viernes 05 de diciembre de 2025

La herencia invisible: cómo la historia de nuestros ancestros moldea nuestra relación con el dinero

Entre guerras ancestrales, exilios y creencias heredadas, muchos latinoamericanos cargamos con memorias de escasez que aún condicionan nuestra prosperidad.

20 de noviembre de 2025 - 22:09

Para gran parte de los latinoamericanos, la historia del hambre, la guerra y el exilio no pertenece al pasado remoto. Es una trama que atraviesa silenciosamente la memoria de nuestras familias. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, miles de inmigrantes llegaron a estas tierras escapando del horror y de la miseria.

En sus maletas traían algo más que objetos: traían la urgencia de sobrevivir. De esa experiencia colectiva nació una pedagogía de la escasez, una ética del sacrificio que aún hoy se transmite de generación en generación.

Muchos de nosotros crecimos escuchando frases como, “hay que trabajar duro para ganarse la vida” o “la plata no crece en los árboles”. Estas sentencias, que parecían simples consejos, escondían una verdad emocional más profunda: el miedo al hambre, el temor a perderlo todo.

Miedo ancestral

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Ese miedo ancestral, inscrito en el ADN emocional de nuestras familias, se convirtió en una brújula inconsciente que guía nuestras decisiones económicas, profesionales e incluso afectivas.

Hoy, en una sociedad atravesada por la precarización laboral, la autoexplotación y la incertidumbre económica, el mandato del sacrificio sigue vigente. Trabajamos jornadas interminables, muchas veces sin descanso ni disfrute, como si detenernos un instante fuera un lujo reservado a otros. Nos cuesta “bajar un cambio”, meditar, respirar, entrar en silencio.

Como dice mi amiga Florencia Pieres, para muchos latinoamericanos que venimos de las oleadas de inmigración “la necesidad de alimentarse y vestirse imposibilitaba escapar al trabajo a destajo”, porque la realidad económica obligó a nuestros ancestros a estar corriendo detrás del mango. Sumado a eso, la historia de la colonización intentó destruir las formas de vida de los pueblos originarios que tienen otra relación entre el entorno natural, la alimentación y la productividad.

Frente a esta realidad y esta historia, el discurso espiritual que propone “solo repetir mantras positivos” puede sonar ingenuo o incluso ofensivo. Hay problemas estructurales —económicos, políticos y sociales— que ninguna afirmación individual puede resolver. Sin embargo, también es cierto que en cada uno, sea cual sea nuestra realidad económica, habita un margen de acción: un espacio interno desde donde podemos observar y transformar nuestras creencias heredadas.

Chamánica

Desde mi experiencia como filósofa y practicante chamánica, creo que sanar el vínculo con el dinero implica mirar hacia atrás con ternura y conciencia. Comprender de dónde vienen nuestras ideas sobre la abundancia, el esfuerzo y la merecida prosperidad. Si mi abuela repetía que “hay que sufrir para tener algo”, probablemente internalicé que el placer y el descanso son peligrosos, que solo el sacrificio garantiza seguridad. Y así, sin darnos cuenta, reproducimos en nuestras vidas el miedo de quienes nos precedieron.

La reprogramación de estas creencias puede comenzar con un simple gesto: nombrarlas. Reconocer que no son verdades universales, sino pensamientos aprendidos en contextos de supervivencia. Luego, podemos reformularlas. Si crecimos escuchando que “el dinero solo viene con sacrificio”, podemos transformarlo en “es posible tener prosperidad y disfrute”. Este pequeño acto de reescritura mental abre un espacio de libertad: ya no vivimos obedeciendo mandatos antiguos, sino creando nuevas posibilidades. Somos co-creadores de nuestra realidad externa desde nuestras creencias internas.

No se trata de negar la realidad material ni de adoptar una postura de “bypass espiritual” —esa forma de negación de la realidad que minimiza el sufrimiento ajeno con frases luminosas—, sino de integrar dos planos: el social y el energético, el histórico y el personal. Porque la sanación espiritual no es huida del mundo, sino una manera distinta de habitarlo.

En este sentido, herramientas como la re-programación neurolingüística, la meditación o los rituales chamánicos de sanación ancestral pueden ayudarnos a resignificar la relación con el dinero. No se trata de fórmulas mágicas, sino de procesos de conciencia. De aprender a reconocer cuándo actuamos desde el miedo y cuándo desde la confianza.

Al final, cada persona carga con una historia familiar que influye en cómo da, recibe y administra energía —porque eso es, en última instancia, el dinero: energía en movimiento. Sanar esa relación es también sanar la historia que llevamos dentro.

Quizás no podamos cambiar de inmediato las condiciones estructurales del país ni borrar las huellas del exilio o la escasez, pero sí podemos detenernos un momento y preguntarnos: ¿de quién es esta voz interior que me dice que no alcanza, que debo esforzarme más, que no merezco abundancia o disfrute? Tal vez al reconocerla, podamos agradecerle a nuestros ancestros por lo que nos enseñaron… y elegir, desde la conciencia, un nuevo relato para nuestras vidas, e incluso -quizás un poco esperanzadamente- desde ese ejercicio colaborar en la construcción de un sistema global donde la abundancia sea una realidad para todos y todas.

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