El proceso electoral de Argentina es observado atentamente por el mundo considerando que, en coincidencia con el cumplimiento de los 40 años del regreso de la democracia, la sociedad dirime una elección compleja y lo hace inmersa en una de las crisis más importantes de su historia reciente. El balotage entre el candidato del oficialismo Sergio Massa que se impuso en la primera vuelta electoral con un porcentaje significativo de votos y el postulante libertario que tras obtener el segundo lugar se alió con algunos dirigentes de la fuerza opositora que quedó en el tercer puesto, proponen un escenario particular que ha generado no pocas controversias y que aventuran un final por lo menos incierto en términos del modelo que imperará en Argentina finalizada la instancia electoral.
Las elecciones en el país se encuadran en lo que algunos analistas internacionales han definido como "la sociedad de los políticos muertos", concepto utilizado para describir ese espeso escenario en el que discurre la actividad política en América Latina y que redunda en democracias débiles, a punto de morir en brazos de referentes que, emulando liderazgos republicanos, tienen en verdad rasgos profundamente antidemocráticos. Estos líderes son los que han surgido de la propia sociedad en el ejercicio de la democracia y representan formas de ejercer el poder y de concebirlo que están lejos de los principios fundantes de sus propias ideologías partidarias.
América Latina se ha conformado en un espacio en el que salvo honrosas excepciones la política se ha devaluado como consecuencia de la degradación del régimen democrático. Esto ha sido la resultante de años de decadencia y de un distanciamiento cada vez más brutal entre las necesidades genuinas de las sociedades y la agenda de interés de sus dirigentes. En esos contextos, la democracia como tal queda limitada a la expresión del voto y luego hay pocos resortes para el ejercicio legítimo de libertades y responsabilidades individuales y colectivas.
No es casual que Argentina sea el emergente de esta realidad y no consiga escindirse de esa identidad en su peor expresión. En América Latina la fractura social ha surgido como consecuencia del deterioro en la calidad de vida que genera la sostenida decadencia en el hacer de la política. El desdibujamiento de los partidos políticos como correas de transmisión de un ideario común y la ausencia de líderes se han transformado en el caldo de cultivo propicio para que abunde la corrupción, la inmoralidad pública, la deshonestidad intelectual y la irracionalidad de quienes detentan el poder. Así es como se fortalecen los extremos y la avenida del medio queda huérfana de plataformas capaces no solo de convencer a un electorado sino de encausar la resolución de los problemas en un marco de mesura.
América Latina sufre la degradación de sus democracias y solo algunos pocos países de esta geografía común pueden considerarse la excepción que confirma esta regla. Abundan liderazgos autoritarios o populismos extremos. Y en este contexto, lo que sucede en Argentina no es más que una muestra cabal de esta realidad que interpela profundamente a las sociedades y sus democracias en busca de herramientas que fortalezcan el mejor sistema que una sociedad puede elegir para vivir, ese que debería ser la llave del ejercicio maduro de la libertad y la clave indiscutida para el crecimiento de sociedades cuyos líderes han quedado reducidos a una élite que solo pugna por ganar el poder o mantenerlo.
El país que ha sido tierra fecunda para liderazgos históricos de variado color, ha caído en la trampa del blanco o negro, del todo o nada, anulando cualquier otro tinte que posibilite la construcción de verdaderos acuerdos. Impera la política del "toma y daca", de los liderazgos territoriales casi feudales y de una caja que alimenta una sociedad culturalmente agobiada que no parece tan dispuesta a hacer más sacrificios ni a correrse demasiado de ese metro cuadrado de bienestar individual para construir un bien común colectivo.
Hoy por hoy la conversación pública se reduce a un nombre o el otro y a una enorme porción del electorado ninguno de los dos lo representa en sus convicciones. Poco se habla de aquello que aqueja a la sociedad y eso reduce aún más la posibilidad de gestar esa conciencia de épica que se requiere para refundar una república.
Lamentablemente, como sucede en la geografía grande de América Latina, Argentina experimenta el triste privilegio de no tener postulantes con mérito que pudieran encarnar con propiedad el rol superior de estadista que se requiere para abordar con capacidad y genuina transparencia la dimensión de los problemas que el país tiene que resolver.
Tristemente varios de los países de América Latina, y Argentina no parece la excepción, se han transformado en sociedades de políticos muertos, cuyo hedor se siente a distancia. Y la pregunta que surge frente a ello es qué puede la sociedad esperar que hagan.
¿Qué se puede esperar de las democracias en este contexto signado por la escasez de líderes probos, trabajadores, estudiosos, sapientes, inteligentes, bien intencionados? La respuesta es dramática porque lamentablemente el déficit es de tal magnitud que la ciudadanía termina teniendo que elegir a sus representantes entre quienes simulan encarnar las huestes del mal menor.
Como ha sucedido en otros países del continente, en esta contienda electoral, los argentinos una vez más parecen estar convocados a votar no ya a favor de alguien sino en contra de otro. Poco se sopesa en esta elección la integridad moral, menos la idoneidad y la responsabilidad que es lo mínimo que un pueblo puede exigir a quienes aspiran a accionar en el espacio público.
Por supuesto que es la voluntad popular expresada en las urnas la que ha generado este cuadro de situación y quienes compiten en esta segunda vuelta electoral son aquellos que el pueblo ha elegido. Pero habría que interrogarse sobre qué factores influyeron para que la determinación sea una vez más la que fue y hacer una profunda autocrítica de aquello que se sopesa a la hora de elegir a los dirigentes. No hacerlo es seguir la premisa de cuanto peor mejor y asegurar la subsistencia de una democracia débil que no logra escindirse de políticos que están dispuestos a hacer cualquier cosa por acceder al poder o mantenerlo sin brindar a la sociedad aquellas respuestas que necesita. Finalizada la contienda electoral, así como deberán establecerse consensos para garantizar la gobernabilidad, quizás también sea tiempo de habilitar un diálogo que evite que la desilusión de la propia sociedad con el sistema de representación que les ofrece la democracia termine por convertirse en el caldo de cultivo para los totalitarismos y se potencie la corrosión moral que lesiona al sistema y lo amenaza.
Quienes definen a una buena porción de América Latina como la sociedad de los políticos muertos advierten sobre un riesgo latente: una sociedad que empieza a sentir que la acción política es algo sucio o innecesario está condenada a no encontrar el madero que le permita asirse en el océano para evitar el naufragio.
Frente a ello, en Argentina habilitar una conversación profunda sobre el sentido de la política, los políticos y la libertad será condición casi imprescindible para la subsistencia de la democracia tal como se la conoce. Sin ese diálogo imprescindible la propia convivencia democrática estará en riesgo.