lunes 05 de enero de 2026

Juan Domingo Geoghegan, un hombre que hizo del trabajo y la solidaridad sus consignas

Mecánico, hizo de su oficio la herramienta para forjar el destino de su familia. Comprometido con su comunidad, colaboró en todo lo que estuvo a su alcance.

4 de enero de 2026 - 07:18

Juan Domingo Geoghegan tiene 77 años. Nació en Arrecifes y creció en el campo. Sus padres fueron Patricio Pedro y Rosa Juana Sabattini. “Ellos estaban en una chacra, así que crecimos en una zona rural, en el seno de una familia numerosa, porque fuimos ocho hermanos. Yo fui el menor de los varones, y después viene una hermana más chica”, refiere en el comienzo de la entrevista en la que traza su Perfil Pergaminense.

El diálogo ocurre en la intimidad de su casa del barrio General San Martín, donde pasó buena parte de su vida, casado con María Lucía Marchén “Marilú”, a quien recuerda con un amor entrañable. “Ella falleció hace seis años y fue una gran pérdida para nosotros como familia, era nuestro pilar”, dice conmovido, pero con la aceptación que el paso del tiempo le otorga a las pérdidas irreparables.

Vuelve al recuerdo de su infancia para comentar que vivían en la zona rural, pero cerca del pueblo. “De cuando era chico tengo lindos recuerdos, lo digo y es como si estuviera viéndome. Hay una enorme diferencia entre cómo crecimos nosotros y como lo hacen los niños de hoy. Era otra vida”, señala y menciona que los partidos de fútbol eran el entretenimiento favorito. “Jugábamos en cualquier parte con una pelota de trapo”.

“La fiesta los domingos era que mi mamá preparara un fuentón repleto de buñuelos y el partido de fútbol se suspendiera para comerlos con mate cocido con leche”, relata. Y aclara: “Para tomar leche, ordeñábamos las vacas”. Fue a la escuela primaria en Arrecifes. “Fue todo lo que estudié, lo demás me lo enseñó la vida y la calle, ya que trabajé desde muy joven”, agrega.

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Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "Con 77 años y una vida marcada por el trabajo, la familia y el compromiso social, Juan Domingo Geoghegan es un verdadero Perfil Pergaminense. Mecánico de oficio, forjó su camino con esfuerzo desde muy joven y convirtió su taller en sustento familiar, pero también en un espacio de valores, honestidad y puertas abiertas. Nacido en Arrecifes y radicado en Pergamino desde su juventud, construyó junto a su compañera de vida, Marilú, una familia numerosa y una fuerte vocación solidaria. Participó activamente en instituciones educativas, colaboró en proyectos comunitarios y dejó huella no solo por su trabajo, sino por su calidad humana. Hoy, ya retirado, repasa su historia con la certeza de que los buenos valores nunca se negocian. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #PerfilPergaminense #HistoriasDeVida #Valores #Pergamino #LaOpinión"
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Su llegada a Pergamino

Estaba dedicado al trabajo agropecuario cuando su hermano mayor, que ya vivía en Pergamino, lo convocó para integrarse al taller mecánico que tenía. “El se había casado con Maruca, que era de acá. Había estudiado mecánica en Buenos Aires y tenía un taller con el suegro. Un día yo volví de viaje del sur, trabajando en la cosecha, llegó a mi casa en Arrecifes y me preguntó que tenía que hacer. Le respondí que nada, y me propuso que comenzara a trabajar con él. Ahí nomás ensillé las cosas y con lo poco que tenía, me mudé a Pergamino”.

“Todo lo que se de mecánica, lo aprendí de mi hermano”, resalta agradecido y acerca relatos de aquellos primeros pasos en su oficio. “El taller estaba ubicado en calle Bolivia, enfrente de la Parroquia Nuestra Señora de Luján. Cuando pasaba un servicio fúnebre por la iglesia, bajábamos la persiana, lo mismo que cuando había misa, para no hacer ruido con la actividad del taller”. En su tiempo libre, tomaba mate con el sacerdote Carlos Pérez. “Charlábamos mucho”, comenta.

Una actividad intensa

Más tarde, su hermano tomó el servicio de Renault, el taller de mudó a calle Merced, a media cuadra de la avenida. “Trabajábamos cuatro hermanos y cinco empleados”.

“Nos iba muy bien, empezamos a construir el taller en calle Bolivia, cerca de donde habíamos estado antes. Trabajé con mi hermano hasta el año 1970, uno de mis hermanos que vivía en Alfonzo se desvinculó, así que habíamos quedado tres: Guillermo, Patricio y yo. Era fin de año y mi hermano me preguntó si quería quedarme con el taller de escape. Le dije que no tenía dinero, solo contaba con quince pesos en la caja para dar el vuelto. Pero acepté el desafío, me comprometí a devolver esos quince pesos si no me iba bien. Pero eso no ocurrió, enseguida comencé a trabajar mucho y me especialicé en lo que hice el resto de mi vida laboral: reparar y colocar caños de escape”.

Un nuevo comienzo

Cuando comenzó con su propio taller, funcionaba en el garaje de la suegra de su hermano, ubicado en Colón 438. “Allí empecé y después armé mi propio taller. Por entonces, ya me había puesto de novio con Marilú, que fue una compañera incondicional, y siempre empujó para que me consolidara en lo que había elegido hacer”.

“Para el año 1974 ya me había comprado el terreno, quince mil ladrillos y había contratado al arquitecto para hacer los planos y empezar a armar el taller propio”, cuenta con orgullo y se declara como “un trabajador incansable”.

Sin abandonar jamás su cometido, mientras iba delineando el taller que iba a funcionar en calle Castelli- donde está instalado actualmente- trabajaba con un empleado al que había comenzado a formar cuando era un niño. “Todos los meses le depositaba su sueldo en una caja de ahorro porque era chico”, menciona. Y continúa: “En una ocasión, mi cuñado Tomás se había quedado sin trabajo. Puse otro taller en calle Paraguay al 700, así que mi empleado trabajaba en mi taller y yo con mi cuñado en el otro. El de Paraguay más tarde lo cerré y ya mudé toda la actividad al taller de calle Castelli”.

Su gran empresa

Para Juan, su principal construcción fue su familia. “Esa fue la empresa más grande que emprendí con Marilú”, expresa. Y recuerda que se habían conocido en el viejo taller de calle Bolivia. “Yo trabajaba con mi hermano y salía a la puerta para verla la Iglesia de Luján. Ella, a su vez, salía a la vereda de la Iglesia para verme a mi. Así, mirándonos, nos fuimos conociendo. Nos pusimos de novios y tres años después nos casamos y nos mudamos a esta casa y a este barrio donde vivimos siempre”, recuerda, en relación al lugar donde actualmente reside.

“Tuvimos cuatro hijos: Luciano, Patricia, Gabriel y Carina. Y criamos a un hijo del corazón, Nicolás, que es de la comunidad gitana”, señala en la continuidad de una charla honesta. “Luciano está casado; también Gabriel con Mayra; y Patricia y Carina han armado su familia junto a sus hijos. Todos trabajan y son buenas personas”, destaca. Y menciona a sus nietos: Patricio, Gonzalo, Martina, Lucio, María Paz, Valentina, Candelaria, Ramiro y Allegra.

Una dura pérdida

Perdió a Marilú hace seis años y medio. “Fue terrible, la acompañamos en el tránsito por una enfermedad muy cruel y con ella se fue una parte de nosotros”, admite. Y prosigue: “Nacimos para estar el uno con el otro. Nos confiábamos todo y coincidíamos en el modo de pensar. En tantos años de matrimonio hemos pasado muchas cosas juntos, buenas y malas. Y el compañerismo fue nuestra clave”.

Generoso y solidario

Cuando habla de su familia y de todas aquellas cosas que ha hecho por fuera de la vida laboral, la solidaridad aparece como una nota distintiva. Tanto él como su esposa siempre fueron generosos. “Siempre nos gustó participar de la vida de las instituciones a las que iban nuestros hijos y de colaborar con la comunidad”, señala.

“Cuando mi hijo mayor empezó a ir a la Escuela N° 6 recuerdo que los pupitres no estaban en buen estado. De inmediato nos pusimos en marcha para conseguir los recursos necesarios para cambiarlos. Le ‘mangueábamos’ a todo el mundo. Le conté a Hugo Marazco en qué andábamos, y me pidió que le consiguiera una boleta por la compra de quince juegos de pupitres y él me daba un cheque. Fui a hablar con Marina, me dio la boleta y los pupitres y al día siguiente le llevé el cheque. Lo mismo pasó con los cortinados y con tantas otras cosas que conseguimos, a fuerza de trabajar desinteresadamente”.

“La Escuela Media N° 2, tenía solo un salón de madera y la vieja casa del barrio. Los cimientos de los primeros salones los cavé yo los fines de semana y feriados, con la ayuda de albañiles amigos que me marcaron y jamás cobraron un peso por dar una mano”, cuenta.

“Después en la escuela faltaba el mástil, así que Marilú fue a hablar con Cachi Gutiérrez que era intendente, y ahí conseguimos el mástil para levantar la bandera”, agrega, convencido de que el trabajo comunitario siempre los convocó en la certeza de que hacerlo era un modo de marcar “un buen camino a nuestros hijos y enseñarles la importancia de comprometerse con las cosas”.

Amante de los fierros, trabajó en el armado de autos para el TC 4000 zonal, de Tomich, y allí también hizo de la solidaridad una bandera. “Corría con un Valiant con el número 62, luego hicimos el Falcon”, recuerda. Y agrega: “Muchas veces fui el encargado de organizar peñas y actividades para juntar fondos. Era el encargado de cobrar las tarjetas de las comidas que se hacían. Todos los ámbitos en los que estuve generaba esa confianza, la gente sabía que yo iba a manejar honestamente las cosas”, señala, agradecido.

De puertas abiertas

Así como trabajó siempre por la vida de su comunidad, fue abierto y receptivo a los afectos. Su casa siempre fue el lugar al que se podía llegar para pasar buenos ratos y estar contenidos. “Cuando los chicos eran chicos, esta casa estaba llena de amigos. Se habían armado una mesa de ping pong y todos los chicos del barrio amanecían acá jugando. Nunca hubo un problema. Yo traía los cajones de manzana cerrados y al día siguiente quedaban solo los papeles. Lo mismo pasaba con los tarros de dulce de leche. Pero era un placer, se portaban bien, y para los padres era una tranquilidad que estuvieran en casa y no en la calle”.

Su presente

Ya retirado de la actividad laboral desde los 65 años, solo va al taller cuando tiene que hacer “alguna pavadita” para no perder la costumbre. “Amo ese trabajo y los fierros siempre fueron mi pasión, pero hoy es mi hijo Gabriel el que está al frente del taller”, comenta.

Sus rutinas cotidianas son sencillas. Ha tenido y tiene buenos amigos, y su núcleo afectivo imprescindible está conformado por sus hijos y nietos. “Tengo una vida tranquila, me vienen a buscar las chicas, vamos a Arrecifes, donde tengo a mis sobrinos y a muchos amigos. Otras veces voy a la casa de mis hijas, con las que hablo por teléfono todas las mañanas cuando me despierto para que sepan que estoy bien, o invito a amigos a comer a casa”, comenta, reconociendo que su anhelo sería poder “visitar a gente amiga que hace mucho que no veo, o hacer un viaje de vacaciones con todos mis hijos y nietos”.

Por lo demás, siente que la vida “ya está hecha”. “Algunas veces fantaseo con la posibilidad de vender esta casa que me quedó grande, comprar algo más chico, y darle a cada uno de mis hijos en vida lo que les corresponde”, confiesa. Y en el terreno de los sueños, no quedan demasiadas cosas. La vida ha sido generosa con Juan, le ha regalado años de felicidad plena y también le ha mostrado el sinsabor de pérdidas y batallas que tuvo que librar. De cada vivencia supo tomar aprendizajes y jamás perdió de vista que su principal capital era el de sus buenos valores. Esa condición de ser un hombre de bien fue la que le abrió y le sigue abriendo, cada puerta.

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