sábado 21 de febrero de 2026

KarinaGate: Cuando la corrupción golpea la obsesión económica de Milei

Milei se enfoca en la macro, pero la corrupción política existe. El caso Spagnuolo revela que las crisis de poder pueden ser más corrosivas que la inflación.

24 de agosto de 2025 - 08:10

El presidente Javier Milei vive obsesionado con dos objetivos: bajar la inflación y mantener el déficit fiscal bajo control. Lo ha dicho, lo repite y lo demuestra. El viernes pasado, mientras gran parte de la prensa nacional se sumergía en el escándalo que salpica a su hermana, él hablaba del “riesgo kuka” y de la inédita suba de tasas de interés.

Esa es su zona de confort: los gráficos, la macro, los números. Todo lo demás, según su mirada, es accesorio, innecesario, o —peor— algo que detesta: la política.

Pero la política existe. Y cuando el poder se construye ignorando sus reglas, la realidad se encarga de recordarlas. Lo hizo hace unos meses con el caso Libra, y lo hace ahora con el affaire Spagnuolo, un torbellino que amenaza con arrastrar a la mesa chica libertaria en plena campaña bonaerense.

Por segunda vez en pocos meses, el presidente se encuentra en el centro de una trama que compromete a su círculo más cercano. Primero fue Libra; ahora, la Agencia Nacional de Discapacidad. Dos episodios diferentes, un denominador común: el poder paralelo que encarnan Karina Milei, los Menem y los Pareja. Ese entramado, vital para sostener la arquitectura electoral de La Libertad Avanza, aparece manchado por audios que revelan supuestos pedidos de coimas en la provisión de medicamentos para discapacidad. Los audios —clandestinos, editados, hoy bajo análisis judicial— precipitaron la caída de Diego Spagnuolo, un abogado que no era un desconocido: fue quien acompañó a Milei desde los días fundacionales, cuando el actual presidente era apenas una figura excéntrica en la escena mediática.

El caso explotó a dos semanas de las legislativas bonaerenses, el examen más relevante para el oficialismo en el principal distrito del país. Y lo hizo con un condimento letal: las grabaciones no solo comprometen a Spagnuolo, sino que salpican a Karina Milei, a “Lule” Menem y, en consecuencia, al corazón político del Gobierno. Lo que en la Casa Rosada imaginaban como una campaña dominada por la macroeconomía y el mantra anti-casta, hoy se ve eclipsado por palabras que suenan a vieja política: coimas, favores, licitaciones, negocios.

En Balcarce 50 el silencio es la única estrategia. Sebastián Pareja, jefe de campaña en Buenos Aires, ordenó bajar el perfil. Nadie habla. Todos esperan. Mientras tanto, el fiscal Franco Picardi avanza con medidas que inquietan al oficialismo. En los pasillos se percibe la tensión: no se trata solo del impacto judicial, sino del golpe a la narrativa libertaria, esa que se jactaba de diferenciarse de “los de siempre”. Porque, guste o no, el miedo a perder empleos, la sospecha de corrupción y el olor a negocios turbios son los fantasmas que el mileísmo juró exorcizar y que ahora amenazan con instalarse en su propia casa.

Milei quiere pelear en la arena económica. Pero la política —con sus lógicas, sus miserias y sus trampas— acaba de recordarle que sigue siendo la dueña del ring.

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