viernes 19 de junio de 2026

Petrona Díaz de Malacalza: una mujer con profundo compromiso social

28 de febrero de 2016 - 00:00

Fue voluntaria del Hogar de Jesús, más tarde integró la Liga de Madres de Familia donde desplegó su vocación de ayudar al prójimo. Trabajadora de la confección en sus tiempos de juventud y emprendedora siempre. Hoy tiene 85 años y su perfil pergaminense es el retrato de una historia tramada en los valores de solidaridad.

P etrona Díaz viuda de Malacalza tiene 85 años. Nació en Pergamino en el año 1930. Su padre trabajaba en el campo y alquilaban en el barrio Acevedo.  Allí creció y más tarde en ese mismo sector de la ciudad se estableció con su familia. Hija de Manuel Díaz y Delfina Vítola, es la única que aún vive de sus hermanos, a los que recuerda con nostalgia en el comienzo mismo de la charla: “Eramos cinco,  Juan Manuel, yo, Blanca Consuelo, Guilfredo Jesús y Eva Rosa y de todos la única que quedo soy yo. Los recuerdo siempre con mucho cariño y de ellos me han quedado mis sobrinos con los que nos reunimos cada vez que podemos”.

Su nombre completo es Petrona Milagros, pero asegura que se reconoce en el primero porque es el que usó la primera vez que tuvo que firmar su recibo de sueldo como empleada en la industria de la confección. Lo señala con el orgullo de quien siempre supo forjar su destino a base de trabajo y esfuerzo. Antes de empezar a trabajar en un taller de costura que funcionaba en Lagos e Italia, junto a su hermana había trabajado en casas de familia; antes había trabajado en el campo con sus padres. “Pero después empecé en el taller y allí estuve muchos años. En aquel tiempo era muy grande la actividad de la confección y uno podía elegir dónde trabajar”, cuenta y asegura que de aquella experiencia laboral guarda no solo buenos recuerdos sino grandes amigos, algunos de los cuales “ya no están”.

En su tiempo de “costurera” conoció al que fue su esposo: Ismael Malacalza, un hombre al que amó profundamente y con quien armó su familia.  Era empleado de la Cooperativa Eléctrica y un luchador como ella. Tuvieron una única hija: Marta. Y hoy Petrona tiene cuatro nietos: Pablo, Mariana, Valeria y Maximiliano;  y tres bisnietos más un cuarto en camino: Ismael, Candela y Milagros.

“A mi esposo lo conocí en la Plaza Merced, allí se hacían competencias en las que se batían récords en bicicleta. El cuidaba que no se subieran a la plaza. Estaba ahí, nos conocimos, nos pusimos de novios y dos años después nos casamos. Fuimos muy buenos compañeros y lamentablemente lo perdí hace cuatro años cuando falleció”, refiere con una tristeza que queda al descubierto en sus ojos de color verde. 

“Cuando nos casamos en el año 1954 nos fuimos a vivir a  Azcuénaga y Pueyrredón y allí comenzó para nosotros una historia de servicio. Estuvimos cuatro años sin poder tener a nuestra hija y en ese tiempo, como vivíamos muy cerca del Hogar de Jesús era muy común ver a las monjitas que sacaban a pasear a las niñas que estaban pupilas. Yo siempre le decía a mi esposo: ‘El día que tenga una hija la voy a mandar a este colegio y vamos a colaborar con las hermanas’. Así fue. Cuando mi hija tenía tres años nos mudamos al barrio Acevedo, sin embargo la mandábamos a esta escuela, yo trabajaba en la costura,  primero en un taller que funcionaba en calle Luzuriaga y más tarde en mi casa,  pero cuando la traía aprovechaba el tiempo para ayudar a las hermanas con el cuidado de las chicas que estaban pupilas, las llevaba al Hospital o a cualquier otro lugar al que necesitaran ir”, relata.

Así empezó para ella, y más tarde para su esposo, una tarea comprometida con el servicio que los transformó en voluntarios del Hogar de Jesús. “En el año 1968 empecé a tener amistad con algunas mujeres que tenían a sus hijas en el Hogar, así conocí a la señora de Bossi, a Coca Ace. Así fuimos armando un grupo de voluntarios. Cada una de nosotras llevó a sus maridos para colaborar y surgió el Grupo de Matrimonios Voluntarios”, señala.

“Eramos ‘Quique’ Ace y la señora, Teresita Piatti, María de Chale y ‘Juanita’ de Fanchi. Las mujeres nos ocupábamos de hacer pasteles para vender y cocinar para las fiestas y los hombres colaboraban con el Hogar en cuestiones de infraestructura”, refiere.

Esa tarea duró hasta que a las hermanas las sacaron del Hogar de Jesús. “En ese momento comenzamos a colaborar con ellas en el Hogar María Crescencia, el grupo un poco se desarmó, pero hicimos un par de comidas a beneficio y aún hoy extrañamos aquella tarea que realizábamos”, confiesa.

 

La Liga de Madres

Dueña de una profunda vocación de servicio, cuando se mudó al barrio Acevedo Petrona se hizo socia en la parroquia San Roque de la Liga de Madres de Familia y empezó a colaborar con esa institución. “Por aquel tiempo se habían dado las apariciones de la virgen en San Nicolás y yo tenía muchas ganas de ir para ver qué sucedía allá. La primera vez que viajé fue un 25 de marzo con mi hija y lo que vi fue extraordinario, una manifestación de fe increíble. Llegué y le comenté a María Bach que presidía la Liga lo que ocurría en San Nicolás y así fue que comenzamos a organizar viajes cada 25. Cumplimos 29 años realizando estos viajes, a los que se les sumaron otros, ya que se fue armando un grupo muy entusiasta. Así a los viajes a la Virgen le sumamos excursiones a Salta, Mar de Ajó, Merlo, Villa Carlos Paz. Durante muchos años viajamos y tengo recuerdos muy lindos”. “Tengo muchas amigas de esos viajes, tres de ellas tienen más de 90 años: Pepa Scaglia, Delia de Perrone y Amanda de Mozoni y los otros días la primera pasajera que tuvimos para los viajes a San Nicolás, Mirta, me vino a visitar”.

A través de la Liga de Madres de Familia tuvo la posibilidad de vivir experiencias extraordinarias. En su casa conserva recuerdos de esos momentos. Los premios Santa Clara de Asis son uno de ellos: “Pergamino era una seccional de la Liga de Madres de Familia, pertenecíamos a la Diósesis de San Nicolás. Cuando se entregaban los premios Santa Clara de Asis nos invitaban a proponer nombres para esta distinción. Así fue que a propuesta nuestra le entregamos un premio Santa Clara a Carlos Trincavelli de LT35 Radio Mon, a José Luis Lanzillota y al Diario LA OPINION. Recuerdo cada una de las ceremonias y la emoción que sentimos al entregar esas distinciones”, comenta en el devenir de una charla que va acompañada de risas y de algunas lágrimas. También de recortes de diarios y objetos que le recuerdan un tiempo vivido plenamente.

 

Premiada

En su haber y fruto de su labor solidaria tiene también ella varias distinciones. “He recibido muchos premios y siempre me he sentido muy reconocida. Algunas veces me llamaban y me decían tenés que ir a tal lugar que te van a entregar una distinción y nunca me enteraba quién me había propuesto”, confiesa y se alegra de haber tenido la posibilidad de vivir aquellas experiencias.

Como un mimo recuerda cuando recibió la distinción “Juan Pablo II” por su tarea apostólioca en beneficio de los hermanos en necesidad física o espiritual. También cuando viajó a San Nicolás para recibir una distinción de manos del intendente de esa localidad en el Teatro Aguiar; o cuando la Asociación Basilicata la premió por su tarea solidaria en el Día de la Mujer.

 

Su presente

Rodeada de sus recuerdos y de su familia, con sus 85 años y algunos problemas de salud que reconoce le imponen alguna limitación para lo que anhela hacer, Petrona vive en la casa que construyó su esposo en el barrio Acevedo. En realidad son dos viviendas, conectadas entre sí. En una vive ella y en la otra vive su hija. Ahí está su universo.  

Cuenta que el año pasado en el mes de mayo una afección en su salud la obligó a “aminorar la marcha”. 

Hoy sus días transcurren en la intimidad de su hogar. Eso le permite tener una mirada retrospectiva de todo lo que hizo y mirar hacia adelante con la esperanza de volver algún día a San Nicolás y de realizar alguna tarea pendiente siempre en beneficio de los otros. Su alma es generosa y eso se nota en cada uno de sus gestos. 

Se entristece cuando menciona sus pérdidas. Lamenta que por distintas razones la Liga de Madres de Familia no haya podido continuar. Añora volver a San Nicolás y extraña a su compañero de vida. “No puedo superar su partida, pero Dios lo quiso así, siempre supimos que a uno de los dos iba a tocarle seguir sin el otro. Y me tocó a mí”, afirma sobre el final de la charla y rescata de Ismael su condición de buen marido, buen padre, buen compañero y la admiración le gana el terreno a la tristeza. Se queda con lo mejor que vivieron juntos y se sobrepone a la pérdida.

En lo cotidiano disfruta de rutinas sencillas. “Mi droga es leer LA OPINION, hace más de 55 años que compro el diario y no paso un día sin leerlo. Después hago cosas sencillas y cada tarde a las seis menos cuarto me siento en la puerta de casa a ver la vida pasar. Saco un sillón para mí y otro más en el que siempre se sienta mi hija, alguna vecina. Siempre hay gente dispuesta a conversar”, sostiene esta mujer que vive con gratitud lo mucho que la vida le ha dado.

“Mi vocación de servir, quizás haya tenido que ver con eso, con encontrar un modo humilde y desinteresado de agradecer lo mucho que en la vida Dios me ha dado y lo que me impulsó siempre fue la fe”, concluye en una apreciación que la define.

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