Asegura que Dios lo premió con más de lo que merecía y en el inventario de su trayectoria aparecen todas las enseñanzas recibidas en el plano laboral y personal. Es músico y durante muchos años trabajó como vendedor de automóviles para distintas concesionarias. Hoy, ya jubilado, disfruta de su pasión y volvió al ruedo con el Grupo Setenta.
R odolfo José Uribe, Bocha como lo conocen todos, es un pergaminense nacido en el centro de Pergamino que recuerda su casa paterna ubicada en Florida, entre 25 de Mayo y Doctor Alem apenas se inicia la entrevista en la que traza su perfil. La charla ocurre en su casa del barrio Malvinas Argentinas, donde vive con su esposa. Las primeras referencias son de sus padres, Rodolfo, productor de seguros; y Perla, una profesora de piano que no ejercía y que se dedicó a criar a sus cuatro hijos: Rodolfo, Carlos, Reinaldo y Viviana. Bocha fue el mayor y creció cerca de la música. Fue a la Escuela Nº 2 y más tarde al Colegio Comercial.
Con mi madre aprendí a dar los primeros pasos con el piano, empecé a tocar cuando tenía 6 ó 7 años. Pero mi maestra fue la señora Carea de Pansechi, que me enseñaba en el Instituto Julián Aguirre que funcionaba en calle Bartolomé Mitre, cuenta este hombre que se dedicó durante muchos años a la música y que en el presente volvió al ruedo a partir de la conformación del Grupo Setenta. Confiesa que su amor por el piano nació cuando descubrió que algunas piezas le podían salir bien y reconoce que al principio le costaba interpretar música clásica que es lo que exigía la enseñanza sistemática en sus clases. Al principio no me gustaba, pero después terminé dando dos o tres conciertos y gané un concurso de piano, señala, pero remarca que lo suyo eran otros ritmos: Soy un viejito corrupto al que le gusta el rock.
Una amplia trayectoria
Su trayectoria como músico es amplia. El primer conjunto que integró se llamó Los Yetis, con Aguilar, Fucci, Venegas y Cerruti. En esa época se inauguró el Club Sirio Libanés, fuimos a tocar ahí como grupo soporte de un conjunto de afuera, cuando comenzaron a bajar los instrumentos de esa banda nos dimos cuenta la diferencia que tenían con los equipos nuestros. Lo que hacíamos era artesanal. Tocaron ellos, terminaron con una ovación por parte del público. Nos tocaba a nosotros y no encontrábamos al cantante. Se había ido a la casa a dormir. Lo fuimos a buscar y tuvimos que convencerlo para que cantara. Por entonces le alquilábamos el colectivo y el piano a Juancito Rodríguez que tenía una orquesta típica. El instrumento venía atado con una correa adentro del micro. Para bajarlo había que sacar el volante y el asiento del conductor. Teníamos un tablón de madera que poníamos para poder deslizar el piano, así que antes de tocar estábamos cansados, recuerda.
Debutó como organista con Carlos Moran. Lo cuenta y acerca fotos de aquellas actuaciones en las que se lo ve con Rubén Ghiotti, José Moran y Carlos Satuf cuando integraban el grupo The Devils usando camisas de raso azul.
Para estudiar Medicina se fue a Rosario, estudió dos años hasta que descubrió que el mundo de la ciencia no era para él. Siempre estuvo cerca de la música y en su época de estudiante tocaba el piano en una confitería que funcionaba en la cortada Sargento Cabral.
De regreso a Pergamino integró varios conjuntos, tocó con Mario Berrondo, en Los demonios y Los Pumas. Un día Roberto Veros y Rubén Aguilera lo convocaron para crear Magia Negra, un grupo que funcionó desde 1969 a 1972. Fue un tiempo glorioso de innumerables anécdotas y vivencias inolvidables. Compartía el conjunto con Roberto Veros, Rubén Aguilera y Juan Carlos Biondini. Debutaron en la confitería Yeyos que funcionaba en el Cruce de Caminos y empezaron a realizar bailes en la zona. Consolidado el grupo surgió el deseo de grabar. Reunieron parte del dinero que ganaban en las actuaciones y alquilaron una sala de grabación en Buenos Aires. Grabaron. Y con el tiempo y gracias a los contactos que hicieron en Capital Federal donde vivían en hoteles y pensiones, lograron grabar tres simples y hacer música acompañando a varios artistas. Salimos a recorrer los programas de música y las grabadoras con los discos de prueba que eran de metal recubiertos con acetato. Nos escucharon en un programa de música que estaba a la noche, que se llamaba Música con Ton Son & Williams, obra de Fito Salinas y Asociados, cuya productora estaba a cargo de Cacho Améndola. Nos contrataron y con ese sello comercial también grababan Los Gatos, Bárbara y Dick, Manal, Catunga y otros. Nosotros grabamos tres discos y actuábamos en Canal 9 y en Canal 11 en un programa que se llamaba Los fabulosos veinte, dirigido por Leo Rivas, allá por la década de 1970. También actuamos en muchos festivales importantes.
La familia
Una dificultad familiar ocasionada por la enfermedad de su padre hizo que regresara de Buenos Aires y se distanciara durante varios años de la música. Con su familia se radicó en Santa Teresa. Entró a trabajar en el Banco Ganadero. En 1973 se casó con Felicia Silvestre. Recaló en la vieja casa paterna, después alquiló en Merced y Larrea y con un crédito de Servicios Sociales Bancarios logró construir la casa en la que vive en la actualidad. Tuvieron cuatro hijos: Federico, Mariano, Manuela y Tomás. Hoy tienen seis nietos: Constanza, Alvaro, Juana, Isabel, Amparo y Emilia. Su núcleo familiar se completa con sus nueras Anabela y Maira y su yerno Guillermo.
Fue empleado bancario hasta 1981, después trabajó en el rubro inmobiliario y más tarde entró a trabajar en Kehoe, donde estuvo seis años. Por ese entonces estaba lejos de la música y dando los primeros pasos en lo que fue mi otra profesión: ser vendedor de autos. Estuve en todas las concesionarias, Ford, Renault y en Chevrolet terminé a cargo de la sección de plan de ahorro. Después entré a trabajar en una administradora de planes de ahorro en Buenos Aires y durante mucho tiempo viajé todas las semanas a cubrir una zona que llegaba hasta La Pampa, cuenta.
Asegura que su tarea como vendedor de autos le gustó mucho. No así el banco porque le exigía tener un horario fijo y estar encerrado. Siempre me gustó el trato con la gente, así que vendiendo autos pude conocer a mucha gente.
El regreso a la música
Su regreso a la música se dio tocando el piano en la Parrilla Toro, que funcionaba en avenida Hipólito Yrigoyen y Venezuela. Tocó dos años allí y fue músico de varieté acompañando a artistas que venían de afuera. Fue un lindo trabajo porque como músico te agiliza en la lectura de la partitura. Tuve la suerte de acompañar a Guillermo Fernández, Alfredo Belusi y Floreal Ruiz. Un día no llegaron los músicos y acompañé a Juan Ramón.
También integró un grupo de alcance regional que fue El poder de magia blanca. Yo tocaba el teclado; Alfredo Mahon, la guitarra; Raúl Marina, el bajo; Caly Espósito, la batería; y Nito López, en la voz.
Recuerda las épocas de los bailes que daban razón de ser a los conjuntos que eran convocados para tocar. Cuando llegaron los boliches se terminó aquella mística y la actividad se fue transformando. Las pistas se impusieron como modalidad. Acompañé a algunos chicos que cantan bien, pero ser cantante no es solamente cantar con una pista, refiere este músico que defiende el saber hacer de un oficio noble.
Acompañé a muchos solistas con pistas, entre ellos Lantella, Arrieta y después se armó Poder, un grupo sobre la base de pistas en el que Claudio Dalmaso tocaba la guitarra, yo en los teclados y Nito López en la voz.
Actualmente está tocando con Alberto Bianco que lo convocó para armar el Grupo Setenta. Debutaron hace unos días en la sala del Teatro Unión Ferroviaria. También se sumó a Boleros y acompaña al Vasco Luzuriaga en sus espectáculos de tango. Con Alberto Castells están arreglando algunos temas para recreaciones y eventos privados. Cada una de estas actividades lo mantiene cerca de su pasión. Me gusta toda la música, afirma y asegura que el piano es el instrumento más completo y fácil de ejecutar.
Asegura que nunca se puso a pensar cuál fue la principal satisfacción que le dio la música. Sí sabe que le permitió conocer personas y lugares y compartir el escenario con gente que respeta y admira. Viajó varias veces a los Estados Unidos y acompañó en espectáculos a Cristina de los Angeles, una argentina radicada allí que le había presentado Carlos Belizán.
Nunca pensé qué fue lo mejor que me dejó la música. Creo que porque no soy una persona de mirar para atrás. Sin embargo cuando debutamos con Setenta me reconfortó ver cómo la gente conocía letras de otras épocas y respondía a nuestra propuesta con su cálida participación en el espectáculo. Ese contacto con el público siempre es una satisfacción.
Haber podido grabar también es un logro. Creo que siempre pude hacer todo lo que quise. En la música y en la vida. En Santa Teresa corrí en auto y en moto, refiere casi cuando la charla termina y aparece la gratitud hacia su familia por acompañarlo en cada uno de sus proyectos. Valora la charla con amigos, el contacto con su gente y el aprendizaje con grandes de la música. De vez en cuando habla con el profesor Manzoni y disfruta de lo que surge de esas charlas. La música siempre está ahí. Como en su vida. De hecho en su casa está el piano que le regaló su padre cuando era un niño.
Hacia adelante, en su vida hay música. La mayor parte de lo que quise hacer, lo hice. Y Dios me premió dándome más de lo que merezco con la mujer y los hijos que tengo.
Como sucede habitualmente cuando uno recrea la vida, sobre el final los recuerdos vuelven a la infancia. Bocha se acerca al piano que está en el comedor de su casa y que le regaló su padre cuando era apenas un niño y en el que tocaron grandes como Stamponi, Horacio Salgán y el Quinteto Real. Toca y lo remonta a la época en que los músicos amigos de su padre visitaban su casa. Mi padre estaba conectado con artistas del tango y me cargaba porque yo usaba el pelo largo, botas con tacón y campera de cuero. Siempre se preguntaba por la música que hacíamos pero fue incondicional con cada cosa que hacíamos.
La música del piano lo lleva entonces hacia el recuerdo de su abuela Andrea que cantaba un vals mientras la acompañaba Franchini en su cumpleaños número 82. Presente, pasado y futuro conviven mientras Bocha toca el piano. Y la música le gana el espacio a la palabra, cuando la entrevista termina.