La inteligencia artificial, esa criatura que promete reinventar el trabajo, la educación y hasta la política, también tiene un lado menos visible y bastante menos romántico: su hambre de energía es voraz. Cada consulta a ChatGPT o a cualquier otro modelo generativo no es un acto etéreo en la nube: es un evento físico, con máquinas encendidas, servidores rugiendo, calor acumulándose y litros de agua (o megavatios) destinados a enfriarlos.
Y ahí está el verdadero punto: en un mundo que habla de transición energética, de cambio climático y de límites ambientales, hemos decidido celebrar una tecnología que, paradójicamente, multiplica exponencialmente el consumo eléctrico global.
La magia de la IA no es magia: es infraestructura
Si una simple búsqueda en Google es como encender una lámpara, una consulta a una IA generativa es como iluminar un estadio entero. Diez veces más energía para que un modelo pueda entender, procesar y responder con precisión.
Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos dedicados a IA y criptomonedas ya consumen el 2 % de toda la electricidad mundial, y en apenas tres años podrían duplicar esa cifra, igualando el consumo de Japón. Es un ritmo de expansión que no tiene precedentes en la historia reciente de la infraestructura digital.
Mientras tanto, las empresas detrás de esta revolución —Amazon Web Services, Google, Microsoft— publicitan objetivos climáticos ambiciosos que parecen alejarse a medida que los centros de datos se multiplican. La IA no está descarbonizando el mundo: lo está electrificando a una velocidad que desafía cualquier plan de neutralidad.
Un modelo extractivo, pero de energía
El relato dominante vende a la inteligencia artificial como una herramienta de eficiencia. Sin embargo, lo que está emergiendo es un modelo profundamente extractivo, no ya de materias primas, sino de energía. Los gigantes tecnológicos no solo compran energía: compiten por asegurar el control sobre fuentes futuras, incluyendo renovables, hidroeléctricas y hasta mini reactores nucleares —como evalúa Microsoft— para alimentar su maquinaria.
La paradoja es brutal: mientras muchos países discuten cómo racionalizar el consumo eléctrico en sus hogares, las IAs devoran electricidad para sostener interacciones triviales: desde generar imágenes de gatos hasta redactar mails que bien podría haber escrito un humano. Es decir, estamos ante un lujo tecnológico que consume como una necesidad básica.
La ilusión de lo “inmaterial”
Uno de los grandes errores culturales de nuestra época es creer que lo digital es inmaterial. No lo es. Cada click, cada consulta, cada modelo que se entrena tiene un costo físico. Los data centers no son nubes flotantes: son instalaciones industriales de alta demanda energética, muchas veces ubicadas en zonas con estrés hídrico y redes eléctricas saturadas.
La IA no es una excepción a esta lógica: es su máxima expresión. Hemos construido un ecosistema tecnológico que oculta su infraestructura bajo metáforas suaves (“la nube”, “el modelo”, “el bot”), pero que en realidad es una maquinaria gigantesca, tangible y —sobre todo— dependiente de energía abundante y barata.
El costo invisible del progreso
La inteligencia artificial no es neutra ni gratuita. Es un nuevo actor en el tablero global de la energía. Y como todo actor con apetito ilimitado, obligará a reorganizar prioridades: quién accede a la electricidad, a qué precio, con qué impacto y bajo qué reglas.
La carrera tecnológica ha ido más rápido que la discusión política y ecológica. Pero en algún momento, el costo energético que hoy escondemos detrás de cada respuesta “mágica” saldrá a la superficie. Y cuando eso ocurra, no será una cuestión técnica: será un debate sobre recursos.