Noticias sobre María Delia Pujol
Desde muy pequeña, María Delia Pujol sintió el llamado de la danza. Ya en su adolescencia, rindió examen en el Conservatorio Albistur, apadrinada por el reconocido profesor Miguel Ángel Rodríguez —afectuosamente llamado “El Negro”—, y obtuvo el título de profesora. Paralelamente, estudiaba danzas clásicas, españolas, zapateo americano y guitarra, formándose integralmente hasta recibir su título a los apenas 15 años.
Ese mismo año participó en una competencia en la ciudad de San Lorenzo, donde obtuvo el primer puesto. Allí conoció a una figura central en su vida: Don Lázaro Flury, jurado del certamen, quien más tarde se convertiría en su maestro y la introduciría en el mundo de la investigación folklórica, sembrando la semilla de lo que sería su pasión por el estudio profundo de nuestras raíces culturales. Fue también en esa ocasión cuando tuvo su primer contacto con El Chúcaro y Norma Viola, aunque por decisión familiar no pudo integrarse a su ballet.
Los primeros pasos como formadora
Su vocación por la enseñanza comenzó temprano. A los 15 años ya tenía alumnos, entre ellos Martita Franco y Pedro Marlo. Su compromiso y entrega fueron tales, que sus primeras cuatro parejas de baile la acompañaron durante más de dos décadas. A los 18 años volvió a destacar, esta vez en el Festival de Wheelwright, donde nuevamente se alzó con el primer premio. Al año siguiente, fue convocada para dar clases en esa localidad, y poco después en Hughes, donde enseñó durante diez años hasta que sus propios alumnos, ya formados como profesores, tomaron las riendas de las escuelas locales.
Formación continua y expansión regional
Su vínculo con Don Lázaro Flury la llevó al prestigioso Ateneo de Cosquín, donde se relacionó con los más destacados folklorólogos del país. Lejos de conformarse, continuó su formación tomando cursos de lenguas originarias —quechua y guaraní— y estudiando con meticulosidad cada danza regional, comprendiendo sus variantes provinciales. De ese trabajo surgió el Cuerpo de Danzas María Delia Pujol, conformado por sus alumnos ya egresados de Pergamino, Wheelwright y Hughes.
En 1976 contrajo matrimonio con Daniel Carrera, con quien formó una familia de cuatro hijos, acompañando siempre su carrera con la calidez del hogar.
Convencida de que la danza debía multiplicarse, no dudó en apoyar a quienes mostraban vocación y talento. Así, fue abriendo escuelas bajo su dirección en Acevedo, Guerrico, Conesa, General Rojo, Wheelwright, Hughes, Firmat, Villada, Elortondo, Juncal, Alfonso, Rancagua, Urquiza y Peyrano. Uno de sus mayores orgullos fue lograr que el Instituto Argentino del Folklore, junto al propio Don Lázaro, accediera a tomar exámenes en esas escuelas.
Fundación del Instituto Posta del Pergamino
En 1985 dio un paso fundamental: se independizó y fundó el Instituto de Danzas Nativas Posta del Pergamino, una verdadera usina de formación y encuentro. Invitó a destacadas personalidades del folklore de distintas regiones del país como Manolo Chuña Rodríguez (Catamarca), Nélida Rearte de Herrera (La Rioja), Ermenegilda “Chiquita” Isasti (Córdoba), Mabel Ladaga de San Cristóbal (La Plata) y Ermelinda de Oddonetto (Misiones). Con muchos de ellos mantiene, aún hoy, lazos de entrañable amistad.
En 1977 fue convocada para integrar el Centro de Investigadores del Folklore (C.I.F.), con encuentros en Cosquín y Jesús María. A la par, su cuerpo de baile se profesionalizaba y adoptaba el nombre de Ballet El Triunfo, cuyas jornadas de ensayo comenzaban puntualmente, pero sin horario de finalización.
Una de las presentaciones más destacadas del ballet fue en Hughes, donde compartieron escenario con el pianista Rubén Durán, quien los impulsó a realizar una gira nacional que culminó en una actuación histórica en el escenario mayor de Cosquín, en 1986, con interpretación en vivo y presencia programada en cartelera oficial.
Reconocimientos, giras y legado
El Ballet El Triunfo recorrió escenarios de Salta, Córdoba, La Rioja, Santa Fe, y fue invitado tres años consecutivos a la Fiesta Nacional del Poncho en Catamarca, uno de los festivales más prestigiosos del país.
En 1989, tras una intensa trayectoria, María Delia decidió retirarse. Sin embargo, en 1995 regresó con renovada energía. La acompañaba una pequeña gran inspiración: Claudia Torres Díaz, apodada con cariño "la chilenita", y el apoyo incondicional de su hijo Francisco. Con ellos comenzó un nuevo proyecto que culminó con actuaciones en Chile, incluyendo el teatro de Viña del Mar y presentaciones en Quilpué, Villa Alemana y otras localidades, donde incluso bailaron en las calles para que todos pudieran disfrutar del arte popular.
Finalmente, en 2003 se retiró definitivamente de los escenarios, dejando una huella profunda en la cultura folklórica del país.
Una red de afectos y agradecimientos
A lo largo de los años, muchas personas fueron claves en su camino:
Oscar Morales, alumno, amigo y compañero incansable.
Oscar Pez, iluminador, sonidista y presencia indispensable.
Jorge Katsikaris, maestro del sonido.
Darío Di Trento, encargado de escenografía e iluminación en los últimos años.
Juan Carlos Marlo, su primer iluminador.
Susana Braco de Torigino, co-creadora de trajes y bosquejos artísticos.
José Alberto "El Nene" García y el Teatro Monumental, pilares de muchas presentaciones.
Dr. Gustavo Ángel Bittar y Gustavo Pérez Ruiz, siempre prestos a colaborar.
Las “mamás de camarines”, maquilladoras y peluqueras, parte esencial de cada espectáculo.
Una de sus grandes alegrías fue compartir el arte con generaciones:
Adriana Dédola y sus hijas Luchi Eugenio y Mili Majul
Fernando Peralta y Juliana
Laurita Riera con Matías, Nahuel y Anita Perrotta
Lilita Gallo y Clarita Saranite
Daniela Polola con Bernabé y Gina Crespi
Una siembra que sigue floreciendo
Muchos de sus alumnos y exalumnos brillaron en los escenarios más importantes del país e incluso del mundo: Juan Ángel Martínez, Sergio Arbeleche, Pedro Marlo, Oscar Morales, Alejandro Sánchez, y una larga lista de artistas que hoy llevan el arte argentino más allá de nuestras fronteras.
La historia de María Delia Pujol no solo es la de una bailarina o una profesora: es la de una verdadera sembradora cultural, una mujer que eligió formar, investigar, crear y compartir. Su legado vive en cada zapateo, en cada pañuelo al viento, y en cada corazón tocado por su pasión y entrega.

