“Durante nueve años estuve en casa de ‘mamá Elena’ como yo llamaba a mi tía. Y mis padres iban y venían desde Lagos y Alem hasta Alsina y Rivadavia, para verme, tres o cuatro veces al día. Yo vivía contenta porque decía y sentía que tenía dos mamás y dos papás”.
“Mi tía Elena era una mujer que parecía no estar hecha para este mundo, era dueña de una bondad infinita, solidaria y siempre trataba de unir a la familia. Viví con ella hasta mis 12 años. Cuando falleció la abuela, regresé a casa, pero todos esos años de mi niñez los viví rodeada de mucho amor”, añade en un relato que destaca lo nutritivo de esa infancia compartida con sus primas. “Ellas me llevaban muchos años de diferencia, así que yo de algún modo era un poco la hija de todas. El marido de Elda, Mario De Sensi, fue quien me enseñó a escribir”, recuerda.
También hace referencia a esas amistades nacidas en la infancia y conservadas de generación en generación. “La vecindad era eso para mi familia, cultivar buenas amistades”, refiere.
“Los padres de José Luis y María Inés Picarelli eran como hermanos con la familia de mi madre y ese legado que dejaron nuestros padres lo honramos nosotros manteniendo nuestra amistad. También, con la familia Annan con la que sigo teniendo relación a través de Mara, hija de Narcisa y Héctor Annan”, señala, acercando recuerdos de juegos y travesuras vividas en las veredas del barrio.
La escuela y su vocación
Fue a la Escuela N° 22 y luego al Colegio Normal. “Al egresar del secundario hice el Profesorado Nacional de Enseñanza Primaria”.
Desde muy pequeña sintió una profunda vocación por la docencia. “Mi mamá siempre me contaba que cuando yo era chica, sentaba a mis muñecas y las transformaba en mis alumnas y les enseñaba cosas en un pizarrón que me había fabricado mi papá, y teniendo 7 años jugaba que les daba clases de inglés”, cuenta reconociéndose como una “maestra de alma”.
“Estudié inglés desde los 7 hasta los 18 años y cuando me recibí de profesora de enseñanza primaria también inscribí mi título de inglés que era privado y eso me permitió cumplir mis dos anhelos, ser maestra y profesora de inglés”, destaca.
Un largo recorrido
La docencia le propuso un camino fructífero. “Trabajé en varias escuelas y también desempeñé otras tareas. Desde 1987 hasta 1989 fui secretaria de la Dirección de Educación Municipal. Desde 1989 hasta 1993 fui secretaria del cuerpo de consejeros escolares. Y desde 1993 hasta 2016 estuve en varias escuelas. Siempre amé el aula”.
“Como profesora de inglés ejercí en el Instituto Comercial Rancagua, en la Escuela Técnica N°1 y en la Escuela Primaria N°2 y desde hace 40 años tengo el Instituto de Enseñanza Privada Pergamino”, añade.
Logró titularizar sus horas en 2005 en la Escuela N° 62. Cuatro años después pidió el traslado a la Escuela N°2, donde estuvo hasta el año 2016, en que, debido a un problema de salud, solicitó un cambio transitorio de función que la llevó a insertarse en la Secretaría de Asuntos Docentes, un ámbito en el que trabajó hasta 2021 en que se jubiló.
“Allí mis jefes, Roxana Fontanet y Mariano Luchini, y mis compañeras, me recibieron muy bien y me hicieron sentir muy cómoda. Gracias a ellos pasé mis últimos años de carrera en un lugar en el que me sentí como en casa”, destaca y asegura que, en cada lugar, la docencia le permitió cultivar vínculos valiosos.
Ejerció en un tiempo en que la escuela era “un templo”. “Nosotras éramos las ´señoritas´. Hasta el día de hoy me encuentro con alumnos que tienen más de 30 años y cuando me ven me dicen ‘seño Gaby’. A menudo me ocurre, ir por la calle y detenerme frente a la voz de hombres y mujeres que me llaman así y me recuerdan su paso por las aulas y el mío por la vida de ellos. Esa es la mayor recompensa que tiene un docente, porque el amor de los chicos no se compara con ningún otro, es el más sincero”.
El instituto, su espacio
En 1985 logró abrir su propio instituto de inglés. “Yo daba clases de manera particular y llevaba a mis alumnos a rendir a otro instituto. En un momento me propuse que ellos pudieran estudiar y rendir en un mismo lugar, así que inicié los trámites en la Superintendencia Nacional de Enseñanza Privada, y cuando tuve el reconocimiento de esa dependencia y la habilitación correspondiente, comencé a trabajar. Hace 40 años que funciona el Instituto de Enseñanza Privada Pergamino. Actualmente trabajan conmigo tres profesores y otros traen a sus alumnos a rendir. Varias generaciones han pasado por este espacio. Hoy, varios de mis alumnos son hijos de aquellos chicos que venían en los comienzos. Es muy gratificante”.
“Me encanta lo que hago y valoro mucho la confianza que depositan en mí tantas familias”, expresa.
En un espacio contiguo a su casa, el Instituto sigue dándole sentido a su vocación. Gabriela está al frente de varias clases y coordina el conjunto de la actividad de la institución. “Cuando me jubilé entendí que había llegado el tiempo de irme de la escuela, pero el Instituto no está en mis planes dejarlo. Allí sigo siendo la ‘seño Gaby’”, resalta.
“Dos veces por semana doy clases a la mañana y el resto de la semana, de lunes a jueves, trabajo por la tarde. El contacto con los distintos grupos me da una inyección de energía”, reconoce.
Su mundo
Desde hace 30 años Gabriela comparte la vida con Jorge Horacio Dueñas- hijo de Ana y Jorge Osvaldo, hermano de Fabián y Carolina, y papá de Natacha, que es psicóloga y vive en Rosario-. “Nos conocimos en Specktra, me sacó a bailar, comenzamos a salir y al poco tiempo de estar de novios, nos casamos”, relata y cuenta que él tiene un comercio de fotocopiadoras que funciona al lado del instituto, razón por la cual la vida laboral y personal de ambos convive en armonía.
Tienen una hija, María Elena Dueñas (26), licenciada en Diseño de Indumentaria y Textil y licenciada en Diseño Gráfico. “Ella ejerce su profesión en su estudio y está de novia con Matías, profesor de Educación Física, oriundo de Rosario”, comenta.
“Ella lleva el nombre de mis dos madres. Había prometido que así sería si la vida me concedía la dicha de tenerla”, cuenta, conmovida recordando las dificultades que le tocó atravesar para poder ser madre.
“Maternar es un deseo que te lleva a sobreponerte a cualquier obstáculo que se interponga en el camino. Yo tuve muchos y Elena es el fruto de nuestro deseo de tenerla”, afirma con una sonrisa generosa y agradecida. Se emociona y algo en su mirada se ilumina cuando habla de su hija joven y llena de sueños. Enseguida acaricia a “Tomy”, su “hijo perruno’, como ella lo llama, y que es parte de su familia desde hace doce años. “Es nuestro gran compañero”, afirma.
Gabriela es una mujer de rutinas simples. Sabe conjugar el tiempo del disfrute con sus responsabilidades y encuentra en su hogar, su refugio y su paz. Lo dice: “Mi familia es mi refugio. Mi marido es un gran compañero, me acompañó y apuntaló en momentos difíciles y tenemos una linda vida juntos”.
“Nos gusta mucho estar en familia, salir, viajar y acompañarnos. Los fines de semana viajamos a Rosario, y compartimos tiempo con Matías y su familia que es encantadora”, comenta.
También habla de la amistad. “Los amigos que tengo son como mi familia, celebro su presencia en mi vida y la agradezco”, expresa y cuenta que cada viernes por la tarde, el cafecito en Amelie es un momento de la semana esperado para el encuentro y la charla.
Tolerante, solidaria, amorosa, dueña de la capacidad de saber escuchar y guardar secretos sin juzgar, tiene una vida rica en afectos.
Reconoce que le hubiera gustado tener más hijos “Pero la vida quiso que fuera así, y así es”.
Cuando la charla le propone el ejercicio de imaginar el porvenir, solo anhela transitar la vejez junto a Jorge. “De novios decíamos que íbamos a envejecer juntos, que era para siempre, y que de viejitos nos íbamos a acompañar. No imagino la vida sin Jorge”, admite.
“Me imagino rodeada por mi hija y los nietos que llegarán algún día. No sueño nada extravagante. Me han pasado muchas cosas que hicieron que mi paz se viera interrumpida hasta sobreponerme, y hoy no negocio mi paz y la encuentro en mi hogar”, abunda, convencida de que la riqueza “es interior”.
“Para ser feliz necesitas buscar la felicidad. A la suerte hay que ayudarla y yo la ayudo. Si a cada deseo no le hubiera puesto el empeño que le puse, tendría razones para quejarme. En cambio, tengo infinitos motivos para agradecer y es lo que hago”, sostiene, en una apreciación que habla de su esencia. Y cuando lo dice, en sus palabras aparece el sustrato invisible de aquello que, como valor, le han legado esos seres amados que ya no están y le han mostrado con su ejemplo que la felicidad es una construcción que se moldea con determinación y entrega generosa.
Embed - Diario LA OPINION on Instagram: " Maestra de alma, mujer de valores, ejemplo de vida María Gabriela Smilovich es una de esas personas que dejan huella. Su vocación nació en la infancia, enseñando inglés a sus muñecas en un pizarrón casero, y nunca se detuvo. Hoy, tras más de 40 años de docencia, sigue al frente del Instituto de Enseñanza Privada Pergamino, acompañando generaciones de estudiantes con la misma pasión. Creció en una familia unida, entre el amor de sus padres, tíos y primas, y aprendió desde chica que los vínculos son el mayor tesoro. De su madre heredó el amor por la música, la lectura y el cuidado hacia los demás. Vive en la casa de siempre, su refugio. Comparte la vida con Jorge, su gran compañero, y junto a él formaron una familia con su hija María Elena, fruto de un deseo profundo que superó todas las barreras. “Seño Gaby” para muchos, sigue enseñando, escuchando, sembrando valores. Con sensibilidad, entrega y gratitud, Gabriela eligió una vida sencilla pero inmensa en afecto. Y cada paso suyo es un legado. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #HistoriasQueInspiran #DocenteDeAlma #Pergamino #EducarEsAmar #MaestrasQueDejanHuella #SeñoGaby #ValoresQueTrascienden"