domingo 05 de abril de 2026

Viviendo en un "loop"

16 de enero de 2022 - 00:00

El loop es un vocablo inglés que describe algo que gira y se reproduce constantemente, que se repite sin parar y sin cambiar. Es muy necesario escribir las palabras "SIN CAMBIAR" con mayúscula porque ahí está la génesis de esta palabrita. 

El loop es como el sinfín de los taladros. Un elemento de la vida real que nos sirve para compararlo y así describirlo, porque vivir en un loop es también eso: algo que te taladra la cabeza. Así vivimos los argentinos, en un constante loop, girando sin solución de continuidad entre los mismos problemas: inflación, corrupción, Estado grande/Estado chico, deuda eterna.

 La clase dirigente argentina está obsesionada por quitarse responsabilidades de encima, adjudicar culpas en todas direcciones pero evita, todo el tiempo, autocríticas y hacerse cargo de los errores. Aquel viejo proverbio español, que dice "vemos la paja en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro", es de enorme actualidad en nuestro agrietado país en el que abundan los problemas de siempre y siempre escasean las soluciones. Con mucha facilidad nos damos cuenta de los defectos ajenos, cuando los nuestros pueden ser mayores. 

Si el país está de rodillas es porque ni peronistas, ni radicales, ni kirchneristas, ni socialistas ni libertarios y otros más han logrado sellar acuerdos para dar forma a los cimientos sobre los cuales podamos construir un país definitivamente nuevo, con inclusión social y un estándar de calidad de vida aceptable para todos, en el que todos puedan satisfacer sus necesidades básicas como alimentarse, vestirse, acceder a una vivienda digna y a los derechos de salud, educación, trabajo y seguridad. 

Desde hace años, la discusión que a esta altura cansa gira sobre la responsabilidad de la deuda contraída en 2018 con el Fondo Monetario Internacional, por unos 44.000 millones de dólares -si bien el préstamo autorizado ascendía a 57 mil millones, pero no fue efectivizado en su totalidad-. El presidente de la Nación cada vez que tiene un micrófono cerca no deja de acusar a su antecesor por haber tomado ese crédito, pero no muestra capacidad para alcanzar un acuerdo. Cuando Alberto Fernández se postuló, conocía bien la deuda existente y los vencimientos a corto plazo que debía enfrentar en caso de ser electo. No puede hacerse el distraído. 

El gobernador de Jujuy mostró un gesto atípico en la política nacional en los últimos días cuando la oposición debatía internamente si debía o no asistir a una reunión con el Gobierno nacional en la que se analizarían los avances de la negociación con el FMI. Gerardo Morales admitió que "esta deuda la contrajimos nosotros, lo menos que tenemos que hacer es ir a escuchar" al plantear su decisión de participar de ese cónclave en Casa Rosada siempre y cuando sea una reunión institucional y no un montaje político. La autocrítica ensanchó las diferencias entre radicales y macristas, que aún no digieren la derrota electoral de 2019 ni mucho menos aceptan sus responsabilidades por la deuda. 

Ya en 2021 se pagaron más de 4.000 millones de dólares entre pagos de capital e intereses, con los Derechos Especiales de Giro (DEG) que recibió el país el año pasado. Ni hablar de los compromisos de 2022 con bonistas cuya deuda fue reestructurada, el Club de París y el FMI, entre otros acreedores. Con el fantasma de un nuevo default sobrevolando al país debido a que las reservas del Banco Central son escasas. 

Pero la responsabilidad de la deuda externa no es solo de Macri. En todo caso con el FMI, pero la pesada herencia también tiene cuota-partes de culpa de Cristina Kirchner e incluso de Alberto Fernández. Un artículo de la BBC británica aporta una mirada desde afuera sobre el espinoso tema: cada vez que asume un nuevo presidente, los argentinos escuchan la misma expresión: "la pesada herencia", un eufemismo que utilizan los gobiernos para resumir los problemas económicos que heredan de la administración anterior.

El siguiente párrafo de ese artículo sintetiza lo que vemos todo el tiempo. Comenta que "el gobierno actual culpa al anterior por haber endeudado al país más allá de sus posibilidades. Sin embargo, representantes del macrismo afirman que debieron buscar financiamiento para pagar 'la fiesta kirchnerista', es decir, el alto gasto público que generó un fuerte déficit fiscal durante la administración anterior". Y así sigue el loop, girando con mucho esfuerzo como en una rueda de hámster pero sin avanzar. Lo que es peor: mirando hacia atrás y sin poner atención al futuro. 

"Bartleby, el escribiente" es uno de los mayores logros de la literatura contemporánea. Herman Melville funda un estilo exasperante, donde nada cambia y todo se repite a través de un burócrata (Bartleby), que lo único que responde ante cualquier requerimiento es: "I would rather not" (preferiría que no).

La política argentina es la mejor versión hecha carne de aquella literatura fantástica: con ligeros matices, la agenda política es la misma desde hace un siglo. No hay temas de la sociedad sino intereses de unos pocos, que se presentan con maquillaje convocante.

Es una realidad ajena, que no es la de la sociedad argentina, cansada de la ineptitud, que propone resolver el futuro con el pasado. Porque ese es el problema: sean caras nuevas, sean herederos tocados por la varita mágica del progenitor, lo cierto es que no plantean nada nuevo, nada.

Como Bartlebly, se empeñan en lo único que parecen conocer: niegan, para luego repetir la historia una y otra vez, hasta que las peores profecías se cumplen. Cometen el peor pecado que se puede cometer en cualquier plano, pero sobre todo en política: desperdiciar oportunidades.

El caso de la deuda con el FMI es paradigmático. Siempre la misma cantinela, siempre el discurso de otro siglo, siempre apoyos equivocados (Nicaragua, Venezuela, Cuba, etcétera). Pero lo llamativo esta vez no es lo esperable, sencillamente porque no saben hacer otra cosa. Por primera vez en mucho tiempo, una fibra constitucional histórica y dormida toma centralidad inusitada, con aire ordenador: el federalismo, ese pilar de nuestra organización nacional, inaugurado por Dorrego, proféticamente defendido por Alem y anestesiado por obra y gracia de una cofradía de caciques pampas, que por decenios aceptaron convertirse en mendicantes del poder central, resignando todo, facultades y responsabilidades. Y aquí lo novedoso de la nueva configuración política.

A fuerza de los hechos, ese vértice central toma cuerpo en dos órdenes fundamentales: el Congreso y los gobernadores. Ante la impericia y la falta de parámetros de acción (un plan sería mucho pedir), esas dos instituciones ganan el centro de la escena, ante la mirada atenta de una opinión pública movilizada.

Y para bien o para mal, la tensión es tan grande que todo queda en evidencia, desde los viajes inoportunos de algunos, hasta los usuales acuerdos entre bambalinas para cambiar votos aberrantes por cachos de presupuesto para un puentecito o una ruta.

Picardías de otro tiempo, inauguradas por quien fuera el primero en hablar de federalismo y hacer otra cosa (Juan Manuel de Rosas), que sirvieron para tergiversar con doble discurso todo, nuestro sistema institucional y nuestra historia.

La Argentina está enferma de la peor pandemia: la ineptitud de Bartleby, la del que no quiere hacer, del que no quiere mirar adelante, del que tan solo aspira a mantener el status quo, con todos sus privilegios.

Nuestra esperanza son las instituciones por las que tanto pelearon quienes nos precedieron y definieron nuestra identidad más íntima. Valen la pena y están al alcance de la mano.

Dejá tu comentario

Las Más Leídas

Te Puede Interesar