“Somos cuatro hermanos y dos por parte de mi papá, que son los mayores”, agrega recordando su infancia y adolescencia.
“Como mi mamá era de Guerrico, hice la primaria en la Escuela N° 20, y allí tuve una de las mejores maestras: Ana Villanueva, a quien reencontré en la Escuela N°2 de directora cuando mandé a mis hijos, así que fue una persona con la que mantuve mucha relación a lo largo de los años”, señala, agradecido por esa formación y ese vínculo.
El Industrial y las primeras armas en el oficio
“Kelo” o “Morocho”, como lo conocen muchas personas, señala que tenía dos tías solteras que lo quisieron tener con ellas y menciona que, gracias a la ayuda de una de ellas, al terminar la primaria pudo comenzar a estudiar en el Colegio Industrial de Colón, un establecimiento educativo privado que tenía internado. “Ingresaba los lunes y regresaba a mi casa los viernes”, cuenta y lamenta que el fallecimiento temprano de su tía interrumpió su posibilidad de seguir estudiando. “Mi papá no era tan pudiente, éramos varios hermanos, así que dejé de estudiar, y por esa razón tengo hecho solo primer año”.
Con las herramientas que le dio esa formación, comenzó a buscar su propio camino. “Intenté aprender carnicería con mi papá, pero me cortaba los dedos, y pronto entendí que eso no era para mí”.
“Pensé que era necesario un plan B que me permitiera no ser un empleado dependiente. A través de un amigo tapicero, Rubén Berrondo, me pidió que lo acompañara a lo de Juan Disanto que estaba en Drago a trabajar en una fábrica de sillas. Fui, y una vez que estuve ahí, traté de aprender. Trabajamos a medias un día o dos, hasta que yo empecé a hacer por mi cuenta, y como se trabajaba por producción, empecé a mejorar. Estuve ahí hasta que se me dio la posibilidad de entrar en la tapicería de Salvador Belcuore, que funcionaba en Prudencio González y Jujuy. Estuve cinco años y allí aprendí a cortar, enfundar y arreglar. Pero no aprendí a cocer porque este hombre no me enseñó, me tenía condicionado a no independizarme”.
Su paso por Annan de Pergamino
“Leo en el diario un aviso que Annan de Pergamino necesitaba personal masculino para coser ropa de cuero y me presenté. Yo no sabía nada de costura, pero no lo dije. Me sentaron a la máquina y no sabía cómo empezar. Aceleré la máquina como si fuera un auto, y de inmediato el encargado se dio cuenta que yo no tenía ni idea. Me puso a practicar y le agarré la mano al pedal. Estuve en la fábrica dos años”.
“Dejé Annan porque hacíamos horario cortado. Me enteré que en Linotex precisaban empleados con turnos rotativos y horario corrido, así que ingresé allí. Aprovechaba los beneficios del horario corrido para comenzar a hacer trabajos de tapicería en el tiempo libre”, relata. Y recalca: “Ya me sentía un tapicero”.
Su trabajo en la Tapicería Venezia
“Le compraba cuerina a Norberto “Tarugo” Venezia en Perú 30. Yo no necesitaba los materiales, pero quería trabajar con él y que me convocara a quedarme en su tapicería. Pero para eso tenía que ganarme su confianza. Para ese entonces ya había comprado este terreno sobre avenida Florencio Sánchez, y estaba construyendo mi casa a través del Banco Hipotecario, así que manejaba cierto dinero. Lo que hacía era pedirle fiado y, enseguida pagarle. Me gané su confianza y él me propuso que trabajara con él. Esa oportunidad me abrió definitivamente las puertas del oficio”, relata.
“Contabilicé el primer mes, lo que había ganado era el equivalente a un sueldo de gerente de cualquier empresa. Se ganaba muy bien en la tapicería y había muchísimo trabajo”, refiere.
Trabajó allí diecisiete años. “Dejé cuando este buen hombre se enfermó de la cabeza y llegó a hacer cosas tremendas que eran ajenas a su voluntad y ocurrían por su situación de salud. Lo lamenté muchísimo, porque yo facturaba, me había inscripto y con eso, de alguna manera, respaldaba el trabajo de la tapicería. Teníamos clientes como la Municipalidad, las concesionarias de autos y de camiones, Entel y otras firmas importantes. Pero me tuve que ir, y lo hice de la mejor manera posible. Tuve que empezar de nuevo”.
El camino propio
“Siguiendo los consejos de la que en ese momento era mi esposa, alquilé la casa y nos mudamos al centro. Vivimos en Estrada 331; después Merced 665; y más tarde en General Paz 336, y para trabajar alquilaba un taller en Larrea y Vicente López”.
“Estando en General Paz, me separé de mi esposa, y me mudé de nuevo a mi casa, y comencé a tapizar acá, en mi propio taller emplazado en Florencio Sánchez y Guatemala, y ya no me fui más del barrio”, cuenta.
Recuerda que tuvo que remar las malas épocas, hasta que pudo reacomodarse en un oficio que también fue cambiando. “Al principio fue muy difícil, pero recuperé algunos clientes y me acomodé de nuevo”.
“En lo personal, la separación significó reacomodarme. Yo anduve tratando de arreglar mi vida de cualquier modo, probando suerte con otra relación, y reaprendiendo en el vínculo con mis hijos”, relata este hombre que siendo muy joven había conocido a la que fue su mujer y mamá de sus hijos: Carmen Saravia.
“Con ella, que ya falleció, tuve a mis hijos: Fabián, Nicolás, Joana, Cintia y Damaris”, señala.
“Nunca nos separamos por abogados y jamás la cuestioné porque ella tenía derecho a no quererme más. No analicé, sucedió así. Y lo acepté”, confiesa adentrándose en una de las vivencias más íntimas. “Fue difícil el desarraigo de mi casa, teniendo hijos chicos, extrañaba ese contacto cotidiano de familia. Pero siempre tuve mucha relación con mis hijos”.
Habla con orgullo de su familia. “Ya soy abuelo y bisabuelo”, dice. Y menciona a sus nietos: Sofía, Camila, Victoria, Lautaro, Benjamín, Samira, Valentina(fallecida), Agustina, Alex y Fausto. También a su bisnieta, Amelia.
Trabajar, siempre
Conocedor como pocos del oficio, hoy acompañado en la tarea por su hijo que ha seguido sus pasos, sigue trabajando como el primer día. “Han cambiado los tiempos, los materiales, pero algo de lo artesanal se mantiene en esta tarea”.
“Hacemos todo tipo de tapizados y gracias a Dios no nos falta el trabajo. Tenemos clientes no solo de Pergamino y tratamos de cumplir con responsabilidad con cada uno de ellos”, señala cuando promedia la charla.
“Es un oficio dedicado, pero hermoso. A mí me permitió darles una buena educación a mis hijos y también, darme algunos gustos personales”, señala. Y cuando lo menciona, introduce a la conversación alguno de los que han sido sus hobbies por fuera de lo laboral. “Integré la peña de Oscar Pereyra que corría en Fórmula Renault y de la mano de eso, pude ver carreras de TC y hasta de Fórmula 1 cuando se corría en Argentina”.
“Hubo una época en que podía hacer muchas cosas. Hoy por hoy, si me dicen vamos a ver Fórmula 1 es algo que no está a mi alcance”, reconoce, sin quejarse.
“Durante varios años también practiqué Judo en Douglas; y jugué al padel y al tenis casero con gente que conozco desde la juventud. Esas actividades me regalaron muchos amigos”.
“Hoy algunas cosas ya no puedo hacerlas. Los tiempos y las posibilidades han cambiado. Pero tengo peñas, en una jugamos al truco y con otro grupo, guitarreamos. Esa es mi vida social. El resto del tiempo estoy en la tapicería”.
“Aunque está mi hijo, yo mantengo la rutina del taller. Abro temprano a la mañana, estoy hasta el mediodía, descanso en el horario de la siesta y vuelvo a la tarde”.
Reconoce que el taller representa algo más que el espacio del trabajo: “Yo tomo el taller como otros toman el gimnasio. Para mi es un placer estar acá. Me siento bien trabajando, hablando con la gente, gano dinero, me siento sano y hago lo que me gusta”.
Supo adaptarse a los cambios que le propuso la vida. La aceptación de las circunstancias lo acompañó siempre, sin que ello significara resignarse. Por el contrario, siempre fue constante en sus propósitos.
Quizás le hubiera gustado poder recibirse en el Industrial. “Los que siguieron, hicieron una diferencia económica mayor a la mía. Pero no me puedo quejar, hice mi casa, sostuve a mi familia, construí otra casa con otra pareja que tuve. No tengo mucho capital, pero tengo donde vivir, tengo mi auto, y no tengo deudas”, describe, agradecido a aquella determinación temprana de abrirse un camino que le permitiera la autonomía laboral.
“En el oficio de la tapicería, como en cualquier trabajo independiente, hay que ser responsable. Respeté el oficio porque de acá iban a comer mis hijos”, reflexiona.
Honrar los buenos valores
Respetuoso de sus valores, se define a sí mismo como alguien que “hizo lo que pudo con lo que pudo”.
“No me preocupa no haber hecho más, y estoy en paz. Se que mis hijos no tienen que agachar la cabeza cuando los nombran”, expresa sobre el final. Y al decirlo, la honradez aparece como un capital y un legado. “Esa fue la enseñanza que me dejó mi padre que siempre fue pobre, pero honesto. El me enseñó a caminar por la buena senda, y yo, hice lo mismo con los míos. Puedo decir con orgullo que soy Cejas y entiendo que mis hijos, pueden decir lo mismo”, concluye, con esta reflexión sobre el buen obrar, que simplemente, lo define.