Buenos momentos
En el pequeño pueblo de Rancagua, Cristina hizo sus estudios primarios en la Escuela Nacional Nº 110. Tuve una infancia hermosa, repleta de buenos momentos, comenta, considerando su crianza en el campo, aprendió, en compañía de su hermano mayor Carlos Capriotti, a desarrollar algunas labores propias de la vida rural. En el campo se hacía de todo, juntábamos huevos, ordeñábamos las vacas, cuidábamos las ovejas, los chanchos. Con mi hermano hacíamos múltiples actividades y acompañábamos a mi padre que se dedicaba también a la apicultura, y a mi madre que, como era tradición en esos tiempos, las mujeres debían dedicarse a ser amas de casa, rememora entre risas. Y cataloga como muy linda a la vida de campo. En el verano esperábamos la llegada de los hijos y los sobrinos del dueño de la estancia que venían a pasar las vacaciones. Yo me hice amiga de ellos y juntos íbamos a andar a caballo, agrega e indica que a pesar del tiempo transcurrido, sigue manteniendo una linda amistad con ellos.
Conocer el amor
Cuando finalizó sus estudios primarios, Cristina asistió a un instituto privado en el que se enseñaban varios oficios. En la Academia Americana, situada en calle Merced, estudié para vendedora de libros, dactilografía y gestora impositiva. Viajaba todos los días en el colectivo hasta que finalicé mis estudios a los 16 años, recuerda y cuenta que a esa edad empezó a trabajar como cajera en el Supermercado Gurí, en avenida Rocha.
Entre cobranzas, palabras y sonrisas conoció, haciendo su trabajo, a quien después sería su esposo: Conocí a mi marido a través de una compañera mía de apellido Zurdo. El hermano de ella era muy amigo de quien después fuera mi marido. Ellos iban a comprar al supermercado, charlábamos mucho y entre palabras y palabras nos hicimos, primero amigos, y después nos pusimos de novios.
La vida en pareja
Un poco más de un año duró el noviazgo entre Cristina y Juan Carlos Bassi hasta que se casaron: Decidimos casarnos y fue en ese momento cuando dejé de vivir definitivamente en el campo y me trasladé junto a mi marido a la que es mi actual casa, en Italia 215, narra y cuenta que su marido en principio era verdulero mayorista. Este trabajo hizo que Cristina conociera un poco su país ya que acompañaba a su esposo en los viajes comerciales. Más tarde Juan Carlos, junto a sus familiares, se dedicó a la cosecha de zanahorias y arvejas en Fontezuela. Ese negocio no funcionó y motivó que Cristina comenzara un largo período signado por el trabajo: Cuando la empresa de mi marido y de sus familiares se fundió, nosotros ya teníamos tres hijos que había que mantener, entonces decidí poner una verdulería en mi casa.
La experiencia de ser madre de tres hijos (seguidos en su edad), ama de casa y verdulera, fue estresante pero gratificante a la vez: Cuando decidí poner verdulería atendía el local, a mi marido, a mis hijos y nunca me olvidé de ser ama de casa. De todos modos, mis hijos siempre fueron muy compañeros y me ayudaban en todo lo que podían.
Por todos lados
Si bien los inicios de la verdulería fueron en su casa en calle Italia luego, por la alta demanda, se trasladó a Avenida de Mayo, en ese tiempo, avenida Julio A. Roca entre Italia y Estrada; más tarde fueron al barrio Centenario para luego pasar por el Cruce de Caminos y retornar a la Avenida y Rivadavia, donde actualmente hay una verdulería. Nos trasladamos a diferentes lugares, anduvimos por toda la ciudad. Tuvimos verdulerías por más de 30 años, refirió Cristina.
De generación en generación
Las frutas y verduras marcaron la vida de los Bassi y Capriotti, cuan si fuera una tradición familiar ya que vale aclarar que Cristian, hijo mayor de Cristina se dedicó algunos años a este rubro mientras que el hermano de Cristina, Carlos, es el dueño de la tan reconocida verdulería Bigote.
La última verdulería que tuvimos fue en Larrea y avenida Colón junto a mi hijo Cristian. Así que los conocimientos en verdulería se fueron transmitiendo de generación en generación, dijo Cristina y destacó la labor de comerciante que tantos conocidos les dio: La gente me saluda y yo no recuerdo quiénes son. Fueron muchos los lugares en donde estuvimos.
Su familia
Los hijos llegaron pronto en la vida de Cristina. A los 18 años se casó, y a sus 20 fue mamá de su primer hijo: Cristian, luego llegarían Leandro y por último, el benjamín, Gustavo.
Cristian tiene 43 años y está en pareja con Pamela Trotta y le dieron a Cristina su única nieta, Francesca de 13 años; Leandro, de 41 años, está en pareja con Maira Calderón y Gustavo, que si bien se lo asocia con su apellido Bassi, da como resultado un nombre más que reconocido no solo en nuestra ciudad sino en el país y hasta en el exterior ya que desde muy pequeño es corredor de motos.
La madre del corredor
Cristina es la progenitora de uno de los deportistas más reconocidos de nuestra ciudad. Contando su experiencia, se refirió a los inicios de la carrera de su hijo menor y añadió que la locura por correr de Gustavo la heredó de su padre que nunca tuvo posibilidades de correr en moto.
Cuando Gustavo tenía 8 años andaba en bicicross. Como yo tenía verdulería y me quedaba mucho tiempo para estar en mi casa, mis hijos se complotaban y juntos se iban a un circuito que quedaba en avenida Pellegrini. Ahí se embarraban y como sabían que así no podían llegar a casa, pasaban por la estación de servicio y se daban un baño con agua fría. Mi marido lo apoyaba en todo, contó, y agregó que es muy lindo que reconozcan a un hijo por un deporte y por su calidad de persona, es por eso que agradezco a todos los ciudadanos y a Pergamino en general por todo el afecto que nos dan, narró Cristina.
Actividades de riesgo
Tanto Cristian como Leandro y Gustavo tenían gustos variados. Mientras al primero le gustaba el basquetbol y lo practicaba en Argentino, al segundo le atraían los caballos y a Gustavo el motociclismo. La primera vez que Gustavo decidió correr en moto se lo contó primero a su papá y a sus hermanos que lo apoyaban incondicionalmente, recuerda.
De adolescente, y movido por sus amigos, Gustavo inició su carrera. Cuenta Cristina, con sentimiento de madre, que cada vez que iba a una carrera sufría, tenía miedo y le aconsejaba que fuera despacio, algo irrisorio porque en una carrera para ganar hay que ir a alta velocidad. A Gustavo siempre le gustaron las actividades extremas por eso también es doble de riesgo.
Complicidad de hermanos
Ser madre de varones no es fácil aclara y menos cuando existe la complicidad entre ellos. A modo de anécdota, recuerda que un día llegué a mi casa y Gustavo no estaba, pregunté y me dijeron que estaba en la casa de un amigo. Un día decidí cerrar la verdulería más temprano y cuando llegué me encontré que todos estaban cuidando a Gustavo que se había caído y tenía raspaduras por todos lados. Y esa costumbre no se perdió, del último accidente que tuvo, que fue a las 23:00, me enteré a las 7:00 del otro día.
Salir adelante
El dolor golpeó la puerta de la familia y hace más de tres años que falleció Juan Carlos Bassi y Cristina junto a sus hijos salieron adelante al igual que en cada una de las adversidades que les puso la vida.
El mayor desafío
Gustavo fue quien aventuró a su madre y a sus hermanos en un nuevo desafío: la instalación de un comercio de motos. Así fue que Cristian decidió cerrar la verdulería (de Avenida Colón y Larrea) y luego de seis meses abrieron las puertas de Yamaha Pergamino Motos, representante oficial de dicha marca.
Allí, a pesar de no entender casi nada, Cristina supo desenvolverse como gestora en el local. Empecé haciendo trabajo administrativo y pude hacer lo que tanto me gustó de chica, la gestoría, relata, y agrega que de motos no entiendo nada, nunca manejé una, les tengo miedo y respeto pero acá estoy.
Francesca, la mimada
Párrafo aparte merece el amor que la familia le prodiga a Francesca, la única nieta de Cristina, la mujercita de la familia. Ser abuela es una experiencia maravillosa, es un rol que me encanta ocupar porque puedo malcriar. Con los hijos uno tiene una responsabilidad mientras que con los nietos uno se siente con más libertad para actuar, dice mientras ve llegar a su nieta.
Viajar para conocer
La actualidad de Cristina la encuentra viajando muy seguido: Cuando puedo me escapo. Me encanta viajar. Conozco todo mi país, unas partes gracias a mi marido con el que viajábamos mucho en el camión, y los que no conocía, como la Patagonia, organicé el viaje y fui.
Amante de los destinos exóticos, ha realizado viajes por Egipto, Grecia y Turquía, nunca sola sino acompañada por sus dos grandes amigas: Nora Mandarino y Teresa Pomar. A veces, dijo se suman Mercedes, Rosita y Ana.
Con espíritu aventurero, y a pesar de tener sus grandes amores en Pergamino, Cristina dice no haber encontrado su lugar en el mundo.
Siendo trotamundos tuvo oportunidad de conocer parientes maternos, vale recordar que su madre vino de España: Tengo familiares en Francia, en Italia y en España. Con ellos me visito, pero la primera vez que los vi me emocioné muchísimo. Además tuve posibilidad de estar con parientes de parte de mi madre y de mi padre también.
Hablando de las tierras de sus padres, con cierta nostalgia y entre lágrimas, Cristina los recordó, y a los que agradeció por la educación que le dieron: Mis padres me dieron todo lo que pudieron, la vida en el campo no era fácil. Tengo los mejores recuerdos de mis viejos.
Mirar hacia adelante
Por estos días Cristina continúa trabajando en el local junto a sus hijos y durante el verano disfruta de la pileta, de cortar el pasto, de estar al aire libre. También le reza a la Virgen del Rosario de San Nicolás, de quien es devota.
Si le preguntan si hay algo que le quedó por hacer, contesta que no porque todo lo que tengo ganas de hacer me lo propongo y lo hago.
Inquieta, asegura que disfruta trabajando y que continuará prestando sus servicios hasta que Dios me diga basta.
Además, asegura que siempre hay que mirar para adelante, un consejo de una mujer con experiencia que ha sabido dar batalla a los obstáculos que el camino le presentó.