Quiero empezar esta columna con una invitación. Mejor dicho, con un desafío. Porque este año no quiero hablarte de emprender desde los manuales, ni desde los modelos, ni desde las teorías que ya leíste mil veces.
Este 2025 quiero que terminemos hablando de vos. De lo que sentís cuando emprendés. De cómo te levantás después de un fracaso. De ese nudo en la panza antes de mostrar una idea. De la alegría que te explota en el pecho cuando algo sale bien. De las dudas que no contás, las que te guardás para no parecer débil.
Quiero acompañarte en cada uno de esos escalones.
¿Por qué escribo esto?
Porque descubrí que cuando decidís ayudar a otros con lo que sabés, se abre un canal distinto. Uno donde dar y recibir empiezan a tener el mismo peso. Donde compartir experiencia no te achica, te expande. Donde acompañar a otros a crecer inevitablemente te obliga a crecer a vos también.
Llevo años trabajando con emprendedores, y hay algo que se repite siempre: el emprendimiento crece al ritmo de tu desarrollo personal. No es magia, es biología emocional. Estás —literalmente— a un par de cambios internos de despegar. Y esos cambios no están en Google ni en los cursos. Están en vos.
A lo largo del tiempo descubrí algo más: la mayoría de los emprendedores entran en dos grandes categorías:
•El perfeccionista.
Tiene mil ideas, sueña, planifica, imagina… pero ejecuta poco. Porque nada le alcanza. Porque siente que “falta algo” para lanzarse. Porque la obsesión por hacerlo perfecto se vuelve excusa para no hacerlo.
• El controlador.
Hace, hace, hace… pero no delega. Le cuesta pedir ayuda, quiere resolverlo todo solo. Cree que soltar es perder el control, cuando en realidad es ganar velocidad.
La buena noticia es que superar cualquiera de estas dos trampas no requiere años de terapia empresarial. Requiere un par de ajustes internos. Pequeños, pero profundos.
Porque tu próxima versión —la que tiene claridad, madurez y resultados— está del otro lado de eso que hoy te incomoda.
Por eso, cada 15 días, desde este espacio, quiero desafiarte a ir un poquito más lejos.
A mirar adentro.
A entender qué te frena.
A hacerte cargo de lo que sí depende de vos.
Y a soltar lo que no.
Porque la ruta emprendedora tiene algo hermoso: te transforma mientras la recorrés. Y yo quiero acompañarte en ese viaje, sin disfraces ni solemnidades.
- Suelta.
- Pedí ayuda.
- Arriesgate.
- Lanzate aunque no esté perfecto.
No estás acá para vivir chiquito.
Estás acá para hacer cosas grandes, aunque todavía no lo creas.
No dejes que ninguna voz —ni la externa ni la interna— te convenza de lo contrario.
Este último pedacito del año lo vamos a transitar juntos.
¿Te animás a crecer un poquito más cada 15 días?
Te copás?
Yo sí.
Y empiezo hoy.