Cuenta que fue a la Escuela N°62. “Hice solo hasta séptimo grado y después ya no seguí estudiando, me había anotado en la Escuela N° 50 que se podía hacer de noche, pero yo ya quería trabajar así que me puse en la búsqueda”.
Trabajar desde chico
Con cierta ternura recuerda su primera experiencia laboral, que vivió casi como un juego de niños: “Tendríamos once años, y durante dos veranos con mis amigos fuimos heladeros. En ese tiempo el helado se vendía en la calle, así que un distribuidor de Noel nos daba la conservadora, la poníamos en la bicicleta y salíamos a vender. En una oportunidad llegamos hasta Acevedo, una locura”.
Ya siendo más grande, finalizada la escuela, a través de un aviso en el diario se enteró que necesitaban un cadete en una gomería. “Era la Gomería Miki, un emblema de Pergamino en esos años. El lunes a las 7 de la mañana ya estaba esperando a que abrieran, me presenté y me tomaron, ese mismo día a la tarde me hicieron ir con mi papá y para el martes ya estaba trabajando”, recuerda.
Allí aprendió el oficio que lo acompañó toda la vida: el de la gomería. “Arranqué el 23 de enero de 1975, un año antes del Golpe militar”, precisa y dice con orgullo que hace 51 años ejerce su oficio con la pasión y el compromiso del primer día.
“En 1995 dejé de trabajar donde estaba y tomé la decisión de abrir mi propia gomería”, precisa y describe que sorteados los temores iniciales que supuso dejar atrás la seguridad de un empleo en relación de dependencia, siempre encontró en su actividad la recompensa.
La inundación y la gomería propia
Recuerda que cuando estaba a punto de abrir su propio negocio, estando sin empleo, lo golpeó la inundación de 1995. Vivía con su familia en el barrio José Hernández cuando eso ocurrió. No solo estaba sin trabajo, sino que su casa quedó bajo el agua y hubo que reconstruir los cimientos mismos de la vida para tomar impulso y seguir adelante.
“Había buscado lugar para instalar la gomería, pero aún no había conseguido, así que seguimos viviendo en José Hernández, arreglamos la casa y seguimos allí con todo lo que acarreó material y emocionalmente la inundación. Cuando encontré el galpón en el que instalé la gomería, comencé a alquilarlo, me instalé y con el paso del tiempo pude comprar el lugar y también la casa en la que vivimos actualmente, contigua a la gomería en el barrio Malvinas”.
“En un momento alquilábamos casa y gomería. Hasta que pudimos armarnos”, recuerda. Rescata la fidelidad de los clientes: “Tengo clientes que conozco hace 40 años, han venido los hijos y hoy atiendo a los nietos. Desde siempre fue así, los clientes de la gomería en la que yo trabajaba me siguieron cuando armé mi propio negocio”, señala, agradecido.
Ha honrado esa confianza con trabajo y responsabilidad. “Me encanta el oficio, cambió mucho con los años. Cuando pude, en épocas de buen trabajo invertí en herramientas”, refiere. “Podría haberme comprado una camioneta, pero privilegié el trabajo. Compré lo que necesitaba también para alivianar un poco la tarea, porque una goma de camión pesa más de cien kilos y hacerla a mano significa levantarla por lo menos tres veces del piso. Lo hice mucho tiempo, hasta que compré maquinaria, siempre invertí y no me arrepiento”.
Su vida familiar
Desde el año 1985 Ricardo está casado con Susana Páez. “Nos habíamos visto por primera vez de pibes y después la vida nos unió y para cuando yo estaba haciendo el servicio militar que me tocó en San Nicolás, iniciamos nuestra relación y luego nos casamos. Recuerdo que nos comunicábamos por cartas”, relata.
“Tenemos dos hijos: Nicolás (40) y Agustina (29), conformamos una familia hermosa”, resalta y con profundo orgullo habla de sus hijos: “Nicolás, estudió administración de empresas está casado con Cintia y tiene dos hijos Ciro(13) y Lara (6). Agustina está en pareja con Francisco, que es de Rufino. Ella está terminando la carrera de Psicología en Rosario”.
También habla con emoción de lo que representa ser abuelo. Y con satisfacción cuenta que ha tenido la fortuna de acompañar a Ciro en su carrera deportiva: “Mi nieto está jugando en Vélez, vive en la pensión del Club. Está haciendo lo que le gusta y juega en el club del que es hincha”, refiere con orgullo.
Acompañan de manera respetuosa esa experiencia: “Cuando arrancó tenía 8 años, viajaba dos veces por semana y yo lo llevaba. Salía de ICADE, emprendíamos viaje, almorzaba en el auto, dormía un ratito la siesta, entrenaba, y en el viaje de vuelta hacía los deberes para el día siguiente. Era hermoso acompañarlo, es un tiempo que recuerdo con alegría y con la satisfacción de haberlo podido vivir con él”.
“Hoy Ciro vive en la pensión y los papás y la hermana se van a Buenos Aires los fines de semana para estar con él y verlo jugar”, agrega.
Una siembra que dio frutos
En lo laboral y en lo personal Ricardo considera que ha sembrado semillas que han rendido buenos frutos. “Mi esposa fue una gran compañera, ella estudió la carrera docente ya siendo mamá y durante 30 años se dedicó a la docencia, hoy está jubilada. Y yo he trabajado siempre mucho. Hemos hecho sacrificios para que nuestros chicos estudiaran y hoy tenemos la tranquilidad de verlos encaminados en lo que cada uno de ellos ha elegido”.
Con su compañera de vida son de esa generación de padres que con mucho esfuerzo lograron que sus hijos pudieran forjarse un porvenir. “No queríamos que a ellos les pasara lo que me pasó a mí”, reconoce Ricardo y prosigue: “A mi quizás me hubiera gustado estudiar algo, pero era otra época, nuestra mentalidad era trabajar, era lo que veíamos hacer a nuestros viejos, no había otra posibilidad si uno pretendía transitar por la buena senda”.
Seguir trabajando
Con 65 años y aunque ya ha iniciado los trámites de la jubilación, Ricardo sigue trabajando en su gomería, ubicada sobre la ruta nacional N°8, muy cerca de la Terminal. En ese barrio también está su casa, por lo que las dinámicas de la vida personal y laboral conviven en armonía. Le gusta lo que hace y el modo en que transcurre su cotidianeidad.
En su tiempo libre se dedica al ciclismo, lo ha hecho deportivamente y hoy practica de manera recreativa. “Amo andar en bicicleta. Me había operado de la rodilla y para recuperarme tenía que pedalear, así arranqué, me hice de un grupo y cuando quise acordar estaba compitiendo. En poco tiempo me hice de varios trofeos, en un momento en el que la actividad estaba muy bien organizada y se hacían circuitos callejeros”, menciona.
“Hoy ya no compito, pero salgo a pedalear, a menudo en pelotón, varios días a la semana y los sábados que es la cita obligada. Cuando por alguna razón no puedo salir, siento que me falta algo”, agrega. Otra de sus pasiones es la moto. “No he viajado todavía, pero planeo hacerlo. Con mi esposa tenemos ese proyecto, comenzar a viajar en moto”.
“El que no anda en bicicleta, no sabe lo que es, salís con frío, con calor. Lo adoptas como parte de la vida. Y creo que con la moto pasa lo mismo, es como una terapia”, dice, hablando de sus pasiones este hombre que le ha conferido su impronta de sencillez a cada actividad que ha emprendido.
“He tenido una buena vida, lo mejor que me ha dado mi oficio es el trato con la gente. Tengo una linda familia, algunos seres queridos que ya no están y se extrañan. Y mucha gente a la que quiero y me quiere bien”, expresa cuando la charla transcurre en el plano de las emociones. Y habla del disfrute de las pequeñas cosas, esas que nutren el presente y abren las puertas del porvenir como promesa. “No tengo grandes aspiraciones, seguir trabajando y disfrutando de mi familia y los amigos”, señala sin grandilocuencias y se define a sí mismo con humildad como “un tipo honesto, que peca de bueno muchas veces”, pero que no se arrepiente de ese atributo que está en su modo de pararse frente a la vida.