viernes 19 de junio de 2026

Graciela Silvestre de Rodríguez: una historia vivida en la centenaria escuela de Pinzón

7 de agosto de 2016 - 00:00

Fue alumna de la Escuela Nº 23 de esa localidad. Allí se formaron sus hijos y en sus aulas desarrolló gran parte de su trayectoria docente. Se jubiló como directora en 2008 y siempre se mantuvo cerca de un lugar que forma una parte importante de su vida. Anécdotas, hitos y recuerdos, de quien asegura que nunca se deja de ser docente.

E sta semana la celebración del centenario de la Escuela Nº 23 de Pinzón colocó a ese establecimiento educativo en la primera plana de la crónica periodística. Y como la historia de las instituciones se nutre del accionar y la impronta que les confieren las personas que por ellas pasan, la ocasión resultó propicia para indagar en la búsqueda de un perfil que tuviera que ver con ese establecimiento educativo. Graciela Inés Silvestre de Rodríguez es una de esas personas que tienen gran parte de su vida vinculada a la Escuela. Allí estudió, allí se formaron sus hijos, en el mismo lugar desarrolló su carrera docente y se jubiló como directora en 2008.

Su historia de vida y la historia de la Escuela tienen muchos puntos de encuentro. Graciela nació en Pergamino, el 4 de marzo de 1949 y vivió toda la vida en Pinzón, primero en el campo y luego de casarse en el pueblo, a una cuadra de la Escuela. Hija de Vicente Silvestre y Cándida Lacasia, ambos fallecidos, tuvo una infancia feliz. Aunque fue hija única, creció rodeada de primos y amigos en una niñez vivida en el campo. “Teníamos una casa grande de puertas abiertas. Mi padre tenía familiares en Buenos Aires que venían de visita y se quedaban a pasar vacaciones, así que siempre había gente”.

Con su esposo, Alberto Raúl Rodríguez, se habían conocido en la Escuela, siendo compañeros de primaria. La vida los separó luego cuando cada uno tomó un destino para hacer la escolaridad secundaria y se volvieron a encontrar, entrada la adolescencia, se pusieron de novios y se casaron varios años más tarde. “Por eso siempre digo que esta es una escuela con mucha historia”, refiere.

Se formó como docente en el Colegio Nuestra Señora del Huerto donde estuvo pupila durante cinco años. En aquella época se egresaba del secundario con el título de maestra, una vocación que Graciela reconoce haber tenido desde siempre. “Me inspiraron mis maestras de la Escuela Nº 23, yo las imitaba en mis juegos y tomé de ellas los mejores ejemplos porque en aquella época realmente hacían un enorme esfuerzo para llegar a la escuela por caminos de tierra en sulky”, relata.  

Asegura que haber estado pupila fue una experiencia rica en aprendizajes. “Es una época de la que tengo los mejores recuerdos, las pupilas en general éramos de distintos pueblos y recuerdo con mucho cariño a Mirta Geijo, de Carabelas; a Graciela Capellá, de Arroyo Dulce; a ‘Juanita’ Visani, de General Gelly, y a Delia Pujol, de Rancagua, entre muchas más”.

Cuenta que vivir en la escuela exigía cumplir horarios muy estrictos. “Nos levantábamos muy temprano para escuchar misa, desayunábamos, y después iniciábamos la rutina de clases. Al mediodía teníamos un recreo y luego, comenzaba el estudio en un salón con pupitres en el que realizábamos las tareas. También teníamos recreos, rezábamos el rosario y nos acostábamos muy temprano. Los fines de semana me volvía a Pinzón y mi papá me esperaba en el sulky porque para llegar a casa teníamos camino de tierra. Siempre les estaré profundamente agradecida a mis padres porque hicieron mucho sacrificio para que yo estudiara”.

Egresó con su título de maestra. “Cuando tuve mi título empezó un peregrinar por distintas escuelas, como había un listado de escuelas de campo comencé a trabajar en Mariano H. Alfonzo, en Ortiz Basualdo y en las dos escuelas de Rancagua, en la Nº 40 y en la Nº 54. De la Nº 40, recuerdo a Mabel Branca, ya fallecida y de la Nº 54 a María Catalano, directoras a las que me aferré mucho en mis comienzos y de las cuales aprendí muchas cosas”.

En Pinzón hizo algunas suplencias breves, y también trabajó en algunas escuelas de la ciudad, pero el listado era de escuelas rurales, así que el camino profesional la fue llevando por allí. “Siempre me gustaron las escuelas rurales. Hay algo en el chico de campo, es distinto, tiene otra crianza, otros códigos y siempre me sentí muy cómoda. Mi carrera la hice en escuelas rurales y una vez que uno comienza a trabajar en estos establecimientos, es muy difícil ir a la ciudad”, reconoce.

En 1977, cuando se casó, tomó como destino una titularidad en el Hogar de Jesús en Pergamino. Pero en 1979 renunció a la titularidad para tomar una provisionalidad en su querida escuela de Pinzón. “Esa fue la puerta de entrada, al año siguiente obtuve la titularidad y ya no me moví nunca más”.

Fue maestra de grado siempre en los superiores, en quinto, sexto y séptimo según la matrícula. En 1990 cuando se jubiló la directora Nelly Garbini de Calderón, tomó la dirección de la escuela con grado a cargo.  “En ese momento tomé tercer grado y tuve de alumno a mi hijo más chico. Estuve con grado a cargo hasta el 2000 que comenzó a proyectarse la jornada completa. 

“Yo acompañaba a una prima a La Plata a hacer un trámite y me encontré con Alicia D’Ottavio, ya fallecida, que me comentó que iba a existir una en el distrito y que la Escuela de Pinzón se evaluaba como posibilidad por sus características. Al poco tiempo estábamos trabajando de lleno en el proyecto. En octubre de 2000 estábamos inaugurando la jornada completa en nuestra escuela, luego de un proceso de gran trabajo en equipo”. Con esa modalidad trabajó hasta 2008 en que decidió jubilarse, una determinación que tuvo mucho que ver con sus nietos y con la necesidad de iniciar una nueva etapa de la vida.

 

Los viajes

De su experiencia docente guarda inolvidables recuerdos. Uno de ellos tiene que ver con los viajes de egresados que realizó con sus alumnos. Durante 15 años en forma ininterrumpida se dedicó a organizar los viajes de estudio que realizaban con la empresa Turismo Acevedo. “Eran viajes familiares porque como por la matrícula no se podía poner un micro para los chicos, para completar los lugares iban los abuelos, los tíos. Ibamos a La Falda y luego a Carlos Paz. Iniciábamos el año y comenzábamos a planificar el viaje”.

 

Apoyo incondicional

Rescata muchos aspectos de su trayectoria docente y asegura que muchos de los objetivos logrados tuvieron que ver con el acompañamiento incondicional de la comunidad educativa. “Siempre valoro el rol de los cooperadores, tuve una cooperadora excelente, fueron un sostén y un pilar. Hay gente que hace 35 años que está en la Escuela, matrimonios muy fieles siempre dispuestos a colaborar. Entre ellos: Baudena, Génnero, Balza, Santoro, Faidela, Mary de Gaetani de Zucarelli, personas incondicionales y muy colaboradoras”. También del equipo docente guarda inolvidables recuerdos. “Siempre llevo en mi corazón a Nelly Comitté, la directora cuando inicié mi carrera docente en Pinzón.

“Fijate si es rica la historia de la escuela, a mí me entregó la dirección la señora Garbini de Calderón y cuando me jubilé tomó la dirección interina una exalumna mía: Ivone Marinoni. En mis años en la Escuela llegué a tener como compañeras de trabajo a dos exalumnas: Ivone Marinoni y Verónica Zavaleta. La Escuela es una gran comunidad que se ha nutrido de un plantel de gente siempre muy comprometida y con muchas ganas de trabajar. No puedo dejar de mencionar a Laura Lorusso, Macela Majul, Cristina Bassi, Vanina Romani, Silvia Russián, Cecilia Provenzano y a la actual directora, Fernanda Tocalini, entre tantos nombres de personas queridas que seguramente en la enumeración se me escapan”.

 

Una gran familia

A la par de su labor como docente, Graciela tuvo la dicha de conformar su familia y de desarrollarse personalmente junto a su esposo, un comerciante que durante muchos años tuvo un minimercado y panadería y que hoy está “felizmente jubilado”.  Es mamá de tres hijos y hoy disfruta de sus nietos. Vive en el pueblo, pero viaja a diario a Pergamino para colaborar con el cuidado de los más chicos. “Mi hija María Luz estudió Turismo pero está dedicada a la docencia; está casada con Edgardo Viscovich, empleado de la Farmacia Riera y tienen a Malena (15) y Facundo (12). Mi hijo Juan Manuel es  kinesiólogo, está casado con Rosana Colard, docente, y tienen a Vicente (3) y Alfonso (2 meses). Y mi hijo Bernabet también es kinesiólogo, está casado con Noelia Mollo, docente y aún no tengo nietos de parte de ellos”.  Se emociona al señalar que tuvo la dicha de armar “una gran familia”.

Reconoce que luego de treinta años de arduo trabajo cuando llegó el momento de la jubilación meditó la decisión y se interrogó sobre sus intereses en esta etapa de la vida. “En ese momento mi hija empezó a trabajar, sus hijos eran chicos y comencé a venir a Pergamino para cuidar a mis nietos. Eso ocupó mi tiempo. Fue un cambio muy grande, lo pensé mucho, pero la vida sabe porqué te lleva por determinados caminos y yo me dejé llevar. 

“Cuando me jubilé también me tocó cuidar a mi mamá y lo pude hacer. Vivíamos a media cuadra y pude dedicarle todo mi tiempo”.

Hoy, algunos de sus nietos ya crecieron, así que Graciela sigue viniendo a diario para compartir tiempo con ellos y ayudar con los más chicos.

Su vida en Pinzón es muy tranquila. Le gusta salir a caminar con sus vecinas y amigas. Le gusta leer, estar con la computadora y de vez en cuando disfrutar de alguna buena película. Maneja desde hace muchos años, lo que siempre le dio mucha independencia para moverse y disfruta de poder hacerlo. Conserva afectos entrañables y amistades de la infancia. “Una de mis amigas de la infancia es Marta Umanti, madrina de uno de mis hijos y yo madrina de su hijo. Tenemos una amistad incondicional.

“En la docencia hice muchas amistades que conservo. Entre ellas, Norma Botaro con quien casi todas las semanas nos tomamos un cafecito para compartir una charla”, cuenta.

Entre sus proyectos aparece la posibilidad de hacer un viaje con su nieta. Sin destino predeterminado aún, sabe que es una meta que cumplirán en el futuro cercano porque dueña de una profunda fe tiene la convicción de que todo aquello que uno se propone con ganas, lo consigue. No tiene grandes cuestiones pendientes. Solo anhela tener siempre cerca a su familia y transitar la vida en Pinzón, un lugar que considera “su lugar en el mundo”. “Imagino la vejez en el pueblo. Tranquila, deseo que me sigan visitando mis hijos y mis nietos que no dejan de ir ningún sábado ni domingo. No pido nada más”, afirma, agradecida.

 

Siempre cerca

Graciela vive a una cuadra de su querida Escuela Nº 23 de Pinzón. Movilizada por lo que fue la ceremonia de celebración de los 100 años y motivada por la posibilidad que dan esos acontecimientos de pasar revista a la historia y hacer balances, reconoce que le costó mucho retirarse de la docencia. “Paso todos los días por la puerta de la Escuela y pienso que 30 años de mi vida, más mi época de alumna, pasaron allí. En el mismo lugar en el que se educaron mis hijos. Me costó mucho al principio. Después fui asumiendo que son etapas de la vida que uno tiene que darse cuenta que terminan y empiezan otras”.

Sobre el final, aparece la referencia a lo más lindo que ha tenido su trayectoria docente. La relación con sus alumnos. “Tengo con ellos una relación que perdura. Donde los encuentro me saludan con un ‘Hola seño’ y eso me emociona profundamente. Es el mejor saludo que puedo recibir, quizás porque aunque pasen los años y uno tome nuevos caminos, nunca deja de sentir que es docente. Yo realmente sentí la vocación y me encanta”, refiere, sabiendo que es parte de una institución viva que la tiene entre las personas que han dado lo mejor de sí para hacer de la Escuela un lugar grande.

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