José María Zarrabeitía: vocación, buen obrar, amor y legado
Nació en Tandil y se radicó a Pergamino para ejercer su profesión de veterinario. Aquí conformó su familia y echó raíces profundas. Su historia es testimonio de coherencia y honradez.
20 de julio de 2025 - 07:18
Compartí esta nota:
José María “Vasco” Zarrabeitía, en la intimidad de su casa, dialogó con LA OPINION.
LA OPINION
Cada Perfil Pergaminense se escribe en la singularidad de una historia. Así se teje un vínculo invisible que, semana a semana, añade a la identidad colectiva retazos de vidas transcurridas en esta geografía. No hace falta haber nacido en la ciudad para enriquecer este espacio. Hay tantos, como “el vasco” Zarrabeitía que llegaron a este lugar casi por casualidad y echaron raíces. Aquí establecieron sus familias, ejercieron su profesión, hicieron amigos y vivieron. Aquí transcurren sus alegrías, dolores, y anhelos. Eso los hace entrañablemente nuestros.
José María “el vasco” nació en Tandil hace 85 años, pero desde el año 1969 vive en Pergamino, donde se estableció alentado por su hermano Carlos, para ejercer su profesión de veterinario. Cualquiera que lo conoce, lo recuerda atendiendo a toda hora, con la disposición de aquellos que hacen del ejercicio profesional un sacerdocio y lo honran con dedicación y responsabilidad. En la atención de grandes animales se abrió camino y, con el paso de los años, se abocó a la asistencia de los más pequeños. Su historia tiene la riqueza de aquellos que han sabido tomar el paso del tiempo como una oportunidad de seguir abonando lo bueno. Sensato, un poco testarudo, pero fundamentalmente honesto. Esas cualidades lo definen.
Aquí, casi nadie lo llama por su nombre. Para todos es “vasco” y ese es su sello de identidad. En el comienzo de la charla habla de sus padres, Julián y Filomena. También de sus hermanos: Julián, Carlos, Jorge (ya fallecido) y Ariel (ya fallecido).
“Papá trabajaba en un pedacito de campo que era del abuelo. Y mamá, ‘Dola’, era docente y fue directora de una escuela primaria en Tandil, donde ejerció durante 68 años”, cuenta. Y reconoce que la muerte temprana de su papá, a los 41 años, torció el destino. “Mi mamá se quedó sola con cinco varones. Trabajó mucho. Siempre decía que era una siciliana a la que nada la doblegaba. Resignó muchas cosas por nosotros”, dice con admiración.
De Tandil a La Plata
Siendo joven, José María trabajó en el Aras General Lavalle. También en su ciudad natal hizo el servicio militar y a los 22 años se mudó a La Plata para estudiar veterinaria. “Me gustaba mucho Tandil, pero no dictaban la carrera en ese tiempo”.
Comenta que quien lo entusiasmó para seguir esa carrera fue un teniente veterinario de apellido De la Canal, a quien conoció en Tandil. “Viví un tiempo con dos de mis hermanos que ya estaban estudiando. El primer año solo estudié y al siguiente comencé a trabajar en la Dirección de Higiene como inspector de feria”.
“Para mi mamá era muy difícil costear nuestros estudios, así que trabajando podía ayudarla”, resalta y se emociona hasta las lágrimas al evocar el esfuerzo inconmensurable de aquella mujer “Todo era muy difícil, las distancias eran enormes, en La Plata aún había tranvía cuando yo estudiaba”, agrega y comenta que más tarde ingresó a trabajar en el matadero de Abasto.
Al recibirse, su deseo era regresar a Tandil. En La Plata lo persuadían para que se quedara para “hacer carrera”, pero la vida tenía para él otros planes. Su hermano Carlos vivía en Pergamino y eso lo trajo para aquí.
Una gran historia de amor
Siendo estudiante universitario conoció a quien fue su esposa: Ana María Marsico. Se le ilumina la mirada plácida cuando recuerda ese tiempo, aunque reconoce que la historia que vivieron tuvo “algunos rasgos novelescos en el comienzo”.
“Ella tomaba clases particulares de bioquímica con un amigo mío de Tandil. Era marzo de 1969, yo me había mudado a una pensión ubicada en 3 y 49, muy cerca del comedor y de la facultad. Había una chica de Chubut con la que habíamos empezado a empatizar, pero un día, yendo a buscar a mi amigo, la vi a Ana María, y no hubo nadie más. Yo le llevaba nueve años, algo que para esa época era muchísimo. Ella cumplía años el 3 de marzo y yo al día siguiente. Llegó el cumpleaños, yo me preparé hasta ropa especial pensando que me iba a invitar, y resultó que no lo hizo. Ella se veía con un muchacho de piernas muy largas. Un día los vi hablando en una esquina y me dije: ‘Tengo que darle un fin a esto’. Me hice el héroe para que me viera. Si ella decidía seguir con él, yo debía terminar con lo que sentía. Pero eso no sucedió, comenzamos a salir y pasamos nuestra vida juntos hasta hace dos años que Ana falleció”.
Con su título de veterinario y su noviazgo establecido, a fines de 1969 “Vasco” se mudó a Pergamino donde vivía su hermano. Llegó solo, quería consolidarse en la profesión, pero a poco de estar Ana María vino a visitarlo, y así varias veces más. “La cuestión es que me acortó un poco los tiempos y nos casamos”, cuenta.
Tuvieron tres hijos: Pablo, que es veterinario y está en pareja con Andrea. Carolina que es soltera y trabaja en la veterinaria; y Fernanda que es abogada y vive en Buenos Aires, donde está casada con Javier. “También soy abuelo de Aurelio, Julián y Manuel y bisabuelo de Alma”, señala.
Su camino profesional
Ya radicado en Pergamino, de la mano de su hermano Carlos y Alberto Jacquelín comenzó a trabajar en la veterinaria ubicada en avenida y Luzuriaga, y se dedicaban a la atención de grandes animales.
“Cuando yo llegué teníamos una venta de 50 mil dosis de aftosa, y cuando cerramos, vendíamos apenas 15 y seguíamos siendo varios socios. La cosa se puso difícil y el negocio no daba para todos. Un día, Alberto Jacquelín recibió un ofrecimiento para comercializar agroquímicos. Carlos se opuso tajantemente. Y la veterinaria cerró. Recuerdo que recibí la noticia regresando de unas vacaciones en Mar del Plata. Ese día le dije a Ana: ‘reventó la yegua el lazo, esto se corta’ y fue así. Carlos me ofreció armar una nueva sociedad, pero desistí”, relata y quiebra en llanto cuando evoca ese momento que lo confrontó con la necesidad de decidir y empezar de cero.
Fue así que armó su propia veterinaria. “Carlos comprendió mis razones. Sus hijos estudiaban veterinaria y dos de los míos en ese momento, también. Ibamos a repetir la historia”, cuenta reconociendo que siempre fue muy intuitivo. “Carlos es el mejor veterinario de campo que he conocido. Y yo, me aboqué a los pequeños animales, aunque hasta hace tres años seguía revisando vacas en algunos campos”, agrega.
“Abrí la veterinaria en mi casa de manera muy sencilla, como siempre he vivido, y me fue bien. Hoy está Pablo y yo lo ayudo”, añade, destacando: “La profesión me ha tratado muy bien, estoy completamente satisfecho. Lo que rescato es que mi decisión no lesionó la relación con mi hermano”.
“Cuando comencé atendía en una de las habitaciones, y después mudé la veterinaria al garaje, donde funciona hoy”, refiere. Las anécdotas que acerca son infinitas. Desde el trato cotidiano con los clientes, hasta las épocas en que pasaba largas jornadas en el campo: “La vida de campo te hace feliz. Siempre voy a estar agradecido. Vivía feliz. Me acuerdo que en algunas cartas que me escribía Ana estando de novios, me decía que le encantaba mi despreocupada alegría. Eso me provocaba el campo, volvía con la cabeza descansada de estar en contacto con los animales y la naturaleza. Podía mirar las estrellas y la huella del camino”, describe este hombre que siempre trabajó con pericia y honradez.
Live Blog Post
20-07-2025 16:47
Embed - Diario LA OPINION on Instagram: " El Vasco Zarrabeitía, una vida entre raíces, amor y vocación Nació en Tandil, pero hace más de 50 años eligió Pergamino como su lugar en el mundo. Veterinario por vocación, formó aquí su familia, su historia y su legado. Querido por todos, “el Vasco” representa los valores de una vida honesta, dedicada al trabajo y al amor profundo por los suyos. Su historia es parte del tejido invisible que nos une como comunidad. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #PerfilPergaminense #HistoriasQueInspiran #Pergamino #VeterinarioConAlma #ElVasco #RaícesQuePermanecen #HistoriasReales #VidaYOficio"
El brillo de la mirada se borra por completo cuando recuerda el tránsito de su esposa por la enfermedad. “Hace pocos días se cumplieron dos años de su muerte absurda. Ella enfermó de cáncer, se sometió a varias operaciones, hizo tratamiento y había logrado salir adelante. Falleció haciéndose un estudio. Su último control en Pilar, donde se atendía, había salido bien, con su oncóloga hablaban de viajes y proyectos. Nos habían asegurado que iba a tener una ventana de tres o cuatro años de bienestar y era así hasta que ocurrió lo peor. El mismo día que se había dispuesto a recibir a sus amigas en casa para jugar a las cartas, fue a hacerse un estudio. Estaba hermosa. Yo me quedé en la sala de espera. A los pocos minutos, había muerto”, relata, recreando la conmoción de aquel día. El silencio invade la conversación.
“El cáncer lamentablemente nos ha perseguido”, reflexiona y cuenta que también su hija atraviesa esa enfermedad a la que le está dando batalla con entereza desde hace doce años. “Yo estaba preocupado por Fernanda cuando enfermó Ana María”, reconoce y conserva intactos cada detalle de la enfermedad de su compañera y de su partida inesperada.
Su mundo cotidiano
Cuando casi termina la charla, mira a su alrededor. Acompañado por sus perros “Capuchino” y “Peperina”, expresa: “Son mis guardianes”. Los acaricia. Detrás de su decir, se escucha el murmullo de la veterinaria. Ese es su mundo cotidiano, su casa enorme, siempre habitada por todos, tiene una ausencia. Eso se siente en el alma de José María. “No sé si estaba preparado para la muerte de Ana. Pensaba con una lógica equivocada que yo le llevaba nueve años. No podía pensar en la viudez, incluso bromeaba diciéndole que yo tenía media cancha de ventaja. Pero ella siempre decía, ante mi incredulidad, que iba a irse antes. Y así fue”, expresa. Y mira hacia el rincón del living donde las fotos de la vida familiar le devuelven el espejo de lo compartido. Ahí están los hijos, los nietos, su bisnieta y los amigos. También mensajes amorosos escritos por Ana.
De pie frente a esos retazos de vida bien vivida, exclama: “Nos faltó un poquito”. “Mis hijos fueron aliados en viajes, noches sin dormir, cuidados, temores y esperanzas. No puedo reprochar nada, pero siento que ‘nos faltó un cachito más’”, insiste. Y busca resignación. Con el paso del tiempo va encontrándola en sus afectos, en la cercanía de los seres amados.
Describiendo el instante de cada fotografía, se recupera de la emoción y se dispone a regresar a su rutina diaria. Lo espera la veterinaria, y lo demás. “Todo lo que quiero es ser una especie de abono para los chicos, que no tropiecen con algunas cosas que he tropezado yo, pero entiendo que indudablemente hoy la vida es muy distinta”, reflexiona, y concluye: “Yo me conformo con lo que tengo, largamente. Ha sido un logro familiar mantenernos unidos y me siento satisfecho por eso. No le pido a la vida nada más”.