Comenzó a correr casi por casualidad e hizo del atletismo una actividad que le permitió no solo ganar competencias, sino conocerse más a sí mismo y descubrirse dueño de una capacidad física y mental que le permite superar día a día nuevas metas. Trabajador incansable, compatibiliza su tiempo entre el placer de correr y la familia.
R amón Alfredo Sanabria tiene 71 años. Nació el 3 de enero de 1945 en Paraná, Entre Ríos. Huérfano a muy temprana edad fue criado por su hermano mayor Fernando, y creció junto a su otro hermano, Miguel Angel, ambos fallecidos. Cuando tenía 8 años se estableció con ellos en un campo ubicado entre Acevedo y Mariano Benítez. Allí desde pequeño comenzó a interiorizarse con las tareas rurales.
Es un hombre de contextura mediana y su estado físico lo delata deportista. Tiene las manos de quien ha trabajado duro y la mirada de quien ha vivido mucho, aceptando cada uno de los desafíos que le puso por delante la realidad. Soy huérfano, perdí a mi madre cuando tenía 5 años así que crecí con mi hermano mayor a quien le debo todo lo que soy. Crecimos sin madre ni padre, éramos nosotros tres solos en el mundo, cuenta en el comienzo de la charla.
A los 12 años alquilaron una casa en Ameghino y Paraguay. Así Pergamino les dio la bienvenida. Desde chico el único camino que recorrió fue el del trabajo. Yo no conocí la escuela. Directamente había que trabajar, de chico le ayudaba a mi hermano a repartir fruta; durante un tiempo tuve reparto de diarios; trabajé en la empresa Piraccini, en la Florería La Orquídea, fui peón de albañil y durante años trabajé en semilleros. Digamos que hice de todo, refiere.
Se jubiló como empleado de Uatre. Pero durante veinte años trabajó en Palaversich. Cuenta esa experiencia como algo significativo y reconoce que allí tuvo la suerte de contar con patrones que lo quisieron y ayudaron mucho. Es cierto que yo trabajaba sin descanso, pero me ayudaron un montón, siempre me dieron una mano enorme y les estaré eternamente agradecido porque gracias a ellos pude construir mi casita en el barrio Güemes.
Se fue de allí en buenos términos cuando se produjo un proceso de reducción de personal y comenzó a trabajar en otro semillero: Produsem, por contrato. Cuando terminé me fui a Uatre, me faltaba poco para jubilarme, me tomaron y ahí me jubilé, trabajaba en la bolsa y descargaba semillas a granel. Siempre estuve vinculado a la actividad del rubro semillero.
En paralelo fue siempre un buscavidas y hasta hoy, a pesar de estar jubilado, trabaja haciendo changas cada vez que se le presenta una oportunidad. Nunca le escapé al trabajo y hoy en día trabajar me hace sentir bien, confiesa.
Una gran familia
Se casó con una entrerriana a la que conoció en Pergamino: María Silvia Mena, su compañera de vida. Juntos tuvieron a sus hijos: José Fernando, Darío Fabián y Verónica Natalia Sanabria; y Liliana Mena y hoy disfrutan de dieciséis nietos y cuatro bisnietos.
Un atleta
Ramón es atleta. Cualquiera que lo conoce lo ve entrenar a diario. Eso, asegura, lo mantiene en forma física y mentalmente. Descubrió esta disciplina ya de grande. Un día venía de trabajar de Palaversich y me encontré con una persona que me invitó a correr, Francisco González. Yo no sabía lo que era el atletismo. Trabajaba entre diez o doce horas diarias y pensaba que no podía correr ni doscientos metros. Pero me convenció y pude.
En 1992 empezó su entrenamiento. Al principio eran distancias cortas, luego fueron alargándose los recorridos. Todavía fumaba. Un día llegó a su casa y le dio a su mujer el atado de cigarrillos y el encendedor y no volvió a hacerlo. En ese momento sintió que el atletismo iba a ocupar un lugar importante en su vida y prosiguió a su propio ritmo. Empecé a entrenar y no paré nunca más. En 1993 corrí la primera carrera de cinco kilómetros en el barrio Güemes. Habíamos invitado a Luis di Palma, vino el hijo, y corrimos juntos. Después se hicieron otras y me fui anotando. En una oportunidad me anoté en la carrera que organizó el Club Náutico, un 9 de Julio, siempre estaba entre los diez primeros y eso para mí significaba mucho. Me fui a San Nicolás y allí tuve la suerte de encontrarme con una persona muy buena, el presidente de la Asociación Atlética, Carlos López, fuimos a Villa Constitución y salí segundo. Llegué a mi casa con un entusiasmo y hasta ahora sigo corriendo, ahora en la categoría de 70 a 75 años.
Se apasiona cuando relata sus anécdotas como corredor y asegura que lo más importante de esa actividad para él es que le permite sentirse bien.
Yo a la noche me puedo acostar a cualquier hora, pero me levanto con pasión para ir a correr. Me levanto a las 5:00 y a las 6:15 salimos con mi esposa para el terraplén. Ella camina y yo corro.
Asegura que su meta es llegar, aunque reconoce que siempre ha tenido la suerte de salir premiado, lo que para él significa un estímulo.
En su casa tiene una habitación destinada a conservar trofeos, medallas y en un cuaderno lleva un registro minucioso de cada carrera. Se considera un atleta que supo crearse a sí mismo y reconoce que disfruta de entrenarse solo porque eso le permite establecer sus propias metas, sus recorridos y disfrutar del trayecto.
Otros deportes
El deporte le gustó desde siempre y antes del atletismo tuvo una incursión en el boxeo. Tiene en su haber alrededor de 35 peleas. También en sus años de juventud jugó al fútbol en el Club Tráficos Old Boys. Recuerdo que salimos campeones invictos en la cuarta división, en el equipo jugaban Cacho Nader, Bianco, Colard, Colángelo, Mardone, los hermanos Ezcurra, éramos un grupo que parecía el Barcelona, hacíamos un montón de goles, éramos invencibles.
Sus compromisos laborales no le permitieron seguir con su carrera deportiva. Por aquel entonces Ramón era canillita y el reparto de los diarios, 500 en total entre LA OPINION, La Nación y La Capital de Rosario, le demandaba tiempo y lo obligaban a recorrer grandes distancias, algunas lejos de las canchas donde le tocaba disputar algún encuentro.
Superarse a sí mismo
Es un hombre que supo adaptarse a las circunstancias que le puso por delante la vida y se muestra agradecido. A pesar de haberme criado sin madre y sin padre, le agradezco mucho a mi hermano mayor que puso el hombro para criarnos a mi otro hermano y a mí.
Ser huérfano es una experiencia dura, pero se supera con el amor de los hermanos, confiesa. Esa enseñanza de superación es la que trató de inculcar a sus hijos. Estoy muy contento de cómo me salieron los chicos, nunca me tuvieron que venir a decir nada de ellos y eso se lo debo también a mi esposa, porque yo en casa era una visita y aunque ella también trabajaba en casas de familias se ocupó de criarlos y juntos siempre tratamos de darles lo mejor que pudimos.
Creo que la mayor enseñanza que uno les puede dar es la cultura del trabajo, asegura este hombre de buen carácter que ha cosechado los mejores frutos por su esfuerzo: La gente que me conoce dice que soy bueno y eso es importante. No tengo problemas con nadie y tengo muchos y buenos amigos. He viajado y he organizado carreras a beneficio para poder ayudar al que lo necesita. No tengo asignaturas pendientes.
Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir. También San Nicolás es un sitio que elegiría. Pero aquí crecieron sus hijos y en esta ciudad está su vida Me gusta Pergamino, es mi lugar.
Dueño de una fe inquebrantable lleva grabadas en la piel las imágenes de la Virgen de San Nicolás, de la Virgen de Luján y del Gauchito Gil. Soy muy devoto de ellos y siempre me conceden lo que les pido. Mi casa está llena de imágenes de santos.
Cada noche su consigna al acostarse es agradecer por lo vivido y decirse a sí mismo en su diálogo con Dios: Vamos a ver si llegamos a mañana.
Así vive en el día a día y cada mañana al despertar invoca a su fe y agradece. Esa es su clave de vida. Lo demás es disfrutar plenamente de sus cosas. Aunque se cuida, reconoce que le gusta comer un buen asado, los guisos y estofados. Los prepara su esposa a la que considera uno de los pilares de su vida. Nos casamos cuando yo tenía 27 años y ella 15 y somos muy compañeros, concluye, otra vez, agradecido.