Alfredo Barrio: un viejo repartidor al que la calle le enseñó mucho de lo que sabe
Se inició llevando soda en un breque tirado por caballos. Y construyó su destino en un andar incansable. Familiero y buen amigo, su historia es testimonio del valor del buen obrar.
27 de julio de 2025 - 07:18
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Alfredo “Rulo” Barrio, un hombre que conoce Pergamino como la palma de su mano.
LA OPINION
Alfredo “Rulo” Barrio fue repartidor desde siempre. Comenzó llevando soda en un breque tirado por caballos, cuando era niño; y continuó más tarde distribuyendo bebidas cola. Actualmente, tiene un reparto de pan. Ama la calle y la conoce como la palma de su mano. No solo ha trabajado en Pergamino, sino que ha recorrido varias ciudades de la región. Le gusta andar y aunque hoy lo hace a otro ritmo, sigue sintiendo que el reparto y la venta están en su ADN.
Tiene 68 años y se nutrió de la cultura del trabajo desde niño. “Nací en una casa ubicada en el corazón del barrio 12 de Octubre- en Falucho y General Paz- allí se habían establecido mis padres cuando armaron su pareja. Nací en esa casa, no en el Hospital como todo el mundo”, relata en el inicio de la charla que se desarrolla en la intimidad de su hogar emplazado en el barrio Belgrano, donde vive con su esposa Mónica Liliana Lucena.
Al hablar de su infancia, aclara que creció en Guatemala y Perú. Y menciona a sus padres: Alfredo Salvador y Luisa Roselli. “Somos siete hermanos, yo soy el mayor de cuatro mujeres y tres varones”, agrega. Y cuenta que su papá era vendedor ambulante de frutas y repartidor de soda. Quizás de él, siguió esa huella.
“Fui a la Escuela N° 17 y terminé séptimo grado de noche en la Escuela N° 1”, comenta. “Mi mamá y mi papá se separaron cuando yo tenía 11 años, yo quedé solo con mi papá, porque mis hermanos se fueron con mamá. Eso significó un cambio muy grande en mi vida”, admite y recuerda la separación de sus padres como “algo bueno y malo a la vez”.
Trabajar, desde chico
“De ser una familia numerosa, pasé a vivir solo con mi papá, aunque nunca perdí el vínculo con mis hermanos y mi mamá, fue un cambio”, insiste y comenta que vivían en una casa en México, casi el arroyo. “Empecé a trabajar a los 12 años en una fábrica de sillas para ayudar a mi viejo”.
“En ese tiempo las sillas que se hacían se pintaban con brea derretida, se metían en una batea las sillas completas, se sacaban y se colgaban para que se secaran”, recrea.
A los 14 años se fue a trabajar a Secadoras Iradi y cuatro años después, a Tamequ. “Eran dos de las fábricas más importantes y conocidas que había en Pergamino, en ellas aprendí el oficio de metalúrgico”.
El reparto
Trabajando en la industria metalúrgica, en su tiempo libre se iba a la sodería Nastasio, que funcionaba en Castelli y Alberdi. “Empecé lavando sifones con el hijo del dueño, uno de mis mejores amigos, y luego comencé a repartir con un breque y dos caballos en un Pergamino totalmente distinto”, cuenta y recuerda cómo era la geografía de barrios hoy extensamente poblados.
“Al tiempo, el dueño de la sodería compró dos rastrojeros y una chata, así que dejamos de repartir en el carro. Yo iba con el padre de mi amigo, en la camioneta. Al viejo José le costaba dejar el carro”.
“A los 18 años tuve la suerte de que uno de los hijos del dueño de la sodería me ayudó a comprar un camión, eso me permitió comenzar a trabajar en el reparto de Coca- Cola, tarea que hice durante 24 años”, prosigue. “Llegué a tener tres camiones propios trabajando en el reparto de gaseosa”, añade. “Me fue muy bien tuve los camiones, mi casa, autoservicio y después perdí todo con la inundación de 1995”, abunda.
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27-07-2025 12:55
Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "A los 68 años, Alfredo “Rulo” Barrio lleva en la sangre el oficio de repartir. Desde niño, cuando salía con su breque tirado por caballos a entregar soda, hasta hoy, con su propio reparto de pan, supo construir una vida marcada por el trabajo, el movimiento y el vínculo con cada cuadra, cada cliente, cada barrio. Nació en el corazón del barrio 12 de Octubre, en la esquina de Falucho y General Paz, en la casa que levantaron sus padres. “No nací en el hospital como todo el mundo”, cuenta con orgullo desde su hogar actual en el barrio Belgrano, donde vive con su compañera de vida, Mónica Liliana Lucena. Pasó por la soda, las bebidas cola, y ahora el pan. Recorrió Pergamino y varias ciudades de la región, siempre con la misma entrega. Aunque hoy va a otro ritmo, el reparto sigue siendo su manera de vivir y de sentir. Conocé su historia completa en www.laopinionline.ar #HistoriasDeVida #Pergamino #CulturaDelTrabajo #Repartidores #RuloBarrio #LaOpiniónPergamino #GenteQueInspira #TrabajoYPasión #IdentidadLocal"
Relata que con la inundación perdió todo. Emocional y económicamente fue un durísimo golpe. Pero su vocación de trabajar y su perseverancia le dieron las herramientas para “salir adelante”. “Me quedé con un camión, y con él seguí repartiendo gaseosas. Compraba en Eslabón y vendía en todos los pueblos y ciudades de la zona, siempre tuve una clientela muy fiel, eso me ayudó a rearmarme”.
Contra toda adversidad, siempre siguió repartiendo. “Cuando cerró Eslabón, me iba a Buenos Aires, compraba gaseosas y las repartía. De camino de regreso, comenzaba, arrancaba por Gahan en el Supermercado El Cangurito, paletas enteras de gaseosas les bajaba. Después pasaba por Salto, y bajaba en el supermercado La Estrella. A veces no llegaba a Pergamino, porque las vendía por el camino. También repartía en Rojas, Arrecifes y Pergamino. Hacía varios viajes por semana”, relata.
“Cuando dejé de viajar, apareció Naranpol en Pergamino, ‘el colorado’ Farini me convocó para trabajar con él. Comencé a repartir con mi camión en la zona. Estuve once años ahí. En una ocasión, repartí en Pergamino y en una semana me asaltaron tres veces, eso me desalentó un poco”, abunda.
Hace catorce años dejó el reparto de bebidas, y en una camioneta propia emprendió otro camino. “A diario hago reparto de pan. Compro pan y facturas y las distribuyo en varios negocios”, cuenta, reconociendo que le gusta mantenerse en actividad.
La vida familiar y los afectos
“Rulo”, como lo conocen todos, desde hace 45 años comparte la vida con su esposa. “Ella era amiga de mi hermana, iba siempre a la casa de mi mamá en el barrio Belgrano y así nos conocimos. Cinco años después nos casamos”, señala.
Tienen cinco hijos: Sebastián, casado con Florencia; Andrea, casada con Juan Eduardo; Valeria, casada con Bernardo; Celeste; y Juan Pablo, en pareja con Macarena. “Tengo siete nietos que son la razón de nuestra vida: Valentina, Martina, Ian, Tomás, Santino, Augusto y Abril”, menciona y se emociona profundamente al hablar de ellos y de lo que representan. “Le dan sentido a todo, son el motor”, destaca.
Durante muchos años su esposa trabajó en talleres de costura y hoy sigue dedicada a la industria de la confección con una máquina en su casa. “El trabajo siempre fue el pilar de nuestra familia”, sostiene Alfredo, y comenta que cada fin de semana la cita esperada es con su nieto Augusto, de 10 años. “El nació con una discapacidad, y es un sol. Se queda con nosotros los fines de semana, y aunque aún no habla, nos entendemos a la perfección. Es amor en estado puro, nos enseña todos los días”, resalta, conmovido.
Un hombre de los buenos
Tranquilo, aunque dueño de un carácter firme, en cada lugar por el que pasó, supo ganarse el respeto de todos. “He tratado de ser buena persona y creo que lo he conseguido”, refiere. Y lo que confirma esta apreciación es lo que la realidad le muestra como recompensa: tiene grandes y buenos amigos. “Me gusta estar con la gente que quiero. Tengo varias peñas y me gusta ir a los bailes”, señala.
Cada vez que puede, acompaña en sus presentaciones a su amigo Daniel Salazar. “Hemos ido a los centros de jubilados el canta, otro toca el órgano, otro el bajo y yo el timbal”, cuenta reconociendo que disfruta del escenario.
“Siempre me gustó salir. Cuando éramos jóvenes íbamos a los bailes de Viña. Viajábamos en un 4L. Conocí a varios artistas. El primero fue ‘Beto’ Orlando, cuando teníamos 16 años, subí al escenario con él y hace siete meses, una vida después, nos reencontramos en un baile del centro de jubilados en el que se presentó. Nos recordaba”, comenta este hombre que lleva el apodo de “rulo” porque en su juventud llevaba el pelo largo y ondulado. “Ahora he perdido los rulos”, bromea y recuerda cuando tuvo la suerte de conocer a Sandro en La Usina.
Protagonista de una época
Fiel a su espíritu divertido, entre las muchas actividades que hizo, fue conductor de La Gallina Turuleca, el vehículo que ofrecía paseos por la ciudad para toda la familia. “Cuando dejó de andar, esa gallina sirvió para otras andanzas”, señala. Y cuenta una anécdota que marcó una época: “En los carnavales la transformamos en una carroza y comenzamos a presentarnos en los corsos. Fue ‘La jaula de las locas’, eramos 16 hombres disfrazados de mujer que desfilábamos en esa carroza, haciendo todo tipo de troperías. Se abría la jaula y todo era diversión. Teníamos una chica que nos afeitaba y maquillaba. Nadie nos reconocía. En mi caso, solo una clienta me reconoció en un corso”.
“Comenzamos desfilando en los carnavales de Alfonzo y nos hicimos conocidos. Coqui Hannun nos convocó para venir a los corsos de Ameghino. La primera noche que nos presentamos actuaba Ricky Maravilla, terminamos en el escenario con él, fue inolvidable. Era una sana forma de diversión que marcó una época. Con esa carroza nos ganamos todos los premios”, agrega y se acerca hasta la ventana de la cocina que lleva al patio. Allí descansa la emblemática “gallina turuleca”, que desdibujó su esplendor el paso del tiempo.
El fútbol, otro recorrido
Hincha de Douglas Haig, con una partecita de su corazón en Argentino, y otro pedacito en Juventud de Rojas, siempre estuvo cerca del deporte y de la mano del hecho de ser “conocido por todos”, fue invitado a ser el chofer de jugadores que juegan en distintas ligas. “Con el fútbol inicié otro recorrido. Desde hace diez años hago el traslado de jugadores de fútbol a clubes de la zona para los que juegan, en la Liga de Rojas, Carabelas, Salto, entre otros”, comenta.
“Me conocen los presidentes de los clubes y los técnicos y es una tarea que realizo con mucha responsabilidad. Los llevo a los entrenamientos durante la semana y a los partidos los domingos”, agrega.
Reconoce que ya no quiere viajar tanto. “Me cansó un poco la noche, es una enorme responsabilidad”, confiesa, aunque se resiste a abandonar del todo la tarea. “Ya me llamaron para la temporada que viene, así que voy a seguir. También realizo algunos viajes de manera particular”.
La calle, siempre la calle
Reconoce que le cuesta “estar sin hacer nada”. Con sus 68 años, ha visto y vivido las dinámicas de otro Pergamino. “Me acuerdo de todo, las calles eran de tierra. Bulevar Paraguay estaba un metro abajo, el barrio 12 de Octubre era campo y el barrio Atepam no existía. Para ese entonces yo ya andaba repartiendo, como me voy a imaginar un futuro estando quieto, es imposible”, admite e insiste: “Mi vida fue la calle”.
Conscientes de que el único camino para alcanzar las metas es el esfuerzo, le gusta Pergamino. Anhela poder volver a vivir en su querido barrio Vicente López. “Me encantaría recuperar aquella casa que tuvimos, el barrio, los vecinos”, confiesa. Y su memoria evoca las noches compartidas entre vecinos, en la vereda de cualquier casa.
Sobre el final, reflexiona sobre lo que significa la calle: “Si vas atento, la calle te hace sensible. Cuando yo repartía Coca- Cola, había chicos que me esperaban para que les regalara una gaseosa. Todas las mañanas me bajaba en el Bar Querede, compraba un sándwich y se lo regalaba ‘Carloncho’. Y así, a otros tantos”.
Así como dio, también recibió mucho de la calle: “Tuve una buena vida, me di todos los gustos, trabajé un montón, perdí y recuperé algo que lo que tenía. La calle me enseñó todo lo que sé”, concluye, agradecido.