Las lluvias intensas de los últimos días pusieron en alerta a buena parte del norte bonaerense. Mientras ciudades como Salto, Rojas y Arrecifes debieron activar sus comités de emergencia, en Pergamino la situación fue muy diferente. Con 110 milímetros caídos en apenas 24 horas, no hubo evacuados, ni calles anegadas, ni sobresaltos significativos.
¿Debemos dar por resuelto el problema? No. Pero sí podemos afirmar que hay motivos para mirar con cierta satisfacción el camino recorrido. El mantenimiento sostenido de canales, desagües y drenajes funcionó. El agua escurrió con agilidad. Las napas, además, están más bajas que en 2016, y eso tiene su explicación: el tipo de rotación de cultivos que hoy predomina en la región mejora la absorción del suelo y reduce el riesgo de saturación. Lo señalaron en off técnicos con experiencia hídrica a La Opinión esta semana. Y no es un dato menor.
Pero sería un error quedarnos en la autocomplacencia. Lo que Pergamino necesita ahora no es una medalla, sino una decisión estratégica. No se trata solo de lo que pasó, sino de lo que podría pasar. Y lo que podría pasar, si vuelve a llover con la violencia de 2016 o con la imprevisibilidad de estos fenómenos que algunos llaman “bombas de agua”, nos exige prepararnos mejor.
El intendente Javier Martínez lo dijo con claridad: hace falta avanzar en una obra de contención para el sector del Camino de la Cruz, donde históricamente el arroyo La Botija actúa como tapón natural y donde se generaron los mayores problemas en el pasado. Y lo más importante es que la propuesta ya no depende de la voluntad de la Nación o de la Provincia, que han quedado bastante ausentes en términos de inversión en infraestructura: depende de nosotros, de la comunidad pergaminense y del municipio.
¿Una gran represa? Puede ser. Está bien pensar en una obra con criterio de recurrencia extrema, de esas que se proyectan para situaciones excepcionales. Pero también es válido pensar en una alternativa más acotada, más realizable a corto plazo, que permita mitigar riesgos medianos sin esperar el próximo desastre. No se trata de resignar ambición, sino de poner un pie en la realidad. Lo perfecto no puede ser enemigo de lo posible.
Y esa obra —una represa de menor porte, bien diseñada, bien consensuada, bien financiada— puede marcar la diferencia entre un anegamiento menor y una catástrofe. Puede no ser la gran solución, pero sí una muy buena respuesta.
Pergamino ha demostrado que, con planificación y continuidad, se pueden lograr cosas importantes. Que una ciudad mediana también puede pensar a largo plazo. Ahora, lo que hace falta es dar ese paso adicional. No esperar que el agua vuelva a poner a prueba a los vecinos para actuar. No permitir que una tormenta más intensa, más corta, más puntual, nos devuelva a la peor versión de nosotros mismos.
Es momento de seguir haciendo, incluso cuando parece que ya hicimos bastante; cuando parece que la política no resuelve, incluso a veces complica. Cuando un buen proyecto se pone en tela de juicio que no nos podemos dar el lujo de no debatirlo.