Siguió trabajando en la tienda hasta sus dieciocho años y se transformó en un vendedor. “Hice un ‘carrerón’. Yo tenía 13 años y era vendedor de tejidos. Eso no era tan habitual. Me dieron un voto de confianza muy grande, que agradecí siempre”, sostiene. “Me pregunto si hoy iría a comprarle un corte de tela a un chico de esa edad”, se pregunta y su apreciación aparece como la postal de otro tiempo. “La carrera era por el talonario, el número uno lo tenía el patrón y yo tenía el número 2”, agrega. Y abunda: “Era un muy buen trabajo”.
Ismael recuerda con añoranza ese tiempo de su primera juventud. Recrea que las salidas eran los fines de semana era ir al paseo de la Calle San Nicolás. “Con solo mirarnos, corregían cualquier cosa que hiciéramos mal. Y por el contrario, si veían que nos pasaba algo, enseguida estaban allí para darnos un buen consejo”.
Ferroviario y colectivero
A los 15 años participa de una comida de “ferroviarios” y ahí surgió la posibilidad de inscribirse para ingresar al Ferrocarril. “En esa cena estaban ‘los grandes’ y la banda de ‘los chicos’ y era notable cómo nos cuidaban y nos guiaban”.
“En esa cena me aconsejaron que aprendiera telégrafo, un señor de apellido Bernal me enseñó y para cuando cumplí los 18 años, era un violín para usarlo. Eso facilitó mi ingreso al ferrocarril cuando me salvé del servicio militar y luego de rendir un examen”.
Como no había vacante en Pergamino iba a trabajar a Arrecifes. “Entré sin ganar dinero, solo iba a empezar a percibir mi ingreso cuando pudiera suplantar a alguien. Eso hice y me sirvió para aprender mucho del movimiento de la estación. Estuve tres meses sin poder tomar ni un relevo”, agrega.
“Cuando conseguí empezar a trabajar como ferroviario, no paré más”, acota. Y prosigue: “Mi residencia formal de trabajo era Arrecifes, pero el ferrocarril siempre me precisó afuera, así que viajé mucho. A los tres años de haber ingresado, tenía todos los exámenes rendidos así que relevaba cualquier función y en cualquier estación”.
Conoce de memoria el recorrido que hacía el tren y las dinámicas de todas las estaciones. “Estaba en la estación, eso se llamaba Tráfico. Daba las licencias y me ocupaba del manejo de cada estación”, refiere. “Me gustaba mi trabajo, viajaba a diario a la estación en la que me tocaba estar. Trabajaba ocho horas y de viaje, algunas veces, tenía cuatro”.
A la par de su trabajo en el ferrocarril, en sus horas libres, allá por la década de 1970, era colectivero en la línea de los “colectivos blancos”. “Era una época de esplendor del transporte urbano. Cortábamos mil boletos en el día, nosotros mismos cobrábamos los boletos”, relata.
Con el paso de los años, dejó el ferrocarril desalentado por la constante amenaza de que las líneas ferroviarias se iban a cerrar, que los iban a despedir o que nos iban a mandar a Tucumán. “Yo no podía vivir pensando en eso, así que un cuñado que era camionero, andaba en un camión tanque que cargaba en Junín y descargaba en Pergamino. El iba a dejar ese trabajo y me lo ofreció. Dejé también el colectivo porque el camión me rendía por los dos trabajos”.
Más tarde, siguió trabajando en camiones de cereales. “Anduve muchos años. No me gustaba mucho tener que ir a puerto por esas horas muertas de tener que esperar, pero el resto de la tarea me encantaba”.
Pudo jubilarse en el año 2004 y siguió trabajando hasta 2006. “Aunque me jubilé con la mínima, pude gestionar mi jubilación como ferroviario, cuando lo conseguí, mi señora también se había jubilado, así que me bajé del camión, y nos dispusimos a descansar un poco”.
La familia, pilar y sostén
A los 20 años Ismael se casó con Elsa Angela Cladera “Petty” (91). “Ella se había criado en el campo, su papá era tambero, y cuando tenía 17 años, se vino a vivir a la casa de un tío, en el barrio Acevedo, donde nosotros estábamos. Coincidíamos en el recorrido que nos llevaba a trabajar. “Así nos conocimos, pero éramos amigos”.
“Pasó el tiempo, yo estaba por cumplir los 19 años y nos encontramos en un baile. Mi amigo la sacó a bailar y, en lugar de devolverla a la mesa donde estaba su mamá, como era costumbre en esa época, la acercó para que bailara conmigo. Desde esa noche, no nos separamos nunca más”, cuenta precisando que llevan casados 66 años.
Con esa mujer que es su compañera de vida, tuvo tres hijos: Ricardo, casado con Olga; Oscar y Guillermo, casado con Miriam; nueve nietos, Natalia, Diego (fallecido), Silvana, Paola, Pablo, Débora, Gonzalo y Agostina y Juan Cruz; y tres bisnietos, Ariadna, Joaquín y Tomás.
Juntos compartieron la felicidad y también el dolor de pérdidas irremediables. Juntos se sobrepusieron a la adversidad y aprendieron a mirar la vida con aceptación y templanza.
“Nuestro hijo Oscar falleció de manera repentina. El se había separado de Miriam, y después de vivir un tiempo con nosotros, se mudó a su taller. Le habían robado y temía que le volviera a pasar. Lo encontraron muerto durmiendo. Ese domingo habían jugado River y Boca y estaba recién bañado con el televisor prendido y el control remoto en su mano. Lo encontraron un lunes al mediodía, cuando no atendía en su taller ni respondía a los llamados. Fue tremendo y darle la noticia a mi esposa, lo peor”, relata, conmovido. Y la mirada se le nubla cuando agrega: “También tuvimos la desgracia de perder de manera trágica a Diego, uno de mis nietos. Nos falta desde el día en que, andando en bicicleta, un camión abre la puerta, cae al suelo y lo atropella un colectivo que venía detrás. Pasaron muchos años y aún hoy tengo grabada la cara de mi hijo cuando me dijo que Diego estaba muerto”.
Hace silencio, mira el jardín. Se repone de esa emoción que dejan en el alma los recuerdos dolorosos, se sobrepone. Y continúa: “Fueron mis hijos, mis otros nietos lo que nos alentó a seguir adelante. Mi esposa afrontó una enfermedad grave, todo puso a prueba la fe, pero nunca se quebrantó nuestra confianza en que Dios tiene sus planes”, reflexiona y reconoce que encuentra en su fe un amparo. “Creo mucho en la Virgen del Rosario de San Nicolás. Siento que somos amigos, cuando tengo un problema, se lo cuento y me escucha”, afirma, convencido. Esa certeza es reconfortante, como lo es escucharlo. Es un hombre leal, que detesta la mentira. “Manejarme con la verdad siempre me abrió las puertas”, asevera. Es de una generación que encuentra en la palabra un documento que honra.
Sin pendientes, el presente es un tiempo apacible en el que disfruta de las pequeñas cosas. “Lo que me entristece es haber perdido seres amados y haber tenido que despedir a mis amigos. Siempre fui muy sociable, nos reuníamos con siete matrimonios, y hoy quedamos solo nosotros”, señala, sabiendo que esas ausencias son la contracara del paso del tiempo.
Su vida social gira en torno a su familia y a las tardes de tejo en el Parque Municipal. “Soy un defensor del ejercicio y siempre me estoy moviendo”, admite y reconoce que aún hoy extraña andar en el camión. “El que supera los primeros seis meses en ese oficio, no quiere abandonarlo jamás”, asegura.
“Pergaminense a muerte”, como se define, no tiene más anhelos que la buena salud y el bienestar de los suyos. Es consciente que la muerte le ha arrebatado seres queridos, y que algunas dificultades lo han puesto a prueba. Pero también sabe que la vida le ha permitido construir vínculos valiosos e imprescindibles. El trato con los nietos, la cercanía de su esposa, la charla, nutren la vida y la hacen ese territorio por el cual seguir transitando, a esta altura, despojado de cualquier apremio y agradecido.
Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "A sus 86 años, Ismael Bichara refleja en su historia los valores del esfuerzo, la resiliencia y la honestidad. Desde chico aprendió a ganarse la vida con dignidad: fue vendedor de tejidos, ferroviario, colectivero y camionero, siempre con la misma entrega. Casado hace 66 años con Elsa “Petty” Cladera, formó una familia marcada por el amor y también por el dolor de pérdidas irreparables, que enfrentó con fe y templanza. Hoy disfruta de su jardín, de los mates, de los juegos de tejo y, sobre todo, del cariño de hijos, nietos y bisnietos. “Manejarme con la verdad siempre me abrió las puertas”, dice quien representa la esencia de toda una generación de pergaminenses que hicieron del trabajo su mayor orgullo. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #HistoriasDeVida #Pergamino #EjemploDeVida #TrabajoYFe #Valores #LaOpinionPergamino"