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Adolfo Magallanes: un encargado de edificio que honra el servicio en su tarea

11 de octubre de 2015 - 00:00

Su labor es reconocida por los propietarios del edificio en el que trabaja desde 1981 cuando se inauguró. Pergaminense por adopción, destaca en el trato con la gente lo más enriquecedor de su labor cotidiana. Considera que la clave de un buen portero es ganarse el respeto y sentirse “como en familia” dando una mano cada vez que se puede.

A dolfo Agustín Magallanes tiene 76 años, es pergaminense por adopción y encargado del edificio ubicado en calle Dorrego 620, donde vive junto a su esposa desde 1981. Tiene la particularidad de haber colaborado con la obra de construcción del lugar en donde iba a pasar gran parte de su vida. Vio las paredes antes de que el edificio tomara la identidad que le dan sus habitantes y se siente honrado de haber estado siempre a la altura de las circunstancias para haberse podido quedar en ese lugar que ama, haciendo lo que sabe.

Nació en Chacabuco, su padre más tarde se fue a vivir a Alberti, allí él conoció a su esposa. Un tiempo vivieron en Pehuajó y más tarde en Arrecifes. Allí se trajo a su familia y de hecho una de sus hermanas vive en la vecina localidad. Durante varios años trabajó con un tal Hernández dedicado a la apicultura y al traslado de colmenas. Llegó a Pergamino en 1978, se instaló en el barrio La Amalia  y comenzó a trabajar en el reparto de una carnicería. “El barrio en el que vivíamos era bastante distinto a como es ahora, no recuerdo bien la calle en donde estaba la casa, pero fue el primer lugar que nos recibió cuando llegamos a esta ciudad”, refiere en el comienzo de una charla que se desarrolla en el hall del edificio en donde trabaja, en un alto de la tarea. 

Sentado en los asientos de la recepción, se siente como en su casa y su mirada está atenta a todo lo que sucede en la puerta. Presta atención al sonido del ascensor y cualquiera que lo observe comprueba de inmediato que conoce cada movimiento de ese lugar que constituye su universo cotidiano.

“Llegué a la portería de este edificio a partir de una amistad que hice con Amadeo Mengascini cuando lo estaban construyendo, allá por 1979, él fue quien me presentó a Salvador Gil, el maestro mayor de obras y empecé a trabajar como ayudante, repartía, llevaba y traía materiales, estuve en este lugar desde que se estaba armando. Cuando la obra terminó, en 1981, me propusieron quedarme como encargado. Yo me había portado muy bien, tanto con Amadeo Mengascini que era muy amigo mío como Salvador Gil, me presentaron al consorcio y me tomaron. Así fue que este se transformó en mi trabajo y en mi hogar”, cuenta y con orgullo señala: “Estoy acá desde que este edificio existe”.

 

La clave, la confianza

Para Adolfo, la clave de un buen portero está en ser respetuoso y servicial. “Siempre me llevé muy bien con los vecinos, la vecindad fue cambiando, cambiaron algunos dueños e inquilinos, pero con todos tuve y tengo muy buena relación. Creo que la clave está en tener un buen comportamiento, tratar bien a la gente, intentar ayudar en todo lo que uno pueda, incluso con cosas que a uno no le corresponden, hay que saberse ganar la confianza de la gente y honrarla”.

Aunque su trabajo, como cualquier empleo, tiene horarios establecidos, Adolfo reconoce que su dedicación es de tiempo completo. “Esa es otra clave, no tener horarios, yo estoy si por alguna razón me llaman a las nueve de la noche, si los vecinos necesitan algo, un buen encargado tiene que estar dispuesto a tender una mano y eso mis vecinos lo saben”.

Considera amigos a muchos de los habitantes del edificio y esa cercanía se advierte en el trato que le dispensan, también en las tareas que le delegan y la confianza que depositan en su manera de resolver las situaciones cotidianas.

 

Su propia casa

Junto a su esposa Adolfo vive en el edificio desde 1981. “Con ella llegamos cuando todavía no había nadie, fuimos los primeros, después llegaron Polo, Lazarte, y más tarde fueron llegando otros propietarios”, refiere y considera que la clave de la permanencia ha sido “el haberme sabido comportar con la gente, sembré y eso con el tiempo fue rindiendo sus frutos.

“Me jubilé cuando tenía 65 años y en esa oportunidad se hizo una asamblea y el consorcio definió que yo pudiera seguir trabajando. Pasaron once años desde entonces y estoy muy contento y me sentí muy honrado de que quisieran que me quedara”.

 

Su tarea

Describe su tarea con simpleza. Su labor es limpiar, mantener limpios los ascensores, los espejos, los objetos que están dispuestos en los espacios comunes del edificio. Ocuparse de los residuos, hacer recorridas que aseguren que todo esté en su lugar. “Este edificio tiene mucho bronce, así que hay que mantenerlo para que siempre esté impecable”, afirma y reconoce que le gusta su trabajo. Como también, el trato con la gente.

“Nosotros los encargados de edificio tenemos horario de trabajo, pero esta es mi casa, así que yo no cumplo mucho el horario y si me necesitan, a la hora que sea estoy; hago mandados, me ocupo de todo lo que puedo porque siento que esta gente es como mi familia, este edificio tiene una cochera grande y complicada, un poco peligrosa, así que hay propietarios que me confían la tarea de que les saque los autos”, relata.

 

En un lugar que le gusta

Cuando no trabaja Adolfo disfruta de rutinas sencillas y se siente “un afortunado” por haber tenido y tener “una vida personal linda.

“Hice muchas amistades, soy directivo del Club 25 de Mayo desde hace 30 años, una institución a la que concurro desde que vivo acá, actualmente no voy tanto, solo a algunas reu-niones, pero sigo estando en la comisión y me gusta ser parte de esa institución.

“Vivo con mi esposa,  María Edelmira, nativa de Alberti, es una muy buena compañera, ahora está con algunos problemas en las piernas, no puede andar mucho, así que no salgo seguido porque no quiero dejarla sola.

“Tenemos dos hijas: María Rosa  (51) y Silvia Ester (49). La mayor vive en Pergamino y la menor en Buenos Aires. Tenemos cuatro nietos: Cristian, Daiana, Carolina y Luciano; y una bisnieta, Alma, de cuatro meses”.

Siente que tiene una “buena vida” y lo señala con satisfacción y con humildad. Confiesa que se siente pergaminense. “Tengo una vida hecha acá, en esta ciudad tengo muchas amistades y además me ha ido muy bien, tuve mucha suerte, me siento de esta ciudad”.

Lo que más le gusta de vivir acá es sentir que está “en casa” y también reconoce que disfruta de cómo es la gente en Pergamino. “Lo que más me gusta de este lugar es la gente, el trato que uno puede establecer y las amistades que puede entablar. En todos estos años he tenido la oportunidad de cruzarme con gente muy linda y me siento afortunado de tener amigos”.

 

Un rico universo

En su vida social están los vecinos del edificio, los integrantes del consorcio, sus pares, encargados de otros edificios con los que una vez al año, a través del sindicato se reúne para compartir una cena. También sus amigos, del trabajo y de la vida. “Realmente soy muy afortunado y se lo agradezco todos los días a Dios en quien creo profundamente.

“Soy muy creyente, le rezo y Dios me ayuda, rezo a la mañana y antes de dormirme por las noches. Llevo una medalla de Jesucristo en el pecho y sé que Dios me ayuda; le pido algo y siempre me va bien”, confiesa y menciona que aunque no va tan seguido a misa sí destina una hora todos los domingos a la tarde para ir a la Iglesia y orar.

Cuando habla de su fe, aparece en su relato la palabra gratitud y asegura no tener con la vida asignaturas pendientes. “Los sueños que tenía los cumplí y ahora disfruto de mi familia, de mis amigos, la paso bien yendo al bar de la esquina, a la tienda de Bernardo Cuesta con quien he entablado una amistad muy linda, o al kiosco de enfrente.

“Por suerte tengo muchos amigos, Alvaro de la tienda; mi amigo Cuesta; Diego de la Fuente, Daniel Jaume, Horacio Amué; y tantos otros del edificio, a los que sería imposible enumerar, los aprecio a todos por igual y hace de cuenta que son mi familia, acá  vive toda gente que quiero y me quiere”.

 

Valores que perduran

Buen conversador, servicial,  destaca que su tarea es algo que lo pone todo el tiempo en contacto con el concepto de vecindad y eso lo lleva a recrear los valores de su infancia. “Los tiempos han cambiado, pero hay cosas que no cambian, el ser vecinos te acerca a la gente y cuando uno se brinda a su trabajo, se gana el respeto de la gente.

“Ojo, para que eso pase hay que saber tratar con la gente, si a uno lo respetan, es lindo respetar, es importante que hablen bien de uno, pero eso hay que ganárselo todos los días”, advierte y  reconoce que fue formado en una familia y en una época en la que a la gente se la trataba de usted.

“Mi madre Catalina, ama de casa, y mi padre Dionisio, un hombre dedicado al campo que tenía caballos de carrera y le gustaba tocar el acordeón, me enseñaron que siempre había que respetar y eso es algo que permanentemente he llevado a mi trabajo, tratando de ser responsable”, afirma y recuerda cómo se fueron tejiendo en él esas enseñanzas, creciendo en un hogar junto a sus nueve hermanos -de las cuales viven tres, una en Arrecifes, otra en Buenos Aires y otra en Henderson.

Hincha de Boca, recuerda el tiempo en que se escapaba al potrero que estaba cerca de su casa en Alberti para jugar un picadito. Recuerda sus orígenes, sin embargo no tiene una mirada nostálgica del pasado ni piensa que todo lo pasado fue mejor. “Son tiempos diferentes, antes y ahora y hay que saber adaptarse”, dice con la templanza que dan los años.

“Creo que he sabido adaptarme a las circunstancias de la vida y he podido establecer buenos vínculos. Por eso creo tanto en Dios, porque él siempre me ayudó”, concluye mientras se dispone a seguir con su tarea, con una sonrisa agradecida.

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