año, si quinto será difícil, si habrá compañeros nuevos. Caras dormilonas que no van a escapar a la foto con los padres orgullosos que los agarran de las manos antes de soltarles rienda. Es que de soltar riendas se trata. De llevar de la mano y poder soltar.

“A la escuela llegamos siempre acompañados: de nuestras familias, de nuestra historia, de las certezas infantiles que se organizaron entre las puertas más o menos cerradas de un mundo íntimo y conocido que nos vio dar los primeros pasos, pronunciar las primeras palabras y pedir ir al baño solos.

“La entrada en la escolaridad marca en nuestras vidas la inauguración de otro espacio, social, exogámico, compartido con otros. Primera institución extrafamiliar, la escuela se convierte así en campo de novedades y también de contradicciones que rompen la exclusividad y homogeneidad de los lazos primarios para propiciar el encuentro con las diferencias. Estas últimas, a veces disimuladas con eufemismos que la dotan de atributos hogareños (‘la escuela es el segundo hogar’) o connotan a la maestra con funciones maternales que exceden su verdadero oficio.

“Pero por suerte la escuela no es el hogar, ni la maestra mamá, y está bien que así sea. La escuela, por el contrario, es la oportunidad privilegiada que tenemos de hacer trastabillar sentidos hasta entonces estables, y poder sumergirnos en lo incierto y aún por conocer. 

“Con el ingreso a la escolaridad, se produce e impone un nuevo entramado de relaciones, informaciones y conocimientos, que complejizan la actividad psíquica de un niño, ampliando su universo y potenciando su posibilidad de pensamiento y aprendizaje.

“La curiosidad, el interés por lo que nos rodea, la fascinación por lo que contradice lo hasta entonces conocido y pensado, son recursos psíquicos que se donan en el marco de las primeras relaciones, donde se instala el deseo de explorar y conocer. Todo aprendizaje conlleva entonces deseo, interés, afecto. 

“Los problemas de aprendizaje dan cuenta de los quiebres o fallas que estos procesos pueden presentar, cuando estos derroteros del deseo no se instalan y en su lugar aparecen manifestaciones de desinterés, aburrimiento, niños abúlicos a los que nada parece hacer zozobrar jamás. 

“En tiempos en que el mundo debe abrirse como un enjambre complejo a descubrir, la curiosidad debería ser también un derecho. El derecho a ir de la mano de adultos que acompañen y también suelten y confíen en otros adultos extrafamiliares, encargados de introducir las novedades y diferencias.

“En ese sentido, y por estos días de planchado de camisas y armado de mochilas es válido preguntarse: ¿Cómo propiciamos intereses en casa? ¿Qué lugar tiene la exploración en nuestros hijos? ¿Damos cabida a sus preferencias y elecciones, muchas veces contradictorias con las nuestras? ¿Cómo respondemos a sus interminables por qué? ¿Estimulamos la duda, el enigma, las incógnitas?¿Cómo acompañamos la frustración, que no es fracaso sino estímulo para reintentar?  

“Por eso en esta etapa de comienzos, colaboremos con la escuela, llevemos chicos curiosos, con ganas de aprender”.

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