sábado 04 de abril de 2026

“Beto” Halpín, un hombre que de los obstáculos circunstanciales de la vida supo salir fortalecido

13 de diciembre de 2015 - 00:00

Pedro Roberto tiene 70 años y es dueño de una historia como no hay dos. Desde pequeño se crió en la calle junto a sus hermanos debido a que su madre trabajaba todo el día. A los 6 años comenzó a trabajar en lo que fue su gran vocación: ser comerciante. Apasionado por el fútbol, demostró sus habilidades futbolísticas en diferentes clubes.

P edro Roberto Halpín es un pergaminense de 70 años al que no le gusta ninguno de sus dos nombres sino más bien prefiere que lo llamen “Beto”, así “me conocen todos”, dijo en contacto con LA OPINION.

Dueño de una dura historia, supo apartar cada una de las piedras que la vida le puso en el camino. Apasionado del fútbol y con un amplio espíritu de comerciante, dice ser “muy melancólico” porque “no tuve niñez”.

 

Sus inicios

Nació en Arrecifes el 2 de octubre de 1945, desde muy chico vive en nuestra ciudad. Hijo de Juan José Halpín, de origen irlandés, y María Isabel Polanco, cuenta que es el penúltimo de cinco hermanos: María Isabel, Teresa Irene, Juan José y Nélida Beatriz.

“Mi papá se dedicaba a domar caballos, era ‘pialador’, buen enlazador, amante de las tareas del campo, uno de los primeros que ganó los premios que otorga la Rural”, relató y manifestó que se conoció “con mi mamá en una quinta ubicada en el Castillo del Diablo. A los pocos meses de haberse conocido se casaron, vivieron en Pergamino donde nacieron mis tres hermanos mayores” y luego se trasladaron, por cuestiones laborales, a la quinta de Del Vecchio, ubicada entre Todd y Arrecifes, ciudad en la que “Beto” nació. 

“Mi mamá me contaba que mi papá no bebía alcohol pero cuando yo nací, para festejar y motivado por sus amigos de un almacén de Todd, probó la caña. Desde ese momento nunca más pudo dejar de tomar y se volvió alcohólico. Eso transformó nuestra realidad porque mi papá que era un excelente empleado, por su calidad de bebedor no podía conseguir un buen trabajo”, señaló “Beto”.

Cansada de los malos comportamientos de su marido, María Isabel reunió a sus hijos y se trasladó a Pergamino, ciudad en la que al principio no tenía vivienda fija, hasta que lograron instalarse en una humilde pieza ubicada en San Luis 261, propiedad del señor Tagliani que “estaba enfermo, postrado y a cambio de nuestro cuidado nos prestó esa pequeña vivienda”.

 

Su vida en la calle

Con cinco años, “Beto” padeció el hambre que lo llevó a conocer la calle ya que su madre trabajaba todo el día para poder mantenerlo: “Nos criamos en la calle con mis hermanos y cuando tenía seis años probé mi primer cigarrillo que conseguí gracias a la venta de cepillos que hacíamos con mis hermanos”.

Su historia está también signada por el fútbol ya que tuvo una corta pero intensa carrera futbolística que desarrolló no solo en Pergamino sino también en la Liga de Rojas. “De chiquitos jugábamos al fútbol en las calles. Hacíamos dos bandos bien divididos y nos enfrentábamos por el fútbol”, sostuvo.

 

Los inicios laborales

Al cumplir seis años, inició sus estudios primarios en la Escuela Nº 5, ubicada en Avenida de Mayo entre Moreno y Alberti. Pero a los pocos meses de haber empezado, una travesura con sus hermanos lo llevó a sufrir un accidente: la patada de un caballo lo dejó inconsciente. La recuperación lo llevó a perder el año escolar. No obstante conoció allí lo que sería luego su verdadera vocación: ser comerciante.

Halpín se define como un hombre con “alma de comerciante”, prueba de esto es que desde muy chico empezó a vender billetes de lotería: “Dios me dio una inteligencia que agradezco. A los seis años leía hasta 99 mil y por eso uno de mis tíos, a través de Andrés Romero, me inició en la venta de billetes de lotería. Los de la lotería de la Provincia costaban 4,20 pesos y yo lo vendía a cinco para obtener una ganancia”.

La comercialización de billetes fue la actividad que desarrolló con el fin de ganar dinero para poder ayudar a su madre y a sus hermanos. Al mismo tiempo esta actividad lo llevó a conocer a numerosas personas no solo en Pergamino sino también en localidades de la zona.

“Recuerdo que iba a la hostería de Carlos Bonet a vender billetes en horas del mediodía. Ahí vendí uno que resultó ser el primer premio de la Lotería, a un hombre rengo que se llamaba Floro y que me regaló el primer fútbol que tuve”, contó “Beto”.

Por otros pagos

Numerosos fueron los beneficiados gracias a los billetes que expendía. La venta para él se había consolidado en una manera de obtener dinero para ayudar en el mantenimiento de su familia. Al mismo tiempo hacía sus estudios primarios que culminó en quinto grado.

La prohibición de que los menores trabajen hizo que no pudiera comercializar más billetes en Pergamino por lo que debió probar suerte en otras localidades de la región en las que la prohibición no existía. “Mirko Sacoski me daba billetes para vender y Gorosito de la Empresa Belgrano me llevaba hasta Junín. También conocí San Antonio de Areco, pero mi fuerte en ventas era Colón. El colectivero de Gómez me llevó gratis. El primer día vendí muchos billetes y por eso todos los días viajaba hasta Colón. Me había hecho una linda clientela”, señaló y aseguró que “llegué a vender 300 billetes por día. Era muy famoso en Colón”. 

Con la propina que le daban los que ganaban dinero en la Lotería provincial o nacional, se compró una moto para movilizarse. 

 

Nuevas experiencias

La comercialización de billetes fue el primer y único trabajo hasta que cumplió 18 años, cuando decidió probar suerte en otros rubros y fue así que incursionó en el hormigoneado. “Con un tal Abdala participé del hormigoneado del edificio de Annan, del Colegio Normal y de Cargill donde trabajé 29 horas seguidas. Hice un platal haciendo ese trabajo”, manifestó “Beto” hasta que se cansó y decidió volver a poner a prueba su espíritu de vendedor. Compró una camioneta e incursionó en la venta de frutas. Con el dinero logró vender la camioneta y adquirir un camión. El éxito de la venta, cuenta, radica en atender bien al cliente: “Siempre le daba de más a mis clientes”, señaló.

Con algunas deudas a cuestas y habiendo perdido su medio de transporte por falta de pago, conoció a Chimento, un hombre que lo llevó a la Iglesia Adventista. “Chimento me prestó el dinero para recuperar mi camión al que tiempo después lo vendí para empezar a hacer demoliciones con él. Comprábamos las casas viejas, las demolíamos y vendíamos los materiales”, destacó.

 

Hacia la gran ciudad

De la mano de Hugo Petri, empezó a trabajar en el bar de la Terminal de Omnibus cuando tenía 22 años. Al salir de su trabajo por el terraplén del Arroyo conoció a su actual mujer Norma Marta Salinas. “Fue amor a primera vista”, cuenta y aclara que después de seis meses de noviazgo se casaron el 16 de agosto de 1967.

Al poco tiempo, el matrimonio se fue a “probar suerte” en Buenos Aires. “Allá tenía una tía que me consiguió trabajo en una pizzería”, relata y señala que en Buenos Aires se fue a probar en Vélez Sarsfield. “Tenía posibilidades de quedar, pero yo ya estaba casado y mi mujer extrañaba demasiado Pergamino así que nos tuvimos que volver”, agregó.

Nuevamente en nuestra ciudad, ingresó a trabajar en el exFerrocarril Mitre al tiempo que constituía su vida familiar en la casa de su suegro, actual lugar de residencia, en Bombero Esquivel al 1800.

El trabajo en el ferrocarril le permitió ahorrar para comprar una furgoneta Citroën para hacer lo que siempre supo hacer: vender. Esta vez frutas, pescado y plantas. “Otra vez comencé a crecer. Compré luego una camioneta, después tuve un camión y por último adquirí un colectivo que utilizaba no solo para trabajar sino también para trasladar a mis hermanos a la Iglesia”, relata.

 

Su pasión, el fútbol

“Beto” se presentó en la Redacción del Diario con una remera de Juventud, una pasión que empezó cuando era muy chico ya que vivió por muchos años en una casa “pegada” a las tribunas de basquetbol del Club Juventud, ubicado en Intendente Biscayart. Y si bien en esa institución jugó algunos años, los vaivenes de la vida lo llevaron a probar suerte en diferentes clubes. Cuenta que en su adolescencia “primero jugué en sexta división de Juventud hasta que me suspendieron por eso me fui a Colón donde en el Club Porteño jugué en primera división. Participé de un torneo nocturno que se hizo en Pergamino vistiendo la camiseta de Juventud y por mis buenos logros me pasaron a la cuarta división y de allí a primera cuando tenía 18 años”.

De su experiencia en jugar en primera división, recuerda a alguno de sus compañeros: Cesarini y Ubillos. Un lugar privilegiado de su memoria ocupa Agustín Digilio. “Agustín fue el que me enseñó a jugar al fútbol”, señala que por un problema de meniscos tuvo que retirarse del fútbol a los 22 años. “Inhabilitado por mi problema en la rodilla, porfiado, me fui a jugar a Carabelas, un club maravilloso. Yo sabía que me destacaba en saltar y cabecear, por eso allí jugué con la camiseta número cinco, en el medio campo tirándome para adelante, buscando siempre el gol porque los hinchas me pagaban por cada gol que hacía además de lo que recibía del club”, relata.

También jugó en otros clubes como Douglas y se probó también en Provincial.

 

Su familia

Su vida familiar está constituida por su esposa y sus cuatro hijas: Norma Noemí casada con Guillermo Muscará que le dieron una nieta, Aldana, de 14 años; Andrea Fabiana casada con Juan Panna; Claudia Analía casada con Cristian González que le dieron un nieto Ezequiel de 17 años, la cuarta hija se llama Lorena en pareja con Juan Mendi, recientes padres de Lorenzo. Además “Beto” crió un “hijo del corazón”, Jorge Damián.

 

Proclamar a Dios

 La fe ocupa un lugar de privilegio en su vida y en la de su familia. “Fui un hombre elegido por Dios”, destaca quien  ya  jubilado, hoy “trabajo para Dios”. 

“La fe me salvó. En el momento más crítico de mi vida conocí a Dios, solo una vez me alejé de él y no me fue bien por eso volví a profesar la fe”, relata y añade que estar cerca de Dios le da esperanzas, lo motiva a vivir. 

 

Por estos días

Su tiempo libre transcurre entre su familia y la evangelización de la Palabra de Dios entre los enfermos. 

A pesar de ser hincha de Juventud no asiste a la cancha porque “me hace mal” y destaca que una asignatura pendiente fue no haberse cuidado para llegar a jugar en la primera división nacional. “Las condiciones las tenía pero nos las supe aprovechar”, expresa y recuerda a sus mentores en el fútbol: Agustín Digilio, Néstor Van Bacelaere y “Nené” Genitrini.

No se imagina el envejecer, porque “no hay dos días iguales en mi vida”. Solo camina, y en su caminar se encuentra con sus amigos, los que las diferentes circunstancias de la vida le pusieron al lado.

Es un agradecido por todo lo que Dios le dio y por ello trabaja en su nombre.

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